Los 150 euros de García Márquez

Las cosas ocurren de una manera, y a partir de ahí, quizá las siguientes ya solo pueden suceder de un único modo. A veces, ese modo nos parece tan especial que decimos con admiración: “Menuda casualidad”. Pero ese algo particular y asombroso, no ocurrirá si antes no pasaron muchas otras cosas, siguiendo un preciso e inalterable orden. Hace unas semanas, por un azar anterior, recibí Un día en la vida de un editor, de Jorge Herralde, donde leí que durante algunos años Carmen Balcells decidió que ciertos libros de sus autores pudiesen publicarse en varias editoriales a la vez. Eso le dio la oportunidad a Herralde de incorporar a su catálogo El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez, en su opinión la novela que mejor representaba al escritor, y, personalmente, su preferida.

Transcurrieron dos semanas y el sábado me detuve a leer un reportaje de Xavi Ayén titulado Gabriel García Márquez, el Nobel de Barcelona. Las cosas ocurrieron simplemente de esa manera, así que al día siguiente, continuaron sucediendo de la única forma posible, cuando me detuve en mitad del salón para convencer a mi hija de que saliese de debajo de la mesa y cenar. Mientras Helena se gustaba diciendo “no”, yo me entretuve consultando la estantería de libros que había a mi izquierda, donde se encontraban las obras de García Márquez. Menuda causalidad, ¿verdad? A veces miro los títulos de los libros por mirar, sin ver, como cuando consultas el reloj y no te fijas en la hora, solo ejerces el movimiento. Esta vez fue diferente. Vi. En mi cabeza, de sus profundidades, brotó la idea —tal vez la única idea posible— de tomar El coronel no tiene quien le escriba y ojearlo, y no otra novela. Pude, además, elegir la edición de Mondadori, pero me incliné por la de Anagrama, seguramente porque semanas atrás había leído el libro de Jorge Herralde (artículo completo en El Progreso).

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¿Y si todo hubiera sido distinto?

Hay un curioso capítulo de la literatura nazi, por llamarla así, que abarca aquellas obras en las que se recrea un final alternativo al que tuvo la II Guerra Mundial. Me interesé por el tema leyendo Contractuales (Turner), de Richard J. Evans, un ensayo en el que examina la afición de algunos nuevos historiadores a establecer qué podría haber ocurrido si algunos hechos relevantes hubiesen sido diferentes a como resultaron. “Imaginar cómo habrían sido las cosas si los nazis hubieran ganado la guerra ha sido durante mucho tiempo un pasatiempo habitual de novelistas, guionistas de televisión y cineastas”, señala Evans. El historiador Gavriel Rosenfeld, por ejemplo, catalogó en 2011 más de un centenar de obras de historias alternativas del nazismo. En setenta de ellas los nazis ganaban la guerra, en veintinueve Hitler se escapaba del búnker en 1945 y en dieciocho ni siquiera existía.

Finalizada la contienda, una de las primeras obras de ficción contrafactuales fue Si Alemania hubiera ganado, de Randolph Robban, que toma como elemento de partida el uso de la bomba atómica por parte de los alemanes, que ponen punto final a la guerra arrojándola sobre Londres y Chicago. Después, Alemania y Japón llevan a juicio a los dirigentes aliados por crímenes de guerra y ocupan la Unión Soviética. Menos satírica fue Si Gran Bretaña hubiera caído, de Norman Longmate, que plantea un escenario en el que la fuerza aérea británica pierde la batalla de Inglaterra y el Rey huye a Canadá, mientras Churchill fallece luchando contra los invasores. Tras su muerte, los británicos se rinden, y Alemania nombra al duque de Windsor jefe de estado títere. Entretanto, los ocupantes desmontan la columna de Nelson en Trafalgar Square y se la llevan a Berlín, al igual que muchos de los bienes de museos y galerías (artículo completo en El Progreso).

El último videoclub

Mari Carmen Fernández regenta el último videoclub de la ciudad. Es como tener un fantasma y estar enamorado de él, pensé al verla desde fuera, tras su mostrador. Se nota que ama su trabajo, y que el trabajo en cambio ya no siente demasiado por ella, después de tantos años. Pero siguen juntos. Es mucho más de lo que podía imaginarse. Ningún otro dueño de videoclub puede decir lo mismo. Todos cerraron y tuvieron que dedicarse a otra cosa. Ella ni siquiera piensa en jubilarse. No tiene ganas.

Hace treinta y dos años que abrió el local. Pidió once millones de pesetas prestados a su madre, lo compró y lo llamó Vitels. Primero vendía equipos de música, reproductores de vídeo y, al poco, películas. Le costó arrancar. Durante cinco años no obtuvo ganancias. En cambio, en los noventa llegaron los años dorados. En 1993 había en Ourense casi cuarenta videoclubes. Empezó a irle bien. “Y eso que no instalé cajeros automáticos. A mí no me gustan las máquinas. Yo quiero que la gente entre, coja la película, lea el argumento, la deje, me pregunte”. En mitad de la frase, una clienta le entrega un par de películas. “Llevo viniendo aquí desde hace trece años. Últimamente bastante. No creo en Internet”, asegura. Después paga y se marcha (artículo completo en El Progreso).

La patria en el cajón

En la vieja casa de un poeta muerto y olvidado, a la que acudimos de visita, mi padre encontró hace años abandonada una cerradura oxidada, inservible. Cabía en la palma de la mano y pasaba de los ciento veinte años. No tenía ya nada que cerrar, si bien conservaba una hermosa llave que la mantenía con vida, pese al tiempo. Al girarla producía un sonido recio, parecido a una voz fumadora, aunque lleno de belleza. Casi te hacía imaginar que saldría un genio del clic, o al menos un antiguo poema, o siquiera una rima. Pero más allá de ese esplendor imaginario, la cerradura era un objeto francamente inútil. Solo daban ganas de dejarla donde estaba un siglo más. “¿Me la puedo quedar?”, preguntó inesperadamente mi padre al dueño de la casa, que hizo un gesto entusiasta con una mano y dijo: “Llévatela, por favor”.

Pasaron los meses y me olvidé de la cerradura. Entonces supe que mi padre había comprado un nogal centenario, cuya madera había llevado a un secadero, para tratar. “Te voy a hacer una mesa de despacho”, me anunció por teléfono, “que tendrá un cajón, que tendrá una pequeña cerradura, que tendrá una llave preciosa, con más un siglo de antigüedad”. No tuvo que decirme nada más. Me acordé del poeta, que ya no sería nunca más un poeta olvidado y simplemente muerto para nosotros. Me sentí atrapado en el desconcierto de cómo hay personas capaces de no detenerse hasta encontrar futuro a cosas que solo acumulan pasado y óxido (artículo completo en El Progreso).

Yo quiero ser psiquiatra

En el patio del colegio de mi hija, a media tarde, escuché a uno de sus compañeros, de casi cuatro años, decir que de mayor quería ser “psiquiatra”. Me caí de culo, claro. “Caray”, mascullé, fingiendo total admiración. “Así que psiquiatra, eh”, dije con vocecita sarcástica, muy bajito, por si rondaban por allí sus padres. “Sí, psiquiatra, como mi tío”, insistió el niño, con un orgullo que parecía justificado. Me contuve para no preguntar qué hacía un psiquiatra, y cómo le iba a su tío. “Y tú, Helena, ¿qué quieres ser?”, le planteé a mi hija, esperándome cualquier cosa. “Yo nada”, respondió con un gélido interés por el porvenir, mientras arrebañaba con una cuchara el fondo de petit-suisse. Me di por satisfecho. En un mundo lleno de gente ambiciosa, artificial e insaciable, la aspiración de no ser nada denotaba cierto carácter, pensé.

Cuando ella y sus compañeros se alejaron, me puse a calcular cuantas semanas o meses tardaría en querer ser finalmente algo, y qué algo sería. Después de todo, resulta difícil resistirse a la idea de hacer planes perfectos para el futuro. Qué importa si luego, con el tiempo, no se plasman en la realidad. La irrealidad también existe, y qué necesaria es en ocasiones, ¿no? Hay etapas en nuestra vida en las que no importa que no se cumplan los sueños, porque ni siquiera son sueños; son solo frases prestadas. Pero te aferras a ellas, porque a algo hay que aferrarse. En caso contrario el tiempo te alcanza y te queda la sensación de que no viviste (artículo completo en El Progreso).

¡Fuera de mi tienda!

En el verano de 2007, siguiendo el consejo de la guía Lonely Planet, me dirigí al Greewich Village, en Nueva York, y entré en Bleecker Bob’s Records, una tienda que sobrevivía al crepúsculo de los vinilos, los casettes y los cd’s. Ya había oscurecido, pero aquel sitio abría hasta más allá de la medianoche. En los 60 había acogido al Night Owl Café, un club en el que habían actuado artistas como James Taylor o Lovin ‘Spoonful. Era un local polvoriento, lleno de carteles en las paredes, y con el suelo a cuadros blancos y negros a la entrada y de madera al fondo. Todo parecía mantenerse en las mismas condiciones que en 981, cuando los dueños trasladaron la tienda al 118 de West Third Street.

Era un templo encajonado entre una pizzería y una clínica psiquiátrica. En 2013, cuando Bleecker Bob’s Records cerró por culpa de la caída de las ventas y la subida de los alquileres, el local se convirtió en una franquicia de yogures helados y más tarde en un restaurante de sushi. Antes del cierre aguantaron gracias a los ingresos obtenidos por subarrendar un cuarto trasero a un salón de tatuajes y más tarde a un vendedor de comics.

Hace unas semanas, mientras hurgaba en la sección de obituarios de The New York Times, choqué con la necrológica del fundador y propietario de la tienda: Robert Plotnik (75 años). Aquella muerte era el final del final. Tuve la sensación de que en el mundo se desmoronaba sin parar y, aunque se levantase, había algo que desaparecía para siempre (artículo completo en El Progreso).

Así se pierde la cabeza

El presidente de los Estados Unidos es un personaje habitual en las películas y novelas de ese país. A menudo se vuelve un héroe, y en esos casos se hace difícil no sentir pereza. En cambio, la emoción se renueva cuando el tipo más poderoso del mundo actúa como un cretino, un mentiroso, un mentecato. Esta semana, por causalidad, leí un relato que Patricia Highsmith escribió en los 80, con el presidente y su mujer de protagonistas. Se trata de un disparate divertidísimo, como deberían ser, ya puestos, todos los disparates. En España el texto se incluyó en un libro traducido como Catástrofes, donde todos los cuentos “comienzan en un clima de trivialidad”, como señaló un crítico, “y acaban en una atmósfera cotidiana colmada de horror”.

En El presidente Buck Jones defiende la patria, la historia empieza un domingo, después de que trascienda, por la indiscreción de unos de sus colaboradores, un tal Phippy, que su administración vendió armas a los dos bandos de un conflicto en Oriente Medio. El propio Phippy exculparía al presidente de cualquier responsabilidad al día siguiente, en una comparecencia pública. Convencido de que todo iría bien, a media tarde el presidente se puso las zapatillas, el pijama y una bata, y se quedó dormido en una butaca. “Soñó con los comunistas. Apretaba uno o dos botones, y el poderío de Norteamérica se desencadenaba en tierra, mar y aire”, escribe Highsmith (artículo completo en El Progreso).

Equivócate bien

Hacer o no hacer una cosa es una duda que se presenta de manera incesante. En su afán por cumplir con cierto destino, las decisiones importantes, o incómodas, andan a tu acecho. Se comportan como un contratiempo. Y no puedes evitarlas. Te guste o no, no se apartan, a menos que hagas algo al respecto. No hacer nada, en todo caso, constituye otra forma de acción, demasiado equivocada. No tener que tomar decisiones atribuladas, que no sabes a dónde te llevarán, haría del mundo un lugar perfecto. Pero ese es un sueño para tontos. No va a pasar. El mundo es como es, y no hay más salida que hacernos responsables de las incomodidades que nos correspondan al vivir en él.

Las decisiones difíciles aparecen sin más, y has de arreglártelas como sepas. El proceso es casi siempre el mismo: no sabes qué hacer, y después lo haces, sea lo que sea, con desazón. Los días que está clara la decisión no detectas la incertidumbre, y no sufres. Son tal vez las mañanas que optas por vestir una camisa y no otra, o por preparar esta comida en vez de aquella, o por ignorar en lugar de avisar a alguien de que viajas a su ciudad. Los miles de pequeñas decisiones racionales que caben en un día normal, aunque conforman una especie de dictadura, apenas molestan por dentro. Es raro que te quiten el sueño o las ganas de disfrutar del resto de la jornada. Carecen de carga emocional. Casi pertenecen al aburrimiento. Pero esto no siempre ocurre. En tu vida habrá un montón de momentos en que no tengas claras tus decisiones, y padecerás por ello (artículo completo en El Progreso).

Ganar la guerra

Cuando empiezas una guerra te predispones a creer que será corta. Miras a la guerra y de vez en cuando también al reloj, como si fueses un obrero pendiente del tiempo que falta para irse a su casa. Algunos días no tienes claro qué deseas más, si ganarla o que simplemente acabe. No eres un desnortado ambicioso, y los tiempos de las cosas que duraban toda la vida se fueron para siempre. Te agrada pensar que estás muy ocupado, y las guerras reclaman demasiada atención y esfuerzo. Eres menos sentimental de lo que fuiste. Hay un punto a partir del cual solo pretendes pasar a otro asunto. Es una ventaja ser una persona a la que se la suda todo, porque puedes olvidar que vives en guerra, mientras esta tiene lugar, como en el caso de mi vecino. Estuvo un año en guerra con una máquina expendedora. Primero cruenta, después dormida, hasta que un día la olvidó. La guerra continuaba, pero él ya había pasado a otros asuntos. Ni siquiera estudiaba el reloj.

Hace unos días, mientras visitaba su cuenta bancaria para comprobar cómo iban sus negocios, descubrió por casualidad que la guerra había finalizado. Había ganado él. “Me invadió una extraña alegría, que no se extendió por todo el cuerpo, como cuando tiras algo a la papelera, desde lejos, y aciertas. Cerré el puño, satisfecho, y ahí se agotó el regocijo”, me contó. Quizá se le habían pasado las ganas de ganar. El principio de la guerra quedaba demasiado lejos. Todo comenzó en el aeropuerto de Madrid, un día que volaba con su pareja a Bolonia. Esperaban a la hora de embarque cuando reparó en una máquina expendedora. Se detuvo ante ella, por puro aburrimiento, y mientras estudiaba el género, el color rojo de la Coca Cola hizo su trabajo. Hacía meses que no bebía una (artículo completo en El Progreso).

Una historia de amor

En la lista de las pequeñas historias de amor que todos vivimos, en ocasiones sin reparar en que son historias, y menos de amor, caben relatos inadvertidos y breves. De repente, un día te das cuenta de que has entablado un idilio velado con alguien. No sabes muchas veces que esas historias de amor existen hasta que notas, casi al tacto, que se acaban, como al avanzar en la oscuridad por el pasillo de casa, tocando la pared, y descubres que deja paso al hueco de una puerta. Entonces te sumes en la extrañeza. Ves el vacío.

A veces la historia de amor consiste en decir “buenos días” durante años al señor mayor, de barbas, que no sabes cómo se llama, con quien te cruzas cada mañana paseando a vuestros perros. Tal vez solo consiste en distinguir, en la mesa de siempre, en la cafetería de al lado, a la señora de abrigo verde haciendo el crucigrama del periódico, y que cuando acababa te cede para que leas. O en coincidir con el recepcionista del hotel que, cuando que pasas por delante, se fuma un cigarro en la puerta, y os saludáis solo moviendo la cabeza, porque os conocéis del gimnasio. O en advertir, en los días que vas a trabajar a la biblioteca, que unas mesas más allá, después de tres años sigue acudiendo a estudiar la mujer que se lleva el pelo detrás de las orejas continuamente (artículo completo en El Progreso).

El brazo levantado

A todos nos dicen, en algún momento, “qué raro eres”. Tal vez seas una persona particular en algún aspecto. Pero después conoces a otras, muchísimo más raras, que te hacen sentir, en realidad, el ser más normal del mundo. ¿Quién es normal todo el tiempo, además? Una vida construida a base de normalidad, exclusivamente, sí que resultaría extraña. Una cosa normal no se diferencia demasiado, si lo piensas, de una rara. Nunca sabes cuándo algo ordinario se convertirá en extraordinario. Porque a veces pasa precisamente eso.

Hace poco leí la historia de Gordon, un muchacho de 10 años que vivía en la isla de Wight, al sur de Inglaterra. Tenía un hermano llamado Anthony, cuatro años mayor, que una vez estuvo 40 días sin sacarse un chicle de la boca. ¿Era raro? Puede. Pero un día, al irse a la cama, el hermano menor levantó el brazo por encima de la cabeza, y se quedó dormido. Cuando se despertó, decidió pasar algo más de tiempo con el brazo en alto. En el desayuno su padre le preguntó qué estaba haciendo. “Le dije que tenía un hormiguero en el brazo y que me sentía mejor con él levantado” (artículo completo en El Progreso).

¿Y qué pasa si mueres?

Acababa de morir, hacía cuatro días, alguien muy importante. La noticia produjo una notable conmoción, casi terror. Se trataba de un destacado editor, admirado por todos; también por quienes aún no sabían que lo admiraban. Sus libros, algunos de ellos legendarios, pasarán años en nuestras estanterías, y entre nuestras manos, agitándonos, hasta que también nosotros muramos. Hay profesiones y talentos que proporcionan cierta inmortalidad. Cuando tampoco nosotros estemos, él continuará ahí, aunque no todos se den cuenta. Quizás al leer los libros que editó se oigan unos misteriosos pasos, o un crujido entre frases, a la manera de los suelos de madera por las noches, que suenan cuando nadie los pisa.

Amigos y escritores, aunque también lectores, se quedaron afligidos, desamparados, desvalidos al conocer su muerte, que los sumió en una perplejidad violenta, durante la cual uno puede sentirse extranjero en su propio cuerpo. Había fallecido en mitad de eso a lo que Joan Didion se refería como un “instante normal”, durante el que se hace imposible pensar en la muerte, que irrumpe de repente, a veces incluso mientras atraviesas el mejor momento de tu vida, o al menos del día, y si te preguntasen dirías “¡Qué bien me siento!” (artículo completo en El Progreso).

Botón de play

En  2008, durante un curso que impartía César Aira en Santander, compartí habitación durante tres noches, en el Palacio de la Magdalena, con un señor de Mojácar. En clase tomaba notas en un cuaderno de dibujar enorme, de anillas, y escribía con un rotring que le prometía a las frases mil años de vida. Me pareció, a simple vista, un tipo pintoresco. Tendría cuarenta años, le faltaba la punta del dedo meñique, y al principio no hablaba mucho. Se soltó en la segunda noche. Estaba dándole vueltas, me confesó, a la idea de escribir una novela. Todos estamos dándole vueltas a eso, le dije, sin intención de emborronar sus sueños. Cambió de tema enseguida.

Me contó que en ese momento vivía en Badalona, donde trabajaba en una ferretería. «He vivido en cincuenta mil sitios, y en cada uno he tenido un trabajo diferente. Sé hacer de todo, menos escribir una novela», comentó con una mezcla de buen humor y, a lo lejos, amargura. Había leído un par de libros de César Aira y, como en realidad desde hacía un mes ya no trababa en la ferretería, se había apuntado al curso con la esperanza de «encontrar el botón del play». El autor argentino era el segundo escritor al que conocía en persona, acotó con misterio, sin referencias al primero (artículo completo en El Progreso).

Amor ajeno

Unos pocos días en tu vida, muy especiales, sientes que estás rodeado de objetos que solo representan viejos recuerdos o compañías, que ya no sirven para nada; ni siquiera para recordar. Te parece absurdo seguir atesorándolos. Resisten por inercia. No reparas nunca en ellos, salvo para moverlos cuando limpias o reordenas. Al tomarlos no despiertan resonancia alguna de los viejos tiempos. Solo ocupan espacio, y el espacio es hoy quizá el verdadero tesoro. De repente, aunque sean objetos pequeños, te estorban como gigantes de pies enormes y blandos. Animado por esa frialdad que te ataca sin explicación ni aviso, y solo muy de vez en cuando, los retiras de donde están, los introduces en una caja y los tiras al contenedor de basura. “¿Me arrepentiré?”, puede que te cuestiones. “Lo superaré”, te dices entonces, y sigues adelante.

Pero casi nunca te levantas y te encuentras ungido de semejante voluntad. Ya quisieras. Casi hay que tener el corazón helado. Yo admiro a la gente que conserva, pero aún más a la gente que abandona sus cosas. En nuestra vida cotidiana, cargada de pequeños simbolismos, nos gusta guardar fidelidad a infinidad de cosas que ya no significan nada, pero lo significaron, y con ese pasado nos basta para rendirles un extraño amor eterno. Pueden estar viejas, desgastadas, rotas, pueden carecer de uso, belleza, sentido. Ningún defecto nos parece grave. De hecho, esos defectos consiguen, paradójicamente, que se intensifique el apego. A veces, cuando vemos cómo alguien se deshace al fin —en uno de esos días especiales— de algo lo bastante simbólico, pero del todo inútil, corremos a recuperarlo para nosotros (columna completa en El Progreso).

«¡VAFFANCULO!»

Tony Soprano, salvo por algunos matices, es un hombre perfectamente común, de quien el mundo tuvo noticias el 10 de enero de 1999, hace justo veinte años, cuando HBO emitió el primer episodio de Los Soprano. La serie marcó el inicio de una era dorada, ejerciendo gran influencia en la televisión que se hizo después. Preguntado en The New York Times hace unos días por qué influencias eran esas,David Chase, creador de la serie, apuntó en primer lugar «al uso de un héroe profundamente imperfecto y sus problemas». Chase buscaba «cambiar las cosas» que se hacían en televisión. «Hay una canción de Elvis Costello donde dice: “Quiero morder la mano que me da de comer. Tengo muchas ganas de morder esa mano”. Esa es la forma en que siempre me sentía al trabajar en las cadenas de televisión, y creo que al final la mordí», añadía.

El héroe imperfecto que representó James Gandolfini (fallecido en 2013) lo es de tal forma que podría ser nuestro primo, nuestro tío segundo, nuestro padre. Incluso uno de nosotros en persona. Tony Soprano soy yo, usted, él. Tony es inseguro, gordo, calvo, impulsivo, cínico, violento, frágil, leal, comprensivo, prosaico… Incluso usa camiseta de sisas. No se puede ser más común, más como usted o como yo. Ninguna condición aislada lo define. Él es todas las condiciones, a menudo contradictorias. Cuando lo observas, reparas en que dirige la mafia de New Jersey, claro, pero en realidad a ti te impresiona más que es un pobre desgraciado con tus mismos conflictos emocionales. Es un ser imperfecto.

Nos sentimos cómplices de Los Soprano porque sus ochenta y seis capítulos recrean eso que tanta satisfacción proporciona al público contemporáneo: la pasión por lo íntimo. Cuando nos sentamos ante la serie vemos la mafia por dentro, haciendo vida doméstica, mezclada con los negocios. Y nos gusta. Tony está muy lejos de los héroes y los antihéroes de la Cosa Nostra, poco acostumbrados a reflexionar sobre sus contrariedades en voz alta. Los mafiosos de ayer son tipos que callan y mastican los silencios como si fuesen piedras, sin gesticular. Tony es un individuo atribulado, que no se siente atado por la omertá cuando se somete a su psiquiatra para tratar sus ataques de pánico. Pertenece a la vieja escuela, pero su personaje se sitúa fuera de las leyes del pasado. Aquellos códigos de antes, el honor, la forma de existencia de los gánsteres de otras décadas, ya soo constituyen parte de su vida en forma de películas en blanco y negro, que le gusta ver cuando se siente ligeramente triste. «Pienso en mi padre. Él nunca llegó a la altura que estoy yo, pero de muchas maneras, él estaba mejor. Tenía a los suyos. Ellos tenían sus normas. Tenían su orgullo ¿qué tenemos hoy?», se interroga en la consulta de la doctora Jennifer Melfi (artículo completo en Jot Down).

El primer libro amarillo

En mayo de 1981, Anagrama inauguró la colección Panorama de Narrativas, dedicada a la literatura extranjera, con su característico color amarillo en la cubierta. La escritora elegida para el primer número fue Jane Bowles (1917- 1973), autora de Dos damas muy serias, en una traducción de Lali Gubern. El libro incluyó un prólogo de su amigo Truman Capote, con quien compartió hotel en París durante el invierno de 1951. Por una casualidad, como ocurre tantas veces, hace dos semanas acabó en mis manos un ejemplar original del libro que abría la colección amarilla. Lo compré por un euro en un Todo a Cien. Me sentí el tipo más afortunado del mundo. Incluso me consideré, por un momento, un as de las finanzas.

Abrí la novela al azar y caí, como se cae por unas escaleras, en un párrafo en el que la señorita Goering, una de las protagonistas, abandonaba una fiesta con un tal Arnold, al que acababa de conocer. El joven le proponía pasar la noche en su casa. “Probablemente así lo haré, por mucho que vaya en contra de mi código personal, pero, después de todo, jamás he tenido ocasión de seguirlo, aunque lo juzgue todo a través de él”, replicó ella. Me resultó simpática al instante (artículo completo en El Progreso).