Coche fúnebre

El miércoles coincidí en la ITV con un coche fúnebre. Era un Peugeot negro, con poco encanto, y bastante sucio. Mientras esperábamos turno, en el aparcamiento, pregunté al conductor si no se aburría de ir siempre tan despacio, camino del cementerio. “A la vuelta procuro darle más caña”, me confesó. Comenté que en el Rallye de Regularidad Lambrea, en abril, participó un piloto con un coche fúnebre del 78. “Ya lo sé”, me dijo, secamente. No tuvimos tiempo para intercambiar más impresiones, ya que le ordenaron pasar al taller.

En el instituto, fui un par de veces a clase en coche fúnebre. Era un Mercedes plateado, brillantísimo, como unos zapatos recién cepillados, y largo, con un acabado delicado, solemne, que recordaba a un Winchester. Cada detalle de aquel vehículo expresaba con cierta elocuencia su destino. La primera vez que me subí a él era un día de mayo. Hacía sol. A las tres y media salí a la calle para dirigirme a clase de Lengua Gallega. De pronto, oí un claxon y al volverme vi cómo se detenía a mi lado el coche fúnebre. Me llamaron por el apellido desde el asiento del pasajero. Era un compañero de clase. “Qué cochazo”, observé, mientras estudiaba con discreción el interior, donde distinguí a su abuela conduciendo (artículo completo en El Progreso).

Anuncios


Categorías:Vida diaria

Etiquetas:,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: