Estamos acostumbrados a pegar los trozos de nuestras vidas sobre la marcha. Cada cierto tiempo algo se rompe, y sin detenernos a sopesar dónde va cada fragmento, nos rehacemos. Es un proceso automatizado, resuelto casi a ciegas. A veces se vuelve un estilo. Hay personas que se rompen tanto que salir adelante sin ser superadas por la adversidad y los daños se convierte en su manera de vivir. Circunstancias adversas las empujan a ser secretos héroes de sí mismas. A menudo solo ellas saben que se rompen. La rotura es un proceso solitario, y sobreponerse a ella muchos días también. Pese a todo, esas personas piensan que las cosas van a ir bien. Y aunque adivinen que no es así, siguen pensando que esa esperanza en el futuro es el mejor modo de encarar lo desconocido.

Nos rompemos de muchas maneras y por infinitos motivos. Porque pierdes el avión, porque se te acabó el dinero, porque enfermas, porque se muere tu padre, porque te maltratan, porque se averió el coche, porque te decepcionó un amigo, porque te despidieron del trabajo, porque tu pareja ya no te quiere, porque te quiere y tú te has enamorado de otra persona, porque te robaron el móvil, porque deseas cosas que no puedes conseguir, porque tu empleo es horrible, porque no sabes que te pasa pero algo te pasa, porque no aguantas más, porque tu amiga tiene cáncer, porque no duermes, porque el abuelo no recuerda quién eres…  (artículo completo en El Progreso).

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