Diario ruso-español (21)

Espío desde la acera el interior de Don Rápido, y advierto que hoy no está el zapatero. Quizás se ha ido de vacaciones a Cancún, o algo menos enrevesado, como que ha perdido un dedo arreglando una bota. Su ausencia me alivia, no voy a mentir. Empezaba a tenerle miedo, aunque fuese de esa manera trivial que se teme a las arañas o a escribir abogado con uve. En su lugar hay una mujer a la que Ignacio, si es que se llama así, parece haber prestado su humor congelado y su forma de mirar a la gente por encima de las gafas (pero sin gafas). “Hola”, saludo. “Qué pasó”, protesta la mujer. En el instante que me llevo la mano a la cartera para buscar el resguardo de las zapatillas, noto en el pantalón el hueco que dejan las cosas al olvidártelas en casa. Es un hueco, pero que parece un bulto, muy molesto. “Pues no he traído el resguardo”, constato sin importancia, como si me cagase en los resguardos. “Hay que traerlo”, advierte disgustada, y me explica la razón de ser del resguardo, como si yo fuese idiota (entrada completa en Vanity Fair).

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Categorías:Fútbol, Vida diaria

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