Decir bla bla bla

Ya ocurren pocas cosas importantes lejos de un teléfono. Aquellas que carecen de interés, banales, también transcurren muy cerca de uno, como cuando a las dos de la mañana te escribe una amiga para decirte «Hola, qué haces; yo nada». La vida ha evolucionado en una dirección en la que no logras apenas dar un paso sin comprobar si ha sonado el móvil y no lo has oído, o si ha entrado un nuevo whatsapp o se ha producido alguna mención en Twitter. Su uso resulta tan perentorio que algunos días recurres a él para comprobar simplemente si hay cobertura, o batería, y así hacer algo con las manos, que con la falta de costumbre se han olvidado de aburrirse. Hablamos de un objeto pensado para comunicarse, pero también para mantenerte en vilo. BlaSus sonidos y vibraciones equivalen a reacciones del propio cuerpo, igual que la tos o el picor. Por otra parte, la emoción de sacarlo del bolsillo y mirarlo te distrae de la idea de que seguramente tu vida es una mierda.

El teléfono genera expectativas. Cuando no suena, expande un tic tac imaginario, maníaco, que te hace estar alerta. Su silencio convoca tanta o más atención que su sonido. Trabaja también por dejadez. En el fondo, ya era así cuando sólo existían líneas fijas, y podías permanecer varias horas apostado ante el aparato, por si sonaba. «¿Qué haces?», te preguntaba tu padre. «Espero una llamada», explicabas, con una de las frases más sencillas del español. Cuatro horas después seguías en el mismo sitio. Esperar ante el teléfono se volvía la tarea más relevante del día. Cuando al fin sonaba, podías estar dos horas escuchando y diciendo bla bla bla. Al acabar, tu madre te preguntaba de qué habíais hablado durante dos horas seguidas. «De nada», respondías, y era verdad (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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1 respuesta

  1. “La emoción de sacarlo del bolsillo y mirarlo te distrae de la idea de que seguramente tu vida es una mierda”. Antológico.
    El 70% de los tíos y el 101% de las mujeres van por la calle enloquecidos mirando el móvil, como si fuese una fuente de sabiduría similiar a asistir a las charlas que daba Sócrates en las plazas.
    A mí me pasó, y aún recuerdo, hace mucho, cuando aún no había móviles, que esperaba una llamada muy importante en el fijo; tuve que salir un segundo de casa y le dije a mi familia que estuviesen por favor muy muy pendientes; se les pasó, llamaron en ese momento y nadie cogió el teléfono. Y en aquél entonces, con el aparato que teníamos en casa no podía saberse ni quién había llamado. Aquella oportunidad, o lo que fuese, se perdió.

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