Diario ruso-español (14)

«Hay que madrugar, pero tarde», le explico despacio a Helena cuando se presenta en nuestra cama a las siete menos cinco. «No voy a vivir para siempre», le advierto, aunque no será por ganas. «Quiero el bibe; ahora», dice. Me convence. Soy muy sensible al punto y coma. Me levanto, preparo su biberón y la dejo en el sofá viendo un capítulo de Pepa Pigg, a la que oigo decir que odia «pedalear cuesta arriba». Y quién no, Pepa.

En el vistazo a la prensa, compruebo que un Mundial deja siempre pequeños detalles que hacen que te enamores de él. Por ejemplo, en los partidos de Argentina se ve a un señor muy circunspecto, cuyo trabajo consiste en sujetar a Maradona por detrás, en el palco, rodeándolo con los brazos, para que caiga al vacío. Me quito el sombrero. Currazo. No importa si el astro argentino muere de un infarto. Digo infarto por decir algo. Su tarea es atender solo a que no se precipite, como Kim Novak en Vértigo. En Página 12 leo que Maradona «bailó cumbia con una nigeriana antes del comienzo del encuentro, se sacó fotos con los hinchas que se acercaron a saludarlo y sufrió las alternativas del juego una vez que la pelota se puso en movimiento. Tanta tensión le jugó una mala pasada: al final del partido se descompensó y varios de quienes estaban con él tuvieron que ayudarlo a salir». Poesía. Firma debajo (entrada completa en Vanity Fair).

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Categorías:Fútbol, Vida diaria

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