Qué pasó

Hay decisiones que no tomas. Te quedas quieto, y de algún modo se van tomando solas. Quizá saben que no miras y se forman a escondidas. Cuando adviertes su presencia, más tarde, ya están encima. Ni siquiera tienes tiempo a preguntar «cómo» o «qué». No hubo un tímido aviso, como esas goteras o grietas que alertan de que la casa en la que vives se va a venir abajo y te conviene salir pronto. Nada de eso. De pronto, arrecia. Son las pequeñas conspiraciones de la vida contra cada uno de nosotros. No haces nada mal, y de ahí sin embargo sale un error. ¿Quién no es víctima alguna vez de su inocencia?

Años atrás, una amiga de Barcelona se inscribió en un curso de tres días en Frankfort, sobre marketing. Era la nueva religión, y el mundo ya un sitio lleno de gente desesperada por rezar menos a dioses que a modas. Su propio jefe la animó a acudir. Incluso le pagó el viaje. Recientemente le habían subido el sueldo, así que tuvo la impresión de atravesar una buena racha. No es una persona pesimista, de manera que no temió que, con tantas cosas saliendo bien, fuese entre algún resquicio a suceder algo malo por una extraña ley de contrapesos. Hay que valer para ver el mundo con esa lógica, supongo (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

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