Acababa de morir, hacía cuatro días, alguien muy importante. La noticia produjo una notable conmoción, casi terror. Se trataba de un destacado editor, admirado por todos; también por quienes aún no sabían que lo admiraban. Sus libros, algunos de ellos legendarios, pasarán años en nuestras estanterías, y entre nuestras manos, agitándonos, hasta que también nosotros muramos. Hay profesiones y talentos que proporcionan cierta inmortalidad. Cuando tampoco nosotros estemos, él continuará ahí, aunque no todos se den cuenta. Quizás al leer los libros que editó se oigan unos misteriosos pasos, o un crujido entre frases, a la manera de los suelos de madera por las noches, que suenan cuando nadie los pisa.

Amigos y escritores, aunque también lectores, se quedaron afligidos, desamparados, desvalidos al conocer su muerte, que los sumió en una perplejidad violenta, durante la cual uno puede sentirse extranjero en su propio cuerpo. Había fallecido en mitad de eso a lo que Joan Didion se refería como un “instante normal”, durante el que se hace imposible pensar en la muerte, que irrumpe de repente, a veces incluso mientras atraviesas el mejor momento de tu vida, o al menos del día, y si te preguntasen dirías “¡Qué bien me siento!” (artículo completo en El Progreso).

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