Hacer fotocopias

Hacer fotocopias daba la felicidad. Quizás también proporcionó otra velocidad a la vida de estudiante. En una época en la que el tiempo se consumía rápido, hacer fotocopias era una rutina agradable, con la que se ahorraban minutos y movimientos. Cuántos horrores, como tomar y estudiar tus propios apuntes, evitaban aquellos papeles. A menudo tus apuntes ni siquiera existían, y si existían no servían para nada. Obtener fotocopias de los apuntes de los mejores alumnos de clase era una maniobra maestra, originaria casi del ajedrez. Bastante duro resultaba ya carecer de humor para ir a Fotocopiasclase, porque a lo mejor tenías que dormir o incurrir en otro placer imperfecto que no contaba para la carrera. Las copisterías reparaban los errores más humanos. Equivalían a tirar el dinero, sí, pues esos apuntes que fotocopiabas alegremente podías haberlos escrito tú mismo, gratis, pero estabas convencido de que hacer eso era tirar el tiempo. Modestamente, preferías tirar el dinero.

La carrera servía, entre otras cosas, para aprender a descifrar cualquier clase de letra, incluso de símbolo. No podías fotocopiar apuntes y quejarte a su dueño de que se entendiesen mal. Así y todo, si te hacías su amigo, un día se lo dejabas caer. «No puedes seguir escribiendo así, Raquel», traté de hacerle ver a una compañera cierto día. Algunos exámenes llegabas a prepararlos con apuntes de cuatro o cinco compañeros distintos. No siempre podías ir a clase, y si acudías, no siempre conseguías estar atento, y si lo estabas, no significaba que después apuntases lo que oías. Todo encajaba, sin embargo, cuando al salir del aula alguien te pasaba sus anotaciones y tirabas el dinero fotocopiándolas (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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2 respuestas

  1. Si en la Tierra hubiera verguenza y dignidad, haria tiempo que en alguna ciudad habria una calle dedicada “a los creadores de apuntes altruistas”. Muchos les debemos todo.

  2. Lo peor de todo era cuando intentabas estudiar directamente de los apuntes fotocopiados el dia antes del examen, llamabas desesperado a tus amigos intentando saber si ellos habian sido tan estupidos como tu. Al final, con frustracion y sueño te escondias fotocopias dinimutas en el estuche listo para saltar al ruedo.

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