Prótesis de mano

Cuando suena el timbre, y estoy solo, me levanto a abrir casi siempre de puntillas, como si no hubiese nadie en casa, y me susurro «soy hombre muerto». Es un juego secreto. En una época en que estuve obsesionado con Pulp Fiction, soñaba que recibía la visita de Vincent Vega y Jules Winnfield, que sin venir a cuento me preguntaba si leía la Biblia, y empezaba a recitarme el capítulo 25, versículo 17, del libro de Ezequiel. En ese momento yo me decía «soy hombre muerto», y con razón, porque a continuación Jules sacaba su pistola y me apuntaba a los sesos.

La frase me quedó suelta en la cabeza, a semejanza de esos muelles que se le aflojan por dentro a algunos relojes, que funcionan igual, o mejor, y desde entonces me hace gracia repetírmela cuando de repente llaman a la puerta. Esto ocurre un par de veces a la semana. Cuando ocurre, casi siempre se trata de la cartera, salvo algunos días, como la semana pasada, que me dije «soy hombre muerto», como es preceptivo, y al abrir descubrí a dos testigos de Jehová con aspecto de ser felices solo con tocar timbres. No me sorprendieron del todo. Los conocía de vista. En unos pocos meses, esa era la tercera vez que me visitaban. Solo querían hablar, pero yo siempre estaba demasiado ocupado. «Me pilláis en plena faena», les dije una de las veces. No sé qué pensarían (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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