Pasaban los años y J. D. Salinger, asediado por el éxito de El guardián entre el centeno (1951), no daba señales de vida; ni publicaba, ni se dejaba ver. En cambio, se sabía que escribía, y que el resultado lo metía en un cajón. Lo admitía en alguna de las pocas entrevistas que concedió a los periodistas que subieron a lo largo de los años a hablar con él a New Hampshire. «Lo único que importa es la escritura», le dijo a Betty Eppes en 1980, cuando aceptó hablar con ella después de que la periodista le dejase una nota explicándole que estaría dentro de un Pinto de color celeste aparcado al lado del puente cubierto que había al lado de su casa.

En 1977, ante un silencio literario que empezaba a durar demasiado, el editor de narrativa de la revista Esquire, Gordon Lish, le escuchó decir a su jefe que no les vendría nada mal publicar un bombazo. Lish era un tipo expeditivo, y a la que pudo —pudo esa misma noche— se emborrachó y escribió «Para Rupert, sin remordimientos»; un relato cuyo título se inspiraba en «Para Esmé, con amor y sordidez», una de las piezas que componen Nueve cuentos, de Salinger. En la revista no lo pensaron dos veces y lo publicaron como «Anónimo» y muchos lectores creyeron que detrás se encontraba el auténtico Salinger (artículo completo en Jot Down).

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