Yo te mato

El verbo matar posee una variante inofensiva, casi infantil, que remite a un acto lúdico, que en general nos hace la vida más llevadera. Matar, en cierto sentido, es jugar, y morir se vuelve extrañamente divertido. El lenguaje, y el afán de las personas por contar lo que sea, produce estas contradicciones curiosas. El jueves, en una de sus carreras desenfrenadas por el pasillo, descalza, mi hija se fue al suelo de narices. Solté el libro que estaba leyendo en mi estudio, que se volvió jabón mojado entre las manos. El estruendo me disparó los nervios. Sonó a una mezcla de grave y catastrófico, como si al mismo tiempo que la niña se hubiese fracturado un brazo, o el cráneo, también se hubiese roto algún objeto, o el propio suelo.

Salí disparado para averiguar qué había ocurrido, y si había sangre. Entonces encontré a Helena boca abajo, nadando en la madera. “Me maté”, explicó con una sonrisa, como si a los tres años entendiese perfectamente la naturaleza ambivalente de palabras como matar, asesinato o criminal. “Ah, bueno”, dije, respirando tranquilo, y regresé al estudio. Eso fue un par de días después de sorprenderla coloreando la mampara de la ducha con un pintalabios. “Yo te mato”, le amenacé con ternura (artículo completo en El Progreso).

Anuncios

El año que Susan Sontag se hizo famosa

EN 1964 cuando muy poca gente conocía a Susan Sontag, el crítico cultural Dwight Macdonald le dio un consejo rápido: “A nadie le interesan hoy en día las novelas. ¡Escribe ensayos!”. Sontag había publicado el año anterior su primera obra de ficción, El benefactor, que no se convirtió en un éxito comercial, precisamente. The New York Times Book Review la tachó de antinovela, donde “los personajes no tienen vida, sino que adoptan poses”. La obra apenas le permitió hacerse un pequeño nombre en los círculos intelectuales de Nueva York. Pero al año siguiente, cuando siguió consejo de Macdonald, se hizo famosa. A veces un cambio de género trae consigo un cambio de vida.

Acababa de renunciar a su vida universitaria para dedicarse a la vida literaria. Las creía incompatibles. “He visto a la vida académica destruir a los mejores escritores de mi generación”, declaró a The Paris Review en 1994. Después de la novela, dirigió sus esfuerzos en los ensayos periodísticos. El 3 de marzo de 1964, la policía de Nueva York entró en un cine underground mientras se proyectaba la película semipornográfica Flaming creatures, de Jack Smith, en la que se muestra una orgía sexual donde participan por igual heterosexuales, homosexuales, lesbianas y drag queens. Detuvieron a los asistentes y a los organizadores, secuestraron las copias de la película y cerraron el cine temporalmente. Se levantó un alud de protestas, que, en el caso de Sontag, desembocó en un artículo en The Nation en el que defendía apasionadamente la obra y situaba a Smith en la tradición artística del expresionismo abstracto y del pop art. Su defensa de la película fue tal, que en el proceso judicial al que dio paso la acusación de pornografía fue invitada a declarar como experta (artículo completo en El Progreso).

El beso interminable

No tener nada en la nevera es un drama que se va dibujando lentamente. Es difícil alegar que te cogió de sorpresa. Quizá el día anterior ya solo tenías un huevo. Pero cuando la nevera te acorrala, puedes fingir que aún resta esperanza aceptando la invitación de un amigo para ver un partido en su casa. Es lo que hice el sábado pasado. Me preparé para ver el Inglaterra-España fuera, y quizás de paso cenar. Llegué tarde, a eso de las nueve y cuarto. Cuando torcí la calle y enfilé el edificio de mi amigo, a 20 metros distinguí a una pareja besándose en el portal, contra la puerta. Tendrían 16 años. Estaba casi convencido de que conocía a la chica. Pero estaba oscuro y todo beso era en sí una forma de desaparición. Me detuve unos segundos y luego avancé despacio, esperando que tal vez escuchasen mis pasos y dejasen de besarse.

Finalmente, por no interrumpirlos, ya que a veces se resquebraja la magia, o se pierde el tranquillo, me di la vuelta y me alejé varios metros, en silencio. Era uno de esos besos que se elevan sobre la realidad, en los que se demuestra la liviandad de la vida, de la que solo las cosas pequeñas nos salvan. Ya era de noche. Me habría fumado un cigarro inocente, porque un cigarro equivale al tiempo que duran muchas de las cosas que nos son ajenas del mundo. Lo enciendes, te cobras su vida despacio, y cuando acabas, mataste unos minutos melifluos, incómodos, que sin humo no habrían pasado nunca. Pero yo no fumo, ni siquiera cuando es bueno. Escribí un par de mensajes inútiles a amigos seguramente aburridos. Mientras esperaba que se pusiese azul el doble check, espié las ventanas de los edificios. Cuando el check se puso azul, no hubo respuesta. Hijos de puta, pensé (artículo completo en El Progreso).

Jugarse la vida

La vida no tiene un precio fijo, y a veces nos la jugamos porque es necesario, y compensa, y a veces porque no lo es en absoluto, pero nos apetece, ya que somos idiotas. Personalmente, nunca vi a nadie jugarse la vida, en persona, si no fue por una estupidez. Es una de las contradicciones de la existencia apacible que llevamos en ciertos países, donde, necesitados de estímulos para sentirnos activos, buscamos peligros ridículos. En una ocasión, vi lanzarse a una piscina a un señor que no sabía nadar, solo por pura vanidad. Fue en mi pueblo, durante la inauguración de la piscina pública. “Alcalde, ¿puedo estrenarla?”, preguntó uno de los vecinos. “Por supuesto”, dijo el regidor. Ángel, que iba vestido de calle, se descalzó y se quitó la camisa y los pantalones, quedándose en calzoncillos. La gente aplaudía con envidia. Apenas se lanzó, sin embargo, vimos que hacía unos gestos preocupantes, de desesperación, mientras se hundía.

Pasó casi un minuto hasta que un concejal se acercó al bordillo y anunció: “¡No sabe nadar!”. Todos nos volvimos buscando al socorrista. “¡Sácalo!”, le pidió el alcalde a otro vecino, afín al partido, que iba a encargarse del cobro de entradas y de hacer funcionar la depuradora, tareas que lo convertían, por pura lógica, en el socorrista oficial. Acató la orden del alcalde entre unos resoplidos que sugerían disconformidad. Tampoco sabía nadar. Solo lo admitió en el momento que estaba en el agua, también a punto de ahogarse. Cuando los sacaron del agua, la escena pareció casi preparada, incluidos los ahogamientos (artículo completo en El Progreso).

La revolución de los «greasers»

En un peligroso Chicago, dominado por las bandas callejeras, desavenidas entre sí y a la vez enfrentadas la policía, se produjo hace cincuenta años un acontecimiento casi secreto de la contracultura estadounidense: la revolución greaser. Blancos, salvajes y grasientos, con su origen en el sur de Estados Unidos, los greasers se peinaban con brillantina, escuchaban a Chuck Berry, Vince Taylor y Johnny Cash. Su estética, más o menos vulgarizada, conquistó el imaginario colectivo con películas como Grease, The Warriors (Los amos de la noche) o West Side Story. En los sesenta promovieron la banda de los Young Patriots, integrada también por hillbillies y rednecks, sureños tradicionalmente conservadores, pero que en el contexto de un Chicago despiadado, y una vida urbana oprimida, se sumaron a la revolución, que iba a consistir en alcanzar la unidad de las bandas contra las fuerzas del orden, logro que fructificó en 1969 a través de la Rainbow Coalition.

Los greasers amaban las armas y las motos y vestían impecablemente. Adonde iban, los acompañaba la bandera confederada, a veces en forma de parche en una boina, un sombrero de cowboy o una chaqueta vaquera. Desprovista de toda implicación racista, servía de recordatorio de los orígenes proletarios del grupo. Los greasers vivían en el Uptown de Chicago, un barrio obrero “con casas cochambrosas, drogas, decenas de pandillas, desempleo y montones de basura en cualquier lugar”, explica Servando Rocha, autor del prólogo de Sucios, grasientos, rebeldes. Una revolución greaser, libro que acaba de publicar La Felguera, en el que se recopilan algunos de los artículos de Rising up Angry, periódico que durante siete años fue la voz de los greasers y muchas de las bandas de Chicago. (Artículo completo en El País)

Personajes desesperados

En 1991, Jonathan Franzen se hospedaba en Yaddo, la colonia para artistas situada en Saratoga Springs (Nueva York), preparando un ensayo sobre el postmodernismo, corriente en el que encajaba su literatura en ese momento. Un día, en la biblioteca de la colonia, se fijó en un libro titulado ‘Personajes desesperados’, de Paula Fox (1923-2017), escritora estadounidense autora de seis novelas para adultos y de una veintena para niños. ‘Personajes desesperados’, publicada en 1970, estaba por entonces descatalogada. Franzen no había oído hablar de ella, y le impactó su realismo. Tanto que en 1996, en un artículo para la revista Harper’s en el que reivindicaba la narrativa tradicional, mencionó el libro, refiriéndose al “poder devastador” de su realismo. “Nunca antes había leído un libro sobre lo indistinguible que es una crisis interior de una crisis exterior”, señaló Franzen. No pasó en balde, porque el escritor Tom Bissell, que en ese momento trabajaba como asistente para la editorial Norton, se fijó en el texto y logró hacerse con un ejemplar de la obra de Fox. “Cuando el comité de ediciones de bolsillo de la editorial les pidió a sus empleados más jóvenes que aportaran ideas sobre lo que la Norton podría publicar, Bissell sugirió ‘Personajes desesperados”, contaba Joan Acocella en The New Yorker en 2011. Lo autorizaron a ofrecer 1.500 dólares por los derechos de reimpresión, y Fox aceptó. En los siguientes años, Norton recuperó sus seis novelas para adultos.(artículo completo en El Progreso).

Un tal Bolaño

Xosé Luis Fortes cuenta que a finales de 1979 coincidió con un tal Bolaño en Ourense. Tuvieron trato durante un mes, aproximadamente. Según él, casi seguro que era Roberto Bolaño Ávalos (1953-2003), el escritor chileno. Acentúa la palabra «casi», para dejar claro que pudo ser Roberto Bolaño pero también no serlo. Es cauto a propósito de sus recuerdos. A veces «también la memoria recrea ficciones», admite. Fortes (1961) trabaja como celador de carreteras en la Xunta de Galicia, pero en su otra vida, la de las tardes, se entrega a la literatura. Yo nunca había leído ni oído que Bolaño hubiese estado alguna vez en Galicia, pero me empecé a interesar vagamente por esa historia cuando Fortes me la contó por tercera vez en diciembre de 2017.

A mediados de ese mes quedamos en el café Bohemio de Ourense, en una mesa al lado de la puerta, por la que entraba un frío atroz. Nos levantamos media docena de veces a cerrarla. Encendí la grabadora y le pedí todos los detalles que consiguiese recordar del tal Bolaño. El relato comenzaba en 2008, y después iba hacia atrás. «Ese año yo sufrí un infarto, y en mitad de mi recuperación mi amigo Pepe Bouzas apareció en el hospital con un ejemplar de Los detectives salvajes (1998). Me empezaron a sonar demasiadas cosas, y aparecieron algunos datos ante los que me dije que allí había algo nuestro, generacional, común». Días después su amigo le envió un enlace a una entrevista en una radio de Girona. «Aquella voz me sonaba. Era Roberto Bolaño, y en ese momento es cuando pienso por primera vez que es perfectamente posible que Bolaño fuese el mismo Bolaño que yo había visto y tratado treinta años antes en Ourense» (reportaje completo en Jot Down).

Pablo Casado, El Madrugador

Pablo Casado (Palencia, 1981) tenía 27 años, y ninguna carrera política por detrás, el día que decidió apretar el acelerador a fondo. Lo hizo al estilo de Dan Aykroyd en The Blues Brothers, cuando mira a su compinche John Belushi y le escribe la situación: “Estamos a 200 kilómetros de Chicago, tenemos el depósito lleno, medio paquete de cigarrillos, es de noche y llevamos gafas de sol”. Belushi dijo lo único que se podía decir cuando no tienes nada que perder: “Tira”. Casado se subió al estrado en un congreso del PP de Madrid, en 2008, e hizo lo mismo: tiró. ¿Adónde? A ninguna parte. Eso tampoco importaba. Se trataba de impresionar a Aznar y Esperanza Aguirre, sentados en primera fila, como cuando tu hija de tres años te dice «papi, mira lo que hago», y al mirar, la niña salta a la pata coja o lame el espejo del ascensor. Es decir, pequeños heroísmos sin importancia.

Casado hizo algo que, en realidad, no tuvo mucho más mérito que chuperretear un espejo, pues tomó la palabra y afirmó que «los de la izquierda son unos carcas, todos los días con las fosas de no sé quién». Le pareció poco decir y añadió que en 1989 «los jóvenes nos pusimos delante de un tanque en Tiananmen parando el comunismo, y tiramos el muro de Berlín». Eso ya era otra cosa, con ese uso incorpóreo, alegre, de la segunda persona del plural, que en política sirve para fingir que hablas en serio y en broma, pues a lo mejor no hay diferencia. Quizá le faltó un golpe visual, como descalzarse y demostrar que, veinte años después, aún tenía piedrecitas en los zapatos de hacer añicos el dichoso muro que separaba el capitalismo del comunismo. Aznar quedó impresionado igualmente, y comentó que un día le gustaría ver a Casado liderando el PP. A la vista de su discurso sería como si volviese a liderarlo el propio Aznar (perfil completo en Vanity Fair).

Cartas a Stalin

En un mundo en que ser poeta o novelista importaba de verdad, porque la gente consideraba que sus verdaderos líderes eran los escritores, Mijail Bulgákov y Evgeni Zamiatin escribieron en los años treinta sus famosas y desesperadas cartas a Stalin, traducidas hace unos años por Víctor Gallego para la ya desaparecida editorial Veintisiete letras. No reclamaban laurales, sino que simplemente se les permitiese seguir siendo escritores. Las obras de teatro de ambos habían sido prohibidas. «Para mí, el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo», le manifestó Bulgákov al Secretario General del Partido Comunista. En su primera carta, fechada en 1929, explica que sus obras de teatro no pueden representarse, y sus relatos, la reedición de sus ensayos satíricos y su novela La guardia blanca han sido prohibidos. Eso lo considera más grave que el hecho de que la crítica en la Unión Soviética no le haya dirigido más que «juicios reprobatorios» e «injurias desenfrenadas». Después de diez años no tiene ánimos suficientes «para vivir más tiempo acorralado, sabiendo que no puedo publicar ni representar mis obras». Empujado a la depresión nerviosa, «mi dirijo a usted y le pido que interceda ante el gobierno para que me expulse de la URSS junto con mi esposa» (artículo completo en El Progreso).

Diario ruso-español (fin)

15 de julio

Madrugo y barro a medias la terraza, sin ganas. Barrer con ganas se me antoja inalcanzable. Tendría que ser un genio. Hacerlo de una manera que no sea a medias exigiría además otra actitud que yo no tengo. La vida está llena de historias que empiezan y no acaban, y no pasa nada. Cuando dejo la escoba, cojo el móvil. Creo que el paso de un objeto a otro es una metáfora. Veo un mail de C, un amigo venezolano. «Me robaron el teléfono a punta de pistola, cerca de la esquina Colimodio, a las 3.50 p.m. Todo bien, sin un rasguño», escribe. Uf, pienso. No sé si lo parece, pero en Caracas este es un final feliz, que al llegar a casa te permite anunciar que hoy tampoco te mataron. Cuando lo visité hace un par de años, C me dijo que si te asaltaban era importante tener algo que entregar a los ladrones, o te pegaban un tiro (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (31)

14 de julio

Algunos sábados tienes que inventarte los recados, porque no tienes. Helena me acompaña a dejar una camisa sucia en la tintorería. Hace tres meses que quería llevarla, desde que descubrí una mancha invencible en un puño. Pero una cosa es querer y otra que se te pase siquiera por la cabeza. Por fin hoy es el día. No se registran incidencias por el camino, y entregamos la camisa en la tintorería, donde la dueña le regala una piruleta a la niña, y después nos vamos al parque. Charlo de todo y de nada, sobre todo esto último, con una madre mientras su hija y Helena se columpian. Aprovecho para despachar la piruleta en un visto y no visto. Después hablo con una abuela y aun más tarde con un abuelo, que le pregunta a Helena qué quiere ser de mayor. Menuda pregunta, hombre. El señor viste su mejor traje, o quizás el segundo mejor, y a mí me daría miedo no decir que quiero ser dueño de Google o gánster. Pero la niña no le hace ni caso y prefiere meterse el dedo en la nariz, distraída. Qué temple y qué modo de contemplar la vida, pienso. Qué temple. «Tiene tres años. Me parece que no quiere ser nada», respondo por ella. De vuelta a casa, para comer, Helena pregunta por su piruleta. «Me la robó el viejecito del traje, el que te preguntó qué querías ser de mayor», le cuento. Se echa a llorar muy despacio, primero un gesto exánime, después otro, y otro, hasta que llegan las lágrimas. «Yo tampoco soporto a los ladrones», digo. Al final tenemos que ir a comprar otra piruleta (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (30)

13 de julio

Empiezo a hacer dos o tres cosas, pero no acabo ninguna. Ni siquiera llego a la mitad. Lo bonito es empezar. Al menos dejo a Helena en la guardería y no a medio camino, entre dos semáforos. «¿Mañana vamos a la playa?», me pregunta. «Juegan Bélgica e Inglaterra por el tercer y cuarto puesto. Es una porquería de partido, el peor del Mundial. Pero cómo no voy a verlo. Sería una temeridad», digo, alicaído. «¿Y después de mañana?», insiste. «¿El domingo? ¿Te has vuelto loca, pequeñaja? ¡Es la final! No puedo ir a la playa, lo siento. Vete tú si quieres. Te pago un taxi», le propongo.

Me paso por una administración de lotería a comprobar que no me ha tocado la Primitiva. En tres años, mi momento de gloria fue un premio de ocho euros. Toqué techo. Cuando no gano nada, que es la inmensa mayoría de veces, se me junta la tristeza con la alegría. No quiero acabar como un señor del pueblo de al lado, al que llamaban Chemanel. Era buena persona. En 2003 le tocaron nueve millones de euros a la Primitiva. Emprendió negocios ruinosos. Se aficionó a los casinos, las apuestas, los coches de lujo, la prostitución. Gastó todo lo que tenía. Se endeudó. En 2009 se suicidó dentro de un todoterreno, con una pistola. Supongo que corrió demasiado. En una vida normal y corriente ocurren a veces cosas terribles, como hacerse millonario de repente. Quizá para ser rico convendría tener costumbre, pongamos, desde los tres años. A lo mejor llevaba razón Errol Flynn cuando recomendaba ser pobre, al menos al final de tu vida. «Cualquier hombre al que a la hora de su muerte todavía le quedan 10.000 dólares, es un fracasado», aseguraba (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (29)

12 de julio

Son las ocho de la mañana y está sonando el teléfono. “Me apuesto un brazo a que es mi madre”, pronostico, sin moverme de la cama. “Me apuesto el otro brazo a que no quiere nada en especial”, añado. Media hora después, cuando al fin me levanto, compruebo el teléfono por curiosidad. Era mi madre. Podré conservar los brazos. A los cinco minutos vuelve a llamar. Hablamos de esto y de aquello, de nada en general. Cuando estamos a punto de despedirnos me dice que no le gustó que ayer la pusiese de excusa para dar largas al persianista y ver el Inglaterra-Croacia tranquilo. Podía haberme inventado otra cosa, dice, incluso podría no haberme inventado nada. La mentira es un vicio. “¿Y si resulta que ahora me pongo enferma de verdad, muy grave, y me tienen que ingresar en el hospital, y me muero? ¿Qué cuerpo se te quedaría?”. Cuando colgamos, me aborda Helena, y después tres o cuatro whatsapp, y ni siquiera son las nueve de la mañana. Diez minutos de tranquilidad es todo lo que le pido a algunos días. Pero los días, o la vida, no siempre te los conceden; no tienen. Hay una escena en El Divo en la que Andreotti comentaba que nadie sabía su número de teléfono y un día lo llamaron a casa. “Me dijeron que me matarían el 26 de diciembre. Y yo les di las gracias porque así podría pasar la Navidad tranquilo”. Me representa (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (28)

11 de julio

Coincido con el vecino del primero B en el portal. Hace tres días lo vi desde el parque y me fijé en que al salir a la calle se limpiaba los zapatos contra la pernera del pantalón. Me parece un gesto de crack. Me cuenta que acaba de instalarse un aparato para filtrar el agua a través de un purificador de ozono. Lo último. O lo penúltimo. «Me ha costado un riñón, pero qué agua, macho». Nunca sé qué es más, un riñón o un ojo de la cara. Yo llevo en la mano una bolsa con dos libros. «Yo me he comprado Las posesiones, de Llucia Ramis, y El rosa en los flancos de las truchas, de Joseph Wilson, para regalar», le cuento, haciéndome un poco pequeño. «Ni los conozco», dice con desdén. Me gustaría saber a quién conoce. Nos despedimos.

Me meto en casa con la sensación de que el vecino me ha dado una paliza. El agua tiene tantas posibilidades, después de todo. La literatura solo sirve para la literatura. Los fines que somos capaces de dar a algunas cosas, incluida el agua, es lo que nos caracteriza como seres humanos. Beberla, a secas, puede hacerlo un perro o un gato. Hasta una mosca bebe. ¿Pero qué animal construiría una depuradora, o una fuente, o crearía una empresa de abastecimiento, o una concejalía del ramo, o un purificador do ozono, por ejemplo? Solo nosotros. Ay, quién no sueña con tener un día una piscina, y tal vez hacer cada verano una gran fiesta, y al día siguiente, con un horrible dolor de cabeza, no recordar nada, hasta que mira la piscina y ve que sobre el agua flotan sillas, botellas de champagne, el sofá del salón, un par de bañadores… Es justo ahí cuando descubres que la vida empieza en efecto con el agua, pero la humanidad arranca con la destilación, como decía Faulkner (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (27)

10 de julio

Friego la taza del desayuno, la pongo a escurrir y de pronto, sin venir a cuento, anuncio que voy a llamar al persianero. «Se acabó. Esto no puede seguir así. Es una puta vergüenza. Vivimos en el maldito caos», digo, hundido. M me observa y no añade nada. Qué va a añadir. Se nota que piensa lo mismo. Desaparece y al minuto regresa a la cocina con el Diccionario de la lengua española. «‘Persianero’ no viene en el diccionario», asegura. «Así que no viene… Eso lo cambia todo. Me pregunto quién nos arregla la persiana en ese caso. ¿Un académico? ¿Va a venir Vargas Llosa a echarle un vistazo, o Pere Gimferrer, o Clara Janés?», pregunto sin sarcasmo, pensando que tal vez el manitas sea Pérez Reverte. «En cambio, ‘persianista’ sí que aparece debidamente recogido: persona que se dedica a la construcción, colocación o arreglo de persianas», dice M, que cierra el volumen y suena definitivo. Se va descojonándose por dentro. Puto diccionario.

Me encierro en el estudio a trabajar. Tengo muchísimo que hacer antes del partidazo de esta tarde. A los diez minutos dejo todo lo que estoy haciendo, que no es mucho, y llamo a Pedro [nombre ficticio], para hablar por hablar. «¿Por qué no vienes a ver el Francia-Bélgica a casa?», le propongo. «No puedo. Hoy empiezo con la mudanza», dice. «Hostias». Pedro se muda a casa de sus padres. Cortó con Ana [nombre ficticio] y solo no puede pagar el alquiler. «Me imagino que no necesitas que te eche una mano, así que ni me ofrezco», digo. Nos quedamos en silencio. «Voy a arreglar la persiana», cambio de tema. «No jodas. ¿Y las vas a arreglar tú?», pregunta. «Ni loco. Yo creo en la ciencia, así que llamaré a un persianista», respondo. «¿‘Persianista’ existe? ¿No es ‘persianero’?» Volvemos a cambiar de tema y me cuenta que está a dieta. No quería, pero al final cree es una buena idea. Le hablo de un relato de Roberto Fontanarrosa, titulado Los últimos vermicelli, sobre una comunidad que somete a la gente gorda. La policía los persigue y acaba con todos. Nadie puede pesar más de 75 kilos. Los libros y tratados de cocina están prohibidos, así como los alimentos demasiado calóricos. En ese relato se cuenta la historia del gordo Albarello. Un día lo llevan preso y le ofrecen una dieta para perder 30 kilos. Albarello se niega. No quiere traicionarse. Tiene unos principios, cree en la libertad individual, en el derecho a estar gordo, o flaco, o calvo, o imbécil perdido. Y como protesta, se pone en huelga de hambre, y al final pierde 47 kilos (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (26)

9 de julio

Hay obras en el hotel Altiana. No es un motivo de especial alegría. Cuando el Altiana está de obras es como si lo estuviese yo, pues la parte posterior del hotel da directamente a mi terraza, y a menudo los ruidos hacen vibrar mis paredes. También es muy habitual que los huéspedes salgan a fumar a los balcones y arrojen las colillas al vacío para que yo las barra. Si uno de esos huéspedes decidiese suicidarse, y no veo por qué no querría hacerlo, tal como están las cosas, podría llegar a caer sobre mí. Cabe la posibilidad de que en ese caso salvase la vida. Pero no pensemos en cosas alegres.

Los albañiles empiezan a martillear a las ocho y media de la mañana. Le ponen muchas ganas. Me temo que el martillo solo admite énfasis. No estamos ante ese tipo de herramientas que se pueda utilizar con delicadeza, como un rotulador o un plumero. Carece de buenos modales. No llama a la puerta, digamos, y dice “qué hermoso día hace hoy”. Cuando los trabajadores paran, a los cinco minutos, me hago ilusiones pensando que a lo mejor han martilleado por error. Quizás se equivocaron de hotel. Enfrente del Altiana está el hotel Ervedelo. Cosas peores he visto. En una ocasión presencié cómo mi padre intentaba abrir la puerta de su coche sin éxito, en un parking. Era su viejo Mercedes 190 D, azul, de cuatro marchas, que vivió treinta años. La llave entraba en la cerradura, pero no giraba. Mi padre es un señor aficionado a perder la paciencia. Es casi famoso por ello. “Hay que reventar la ventanilla”, zanjó después de unos pocos intentos. “Vete a buscar un buen ladrillo”. Regresé con un buen extintor. “Algo es algo”, dijo al verlo. Casi lo estaba levantando para romper el cristal, cuando escuchamos unos alaridos y unas amenazas feísimas. Era el verdadero dueño del coche, que también tenía un Mercedes 190 D, azul. Nos habíamos confundido de planta (entrada completa en Vanity Fair).