Diario ruso-español (17)

30 de junio

«Hola, yo no hago nada, ¿y tú?», le escribo a un amigo. Whatsapp es perfecto para esos momentos en que no tienes nada que decir, y lo dices igual. «De brazos cruzados, a tope, esperando el Francia-Argentina», responde. Una cosa típica de los sábados es que casi nunca logras hacer eso ante lo que siempre dices «El sábado lo hago». Yo casi me pongo a lavar los platos. Entre las verdades que más me cuesta asumir está la de que se gasta más agua lavándolos a mano que en el lavavajillas. Será así, pero. Al menos fregar tú mismo relaja. Rob Sheffield cuenta en Vives en las cintas que me grabaste que disfruta lavando platos. A comienzos de los noventa incluso tenía una cinta de música para escuchar exclusivamente al fregar. La había grabado de la radio, con un tipo hablando entre canciones. Sheffield era fan de las emisoras de los 40 principales, pese a que admitirlo equivalía «a fardar de haberle contagiado la gonorrea a tu abuela, en la iglesia, en la primera fila y durante el funeral de tu tía». Rodrigo Fresán, al que respeto incluso más, dice que «a mí todas las mejores ideas se me ocurrieron siempre lavando los platos. Siempre. Debe tener que ver con algo de la temperatura de las manos, alguna cosa primal del agua, del líquido venimos y al líquido vamos. Se me ocurren escenas, frases, soluciones, desato nudos». El lavavajillas acabará con la literatura.

«No podemos hacer nada, papi. Ay, qué rollo», dice Helena, que quiere saber por qué llueve. «Papá está muy ocupado, cariño, pregúntale a mami», le digo, mientras escribo otro Whatsapp importante. Se va. Pienso en dos o tres cosas que podría hacer, provechosas, pero las voy descartando: «esto no», «esto tampoco», «ni loco», «ni que me paguen», «en otra vida». A los dos minutos vuelvo a tener a Helena encima. Qué marcaje. «¿Por qué no arreglas la persiana?», me pregunta. Es alucinante, la están adoctrinando. Tengo que irme. Me ducho rápido y me pongo el pantalón sucio de ayer que, con poca luz, no está tan sucio. «Voy a casa de Pedro [nombre ficticio]», anuncio. En el portal me parece sorprender a un vecino metiendo la mano en un buzón que no es el suyo. Me hago el tonto. Es duro no tener una triste suscripción. En la carrera, tratando de robar El Correo Gallego a un vecino, me quedó la mano atrapada una hora, hasta que apareció un compañero de piso y consiguió doblar el buzón haciendo palanca con un paraguas (entrada completa en Vanity Fair).

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Categorías:Fútbol, Vida diaria

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