El presidente de los Estados Unidos es un personaje habitual en las películas y novelas de ese país. A menudo se vuelve un héroe, y en esos casos se hace difícil no sentir pereza. En cambio, la emoción se renueva cuando el tipo más poderoso del mundo actúa como un cretino, un mentiroso, un mentecato. Esta semana, por causalidad, leí un relato que Patricia Highsmith escribió en los 80, con el presidente y su mujer de protagonistas. Se trata de un disparate divertidísimo, como deberían ser, ya puestos, todos los disparates. En España el texto se incluyó en un libro traducido como Catástrofes, donde todos los cuentos “comienzan en un clima de trivialidad”, como señaló un crítico, “y acaban en una atmósfera cotidiana colmada de horror”.

En El presidente Buck Jones defiende la patria, la historia empieza un domingo, después de que trascienda, por la indiscreción de unos de sus colaboradores, un tal Phippy, que su administración vendió armas a los dos bandos de un conflicto en Oriente Medio. El propio Phippy exculparía al presidente de cualquier responsabilidad al día siguiente, en una comparecencia pública. Convencido de que todo iría bien, a media tarde el presidente se puso las zapatillas, el pijama y una bata, y se quedó dormido en una butaca. “Soñó con los comunistas. Apretaba uno o dos botones, y el poderío de Norteamérica se desencadenaba en tierra, mar y aire”, escribe Highsmith (artículo completo en El Progreso).

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