Hacer o no hacer una cosa es una duda que se presenta de manera incesante. En su afán por cumplir con cierto destino, las decisiones importantes, o incómodas, andan a tu acecho. Se comportan como un contratiempo. Y no puedes evitarlas. Te guste o no, no se apartan, a menos que hagas algo al respecto. No hacer nada, en todo caso, constituye otra forma de acción, demasiado equivocada. No tener que tomar decisiones atribuladas, que no sabes a dónde te llevarán, haría del mundo un lugar perfecto. Pero ese es un sueño para tontos. No va a pasar. El mundo es como es, y no hay más salida que hacernos responsables de las incomodidades que nos correspondan al vivir en él.

Las decisiones difíciles aparecen sin más, y has de arreglártelas como sepas. El proceso es casi siempre el mismo: no sabes qué hacer, y después lo haces, sea lo que sea, con desazón. Los días que está clara la decisión no detectas la incertidumbre, y no sufres. Son tal vez las mañanas que optas por vestir una camisa y no otra, o por preparar esta comida en vez de aquella, o por ignorar en lugar de avisar a alguien de que viajas a su ciudad. Los miles de pequeñas decisiones racionales que caben en un día normal, aunque conforman una especie de dictadura, apenas molestan por dentro. Es raro que te quiten el sueño o las ganas de disfrutar del resto de la jornada. Carecen de carga emocional. Casi pertenecen al aburrimiento. Pero esto no siempre ocurre. En tu vida habrá un montón de momentos en que no tengas claras tus decisiones, y padecerás por ello (artículo completo en El Progreso).

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