En la vieja casa de un poeta muerto y olvidado, a la que acudimos de visita, mi padre encontró hace años abandonada una cerradura oxidada, inservible. Cabía en la palma de la mano y pasaba de los ciento veinte años. No tenía ya nada que cerrar, si bien conservaba una hermosa llave que la mantenía con vida, pese al tiempo. Al girarla producía un sonido recio, parecido a una voz fumadora, aunque lleno de belleza. Casi te hacía imaginar que saldría un genio del clic, o al menos un antiguo poema, o siquiera una rima. Pero más allá de ese esplendor imaginario, la cerradura era un objeto francamente inútil. Solo daban ganas de dejarla donde estaba un siglo más. “¿Me la puedo quedar?”, preguntó inesperadamente mi padre al dueño de la casa, que hizo un gesto entusiasta con una mano y dijo: “Llévatela, por favor”.

Pasaron los meses y me olvidé de la cerradura. Entonces supe que mi padre había comprado un nogal centenario, cuya madera había llevado a un secadero, para tratar. “Te voy a hacer una mesa de despacho”, me anunció por teléfono, “que tendrá un cajón, que tendrá una pequeña cerradura, que tendrá una llave preciosa, con más un siglo de antigüedad”. No tuvo que decirme nada más. Me acordé del poeta, que ya no sería nunca más un poeta olvidado y simplemente muerto para nosotros. Me sentí atrapado en el desconcierto de cómo hay personas capaces de no detenerse hasta encontrar futuro a cosas que solo acumulan pasado y óxido (artículo completo en El Progreso).

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