Abrir el buzón

Me gusta abrir el buzón. Es una puerta de entrada a los submundos diarios. Los días son muy distintos cuando llegas de la calle al mediodía y ves el buzón a reventar, preguntando por ti. Quizá los días no cambien en nada, como no lo hace leer una novela o estrenar unos pantalones, pero a tu alrededor todo adquiere de pronto liviandad y una ficticia sensación de triunfo que no puedes distinguir de la verdad. Esos envíos se vuelven la recompensa por haber dejado atrás una mañana al final de la cual solo tienes las manos vacías. Puedo imaginar la extraña alegría que me provocaría encontrar por sorpresa, entre las revistas, los paquetes con libros y la correspondencia comercial, una carta escrita a mano, en un sobre aplastado por un viejo matasellos y un nombre familiar en el remite. No nos hemos vuelto tan viejos ni decrépitos que no recordemos lo maravilloso Buzonesque era recibir cartas personales. Quizá por esa razón hace tres semanas lamí un sello, que sabía a rayos, y lo pegué en la esquina de un sobre, en el que metí un par de hojas escritas con un bolígrafo azul. Sabía que iba hacer feliz a alguien.

Era una carta innecesaria, de placer, a una amiga que reside en Nueva York, a la que hace seis años que no veo, con la que incluso dejé de intercambiar whatsapp en 2016. Supongo que nos abocamos a la distracción y después la inercia nos empujó a la desgana, y ahí nos quedamos, colgados. Creo que le dará un vuelco el corazón cuando regrese a su casa a media tarde, después de trabajar, y abra el buzón, quizá sabiendo que estará vacío, y vea mi carta. En dos hojas, con las líneas algo inclinadas, le contaba qué había hecho ese día y qué tenía pensado hacer en los próximos meses con mi vida, que como será poca cosa, resumí en que publicaré una novela antes de la primavera, con suerte. Después de cerrar el sobre pasándole también la lengua, caminé medio kilómetro hasta un buzón de correos amarillo. En ese trayecto, qué curioso, recibí tres mails en mi teléfono (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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5 respuestas

  1. Yo, por el contrario, respiro aliviada si no hay correo. Creo que lo heredé de mi madre, que decía, cada día al mirar el buzón “¡gracias a Dios, no hay nada!” Y es que es muchísimo más probable recibir una factura o una multa que una carta de un amigo (y si es una carta, queda por desear que la noticia sea buena…).
    No condenemos el correo electrónico: tiene, sobre todo, la capacidad de mandar las cosas indeseables a freir puñetas a la bandeja de spam. Y la inmediatez, a mi modo de ver, también tiene cierto encanto. Cuando recibes un mensaje, alguien está pensando en ti. En ese instante.
    Un saludo.

  2. Reblogueó esto en Cuentos de media mentiray comentado:
    Yo, por el contrario, respiro aliviada si no hay correo. Creo que lo heredé de mi madre, que decía, cada día al mirar el buzón “¡gracias a Dios, no hay nada!” Y es que es muchísimo más probable recibir una factura o una multa que una carta de un amigo (y si es una carta, queda por desear que la noticia sea buena…).
    No condenemos el correo electrónico: tiene, sobre todo, la capacidad de mandar las cosas indeseables a freir puñetas a la bandeja de spam. Y la inmediatez, a mi modo de ver, también tiene cierto encanto. Cuando recibes un mensaje, alguien está pensando en ti. En ese instante.
    Un saludo.

  3. Las cartas manuscritas están condenadas a morir en una caja de latón, con algo de suerte, leídas y animadas.

  4. Como siempre, magnífico relato

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    ________________________________

  5. Me has hecho pensar, otra vez. Qué buen artículo. Al menos deberíamos escribir una carta manuscrita cada mes.

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