Amor por la ropa

Es difícil desprenderse de una prenda de ropa muy querida, con la que te has encariñado. Nunca nos parece que esté tan vieja ni gastada que no podamos vestirla una vez más, y otra, y una más. ¿Cómo decirle un día «creo que ya no te quiero» a tu camiseta preferida? Simplemente, no puedes, y por eso dejas que se pierda sola, en la cuarta dimensión que ocultan todos los cajones cerrados, o que alguien cercano se deshaga de ella y te mienta. ¿Quién no tiene una historia de amor con unos zapatos, un vestido o una chaqueta? Si quitas a las personas que quieres, esas prendas son tu primera línea de defensa contra la adversidad y las asperezas de la calle. A mí me gusta el invierno solo porque puedo ponerme un viejo abrigo de espigas grises, de cuello y forro rojos. No me quita el frío en los días gélidos, pero cuando lo llevo puesto me hace sentir irreductible, casi heroico, como si habitase una viñeta de cómic. Me pasa lo mismo con unos botines grises de cordones granates, pero en primavera: me dan ganas de caminar por la ciudad, aunque la ciudad no me lleve a ningún sitio.

Hay prendas que, cuando son muy especiales, trascienden las historias de amor y se vuelven historias familiares. En 2010 Lorenza Foschini escribió un libro primoroso sobre Jacques Guérin, el magnate parisino de los perfumes, obsesionado por la figura de Proust. En 1929 conoció a su hermano Robert, a través de quien supo que la familia, avergonzada de la homosexualidad del novelista, se había deshecho de muchas de sus pertenencias. Algunas fueron a parar a manos de un ropavejero llamado Werner. Él y Guérin se hicieron amigos y un día Wender le confesó que le gustaba la pesca y casi todos los domingos iba al Marne, donde tenía un bote. «Madame Proust, que es tan buena, un día me dijo: ‘Está usted loco. Va a enfermar con tanto frío. Con lo húmedo que es el río. Llévese el abrigo viejo de Marcel y envuélvaselo alrededor de las piernas’. Y le confieso que desde entonces me lo pongo alrededor de los pies». Guérin insistió en verlo y después en comprárselo, pero avergonzado por emplearlo para cubrirse los pies, Wender no aceptó ni un franco por aquel abrigo viejo de piel de nutria con el que Proust se vestía a todas horas, y que también usaba como manta por las noches, mientras escribía tumbado en la cama (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Literatura, Vida diaria

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