En la lista de las pequeñas historias de amor que todos vivimos, en ocasiones sin reparar en que son historias, y menos de amor, caben relatos inadvertidos y breves. De repente, un día te das cuenta de que has entablado un idilio velado con alguien. No sabes muchas veces que esas historias de amor existen hasta que notas, casi al tacto, que se acaban, como al avanzar en la oscuridad por el pasillo de casa, tocando la pared, y descubres que deja paso al hueco de una puerta. Entonces te sumes en la extrañeza. Ves el vacío.

A veces la historia de amor consiste en decir “buenos días” durante años al señor mayor, de barbas, que no sabes cómo se llama, con quien te cruzas cada mañana paseando a vuestros perros. Tal vez solo consiste en distinguir, en la mesa de siempre, en la cafetería de al lado, a la señora de abrigo verde haciendo el crucigrama del periódico, y que cuando acababa te cede para que leas. O en coincidir con el recepcionista del hotel que, cuando que pasas por delante, se fuma un cigarro en la puerta, y os saludáis solo moviendo la cabeza, porque os conocéis del gimnasio. O en advertir, en los días que vas a trabajar a la biblioteca, que unas mesas más allá, después de tres años sigue acudiendo a estudiar la mujer que se lleva el pelo detrás de las orejas continuamente (artículo completo en El Progreso).

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