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Hacer solo aquello que te gusta, y desechar lo demás, es un pequeño capricho que se va desgastando con los años, como las cosas que pasan mucho tiempo al sol. Quizá las cosas que te gustan empiezan a gustarte menos, y a las que te desagradan no te importa ya perdonarles ese defecto. Los lujos también sufren el asalto de la decadencia, así que llega un día, casi sin darte cuenta, en que te pones a hacer cosas que no te gustan. Es una inercia, como lavar la taza del desayuno en lugar de meterla en el lavavajillas. Cuando al fin lo adviertes, te animas pensando que los buenos tiempos pasaron, y que ahora hay que apañárselas de cualquier manera. Hace unos días, a la abuela de una amiga le preguntaron qué quería de regalo para Navidad, y respondió: «No morirme». Eso es arreglárselas. En el salón se formó un gran silencio, me contaron, y los familiares no supiesen discernir si el deseo que expresaba la abuela era fruto de la ambición perdida, o lo contrario. Al final, uno de los nietos, para distender el ambiente, la animó a pedir algo más, «por si acaso».

No sé cuándo dejé de hacer exclusivamente cosas que me gustaban. Supongo que bastantes años atrás, a eso de las ocho y treinta y cinco de la mañana. Descubres de repente, y tarde, que cada vez haces más cosas que te fastidian. ¿Por que las haces? Porque tienes que hacerlas, porque nadie las hace por ti, porque si no las haces más tarde tendrás que hacer otras todavía peores. Madurar te obliga a renunciar paulatinamente a la felicidad fácil, por llamarla así, que vas atrapando en el aire, de puntillas, y metiéndotela en los bolsillos, insaciable. Basta que te guste algo para tomarlo, sin pensar que en la vida también hay que perder y ponerse triste por ello. No es un modelo de existencia realista ni sostenible. Sirve para que, antes o después, seas aplastado por la frustración. En cambio, aceptar poco a poco cosas que te desagradan, te entrena para la edad adulta, en la que se supone que las cosas rara vez salen como te esperas. Para entonces la idea que tienes de la felicidad exige una compleja elaboración, que llega a veces después de un esfuerzo titánico, y no pocas veces melancólico. No es ya algo que venga dado, que se recoge del aire, sino que más bien hay que inventar, y que disfrutas durante un lapso brevísimo (artículo completo en El Progreso).

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Categorías:Vida diaria

3 respuestas

  1. El otro día volvió a mis manos una de esas listas de cosas pendientes como la que menciona en el artículo. Fue gratificador comprobar que la mitad de ellas no se habían realizado y tampoco se había ido mi vida a pique por ello. Está claro que el tiempo lo relativiza todo, especialmente las urgencias. Un cordial saludo.

  2. Por otra parte, ni usted ni yo deberíamos quejarnos. Sin ir mas lejos, compare su vida con la “lista de tareas” que Cheever asigna a la mujer del protagonista de “El ladrón de Shady Hill”: llevar al marido en coche al tren, reparar los esquís, reservar pista de tenis, comprar el vino y la comida para la cena mensual de la Société Gastronomique, asistir a un simposio acerca del alcantarillado, practicar béisbol con el nene o arrancar las malas hierbas en el jardín, entre otras cosas. En fin, lo dicho.

  3. Es ya tan común que cuando por fin tienes un instante para hacer aquello que te gusta lo haces con la sensación inapropiada de que en ello te faltan piezas.

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