Las formas de la decadencia

Viví tres años en la calle Progreso de Ourense y no fueron tiempos ni peores ni mejores, salvo porque un par de veces a la semana me cruzaba con una mujer mayor que había hecho trizas el tiempo, con esa sutileza y soberbia con la que se rompe una hoja de papel en dos, y luego en cuatro, en ocho, en dieciséis, etcétera, hasta que no se pueden lograr ya trozos más pequeños, y se lanzan por encima de la cabeza, mientras se susurra: «Nieve». Esa circunstancia volvía esplendorosa una parte de la semana. No podía verla y no quedarme embobado. Ella tendría setenta años, o alguno más, pero también dieciocho, treinta y dos, cuarenta y siete, veinticinco. Reunía delicadeza, genio, atractivo, misterio y desafiaba a la vida. Era alta, aunque no tanto, delgada, pero sin parecerlo. Tenía ese gesto amable que desplegamos las personas predecibles justo un segundo antes de decir que algo nos gustó. Nueva YorkPoseía eso que se llama clase, y que a veces sabemos que se trata de clase porque se impone como algo muy superior a nosotros y nos hace ser terriblemente vulgares a su lado, pero en absoluto sentirnos tristes o abatidos por ello. La veía de lejos y me gustaba, pero no tanto como al tenerla cerca; todavía me gustaba más cuando volvíamos a alejarnos.

Cuando me mudé a otra calle dejamos de coincidir. Algunos días, si tengo que ir a algún sitio, y no tengo prisa, me gusta tomar la ruta de Progreso, aunque sea más larga, por si me la encuentro. Todavía no ha pasado. Pero hace una semana fue como si la viese mientras leía la entrevista a Carla Bruni en La Vanguardia. Lluís Amiguet le preguntaba a la cantautora francesa si había algo que el paso de los años mejorase, y Bruni respondía que «la capacidad de aceptar que no hay nada que el tiempo mejore». Me pareció una buena respuesta, al menos hasta que me acordé de la mujer de Progreso, cuya clase desafiaba la idea de que la vida, con los años, casi siempre suele cambiar a peor (texto completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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1 respuesta

  1. Es curioso cómo la influencia que unas personas ejercen sobre otras es a menudo involuntaria. La voluntaria con frecuencia no funciona 😉

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