En el patio del colegio de mi hija, a media tarde, escuché a uno de sus compañeros, de casi cuatro años, decir que de mayor quería ser “psiquiatra”. Me caí de culo, claro. “Caray”, mascullé, fingiendo total admiración. “Así que psiquiatra, eh”, dije con vocecita sarcástica, muy bajito, por si rondaban por allí sus padres. “Sí, psiquiatra, como mi tío”, insistió el niño, con un orgullo que parecía justificado. Me contuve para no preguntar qué hacía un psiquiatra, y cómo le iba a su tío. “Y tú, Helena, ¿qué quieres ser?”, le planteé a mi hija, esperándome cualquier cosa. “Yo nada”, respondió con un gélido interés por el porvenir, mientras arrebañaba con una cuchara el fondo de petit-suisse. Me di por satisfecho. En un mundo lleno de gente ambiciosa, artificial e insaciable, la aspiración de no ser nada denotaba cierto carácter, pensé.

Cuando ella y sus compañeros se alejaron, me puse a calcular cuantas semanas o meses tardaría en querer ser finalmente algo, y qué algo sería. Después de todo, resulta difícil resistirse a la idea de hacer planes perfectos para el futuro. Qué importa si luego, con el tiempo, no se plasman en la realidad. La irrealidad también existe, y qué necesaria es en ocasiones, ¿no? Hay etapas en nuestra vida en las que no importa que no se cumplan los sueños, porque ni siquiera son sueños; son solo frases prestadas. Pero te aferras a ellas, porque a algo hay que aferrarse. En caso contrario el tiempo te alcanza y te queda la sensación de que no viviste (artículo completo en El Progreso).

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