Si no es esto, ¿entonces qué hostia es?

Una pregunta puede causarle la ruina a cualquiera. Incluso acabar con él. No existe defensa posible contra una pregunta elemental, directa. Una pregunta es una bomba para gente de paz, y bien formulada tiene sobre el interpelado el efecto de un uppercut, es decir, una hostia vertical y ascendente que busca el mentón. Los entendidos en boxeo lo tienen por un golpe bastante poderoso. No hay nada que hacer contra una pregunta así, excepto caer al suelo sin dientes. Este domingo, La Sexta emitió una edición de Salvados dedicada a la burbuja cultural. Más información

Anuncios

El impacto del Guggenheim

Pasé el fin de semana en Vilardevós. Ahora somos 2.100 habitantes. Caemos a razón de cien al año, como si fuésemos moscas. Ya es costumbre. No hay semana sin su entierro y medio. En el bar, al atardecer, al regresar del cementerio, coincidimos en que la construcción del tanatorio es el mayor avance en décadas. Resultó un revulsivo para los que aún estaban vivos. «Es nuestro Guggenheim», razona el dueño de la cantina, mientras le pasa un trapo a la barra. Tal vez. En sitios como Vilardevós sentimos bien poco el peso del mundo. Ni falta que hace. Más información

Cómo una diarrea condujo a un post

La diarrea es un tema delicado, con perdón. Pongamos que la delicadeza afecta a varios niveles. Primero está el nivel físico, que personalmente no me interesa. También está el plano científico, que me interesa menos, o nada. En realidad no me interesa ningún plano de la diarrea, excepto el narrativo. Cómo hablar de la diarrea, cuándo hablar de la diarrea, dónde, con quién hablar de la diarrea? Cuestiones candentes. Todos conocemos relatos de diarreas, algunos son graciosos, otros trágicos o tragicómicos, y casi todos, ni una cosa ni a otra. Más información

El gran momento de Mary Tribune

Lea El gran momento de Mary Tribune. No es una novedad editorial. No está de moda. No habla de ella ningún periódico. No se encuentra en la mayoría de las librerías y hay que encargarla. Tiene ochocientas páginas. Da igual. No pierda un minuto en este blog. Abandónelo. Márchese. Adquiera ese libro y olvídese de todo, de su trabajo, de su familia, de que tiene que hacer la comida… Chorradas. No serán tan importantes esas cuestiones de vida o muerte, supongo, al lado de comprender que lo que está pasando hoy en este país es sólo lo que pasó anteayer, hace treinta años, hace un siglo… Más información

Los crímenes de la letra j

Hace tres meses guardé un billete de cien euros dentro de un libro. En ese momento acababa de leer que Sergio Pitol, en los años que ejerció de diplomático en algunos países del este, usaba su biblioteca como caja fuerte. Tenía predilección por las obras de Moliére. Me pareció un gesto tan hermoso y audaz, tan poético para estar hablando, en el fondo, de dinero, que quise imitarlo sin perder un minuto. Se daban las condiciones. Yo acababa de cobrar un premio de la lotería, y después de gastar cuarenta euros en los Diarios de John Cheever y en un disco de Bonnie «Prince» Billy, no sabía bien qué hacer con los cien restantes, así que los guardé dentro de una novela. No hago una mención explícita a la novela no para evitarle el aburrimiento de los detalles secundarios, o porque sea una novela de la que haya que abochornarse, sino porque simplemente no recuerdo el título. Ni al autor. Esa es la tragedia: no tengo ni una idea remota, ni siquiera una idea falsa, de en qué libro puede estar depositado el dinero. En algún momento, como Mark Twain, yo conseguía recordar incluso las cosas que no habían sucedido. Ya no.

Entre los estados que no puedo disimular se encuentra la impaciencia. Ya transcurrieron dos días y una tarde desde que busco el billete, y me desespero. No es una cuestión de dinero, sino de minutos vacíos. Primero busqué en las páginas de los grandes títulos, por si en aquel momento, con la idea de Sergio Pitol en efervescencia, había pensado que cien euros merecían relajarse, como mínimo, entre el Ulises, Nuestro amigo común o Tristram Shandy. Nada. Revolví las páginas de Dostoievski, Melville, Kipling, Mann… con igual resultado: nada. Cambié la estrategia.

Porque, ¿y si había metido los cien euros en un bodrio de novela? Tal vez, temeroso de que alguien encontrase el billete por una casualidad, había decidido guardarlo en alguna de esas bazofias que colecciono, ese tipo de libros que hay que estar muy desesperado para consultar. Evidentemente, corrí a mirar en mis novelas. Nada de nada. Y eso que son malas. Después miré en las de C y P, a los que también tengo por extraordinarios malos novelistas. Y así hasta que llegué a una novela de Pérez Revierte. Ni rastro del billete entre tanta bazofia.

En mi biblioteca siempre gobernó el caos. No tanto por pereza –podría ser perfectamente– como por uno extraño convencimiento. Trabajo con la teoría de que un libro representa lo contrario del orden, de modo que no tiene sentido clasificar una biblioteca. Nunca se me ocurrió disponer los volúmenes por autores, o por géneros, o por editoriales. Cuando necesito encontrar un libro me gusta viajar por los estantes desesperadamente, hasta que se produce el descubrimiento. Cualquier clase de orden facilitaría la localización, que no sería ya el fruto de un instante luminoso, sino el triste y aburrido resultado de sumar dos y dos, y comprobar que, en efecto, sólo pueden ser cuatro.

Me gusta que todos los libros estén fuera de su sitio, en posición de emboscada, pues ese es su lugar apropiado. Naturalmente, este desorden está detrás de la huida de los cien euros. Tal vez no los recupere nunca, pero tal vez eso sea lo más conveniente. Onetti contaba la historia de una muchacha de trece años que se presentó un día en su casa proponiéndose para ordenar su biblioteca. Después le recitó al escritor el abecedario de carrerilla, y éste juzgó que eso era un mérito suficiente. Cuando la muchacha acabó el trabajo, Juan Carlos Onetti examinó aterrorizado el resultado: la letra J agrupaba a Joyce, Jiménez, Le Carré, Valera, Cocteau, Rulfo, Swift, Cortázar, Steinbeck y Borges, entre otros muchos. El orden alfabético, inofensivo y suave, también puede ser criminal.

Horror en la cabina telefónica

Es sábado al atardecer. Estás en el bar, de espaldas a la barra, bebiendo como si nada, miras en la dirección del parque, y reparas fríamente en la cabina telefónica, abandonada. Llueve. O estás en la estación de ferrocarril, con un libro entre las manos, esperas aburrido la llegada del tren, levantas la cabeza, y ves el teléfono público en un rincón, solitario. Hace buen día. En ningún caso adviertes nada extraño. Nada que sugiera una amenaza. Salvo que llueve o hace buen día. En un caso bebes y en otro lees, que son modos muy legítimos de transitar por la vida. Pero todo cambia en un segundo. Inadvertidamente, un desconocido se acerca hasta el aparato de teléfono, mete la mano en el bolsillo, busca monedas muertas, introduce dos de veinte céntimos en la ranura y descuelga el auricular. No sabes de qué habla, pero tu tranquilidad ha terminado. Da igual quién sea ese fulano, o con quien hable, o de que traten. No te parece trigo limpio, sin más. De pronto, tienes el desasosiego metido en el cuerpo. Tic tac. Tic tac. Ya no te apetece leer ni beber. Tal vez beber. La escena ha girado ciento y pico grados. Son muchos grados, ciertamente. Donde antes había tedio, ahora manda la inquietud. Es normal.

Hace tiempo que las cabinas se volvieron sospechosas. Son un residuo, como los consumidores de heroína, a lo que ya nadie, o case nadie, para ser exactos, recurre. La explosión de la telefonía móvil ha convertido su presencia en el paisaje urbano en un objeto olvidado. Hay en ellas algo que nos recuerda a la muerte, tan solas, tan frías, tan inofensivas. A menos que alguien se acerque a ellas, descuelgue, marque un número. Luego, descubres que no sólo están vivas, también son peligrosas. Es inevitable desconfiar de sus usuarios. ¿Estarán contratando un sicario? ¿Concretando detalles para asaltar un banco? Parece lógico pensar que sólo usas un teléfono público si pretendes esconderte, borrar tu rastro, encargar el asesinato de tu padre.

Pero la cabina telefónica siempre fue una fuente de horror. Tal vez el  mediometraje más impactante del cine español sea La cabina, dirigida por Antonio Mercero en 1972. Eran otros tiempos. En realidad, siempre son otros tiempos. La cinta cuenta la historia de un individuo, interpretado por José Luis López Vázquez, que queda atrapado en una cabina de teléfono y no puede salir. Fin de la historia. Pero la historia es lo de menos. Cuando acaba la historia comienza la falta de aire. La película dura 35 minutos, pero cada minuto dura varios días. Basta decir que durante muchos años, la gente que tenía que usar los teléfonos públicos metía el pie entre la puerta y la jamba para que no se cerrase la cabina. Algo así tiene que ver con el guión, con la dirección, con la interpretación, con la banda sonora… y con la cabina telefónica, que sólo nos dejará tranquilos el día que se extinga por completo.

El «trampitán» y las patatas cocidas

Necesitamos un buen invento. Una idea que nos haga descarrilar e ir por caminos distintos. Las vías del tren siempre conducen al mismo lugar. Se trata, como en aquel tango de Cadenza, de intentar lo absurdo para lograr lo imposible. El caso es reaccionar. El Papa Inocencio IX encargó en su día un cuadro en el que aparecía representado en el lecho de muerte, y lo contemplaba cada vez que debía adoptar una decisión importante. Nosotros deberíamos tener algo así en los despachos oficiales. Un estímulo. Algo. Un buen invento, en fin.

No sé si el Consejo Económico y Social que propone Baltar para construir un milagro a escala provincial, es ese buen invento. Tampoco sé si es un invento, a secas. Galicia cuenta con un Consejo Económico y Social desde hace años. Quizás el invento sería que, una vez que ya existe, se le busque sentido. No sé. Seguramente estoy equivocado, y seguramente, cuando todo el mundo suprime y destruye, el gran invento sea crear, fundar. Llevamos tanto tiempo retrocediendo y recortando, que parece que evolucionar hacia delante sea un paso atrás.

En esta provincia siempre hubo grandes inventores. Tengo devoción por Indalecio Carballal Yáñez, un carnicero que, en los años veinte, inventó el kilo de ochocientos gramos. Disfrutó de cierto éxito, a corto plazo. Hasta que un cliente le partió una pierna con un sacho, y lo abocó a retomar el kilo oficial, clásico, aburrido. En este país siempre nos gustaron los números redondos. Pero existieron otros inventores célebres. Algunos apócrifos, pero tanto más interesantes cuanto menos posible sea seguirle el rastro. En la misma época que se experimentaba con las unidades de peso, corrió la noticia de que un jesuita de A Limia había obtenido electricidad a partir de las patatas cocidas.

Y llegamos al plato fuerte: Juan de la Coba. Nacido en 1829, inventó el «pirandargallo», un paraguas gigante que se instalaría en el Polo Norte para evitar que  lloviese en el planeta cuando no se precisase. Pero sobre todo inventó el «trampitán», un idioma personal, pre-surrealista, que no conducía a ninguna parte. Ni siquiera al entendimiento. Carecía de voluntad comunicativa. De la Coba empezó por unas pocas palabras, que permitían construcciones absurdas, tipo «el valle del varramoto» o «los prados de la julepa». Con el tiempo, el idioma se sofisticó y el autor hasta compuso una ópera: La Trampitana. Sí. Claramente. Hace falta retomar el espíritu de nuestros grandes inventores.

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense).

La identidad de la ropa interior

Mi primer viaje en el tren de alta velocidad entre Ourense y Santiago no pudo resultar más turbador: me tocó sentarme frente a un hombre con las iniciales de su nombre grabadas en la camisa. Esa gente siempre me ha resultado inquietante. Tanto o más incluso que la gente que lleva un peine en el bolsillo del pantalón, o nunca sale de casa sin hacer antes la cama. No creo que haya que desconfiar de ellas necesariamente, como sí hace falta hacer con la gente que no bebe. Pero procede tomar algunas precauciones. Nunca están de más. Cuando alguien exhibe su identidad hasta ese punto, para que repare en ella incluso el revisor del tren, en el fondo está ocultando algo. A veces pasar desapercibido exige cierto exhibicionismo. ¿Quién va a pensar que la luz provoca oscuridad? Aquel tipo era un profesional.

Es cierto que no hace tanto tiempo, muchos llevábamos la ropa interior marcada con nuestro nombre. Gracias a eso sabíamos en todo momento quiénes éramos. No importaba cuánto habíamos bebido, ni con que combinábamos la bebida. Bastaba acudir a la goma de los calzoncillos, donde las madres grababan nuestras iniciales, y las cosas volvían a su sitio. Pero aquello pasó, y mientras no pasó, se circunscribió a zonas relativamente discretas.

Fuera de aquellas iniciales en la camisa, el viaje estaba resultando de lo más placentero. Ni un descarrilamiento. Lo que multiplicaba mis suspicacias. Las fuentes del placer son tan oscuras y tormentosas como las del sufrimiento. Pero las iniciales se hacían cada vez más grandes y más sospechosas. No quería verlas, pero cuanto menos lo deseaba, más inevitable resultaba clavarle la mirada.

El recuerdo de Extraños en un tren vino a meter más presión en la caldera. Tenía fresca la adaptación cinematográfica de Hitchcock, que hacía dos meses habían pasado por La 2, y comencé a ver fantasmas. En nuestro caso, también el viaje comenzó por una inofensiva conversación. Él dijo «buenos días» y yo respondí «no sé si no lloverá». Imaginé que el fulano de las iniciales –y de zapatos impecables– me propondría de un momento a otro, con la mayor naturalidad, sin despeinarse, que yo matase a su padre y a cambio él liquidaría con gusto a mi esposa, o en su caso, a un familiar próximo, insoportable. Nunca escasean, francamente. Pero el caso es que después del intercambio de las primeras palabras, los dos nos precipitamos en el silencio. Tal vez él imaginó que yo había imaginado, y ya se sabe que no hay como la previsibilidad para que estas sugerencias caigan en saco roto. En esto, llegamos a la estación. Él dijo «buenos días» otra vez, y yo respondí «está lloviendo».  Bajamos y, cuando vi cómo se alejaba, respiré más tranquilo. Matar, tengo que admitirlo, no se me da bien, aunque tengo entusiasmo…

Un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo

Soy de esas personas que, sin llegar a admirar, se asombran ante la capacidad que tienen otras para regatear un precio. Esa virtud, y la de evadir impuestos, provoca grandes envidias. A todos nos gustaría, en un día de feria, comprar una zamarra que cuesta, pongamos, cien euros redondos, por veinte, y a ser posible, diez. De hecho, nos gustaría llevárnosla a casa sin pagar, pero para robar también hay que ser una persona con habilidades. En general, carecemos de método para el regateo. No es una cuestión de conocimiento. Es algo más complejo, relacionado con un enigmático código que no se sabe de donde procede, pero también más simple, conectado con el desparpajo personal. En el fondo, tiene que ver con saber contar muy bien un chiste, pero muy bien. Casi nadie sabe. Afortunadamente para los que carecemos de esta facultad, y cualquier otra, cada vez menos negocios admiten el regateo (y cada vez menos gente admite los chistes, dicho de paso). Está en amplio desuso, como el verbo «yacer», para sugerir con la boca pequeñita una relación sexual, o el sustantivo «alopecia». En realidad, excepto en ferias, y en determinados bazares extranjeros, las cosas tienen un precio de referencia, una etiqueta, y si nos gusta, bien, y si nos disgusta, bien también.

Esto era esencialmente así, hasta que el Gobierno propuso  que, cuando la administración te debe dinero,  para cobrar antes habrá que cobrar algo menos. Comparece una combinación de comedia y drama en esta propuesta gubernativa. Aporta esperanza y contribuye a la desesperación. Es como aquel sketch de Miguel Gila: «Me han matado al hijo, pero lo que me he reído…». No conviene despachar un plan así precipitadamente. Los tiempos no están para hacerle un desaire al Gobierno. Observe, sino, a los empresarios. Es más, mi sugerencia, si me permite divagar brevemente, es que se haga usted empresario, y al carajo. Luego, actúe como en aquella viñeta de Forges, en la que un personaje le explica a otro con determinación: «Será todo el consejero delegado que quiera, pero no sabe con quien está apostando el dinero… ¡Pues bueno soy yo!…Va a saber lo que es bueno: le voy a hacer una reverencia que va a quedar tonto… y como replique lo llevo a hombros por toda la planta noble».

Esta es, digamos, la tónica del presente. Hay que aplaudir. Nada de malas caras. Ni de gestos. Ni de hostias. Tenga muy presente el caso de Héctor José Cámpora, incondicional judicialista argentino que en un discurso de Juan Domingo Perón se irguió 74 veces para aplaudir al presidente. Y cuando Eva Perón le preguntaba por la hora, Cámpora respondía: «La que usted guste, señora». Pero tenga más presente aún Atraco a las tres –es decir, la versión española–  cuando José Luis Lopez Vázquez, en el papel del oficinista Galindo, le da bienvenida al banco a la vedette Katia Durán: «Fernando Galindo, un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo».

!Ya voy¡

En casa no daban un duro porque este blog cumpliera una semana. Estábamos todos de acuerdo. Somos de raíz optimista. Es sabido, en el círculo familiar, que soy de esa clase de gente que abandona las cosas que empieza. En ocasiones, de hecho, solo comienzo a comenzar, tímidamente. Tengo un gran entusiasmo, pero breve. En ese sentido, el abandono del blog era algo cantado gracias a que me implico a fondo en esos proyectos que arrancan con una huida en las primeras horas. Modestamente, nunca defraudo como fracaso. Siempre fui así. Es, sin ánimo de simplificar, una cuestión cultural. Más información

La realidad no existe, evidentemente

Las paradojas de Zenón, ideadas para afirmar la doctrina de que las sensaciones que obtenemos de la realidad son ilusorias, permiten negar los fenómenos más evidentes. Incluidos los recortes en la sanidad ourensana. De hecho, la merma en el servicio sanitario sólo puede negarse ya apelando a Zenón de Elea, en ningún caso al razonamiento lógico. En la imaginación de Zenón, Aquiles proponía una carrera contra una tortuga. Convencido del triunfo, permitía que el animal tomase ventaja. Eso le impedía ganar la carrera, porque incluso para llegar al punto del que había partido la tortuga, antes debía alcanzar la mitad del trayecto. Pero si deseaba hacerlo, antes debía, su vez, llegar a la mitad de esa mitad, y antes a la mitad de la mitad de la mitad… Como puede intuirse, esta progresión continuaba hasta el infinito, con lo cual, según Zenón, Aquiles ni siquiera llegaba a empezar la carrera, al no realizar movimiento alguno. En la misma lógica, la merma de los presupuestos de la sanidad ourensana nunca podrán conseguir la merma en la calidad del servicio.

Entre todas las miserias de nuestra sanidad, como las esperas de ocho horas en urgencias, me conmovió la avería del ascensor de psiquiatría desde hace dos semanas, que obliga no sólo a subir en volandas a los pacientes sedados, sino las comidas de una en una por las escaleras. En materia de ascensores, después de todo, cuesta progresar. Hace sesenta años, Borges esperaba por la llegada del ascensor de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, que hacía poco tiempo que lo habían instalado. Como no llegaba, la paciencia del escritor se desbordó, así que le propuso a la mujer que lo acompañaba: «¿No prefiere que subamos por la escalera, que está totalmente inventada?»

En este país tenemos algunos problemas para llamar a las cosas por su nombre. Incluso a aceptarlas. Es cierto que tampoco en esto somos especiales. Cuando ya la fama de Borges era más europea que argentina, porque en Argentina aún no lo reconocía ni dios, el escritor apareció un día por la biblioteca, y un compañero de trabajo que se entretenía con un volumen de la Larousse, y al que le costaba reconocer la realidad, le dijo: «Mira, Borges, aquí hay uno que se llama como tú». En nuestra sanidad tenemos la teoría de que la evidencia es sospechosa. Desconfiamos de las cosas que están muy claras. Algo que parece clarísimo es porque, seguramente, tiene mucho que ocultar. De ahí que la gerencia de la sanidad niegue la mayor, es decir, la existencia de la realidad.

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense)

Una historia de piratas

Toda infancia, incluso la más feliz, posee fuentes de turbación incurables. En mi generación, podía tratarse de Alaska, o Torrebruno, o Espinete, o Angela Channing en los capítulos más retorcidos de Falcon Crest. Nada comparable, en todo caso, al parche en el ojo, que Marie Colvin, la periodista del Sunday Times asesinada esta semana en Siria, vuelve a traer a la actualidad. Es difícil imaginar un objeto tan simple y tan terrorífico, capaz de motivar las peores pesadillas. Personalmente, cuando creía que ese fantasma estaba enterrado, resucitó estos días. Todo comienza con la ambliopía de un compañero de clase. Cuando no es el caso, todo comienza con los grandes relatos de piratas. Es curioso, porque piratas y bucaneros reales como Morgan, o Kidd, o Barbarroja, u Olanés, nunca llevaron parche en el ojo. La curiosidad no va sino en aumento si advertimos que en La isla del Tesoro, el texto sobre piratas de Robert Louis Stevenson del que beben cine, cómic o videojuegos, tampoco nadie usa parche. En este relato el terror lo provoca la cara cortada de Billy Bones cuando entra en la posada del «Almirante Benbow»; la pierna que John Silver perdió en un abordaje; pero, sobre todo, la ausencia del capitán Jonathann Flint, que no aparece en toda la obra, pero a cuya leyenda macabra todos hacen referencia.

Este tipo de ocultamento explica de alguna manera la turbación que despierta un individuo con un parche en el ojo, que, en nuestra imaginación, es alguien que planea matarnos esta misma noche. Probablemente, con un cuchillo. O por estrangulamiento. Por qué, sino, iba a esconder el ojo. Porque es el ojo de un asesino, como sabe todo el mundo. La historia está llena de tipos duros y menos duros con un parche en el ojo. Es el caso de John Houston, que no fue un fulano duro, como mandan los cánones, pero rodó películas plagadas de tipos duros, como El halcón maltés, Cayo largo o Moby  Dick. Por no hablar de que tituló una de sus películas Reflejos de un ojo dorado, con el claro propósito de retroalimentar la leyenda de los ojos asesinos.

Hay películas cuya desasosegante atmósfera, en efecto, sólo se explica si hay un actor con un ojo escondido bajo un parche negro, o en su defecto, un guionista o un director. Pero, ¿qué ocurre con los libros? Nada menos inquietante. La historia de la literatura nos deparan novelas como Ulises o Finnegans Wake , que poseen tanto más explicación si el autor, como es el caso de James Joyce, lleva un parche temporalmente. Qué no decir de algunas canciones de David Bowie. Siempre hay algo de malvado en un individuo, por muy artista que sea, que oculta parte de su cara. No importa que la belleza del rostro edulcore la presencia del parche. La hermosura también puede resultar canalla, como fue en el siglo XVI el caso extraordinario de Ana de Mendoza, princesa de Éboli, o más recientemente, el de Daryl Hanna en Kill Bill, de Quentin Tarantino. Nadie puede pensar que está a salvo mientras tenga enfrente a alguien con un parche en el ojo. Es evidente que, en una situación así, algo se cuece contra uno.

Foto: John Houston.

Los objetos ya no son lo que fueron

En uno de los capítulos de Yo, Claudio, un rapsoda y un criado de Augusto mantienen un breve diálogo, después de que el trovador se asombre de la maravillosa voz del asistente. «Es que yo, señor, soy actor, pero prefiero este puesto», explica el criado. «Tienes razón, el teatro ya no es lo que era», afirma el rapsoda, aplicando ración doble de nostalgia. En una demostración de su vocación dramática, el criado replica: «El teatro, señor, nunca fue lo que era». Este intercambio entre criado y rapsoda es muy oportuno para hablar de otras cosas, ninguna que tenga que ver con el teatro, por que nada, evidentemente, fue nunca lo que era. Personalmente, estaba pensando en hablar de ciertos objetos. ¿No advierte que últimamente ya no hay automóviles, ni bebidas, ni teléfonos, ni ropa, ni muebles, ni relojes, ni principios activos? En lugar de las cosas corrientes, ahora existe la marca, la identidad comercial de una cosa más o menos sintética. Aquellos sustantivos que en algún momento nos resultaron útiles para referirnos a las cosas, fueron apartados por los nombres propios. Claramente, los objetos no son lo que eran. ¿Un teléfono sin más? ¿Un automóvil a secas? ¿Una cadera para sentar escritura sin mayúsculas? ¿Una estantería para el salón sin una referencia sueca? ¿Un ansiolítico a palo seco? El capitalismo de consumo no resiste el anonimato que despierta un nombre que permite referirse a millones de objetos iguales. En la medida que los individuos nos parecemos a las cosas, las cosas quieren cada vez más ser individuos, con nombre, apellido, DNI, número de la Seguridad Social, perfil en Facebook y Twitter.

Nadie habla ya de automóviles habiendo marcas como Ferrari, Mercedes, Renault o Seat para referirse a vehículos a motor hechos a la medida de cada conductor. Del mismo modo, ya no se comercializan teléfonos, sino Iphone, HTC Desiré o Nokia Lumia 800. ¿Quien se referiría a refrescos pudiendo pedir Coca-Cola o el Acuarius? Habrá que escribir la Historia de otra manera. Tal vez no haya ya un gran momento sin una marca adherida. Estos días se cumplen setenta años de la muerte de Stefan Zweig, autor de Momentos estelares de la historia, uno de sus libros más aplaudidos, gracias, en parte, a la capacidad de Zweig para encontrar el instante de ruptura, el punto crucial que decanta un hito histórico, una vida, una era.

Al escritor austríaco le gustaba hablar de los ratos «dramáticamente concentrados, preñados de fatalidad», como una especie de lazadas, en cuyo dibujo converge el sentido de una época. Hoy sería difícil localizar un rato de fractura, un breve espacio de fuerza y tensión histórica, sin que no haya detrás una gran marca. Es cierto que los cambios importantes en ocasiones se disfrazan de sucesos secretos. Eso permite albergar cierta esperanza. Entre las catorce miniaturas históricas que elige Stefan Zweig, personalmente me quedo con la que explica la Roma clásica. El Imperio estuvo cargado de hitos extraordinarios y grandes emperadores, pero el autor austríaco se detiene en el asesinato de Cicerón, que tuvo la delicadeza de estirar  el cuello para que le cortaran más fácilmente la cabeza, tal y como relata Plutarco en las Vidas paralelas.

«¿Cómo hay que tocar las ingles?»

No hay nada que hablar, parecen decir los palos que da la policía. Hablar sólo aclararía las cosas. En realidad, cuando la policía llega al escenario, ya está todo dicho, en lo que a ella concierne. Resta, digamos, poner la última palabra. Cada agente tiene su propio estilo de finalizar la conversación. Personalmente, elijo el porrazo en la ingle que de vez en cuando propinan a los manifestantes, no tanto por la crueldad del gesto, como por el significado que la ingle, como ágora de los genitales, tiene para la historia de España. Tal vez  tenga fresca la escena de Amanece, que no es poco en la que un profesor, forzado por dos tipos armados, es obligado a examinar los conocimientos de los alumnos. En un gesto de rebeldía surrealista, pero lleno de sentido, el profesor hace frente a los energúmenos dictando un magnífico examen bajo el que se esconde un alegato a favor de la libertad: «Tomad nota de las preguntas: Las ingles, su importancia geográfica. ¿Son verdad las ingles? Historia de las ingles. Las ingles en la antigüedad. Las ingles de los americanos. ¿Como hay que tocar las ingles? El ruido de las ingles. Las ingles más famosas. Las ingles y la literatura. Un kilo de ingles. Las ingles de los niños. Las ingles y la cabeza, relación si la hubiere. Las ingles en Andalucía, y el clavel. Teoría general del Estado y las ingles. Las ingles negras. ¿Hay una ingle o hay muchas ingles? Las ingles de los actores. La ingle y Dios. No ha nacido aún la ingle que me domine. Las ingles descabalgadas, su porqué. Las ingles putas. Dibujo a mano de las ingles. ¿Es carne la ingle? Jaque a la ingle. ¿Satisface hoy en día una ingle?, ¿qué ingle? Contestad a las preguntas».

Comienza a cundir la idea de que hablar es, en términos de tiempo, papeleo. Un obstáculo. España no está para rodeos democráticos. Eso explica que después de una pregunta, en ocasiones, no siempre venga una respuesta, sino una hostia. El problema no es responder, lógicamente. Ojalá. El problema, en realidad, es preguntar. En este país ya no son bienvenidas las interpelaciones. Acaso hace falta silencio. Es como se cada vez que hablásemos, los mercados tomasen nota. Y ya sabemos cómo toman nota los mercados. Hay una invitación general a aceptar la regresión como el movimiento natural de las cosas. Pero no hay que estar tristes. Perdemos derechos sólo por nuestro bien. Por otra parte, no estamos tan mal: la tragedia también puede ser agradable. Hay que saber encajarla, incluso disfrutarla.

En este apartado, José Luis Cuerda nos da otra lección carajuda de quién es quien en España cuando hablan las porras, en lugar, digamos, de los libros, en otro momento de su película, cuando el médico le comenta al hijo de un paciente: «!Se está muriendo divinamente, te lo juro¡ Tenía ganas de que vinieses para poder decírtelo. Puedes estar orgulloso, de verdad, de los años que llevo de médico nunca había visto a nadie morir tan bien como está muriendo tu padre. Qué marcharse, qué apagarse, qué parsimonia. Estoy disfrutando que no puedes ni imaginarte…» Todo indica que, en los tiempos que corren, hay que desconfiar de la buena vida, que, como indica la palabra, sólo debe estar al alcance de los privilegiados.

Foto: Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda.

Miedo a los botones

Tengo un pariente que sufre mareos cuando entra en una habitación y ve un cuadro inclinado en la pared. Es un hombre inmune al sufrimiento, al cansancio, al pesimismo, incluso al aburrimiento, pero no soporta los marcos torcidos. Es superior sus fuerzas, por eso nunca se desplaza a los sitios sin un nivel en el coche. No es un caso aislado de individuo desquiciado por cosas menudas. Personalmente, hasta hace pocos años, no soportaba los botones. Me hacían vomitar. Cuanto más grandes, más asco. Durante años no pude usar camisas. Existen miles de cosas pequeñas pero desasosegantes. Hace dos días, entre cerveza y cerveza, un amigo me habló de una conocida que tiene a una pareja de sordomudos como vecinos. Me pareció, de entrada, un vecindario ideal. Después de una vida torturado por palanganeros de todo tipo, una pareja así, sordomuda, que tiene de sobra con su silencio para entenderse, es justo lo que yo precisaba. No sabes lo que dices, aseguró mi amigo. Lejos de permanecer en un completo y obstinado silencio, aquella pareja emitía, la determinadas horas, bufidos impenetrables, roncos, animales, como desesperación del lenguaje, que trastocaban a la conocida de mi amigo cómo alguien que entra en casa oscuras. No eran gruñidos continuos, ni siquiera escandalosos, caían como por sorpresa, a deshora, como esos cuchillos que se acercan hasta la bañera en mitad de la noche, y se clavaban como una voz que pide ayuda justo antes de morir. Simplemente, daban miedo.

Escuchando este relato recordé cuando Ludwig y Paul Wittgenstein vivían en la mansión familiar en Viena, y Paul interrumpió un día sus ejercicios de piano para golpear la pared que daba a la habitación vecina, donde Ludwig escribía en silencio. «¡Cómo pretendes que toque el piano con tu escepticismo metiéndose por debajo de la puerta!», le gritó. Ludwig no contestó. Estaba demasiado concentrado en su Tractatus. Definitivamente, existen pocas cosas tan temibles y oscuras para un espíritu tranquilo, que simplemente busca la paz cuando llega la casa, como las que sólo él puede oír porque son un demonio personal.

La realidad en 16 palabras

El ruido que despiertan las cosas importantes oculta el sonido de las cosas ínfimas. Es habitual. También es peculiar, porque las cosas importantes, sobre las que prestamos atención atraídos por el barullo, a menudo resultan igualmente insignificantes.  Basura. Sólo la fuerza del ruido que levantan las vuelven superiores, obligando a las cosas pequeñas a buscar existencia en lugares más lejanos y recónditos. Le pasó a Julio Cortázar en 1951, cuando se fue a vivir a París porque los bombos peronistas no le dejaban escuchar los cuartetos de Béla Bartok. Esa dificultad que encuentran determinadas creaciones para verificar que existen en mitad del caos explica que «Mambo», una comedia shakespereana representada hace diez días en Vigo, no dé más que hablar. Interpretada por Machi Salado, Antela Cid, Xoán Abreu y Fran Peleteiro, habla de amor, poder y sexo, es decir, de la historia de la humanidad de la que tratan las grandes obras, pero empleando sólo 16 palabras. Misteriosamente, la obra fluye, hechiza, penetra, perturba. Somerset Maugham poseía una interesante teoría literaria según la cual, para escribir un buen libro, uno de esos libros imborrables, existen tres reglas que hay que cumplir. Nada más que tres reglas. Sólo tres reglas. ¿Cuáles? Ahí está el problema. Maugham señala que, desgraciadamente, nadie sabe cuáles son.

Los actores de «Mambo», a lo largo de una hora, ensayan combinaciones con conceptos como amor, mambo, peseta, no, revolution, power, whisky, ok, pum… Así hasta 16 palabras, un infinito semántico relativamente pequeño. La simpleza total es una perfección absoluta que esconde una dificultad máxima. No está al alcance más que de unos pocos. Por eso los malos escritores, es decir casi todos, tendemos a la tejer obras complejas en las que pasen desapercibidas todas nuestras debilidades.

Uno nunca sabe dónde están las cosas importantes. La importancia se oculta. No estaba, y de pronto emergió en «Mambo», con mínima escenografía, mínimo elenco, mínimo lenguaje, mínimo presupuesto. Todo mínimo, para disimular lo máximo. Inaki Uriarte cuenta en sus diarios que cuando estuvo en la cárcel, su compañero de celda mantenía que lo más rico del pollo era la alita derecha. Le pareció una opinión ridícula, una excentricidad propia de un maníaco, y rió a carcajadas, naturalmente. Hasta que un día, en una novela de Charles Dickens, leyó que la parte más sabrosa del pollo era la alita derecha, porque estaba pegada al hígado. Quiero decir, con esta evocación sobre ridiculeces de gallineros, que precisamente las ridiculeces, las cosas más pequeñas y silenciosas, son las que mejor suenan y las que más nos convienen.