Diario ruso-español (29)

12 de julio

Son las ocho de la mañana y está sonando el teléfono. “Me apuesto un brazo a que es mi madre”, pronostico, sin moverme de la cama. “Me apuesto el otro brazo a que no quiere nada en especial”, añado. Media hora después, cuando al fin me levanto, compruebo el teléfono por curiosidad. Era mi madre. Podré conservar los brazos. A los cinco minutos vuelve a llamar. Hablamos de esto y de aquello, de nada en general. Cuando estamos a punto de despedirnos me dice que no le gustó que ayer la pusiese de excusa para dar largas al persianista y ver el Inglaterra-Croacia tranquilo. Podía haberme inventado otra cosa, dice, incluso podría no haberme inventado nada. La mentira es un vicio. “¿Y si resulta que ahora me pongo enferma de verdad, muy grave, y me tienen que ingresar en el hospital, y me muero? ¿Qué cuerpo se te quedaría?”. Cuando colgamos, me aborda Helena, y después tres o cuatro whatsapp, y ni siquiera son las nueve de la mañana. Diez minutos de tranquilidad es todo lo que le pido a algunos días. Pero los días, o la vida, no siempre te los conceden; no tienen. Hay una escena en El Divo en la que Andreotti comentaba que nadie sabía su número de teléfono y un día lo llamaron a casa. “Me dijeron que me matarían el 26 de diciembre. Y yo les di las gracias porque así podría pasar la Navidad tranquilo”. Me representa (entrada completa en Vanity Fair).

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Categorías:Fútbol, Vida diaria

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