Diario ruso-español (27)

10 de julio

Friego la taza del desayuno, la pongo a escurrir y de pronto, sin venir a cuento, anuncio que voy a llamar al persianero. «Se acabó. Esto no puede seguir así. Es una puta vergüenza. Vivimos en el maldito caos», digo, hundido. M me observa y no añade nada. Qué va a añadir. Se nota que piensa lo mismo. Desaparece y al minuto regresa a la cocina con el Diccionario de la lengua española. «‘Persianero’ no viene en el diccionario», asegura. «Así que no viene… Eso lo cambia todo. Me pregunto quién nos arregla la persiana en ese caso. ¿Un académico? ¿Va a venir Vargas Llosa a echarle un vistazo, o Pere Gimferrer, o Clara Janés?», pregunto sin sarcasmo, pensando que tal vez el manitas sea Pérez Reverte. «En cambio, ‘persianista’ sí que aparece debidamente recogido: persona que se dedica a la construcción, colocación o arreglo de persianas», dice M, que cierra el volumen y suena definitivo. Se va descojonándose por dentro. Puto diccionario.

Me encierro en el estudio a trabajar. Tengo muchísimo que hacer antes del partidazo de esta tarde. A los diez minutos dejo todo lo que estoy haciendo, que no es mucho, y llamo a Pedro [nombre ficticio], para hablar por hablar. «¿Por qué no vienes a ver el Francia-Bélgica a casa?», le propongo. «No puedo. Hoy empiezo con la mudanza», dice. «Hostias». Pedro se muda a casa de sus padres. Cortó con Ana [nombre ficticio] y solo no puede pagar el alquiler. «Me imagino que no necesitas que te eche una mano, así que ni me ofrezco», digo. Nos quedamos en silencio. «Voy a arreglar la persiana», cambio de tema. «No jodas. ¿Y las vas a arreglar tú?», pregunta. «Ni loco. Yo creo en la ciencia, así que llamaré a un persianista», respondo. «¿‘Persianista’ existe? ¿No es ‘persianero’?» Volvemos a cambiar de tema y me cuenta que está a dieta. No quería, pero al final cree es una buena idea. Le hablo de un relato de Roberto Fontanarrosa, titulado Los últimos vermicelli, sobre una comunidad que somete a la gente gorda. La policía los persigue y acaba con todos. Nadie puede pesar más de 75 kilos. Los libros y tratados de cocina están prohibidos, así como los alimentos demasiado calóricos. En ese relato se cuenta la historia del gordo Albarello. Un día lo llevan preso y le ofrecen una dieta para perder 30 kilos. Albarello se niega. No quiere traicionarse. Tiene unos principios, cree en la libertad individual, en el derecho a estar gordo, o flaco, o calvo, o imbécil perdido. Y como protesta, se pone en huelga de hambre, y al final pierde 47 kilos (entrada completa en Vanity Fair).

Anuncios


Categorías:Fútbol, Vida diaria

Etiquetas:, ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: