Puto paraguas

La gente no cambia. Es como es. Pero eso no significa que no cambie. La gente cambia. No es como resultaba. Llega un día en tu vida de mierda, para que te hagas una idea del cambio, que de pronto no te importa salir de casa con paraguas; aunque no llueva. Basta la probabilidad certera de la lluvia. Tal vez ese sea el mayor cambio que se forja en la vida de un individuo dispuesto a ser siempre el mismo, empeñado en reconocerse cada mañana, cuando se levanta,paraguas 2 sin necesidad de mirarse al espejo. Los días de lluvia nos retratan con el tacto de un escultor, hasta desnudarnos.

Existe un periodo en la juventud en el que uno odia las camisas, y en especial plancharlas. Odia a su padre. Odia el cárdigan. Odia cuando su madre se lima las uñas a su lado. Odia los imperdibles. Odia cuando le preguntan «en qué piensas». Tal vez odia Jot Down. En fin. Cioran calculaba que cualquier persona inteligente o decente odia a la mitad de sus contemporáneos. Pero por encima de todo, detesta el paraguas. Este utensilio concentra el malestar que uno siente hacia su propia existencia. En cierto sentido, las batallas más ensangrentadas y bellas son las que libras no tanto contra otras personas, como contra ciertos objetos aborrecibles, casi humanos. Una lámpara horrorosa, un cuadro que pintó tu madre, una alfombra. Y el puto paraguas.

Uno está dispuesto a pensar de sí mismo que es un desgraciado, un traidor, un asqueroso hijo de perra si comparece cubriéndose con un paraguas un día de diluvio. Da igual cuánto llueva, el frío que haga. Tus odios deben ser cultivados, hasta que brillen. Todos sabemos qué siente una persona que se queda sin paraguas en mitad de la tormenta, atrapado en un bar, o en la Subdelegación del Gobierno, o en Massimo Dutti. Está abandonado frente a la lluvia, solo, superado por las adversidades, como en el momento que el capitán Ahab afronta su destino ante Moby Dick, cuando ya todo acaba. Se siente feliz de no tener que defenderse con un paraguas. Un paraguas es siempre una presencia insoportable, una carga humillante, un sinsentido. Te recuerda a lo peor del género humano, capaz de idear objetos colgantes, repulsivos. Ninguna madre, ningún consejo bien intencionado, modificará esta convicción, sana y honesta. Hay objetos que predicen una experiencia frustrante que nos hunde en la miseria, y que podemos conectar con ese verso de Emily Dickinson que dice «sentí un funeral en mi cerebro» (artículo completo en Jot Down).

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Categorías:Vida diaria

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