Manos en los bolsillos

 

Los hombres y mujeres con las manos en los bolsillos desprenden un extraño atractivo. Me resultan muy cercanos. Es su estilo, esa ausencia, la fragilidad, quizá la fatiga o la incógnita. Algunos días irradian confianza, como si el mundo pudiese dirigirse con la mirada, sin tocar nada, para no dejar huellas. A veces no se trata de confianza, sino de hastío, y en ese caso parece que este planeta no tenga gobierno posible. Puede también que se trate de simple frío, señal de que el mundo representa un lugar hostil y gélido, y conviene abrigarse. Sin embargo, cada vez cuesta más encontrar a personas con las dos manos en los bolsillos, pongamos, en una parada de metro o autobús, o en un portal mientras esperan a que baje manos en los bolsillosun amigo o a que deje de llover, o haciendo cola, o caminando distraídos y contentos, como si la soledad fuese alegre.

Es un gesto en decadencia, a lo mejor abandonado por falta de tiempo o de estilo. Me infundió una vaga esperanza una pareja joven a la que hace poco vi en la calle atrapada en un morreo lento, casi extraviado, junto a una farmacia, sin que se vislumbrase el final del beso. Ella tenía las manos perdidas en sus bolsillos y él las suyas en los de ella. Se mecían atrás y adelante, sin necesidad de viento. Me pareció un beso lleno de ingravidez, que no necesitaba agarres.

Aquella esperanza se desvaneció enseguida, pues me cruzaba todo el tiempo con gente que ignoraba sus bolsillos y ocupaba las manos con objetos y aspavientos. ¿Es impresión mía o ahora gesticulamos más que antes? A medida que las horas se han ido llenando de decenas de pequeñas acciones, las manos se han alejado de los bolsillos. ¿Cómo estar seguros de que no veremos el día que esos bolsillos desaparezcan? La teoría de la evolución se alimenta de pequeñas muertes como esa. ¿Acaso tienen sentido los bolsillos sin manos? Aunque ya hay pantalones así, huérfanos, que minusvaloran la necesidad de refugio que experimentan las manos. Es difícil sentirse más desconcertado que en esos instantes ciegos en los que buscas un bolsillo y no lo encuentras (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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2 respuestas

  1. Como siempre, genial

  2. Recuerdo cuando de adolescente descubrí la música de Bob Dylan, pasar el rato mirando la portada del disco The freewheelin’ Bob Dylan. Yo también quería pasar frío llevando colgada de mi brazo a Suze Rotolo. ¿Cómo sería mi vida ahora si en esa portada Bob hubiera estado tecleando en un teléfono móvil? Hay cosas que prefiero no pensar.

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