Amor por las lavanderías

Siempre he tenido lavadora y tendal. Es una casualidad –y una desventura– que me persigue, y la única razón de que no frecuente las lavanderías. Son pese a ello uno de mis lugares preferidos, en los que siempre ocurre algo completamente normal, sugerente, risible y patético, aunque se trate de ficción. Me cambia el humor si en mitad de una novela o un relato algún personaje se dirige a la lavandería de su barrio y carga la ropa sucia de la semana, selecciona un programa y después se sienta a esperar a que lave. En ese tiempo a menudo sucede algo que varía el curso tranquilo de los acontecimientos, o produce alguna clase de brillo en la cotidianidad. LavanderíaPasa mucho en la literatura norteamericana, a la vez que en su cine, supongo que por tratarse de una sociedad que, en general, considera que una lavadora en casa complica más que facilita la construcción de los días.

La semana pasada, durante la lectura de No, mamá, no, de Verity Bargate, volví a encontrarme con una lavandería. La novela, editada por Alba, me estaba pareciendo buena, y en ese momento me pareció de repente mucho mejor, solo por acertar a hacerme feliz con una escena sencilla. Jodie, la protagonista, acude con dos cargas, y mientras espera a que la lavadora acabe, mantiene una discusión con un hombre llamado Jack al que no había visto hasta entonces, y que poco a poco deriva en amistad, al punto que Jack tendrá un papel destacado en la resolución de la historia.

Meses atrás había asistido al mismo destello en un relato de Lucia Berlin incluido en Manual para mujeres de la limpieza, y que se titula «Lavandería Ángel». En ella, la narradora siempre coincide a la misma hora con un indio apache jicarilla del norte, viejo y alto, de pelo blanco y largo, que usa Levi’s descoloridos. Al principio, se sientan juntos y no se hablan. Él le mira las manos, no directamente, sino a través de un espejo. Mientras se lava la ropa al indio le gusta dar tragos a una botella de Jim Beam, a veces hasta caer borracho, y la mujer y el dueño del negocio tienen que auxiliarlo. Semana a semana se labra una particular relación, con las máquinas de fondo (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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1 respuesta

  1. Tanto tiempo jugando a la primitiva y mira dónde estaba el truco para hacerse rico. Habrá que ir a la lavandería a probar suerte. Saludos, Tallón.

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