Persiguiendo a Auster

Antón Reixa (Vigo, 1957), rockero, director de cine y escritor, mantiene una relación muy particular con Paul Auster (Newark, 1947). Cuando lo leyó por primera vez, hace casi treinta años, experimentó una atracción instantánea, mientras él agitaba Galicia con la legendaria banda de Os Resentidos. Después, a raíz del mágico encontronazo con El cuaderno rojo, un libro de relatos en los que el autor americano explora las asombrosas coincidencias que a veces conectan a las personas, su interés se volvió pasional, casi obsesivo. Reixa se hizo un señor austeriano. Pero la literatura se reserva finales imprevistos, y un día, a semejanza de una Austerhistoria del mismo Auster, el novelista estadounidense y él acabaron bebiendo whisky Macallan y fumando cigarrillos Camel a las puertas de los restaurantes, como dos compinches.

Con este pasado a cuestas, el 20 de octubre Reixa visitó el Festival de Cine de Ourense. Quedamos a cenar. Vi cómo llegaba en taxi, se bajaba y caminaba al fin por su propio pie. Meses atrás, en un anterior encuentro en A Coruña, él iba en silla de ruedas y yo empujaba. Ahora avanzaba despacio, con bastón, recordando al caballo de ajedrez. El 27 de octubre del 2016 también había viajado a Ourense para participar en el festival, pero en esa ocasión nunca llegó. De camino sufrió un grave accidente de tráfico en Villalpando (Zamora). Viajaba solo, en un Audi A4, y se quedó dormido. Se fracturó la tibia, el peroné, el calcáreo, la vértebra L2, y se rompió trece costillas. Cuando se dio cuenta de lo que había pasado, y de que estaba vivo, distinguió la voz de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, hablando de la unidad de España. Fue como una continuación del accidente, pero sacó fuerzas de donde no había y consiguió apagar la radio del coche y acallarlo. Mientras esperaba a la ambulancia solo pensaba si le amputarían la pierna. Ya en el hospital, ante el riesgo de colapso respiratorio, le indujeron un coma que duró dieciocho días, durante los que creyó estar en Michigan, en un escenario postindustrial. «Había Chévrolets, Starbucks, un monumento al fontanero desconocido, incluso puestos de ‘pulpeiras’ y un centro comercial en el que Donald Trump repartía propaganda electoral (artículo completo en Jot Down).

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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