Biografía de una mosca

1o de mayo de 2016

«El tipo se bebió / la copa / de un trago / y miró alrededor. / Como no quedaba / nadie, / mató de un manotazo / una mosca, / pagó, / y se fue a buscar / sangre / a otro bar» (Karmelo C. Iribarren, La ciudad)

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2 de mayo de 2016

«Si todos fueran listos, ¿quién haría de tonto? Que arde, pues que arda. Los incendios son algo temporal; nadie los temía entonces. No conocían el átomo. ¡Se lo juro por la Cruz! Y eso que vivíamos pegados a la central nuclear; a 30 kilómetros en línea recta y 40 si vas por carretera. Y contentos que estábamos. Te compras un billete y te vas para allá. Pues se abastecían allí como en Moscú. Salchichas baratas y carne siempre en las tiendas. La que quieras. ¡Buenos tiempos aquellos!

Pero ahora solo queda el miedo. Cuentan que la ranas y las moscas se quedarán, pero los hombres, no. La vida se quedará sin los hombres. Cuentan cuentos y más cuentos. ¡Y al que le gusten es un bobo! Pero no hay cuentos sin parte de verdad. Es una vieja canción» (Svetlana Alexiévich, Voces de Chernóbil) [Hallazgo de Tuzébio Báratro]

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8 de marzo de 2016

«Aliide Truu miraba fijamente a la mosca y esta le devolvía la mirada. Aquellos ojos globulosos le provocaban náuseas. Era una moscarda excepcionalmente grande, ruidosa, ansiosa por poner los huevos. Mientras aguardaba colarse en la cocina, se frotaba las alas y las patas sobre la cortina, como preparándose para comer. Buscaba carne, solo carne. Las mermeladas y el resto de conservas estaban a salvo, pero la carne no. La puerta de la cocina se hallaba cerrada. La mosca esperaba. Esperaba a que Aliide se cansase de intentar cazarla, saliera de la habitación y abriese la puerta de la cocina. El matamoscas se estrelló contra la cortina, que se agitó, las flores de encaje se arrugaron y los claveles de invierno quedaron a la vista por un momento a través del cristal, pero la mosca escapó y fue a posarse desafiante en la ventana, justo encima de la cabeza de Aliide. ¡Paciencia! Necesitaba calma para mantener la mano firme.

La mosca la había despertado por la mañana al pasearse por las arrugas de su frente como quien deambula despreocupado por la carretera, en un gesto de arrogante provocación. Aliide había apartado la manta y se había levantado deprisa para cerrar la puerta de la cocina, pues a la mosca todavía no se le había ocurrido entrar allí. Era idiota, idiota y malvada.

Sujeto con fuerza el liso y gastado mango de madera del matamoscas y asestó otro golpe. El agrietado cuero batió contra el cristal, haciéndolo temblar, los ganchos tintinearon y, detrás de la tabla de las cortinas, el cordel que las sujetaba pego una sacudida, pero la mosca se volvió a escapar, burlona. Ya llevaba mas de una hora intentando matarla, pero ella salía airosa de cada golpe y ahora volaba cerca del techo con un fuerte zumbido. Era una moscarda asquerosa, crecida en la alcantarilla. La dejo por un momento. Descansaría un poco, después la mataría y más tarde iría a escuchar la radio y preparar conservas. Las frambuesas esperaban, y también los tomates, los jugosos y maduros tomates. Ese año la cosecha había sido excepcionalmente buena» (Sofi Oksanen, Purga) [Hallazgo de Venusiqué].

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7 de marzo de 2016

«El médico se levantó y, en tanto se vestía, oyó la voz de la mujer de Manolo que le llamaba:

–¿Se levanta usted?

–Sí, ya voy, gracias.

–Le iba yo a llamar ahora.

Cuando abrió la ventana las moscas volaron a su alrededor, y él las fue espantando hasta verlas a todas en el balcón de la lado. Odiaba las moscas, no por higiene, sino por un mínimo instinto que le impedía vivir tranquilo, sintiendo su bordoneo en rededor. Le repelían, como el ratón al gato. Cuando vio libres los cristales y en calma la habitación, recordó que tenían pendiente una visita en casa de Amador y se prometió hacerla en el poco tiempo que aún le restaba antes de comer» (Jesús Fernández Santos, Los bravos) [Hallazgo de Miguel Ángel Ortiz].

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3 de marzo de 2016

«La madre del Peludo tenía una peluquería de mujeres. Era el sitio que mejor olía del barrio: a champú, a mascarilla, a secador. Algunas tardes, las que apretaba la xafagor, las pasábamos allí, cerca del ventilador. Nos sentábamos enfrente de las aspas y cazábamos moscas mientras el Peludo barría o ayudaba a su madre a guardar las cajas de tintes y champús. El Chusmari les arrancaba las alas; al Pista le gustaba golpearlas contra el suelo y atontarlas. Andan como tú cuando vas trompa, nos decía a uno u otro. Después las pisaba y hacían crac debajo de su bamba» (Miguel Ángel Ortiz, La inmensa minoría) [Hallazgo de Eleonora Giovio].

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24 de febrero de 2016

«En las largas horas posteriores, cuando desperté y descubrí que me habían colocado en la silla, tuve muchas ocasiones para soñar con mi casa. Pasé dos días sobre sus ásperas tablas con el cubo provisto de ala en la cabeza, y cuando me desataron, agarré una vela y con ella golpeé en la cara al médico que por fin vino a visitarme, así que me dejaron allí otros tres días. Durante esa segunda ronda contraje unas fiebres. A esas fiebres atribuyo el hecho de que, pese a estar sentada en la silla todo el tiempo, tenía la sensación de poder levantarme y salir de mí misma y recorrer los pasillos del manicomio y cruzar la puerta y atravesar los campos quemados. En el camino vi soldados con sus naipes y sus armas; vi cañones con el hierro ennegrecido; vi mulas y caballos que no habían comido desde hacía días y relinchaban en latín pidiendo su alimento. Una de esas veces intenté regresar a casa a pie, pero los ríos se ensanchaban y se hacían más profundos, y el bosque más oscuro y espeso. Entonces volvía a unirme a la batalla. El mundo entero estaba en combate. Buscaba un arma por todas partes pero no encontraba ninguna. En esos paseos los muertos me hablaban, flotando sus bocas por encima de sus cuerpos junto con las moscas» (Laird Hunt, Neverhome) [Hallazgo de Eleonora Giovio].

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23 de febrero 2016

«No hay que suicidarse porque merece la pena vivir aunque no sea más que para ver revolotear las moscas contra el cristal de la ventana» (Ramón Gómez de la Serna, Greguerías) [Hallazgo de Herminio Gil].

 

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12 de febrero de 2016

«Es un hecho significativo y comprobado por diversos entomólogos, lo he encontrado en Kirby y Spence, que “algunos insectos completamente desarrollados, a pesar de estar dotados de órganos digestivos, no hacen uso de ellos”, de lo que concluyen que “por regla general, casi todos los insectos en ese estado comen mucho menos que en estado larvario. La voraz oruga transformada en mariposa…y la glotona cresa convertida en mosca” tienen bastante con una o dos gotas de miel o de cualquier otro líquido dulce. El abdomen situado bajo las alas de la mariposa sigue representando a la larva. Ése es el bocado escogido que tienta su destino insectívoro. El tragaldabas es un hombre en estado larvario, y hay naciones enteras en esa condición, naciones sin fantasía ni imaginación cuyos vastos abdómenes les delatan» (Henry David Thoreau, Walden) [Hallazgo de Justine]

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9 de febrero de 2016

«El cura de San Miguel de Buciños va por la vida envuelto en una nube de moscas, lo menos mil moscas le andan siempre alrededor haciéndole compañía, se conoce que tiene las carnes dulces y la materia de los granos de mucho alimento. Al cura de San Miguel de Buciños, un día que fue a Orense a quitarse una foto, tuvieron que dejarlo a oscuras lo menos media hora para que las moscas se amansaran y se durmieran» (Camilo José Cela, Mazurca para dos muertos) [Hallazgo de Justine].

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6 de febrero de 2016

«Tener una mosca cogida en la mano es como haber pillado cautivo un murmullo o un calambre» (Ramón Gómez de la Serna, Greguerías) [Hallazgo de Herminio Gil].

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4 de febrero de 2016

«Tuve que abrirme paso entre la multitud, junto al lago, y la estatua blanca con sus azucarados brazos abiertos, para salir a la larga calle. De cada lado se podía ver hasta una distancia de un kilómetro, más o menos, y en toda esa extensión solo había dos seres vivos, aparte de mí: dos soldados con cascos camuflados que se alejaban lentamente por un costado de la calle, con sus armas en la mano. Digo vivos, porque en un portal yacía un cadáver con la cabeza en la calle. El zumbido de las moscas que lo acosaban y el crujido de las botas de los soldados, cada vez más lejanos, eran los únicos ruidos. Pasé rápidamente junto al cadáver, volviendo la cabeza hacia otro lado. Unos minutos después, cuando miré hacia atrás, estaba solo con mi sombra, y no se oía ningún ruido, salvo los que yo producía. Me sentí como un blanco en un campo de tiro. Pensé que si algo me ocurría en esa calle tardarían varias horas en recogerme; el tiempo suficiente para que se juntaran las moscas» (Graham Greene, El americano impasible) [Hallazgo de Tuzébio Báratro].

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31 de enero de 2016

«Estaba cansada de ser mujer, / cansada de cucharas y cazuelas, / cansada de mi boca y mis pechos, / cansada de cremas y sedas. / Aún había hombres sentados a la mesa, / en círculos alrededor del cuenco que  ofrendaba. / El cuenco estaba lleno de uvas violeta / y las moscas lo sobrevolaban atraídas por el aroma / y hasta mi padre llegó con su hueso blanco. / Pero estaba cansada del género de las cosas» (Anne Sexton, Vive o muere) [Hallazgo de Tuzébio Báratro]

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29 de enero de 2016

«El único cambio que había habido en el Café Roma en un cuarto de siglo era la clientela. Los viejos que recordaba estaban ya criando malvas en el cementerio y en su lugar había ahora otra generación de viejos. El resto estaba como siempre. La larga barra de caoba era la misma y también las banderas estadounidense e italiana que había encima, cubiertas de polvo y de cagadas de mosca. Se había añadido un detalle moderno, una foto de metro y medio de Marlon Brando interpretando al Padrino, con marco dorado.

En el techo gemía el mismo ventilador, que giraba con lentitud suficiente para no mover el aire; las moscas aventureras aterrizaban en las aspas, daban un par de vueltas y se iban volando. Las persianas verdes de las ventanas creaban una falsa ilusión de frescura en el interior en penumbra, al igual que el aroma a cerveza del grifo. Era, sin embargo, un aroma desgarrado por el tufo laxante a aceite de oliva y a parmesano rancio, mezclado con el penetrante olor a pino de la gruesa capa de serrín reciente que cubría el suelo» (John Fante, La hermandad de la uva) [Hallazgo de Eleonora Giovio]

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21 de enero de 2016

«El estiércol de Amritstar, en cambio, era fresca y (peor aún) redundante. No todo él era bovino. Brotaba de las ancas de los caballos entre las lanzas de las numerosas tongas, ikkas y gharries; y mulas, hombres y perros satisfacían sus necesidades naturales, confundiéndose en una fraternidad de mierda. Pero había también vacas: sagrados rumiantes que vagaban por las calles polvorientas, patrullando cada uno su propio territorio y marcando sus propiedades con excremento. ¡Y moscas! El Enemigo Público Número Uno, zumbando alegremente de cagajón en humeante cagajón, festejaba y practicaba la polinización cruzada de aquellas ofrendas espontáneas. La ciudad pululaba también, reflejando el movimiento de las moscas. El doctor Aziz miraba la escena desde la ventana de su hotel, mientras un jain con máscara pasaba, barriendo el suelo ante él con una escoba de ramas, para no pisar alguna hormiga o, incluso, alguna mosca» (Salman Rushdie, Hijos de la medianoche)

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18 de enero de 2016

«–Era el picnic anual. ¿Es eso lo que quieren saber?

–Eso ya lo sabemos, señor.

–Igual que todos los veranos. En Coffield Park, financiado con bonos. El picnic anual de Examen. Pollo frito momificado, ensalada de patata. Huevos rellenos, creo que con ese pimentón espolvoreado que parece salpicaduras de sangre seca… espantoso. Grandes despliegues en abanico de lonchas de embutido. Montones de proteínas. Los examinadores comen como bestias salvajes, seguro que lo sabe usted. Los auditores son más austeros. Seguro que lo sabe usted. La variación entre…

–Ciertamente hemos recibido informes al respecto, señor.

–Y cosas a la parrilla. Esas barbacoas raras portátiles que se atornillan, seguro que también se financian con bonos. Salchichas, hamburguesas amontonadas encima de papel blanco reluciente .Enormes enjambres y nubes de insectos sobre la comida de la mesa. Moscas frotándose las patitas. ¿Sabe qué significa que una mosca haga eso? Avispas sobre las papeleras, rondando. Sandía con hormigas encima. ¿Cuando se frotan así las patitas…?

–…

–Una hamburguesa cruda es como sangre en el agua para un insecto, caballeros.

–Estaba usted haciendo inventario de las provisiones del picnic, señor» (David Foster Wallace, El rey pálido).

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7 de enero de 2016

«Llevaban los negros cabellos trenzados con pieles de zorro y franela roja. Pendían de sus hombros sendos mantos de plumas de pavo; y enormes diademas de pluma formaban alegres halos en torno a sus cabezas. A cada paso que daban, sus brazaletes de plata y sus pesados collares de hueso y de cuentas de turquesa entrechocaban y sonaban alegremente. Se aproximaron sin decir palabra, corriendo en silencio con sus pies descalzos con mocasines de piel de ciervo. Uno de ellos empuñaba un cepillo de plumas, el otro llevaba en cada mano lo que a distancia parecían tres o cuatro trozos de cuerda gruesa. Una de las cuerdas se retorcía inquieta, y súbitamente Lenina comprendió que eran serpientes.

—No me gusta —exclamó Lenina—. No me gusta.

Todavía le gustó menos lo que le esperaba a la entrada del pueblo, en donde su guía los dejó solos para entrar a pedir instrucciones. Suciedad, montones de basura, polvo, perros, moscas… Con el rostro distorsionado en una mueca de asco, Lenina, se llevó un pañuelo a la nariz.

—Pero, ¿cómo pueden vivir así? —estalló.

En su voz sonaba un matiz de incredulidad indignada. Aquello no era posible.

Bernard se encogió filosóficamente de hombros.

—Piensa que llevan cinco o seis mil años viviendo así —dijo—. Supongo que a estas alturas ya estarán acostumbrados» (Aldous Huxley, Un mundo feliz).

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6 de enero de 2016

«Así que, al ver un cadáver destrozado, ahuyentan las moscas que se ceban en las heridas, guardan en sacos cualquier resto digno y abandonan las migajas según un juicioso criterio: los cuervos tienen el mismo derecho a comer que los gusanos» (Francisco Casavella, Lo que sé de los vampiros) [Hallazgo de Eladio Gutiérrez].

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5 de enero de 2016

«Antes, como muchos otros, me sentí universalista y aspiré a ser ciudadano del mundo; luego me he ido replegado sobre mí mismo, y hoy me parece demasiado extenso ser español, y hasta ser vasco, y mi ideal es ya fundar la República del Bidasoa con este lema: “Sin moscas, sin frailes y sin carabineros. Un pueblo sin moscas quiere decir que es un pueblo limpio: un pueblo sin frailes revela que tiene buen sentido, y un pueblo sin carabineros indica que su estado no tiene fuerza; cosas todas que me parecen excelentes.

Este proyecto expuesto por mí en un folleto, no tuvo éxito, y, sin embargo, no creo que sea más estúpido que los programas de las otras Repúblicas o Monarquías.

Un pueblo sin moscas quiere decir que es un pueblo limpio; un pueblo sin frailes revela que tiene buen sentido, y un pueblo sin carabineros indica que su Estado no tiene fuerza; cosas todas que me parecen excelentes» (Pio Baroja, Divagaciones de autocrítica) [Hallazgo de Herminio Gil]

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27 de diciembre de 2015

«Pasó el tiempo. Quizás media hora. Me metí la mano bajo la camisa y sentí el pescado contra mi piel. Le pasé los dedos por la superficie, buscando las aletas y la cola. Me sentía mejor. Saqué el pescado, lo levanté y lo miré. Una caballa de treinta centímetros. Contuve el aliento para no olerla. Me la metí en la boca y le arranqué la cabeza de un bocado. Lástima que ya estuviera muerta. La tiré a un lado y me puse en pie. Tenía moscas revoloteándome por la cara y por la mancha que el pescado me había dejado en la camisa. Una más atrevida me aterrizó en el brazo y se negó en redondo a moverse, y eso que le hice una advertencia agitando el brazo. Su terquedad me enfureció. La aplasté de un manotazo. Pero seguía tan furioso con ella que me la metí en la boca, la trituré con los dientes y la escupí» (John Fante, Camino de Los Ángeles) [Hallazgo de Ainhoa Rebolledo]

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26 de diciembre de 2015

«Me pasaba horas y días interminables sentado a solas en la cocina mientras garabateaba mis deberes en una libreta roja, sin compañía que la del hule brillante de flores, la nevera apoyada sobre un barreño que rebosaba todo el rato, y la luz del techo, cuya desnudez quedaba disimulada por una larga cuerda marrón con un nudo al final, donde se apareaban las moscas.

Me daban un poco de pena las condenadas moscas. No le hacían daño a nadie. Aunque se suponía que transmitían enfermedades, nunca oí que nadie se quejara de que una mosca le hubiera contagiado nada. Mi prima les pegó la gonorrea a dos tíos y a ella nadie vino a aplastarla con un periódico» (Lenny Bruce, Cómo ser grosero e influir en los demás).

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25 de noviembre de 2015

«Hasta ahora, el logro más curioso de DeLillo en materia de disciplina literaria era su determinación de apartar la mirada de su tierra natal, la zona de Fordham, en el Bronx. Cuesta imaginar a un escritor que haya suprimido tan vívido color local de su obra durante tanto tiempo. Este verano, en el transcurso de una mañana sofocante plagada de moscas, DeLillo me condujo por Arthur Avenue, el corazón del Bronx italiano, frente a tiendas de comestibles y restaurantes de pasta, y me dijo: “Aquí se produjo un ataque de la mafia cuando era niño. Un gánster fue asesinado mientras compraba fruta. Diría que fue el modelo para aquella escena de El Padrino, de Mario Puzo, en la que Don Corleone es acribillado mientras compra fruta en la calle. Era un mafioso de City Island que vino aquí a comprar. Uno era tío de un chico al que conocía. Y el otro ocurrió en una licorería”. Los días festivos, en Arthur Avenue las mujeres se vestían con túnicas marrones y prendían billetes de un dólar en los costados de yeso de las figurillas de Jesús» (David Remnick, Reportero).

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19 de noviembre de 2015

«Las farolas de arco iban quedando atrás a intervalos de cien metros. Enormes moscas negras se apelotonaban sobre sus rendijas. Sí, y un murciélago cruzó con ligereza el cristalino cremoso de la luna. Del Club de Oficiales –supuse–, transportado por la acústica tortuosa del Kat Zet, llegó el sonido de una balada popular (“Di hasta pronto con voz suave cuando nos separemos”). Pero también oí pisadas a mi espalda, así que me di la vuelta» (Martin Amis, La Zona de Interés).

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18 de noviembre de 2015

«–Usted ama la vida dije–, y lo que quiere es la vida, ¿no es así?

–¡Oh, sí! Eso es cierto; ¡mas no tiene por qué preocuparse!

–Pero –pregunté– ¿cómo obtener la vida sin recibir también el alma?

Aquello pareció desconcertarlo, de modo que proseguí.

–Llegará un buen día en que lo pasará en grande volando por ahí, con las almas de miles de moscas, arañas, pájaros y gatos zumbando, gorjeando y maullando a su alrededor. ¡Se apropió de sus vidas, ya lo sabe, y ahora debe arreglárselas con sus almas!

Algo de lo que dije debió impresionarle, ya que se tapó los oídos con los dedos y cerró los ojos, apretándolos con fuerza, como hace un niño cuando le enjabonan la cara. En aquel gesto había algo de patético que me conmovió; también me sirvió de lección porque me pareció encontrarme en presencia de un niño… sólo un niño, aunque sus facciones estuviesen consumidas y la barba incipiente de su mandíbula fuese blanca. Era evidente que estaba sufriendo algún tipo de trastorno mental, y sabiendo de qué manera había interpretado, en sus anteriores estados de ánimo, algunas cosas aparentemente ajenas a él, pensé que era oportuno penetrar en su mente cuanto me fuera posible y seguirle el juego. El primer paso debía ser recobrar su confianza, de modo que le pregunté, casi gritando para que pudiera oírme a pesar de tener los oídos tapados:

–¿Quiere un poco de azúcar para atraer otra vez a las moscas?

De pronto pareció espabilarse y movió la cabeza, contestando en medio de una carcajada:

–¡Claro que no! ¿Qué me importan las moscas después de todo? –Y tras una pausa, añadió–: Mas no quiero que sus almas zumben a mi alrededor» (Bram Stoker, Dracula) [Hallazgo de Belén Bermejo]

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23 de octubre de 2015

«Todo esto le trajo problemas. En el callejón, decía su madre cuando venía a casa, le habían quitado el saludo al pretencioso. Cuando más le hacían bromas o lo silbaban como a un marica. Jamás daba un centavo para la comida, se pasaba horas ante el espejo, todo se lo gastaba en trapos. Su padre, añadía la negra, podía haber sido un blanco roñoso que se esfumó como Fumanchú al año de conocerla, pero no tenía vergüenza de salir con ella ni de ser piloto de barco. Entre nosotros, el primero en ficharlo fue Peluca Rodríguez, quien había encargado un bluejeans a un purser de la Braniff. Cuando le llegó se lo puso para lucirlo, salió a la plaza y se encontró de sopetón con Roberto que llevaba uno igual. Durante días no hizo sino maldecir al zambo, dijo que le había malogrado la película, que seguramente lo había estado espiando para copiarlo, ya había notado que compraba cigarrillos Lucky y que se peinaba con un mechón sobre la frente. Pero lo peor fue en su trabajo, Cahuide Morales, el dueño de la pastelería, era un mestizo huatón, ceñudo y regionalista, que, adoraba los chicharrones y los valses criollos y se habla rajado el alma durante veinte años para montar ese negocio. Nada lo reventaba más que no ser lo que uno era. Cholo o blanco era lo de menos, lo importante era la mosca, el agua, el molido, conocía miles de palabras para designar la plata. Cuando vio que su empleado se había teñido el pelo aguantó una arruga más en la frente, al notar que se empolvaba se tragó un carajo que estuvo a punto de indigestarlo, pero cuando vino a trabajar disfrazado de gringo le salió la mezcla de papá, de policía, de machote y de curaca que había en él y lo llevó del pescuezo a la trastienda: la pastelería Morales Hermanos era una firma seria, había que aceptar las normas de la casa, ya había pasado por alto lo del maquillaje, pero si no venía con mameluco como los demás repartidores lo iba a sacar de allí de una patada en el culo. Roberto estaba demasiado embalado para dar marcha atrás y prefirió la patada» (Julio Ramó Ribeyro, Alienación).

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22 de octubre de 2015

«Lo estoy mirando. Mis ojos lo consultan concentrados: quedan fijos en él contra mi voluntad, como a veces lo están por los absurdos destellos de un aparato de televisión mal ajustado. Tiene esa clase de frívolo poder. Por consiguiente, lo describiré con todos sus pormenores; a la manera de esos novelistas franceses de avant-garde, quienes al prescindir de la narración, del personaje y de la estructura,s e limitan a párrafos de una página de extensión donde detallan los contornos de uno solo objeto, el mecanismo de un movimiento aislado: un tabique, una blanca pared con una mosca vagando a su través» (Truman Capote, Música para camaleones) [Hallazgo de Tuzébio Báratro]

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27 de agosto de 2015

«Bisturí, escalpelos, escarificadores. Cuatro sierras de hueso. Pinzas cutáneas que parecían horquillas de pelo.

Terry repartió guiños. Flexionó los dedos y cogió un escalpelo. Se inclinó y cortó.

Retiró la carne del pómulo hasta dejar al descubierto las fibras musculares y la sujetó con una pinza. La enfermera enjugó la sangre con la esponja. Terry examinó las fibras.

–Puede que sí, puede que no. Si buscan una evaluación rápida, no están de suerte. Para que esto saliera bien, tal vez necesitaríamos algo así como una cadena de montaje. A mi juicio, este hombre tal vez requeriría inyecciones resinosas para dar volumen a las mejillas y alterar el tono epidérmico… y aún así, sería más eficaz darle un carnet de identidad con el nombre de “Joe Wong”.

Una mosca cruzó el quirófano. Voló en torno a la cara de Ashida Ashida permaneció indiferente a la mosca y examinó al borrachín. Terry reanudó la faena. Cortó y tiró de unos tendones» (James Ellroy, Perfidia).

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25 de agosto de 2015

«Ah, el coro de descalzos, voces olvidadas por el mundo, rezadores de la vieja ciudad de Úbeda: Bartolomé de San Basilio, dulce y generoso, antiguo discípulo de Juan; Alonso de la Madre de Dios, inteligente y agradecido, lector de salmos y profecías; Bernardo de la Virgen, hermano lego, de día y de noche a los pies del moribundo, siempre el perro más fiel; Diego Pablo de Jesús, modesto y pequeño como un jilguero de la vega, bondadoso; Pedro de San José, fundado y alegre como un vino nuevo de aldea. coro insospechado de servidores, adoradores de llagas putrefactas, moscas benditas (Vicente Valero, El arte de la fuga) [Hallazgo de Tuzébio Báratro].

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8 de agosto de 2015

«Me asustaban como fantasmas que no existían, y yo conseguí verlos desde la cama, aterrado, mi almohada encima de mi cabeza, temiendo que fuera verdad mi pesadilla. A veces eran tan sólo moscas. Revoloteaban por el cuarto con el sigilo de la maldad, que descubrí más tarde. La maldad nunca viene haciendo ruido, así se comportaban las moscas, dejaban atrás sus huelas sibilantes, eran traicioneras, traían la humedad del calor, su sopor sucio. Mi madre las usiaba, así decía, y a veces yo le gritaba: “¡Ma, ven a usiar las moscas!”. Cuando hacía mucho calor era porque el cielo se había llenado de nubes. Mi madre entonces venía a abanicarme con el periódico viejo que traía para usiar las moscas» (Juan Cruz, El niño descalzo).

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29 de julio de 2015

«Su padre cogió los dos rifles, Roy se pasó las arqueadas patas traseras sobre los hombros, el culo del ciervo detrás de su cabeza, y lo subió de ese modo por la ladera de la montaña y bajó por la ladera opuesta, mientras los cuernos le golpeaban en los tobillos.

Colgaron el ciervo y le quitaron la piel, separando la carne y la piel con los puños. Después cortaron la mayor parte de la carne en tiras y las secaron en la rejilla o las ahumaron.

La rejilla no va a ser muy buena, dijo su padre. No hace bastante sol y hay demasiadas moscas. Pero ahumaremos casi toda la carne» (David Vann, Sukkwan Island).

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15 de julio de 2015

«Allí estaba la madre espantando las moscas del ataúd con un abanico de palmas trenzadas. Otras mujeres vestidas de negro contemplaban el cadáver con la misma expresión con que se mira la corriente de un río. De pronto empezó una voz en el fondo del cuarto. El coronel hizo de lado a una mujer, encontró de perfil a la madre del muerto y le puso una mano en el hombro. Apretó los dientes.

–Mi sentido pésame –dijo.

Ella no volvió la cabeza. Abrió la boca y lanzó un aullido. El coronel se sobresaltó. Se sintió empujado contra el cadáver por una masa deforme que estalló en un vibrante alarido. Buscó apoyo con las manos peor no encontró la pared. Había otros cuerpo en su lugar. Alguien dijo junto a su oído, despacio, con una voz muy tierna: “Cuidado, coronel”. Volteó la cabeza y se encontró con el muerto» (Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba).

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14 de julio de 2015

«Las moscas, desde que Angélica Mercedes da media vuelta, regresan y caen sobre el piqueo, lo salpican de puntos oscuros. De nuevo corretean chiquillos desarrapados frente a la puerta y, a través de las cañas, se ve pasar gente hablando fuerte, y a un grupo de viejos que se solean y dialogan ante la cabaña del frente.

–¿Al menos se sentía arrepentido? –gruñe el padre García–. ¿Se daba cuenta que esa niña se había muerto por su culpa?

–Salió corriendo detrás de mí –dice el doctor Zevallos–. Se revolcaba en el arenal, quería que lo matara. Lo llevé a mi casa, le puse una inyección y lo despaché. No sé nada, no he visto nada, váyase. Pero no se fue, se bajó al río y ahí estuvo esperando a la lavandera, ¿cómo se llamaba?, esa que crió a la Antonia.

–Siempre estuvo loco –gruñe el padre García–. Espero por él que se haya arrepentido y que Dios lo haya perdonado.

–Y aunque no se arrepintiera, ya tuvo bastante castigo con lo que sufrió –dice el doctor Zevallos–. Además, habría que saber si realmente merecía el castigo. ¿Y si la Antonia no hubiese sido su víctima sino su cómplice? ¿Si se hubiera enamorado de él?

–No diga disparates –gruñe el padre García–. Voy a creer que está reblandecido» (Mario Vargas Llosa, La Casa Verde).

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23 de junio de 2015

«Tras hablar así, la diosa depositó la armadura / ante Aquiles, y todos aquellos primores resonaron con fuerza. / Todos los mirmidones fueron presa del temblor y ninguno osó / mirarlos de cara, sino que huyeron despavoridos. Mas Aquiles, / apenas verlos, sintió una renovada ira que le invadía, sus ojos / emitieron bajo los párpados un terrible fulgor como un destello, / y se recreaba con los magníficos regalos del dios en las manos. / Tras deleitarse las mientes contemplando aquellos primores, / al punto dijo a su madre estas aladas palabras: / “¡Madre mía! Las armas que el dios me ha procurado son obras / que corresponden a inmortales, no como las que un mortal ejecuta. / Ahora sí que me voy a armar. Pero muy atroz miedo siento / de que entre tanto en el cuerpo del fornido hijo de Menecio / penetren las moscas por las habidas heridas abiertas con el bronce, / críen gusanos, mancillen lo que ya solo es un cadáver / –su vida ya está exterminada– y se pudra toda la piel”» (Homero, Ilíada).

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3 de junio de 2015

«Una tarde de principios de marzo, Madeleine fue a la Rockefeller Library a buscar una de las obras que debía leer para Semiótica 211, y allí se encontró con Leonard. Estaba apoyado en el mostrador, hablando animadamente con una joven empleada, por desdicha bastante mona, al estilo de una Bettie Page pechugona.

–Pero tú piénsalo –le estaba diciendo Leonard–. Piénsalo desde el punto de vista de la mosca.

–Muy bien, soy una mosca –dijo la chica, con una risa gutural.

–Para las moscas nos movemos a cámara lenta. Ven llegar el matamoscas desde un millón de kilómetros de distancia. Y es como si dijeran: “Despiértame cuando el matamoscas se me acerque”.

Al ver a Madeleine, la chica le dijo a Leonard:

–Un momento.

Madeleine le tendió el papelito de la petición, y la chica lo cogió y se perdió en los pasillos interiores.

–Vienes a por el Balzac? –dijo Leonard.

–Sí.

–Balzac al rescate» (Jeffrey Eugenides, La trama nupcial)

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6 de mayo de 2015

«¡Salud Max!, Arriba corretea la mosca humana por los platos de cristal!! / ¡Movimiento! ¡Actividad! / Vino de Oporto, etiqueta negra, marchando-¥a en avant! / ¡L’ homme masqué!!! / ¡Georges le boeuf!!! / ¡Champion of the wold!!! / ¡Estrepitosa agitación!!!¡El  escándalo de los billetes de banco!!! / ¡Holaaa!!! / ¡El  asesinato de Jauré!!! / ¡La explosión del  velódromo!!! / ¡El  sensacional rascacielos en llamas!!! / ¡El reciente atentado de telefónica!!!» (Georges Grosz, Canto al  mundo) [Hallazgo de Pepe Bouzas]

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30 de abril de 2015

«Si sigo más tiempo con este hijoputa, pensó Charlie, voy a tener que pegarle. Pero lo que dijo fue:

–No te gustaría, amigo. Nos la buena época parirá Termtina, con el calor cace.

Fanon se dio un golpe con el puño en la palma de la mano y exclamó, muy animado:

–¡Es lo que me ha dicho! ¡Me ha dicho que se llamaba Termtina! ¡Me ha dicho que vas y cazas codornices! ¿Cómo las cazas?

–¿Cómo las cazas? –Charlie estudió la cara del joven negro. ¿Se estaba burlando de él o qué?–. Las cazas con escopetas.

–Escopetas… –Una sonrisa extraña y soñadora se apoderó de la cara de Fanon–. Me gustaría probarlo.

–La temporada de la codorniz ya se ha acabado –dijo Charlie–. Sólo va desde Acción de Gracias a finales de febrero. Nay nada que cazar ahora, lúnico son mosquitos, jejenes, tábanos, moscas amarillas y moscas de váter» (Tom Wolfe, Todo un hombre).

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28 de abril de 2015

«–Me persiguen todos estos muertos babeantes, espectros carcomidos por una miríada de larvas, roídos por un perro, vomitados y vueltos a roer, narices, gargantas, piernas, pulmones, brazos, hígados, mi cabeza.

 –Un saco de mierda.

–Expuesta al frío, al viento, al otoño, a las moscas, a la podredumbre de sus alientos.

–Si fuera un hombre. No. Si fuera. Detendría la mano. No. Mi boca obstinada. No. Que muda repite. No. Bazofia de mierda rezumando por mi barbilla. No. Cayendo sobre mi pecho. Diría.

–Si no fuera yo sería un espectro.

–Desnuda ingrávida muerta. Has venido. Su collar de tripas. Te lo dije. El nudo apretando más y más desde sus nueve. Ven. Los cabellos flotando empujados por el frío. Hoy no. Los ojos poblados de moscas, la boca rezumando larvas. Ven, es hora. No, hoy. Las uñas grises arañando el viento. Hay. La piel árida como la travesía de un desierto. Gelatina.

–Corre, capullo. Corre» (Javier Avilés, Constatación brutal del presente).

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21 de abril de 2015

«Durante la primavera llovió poco; en el verano, ni una gota. Los maíces están desmedrados, y las viñas, canijas. Cuando sopla el Norte, el polvo invade a Pueblanueva, la envuelve en una nube, la oscurece. Parece, además, como si todas las moscas del mundo se hubieran juntado aquí. Moscas en la calle y en casa, moscas rabiosas, furiosas, que pican como avispas, que zumban todo el día, que ni siquiera en la noche se sosiegan. En el Casino, los tresillistas acordaron elevar a la Junta directiva una petición en regla para que comprase papeles engomados y los colgase aquí y allá, a ver si las moscas se iban. La Junta lo tomó en consideración y se compraron papeles matamoscas al por mayor. Todas las mañanas el chico del bar procede a descolgar las largas tiras amarillas donde las moscas muertas se apretujan; las lleva a quemar al patio y luego pone otras nuevas, que enseguida dejan de brillar, salpicadas de moscas que van cayendo, cientos y cientos. Sin embargo, en el aire, en las paredes, nuevas moscas ocupan el lugar de las muertas, como ejército inacabable al que las bajas no preocupan. Hay quien se pasa las horas siguiéndolas con la mirada y cuando quedan pegadas lanza un grito de triunfo y apunta: ‘¡Trescientas sesenta y ocho!’ Las tiras engomadas dan al salón aspecto de verbena; pero como no bastan, se han traído unos recipientes de alambre, en forma de cono truncado con la parte estrecha para arriba. Se abren, se mete en el interior un terrón de azúcar y se dejan en los rincones; las moscas entran por un agujerito a comer lo dulce y ya no saben salir; se quedan allí dentro, se amontonan cada vez más bulliciosas y hacen un ruido sordo. Cuando el recipiente está lleno, el chico del bar lo recoge, le ata una cuerdecita y se lo lleva a la mar, donde ahoga las moscas; después lo limpia, le repone el azúcar y a seguir almacenando insectos. Se dice que Cayetano ha traído de Inglaterra un líquido que las mata sólo con el olor y que en las oficinas del astillero gracias a eso no hay moscas y se puede trabajar tranquilamente» (Gonzalo Torrente Ballester, Los gozos y las sombras) [Hallazgo de Bibiana Candia].

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7 de abril de 2015

«Del madero más próximo llegaba una canción ronca y sin sentido. Agotado por el sol y las moscas, Gestás se había vuelto loco cuando corría la tercera hora de la ejecución, y ahora cantaba por lo bajo una canción sobre la uva. De cuando en cuando movía la cabeza cubierta con un turbante; entonces las moscas se levantaban y luego volvían a posarse.

En el segundo madero, Dismás sufría más que los otros dos, porque no perdía el conocimiento; movía la cabeza con un ritmo fijo, ya a la izquierda, ya a la derecha, tocándose el hombro con la oreja.

El más feliz era Joshuá. Durante la primera hora habían empezado a darle desmayos, luego perdió el conocimiento y dejó caer la cabeza con el turbante deshecho. Las moscas y los tábanos le habían cubierto de tal manera que su cara había desaparecido bajo una masa viva. Tábanos grasientos chupaban su cuerpo desnudo y amarillo, posándose en las ingles, el vientre y las axilas.

Obedeciendo a los gestos del hombre del capuchón, uno de los verdugos cogió una lanza y otro llevó hacia los maderos un balde y una esponja. El primero levantó la lanza y le dio a Joshuá en los brazos, que tenía estirados y atados a los travesaños del poste, primero en uno y luego en otro. El cuerpo con las costillas salientes se estremeció. El verdugo pasó la punta de la lanza por el vientre. Entonces Joshuá levantó la cabeza: las moscas volaron con un murmullo y dejaron al descubierto la cara del ejecutado, hinchada por las picaduras, con los ojos hundidos: una cara irreconocible» (Mijaíl Bulgákov, El maestro y Margarita) [Hallazgo de Xurxo Chapela]

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17 de marzo de 2015

«No más, no más, señor don Quijote –replicó la duquesa–. Por mí digo que daré orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella; no soy yo persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don Quijote; que, según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchas virtudes es la de la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sus solas y a su modo, como y cuando quisiese, que no habrá quien lo impida, pues dentro de su aposento hallará los vasos necesarios al menester del que duerme a puerta cerrada, porque ninguna natural necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran Dulcinea del Toboso, y sea su nombre extendido por toda la redondez de la tierra, pues mereció ser amada de tan valiente y tan honesto caballero, y los benignos cielos infunda en el corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un deseo de acabar presto sus disciplinas, para que vuelva a gozar de la belleza de tan gran señora» (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha).

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11 de marzo de 2015

«Mañana veré las instalaciones permanentes / de Donald Judd en viejos hangares, pero / ahora es mañana y no he ido, salí sin sombrero / temprano por la tarde, / me perdí y pronto empecé a / ver moscas y puntos, así que volví a la casa, / de interior verde mar hasta que se me acostumbró la vista, / me eche un rato y soñé que lo veía» (Ben Lerner, 10:04).

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10 de marzo de 2015

«Sí, puede que lo sepa. ¿Y qué? ¿He de fiarme de ti por eso? ¿Después de la bonita treta qu ele preparaste a mi antecesor, el señor Thursby? ¿Fiarme de ti, que mataste a Miles, un hombre contra quien nada tenías, que le mataste a sangre fría, como quien pega un papirotazo a una mosca, solo para inculpar a Thursby? ¿Fiarme de ti, que has traicionado a Gutman, a Cairo, a Thursby, uno, dos y tres?» (Dashiell Hammett, El halcón maltés) [Hallazgo de Tuzébio Báratro].

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4 de marzo de 2015

«Salí del agujero, y arrastramos los dos el perro hasta el borde. Lo dejamos caer, entre una revolada de moscas, mientras de la barriga reventada se arrastraban vísceras ennegrecidas. Yo con el azadón, y ella con la pala, cubrimos aquello. Al fin nos quedamos uno al lado del otro, con las manos en las herramientas. En mi nariz persistía el hedor. Las moscas nos acometían revoloteando a nuestro alrededor y se posaban en nosotros, o  donde había estado el perro. Al olor persistente se unía el de nuestro sudor. Las manos de ella soltaron la pala, que cayó levantando un zumbido de moscas verdes. Y aquellas manos, súbitamente, me palparon el sexo. La derribé y ella levantando las piernas, exhibió su desnudez y  dijo:

–Cava ahora aquí, pero deja la semilla fuera.

Cuando acabamos y nos levantamos, ella, mientras se sacudía y componía la ropa, empujó tierra con el pie sobre lo que se había derramado, y rezó algo.

–¿Qué pasa? ¿Por qué has hecho eso?

Me dio el brazo con ternura animal.

–Tiene que hacerse así. Si  no  la tierra te chupa y ya nunca más te corres» (Jorge de Sena, Señales de Fuego) [Hallazgo de Pepe Bouzas].

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28 de febrero de 2015

«Había dos moscas. Había dos moscas persistentes. Había dos moscas persistentes copulando en la cabeza del  chófer calvo. Era una obscenidad inenarrable. Obscenidad, pensaste. Provocación dijo sin vacilar tu amigo. El  chófer impertérrito al  volante. El sudor parecía salírsele de los sesos, como si dentro tuviese moscas copulando que rezumasen sebo y  gusto. Así  nació Atenea te dijiste» (José Ángel Valente, Nueve enunciaciones) [Hallazgo de Pepe Bouzas].

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26 de febrero de 2015

«La mosca revolotea sin demasiada vitalidad en el cuarto de baño. La miro con asco. ¿Qué hace este bicho en un hotel de lujo, y además en febrero? La golpeo con una toalla y cae exánime sobre el mármol del lavabo. Es una mosca rara, arrubiada, no muy grande. Se me ocurre que es el último ejemplar de una especie que desaparecerá con ella. Se me ocurre que tenía en el cuarto de baño su refugio invernal. Que en el jardín que se extiende bajo mi ventana hay alguna planta también muy rara, que solo podía ser polinizada por esta mosca. Y que de la polinización y multiplicación de esa planta va a depender, dentro de unos milenios, la existencia del oxígeno suficiente como para que nuestra propia especie sobreviva. ¿Qué he hecho? Al matar a esa mosca os he condenado también a vosotros, descendientes humanos. Pero la mosca mueve sus patitas en un leve temblor. ¡Parece que no ha muerto! Ya las agita con más fuerza, ya consigue ponerse de pie, ya se las frota, ya se alisa las alitas para disponerse a volar otra vez, ya revolotea en el cuarto de baño. ¡Vivid, respirad, humanos del futuro!. Mas ese vuelo torpe me devuelve la inicial imagen repugnante. Salgo de mi pasmo. ¿Qué hace aquí este bicho asqueroso? Cojo la toalla, la persigo, la golpeo, la mato. La remato» (José María Merino, Cuentos del libro de la noche) [Hallazgo de José Francisco Iriarte Rego].

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23 de febrero de 2015

«No sé por qué me acuerdo de que cuando era niño había carteles en las paredes que decían: ‘Mate una mosca, se lo pide el Club de Madres’, y naturalmente nosotros escribíamos debajo: ‘Mate un madre, se lo pide el Club de Moscas». Nunca sabré qué resultado dieron las dos campañas» (De una carta inédita a Martha Paley de Francescato, 8 de mayo de 1978) [Hallazgo de Armando Requeixo].

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20 de enero de 2015

«Finalmente, llegó a un camino de tierra junto al campo de sandías. Ya había dos muchachos allí; y uno de ellos, que parecía mayor que Alex, estaba agachado, abriendo una sandía a golpes con una paleta de jardín oxidada. A su alrededor había media docena de sandías abierta con la pupa de un tono rosa pálido en lugar de rojo suculento, aún no maduras excepto para el enjambre de moscas que atraían» (Edward Bunker, Little Boy Blue) [Hallazgo de Eleonora Giovio].

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14 de enero de 2015

«Estoy seguro de que pasé unos buenos cinco minutos parado en la entrada, caminando en círculos nada más, contentísimo de estar de vuelta en casa.

‘En casa’.

Adentro olía a cerrado. En los alféizares y bajo las ventanas había moscas muertas. Una capa de polvo lo cubría todo: los muebles, mis libros, la pantalla del televisor. Abrí el grifo del fregadero de la cocina, pero las cañerías se limitaron a soltar una tos ronca, como si remolonearan ante un anuncio que no estaban seguras de querer hacer. Me acordé de que había cerrado el agua, jamás se me ocurrió que fuera a volver tan pronto. Y sin embargo allí estaba» (Nickolas Butler, Canciones de amor a quemarropa).

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31 de diciembre de 2014

«–¿Quieres comer? –preguntó.

–Lo que sí quiero es hablar –respondió Troy–. A ver qué es lo que tenemos.

–Estupendo, hombre. ¿Dónde quieres que nos veamos?

–¿Qué te parece el Pacific Dining Car? No queda lejos del hotel, podemos ir andando hasta allí.

–Yo no andaría por allí de noche, ya no.

–He andado por allí toda la vida.

–Las cosas cambian… Y esa zona ha cambiado mucho.

–¿Qué ha pasado con los viejos pensionistas?

–Se han esfumado. Es la zona más violenta de Los Ángeles, te lo digo. Esos centroamericanos… No son como los chicanos que conocemos, no. Piensa en un patán de Nicaragua, por ejemplo. Cada mañana, sale del pueblo y se encuentra tres o cuatro cuerpos con los pulgares atados y moscas revoloteando alrededor del agujero de la cabeza. Cuando se ven mierdas así desde los cinco o seis años, un barrio de Los Ángeles les parece una tontería. Sé que sabes cuidarte pero, si fuera tú, no andaría por ahí por la noche» (Edward Bunker, Perro come perro).

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26 de diciembre de 2014

«Nos desnudamos tanto / hasta perder el sexo / debajo de la cama, / nos desnudamos tanto / que las moscas juraban / que habíamos muerto. / Te desnudé por dentro, / te desquicié tan hondo / que se extravió mi orgasmo. / Nos desnudamos tanto / que olíamos a quemado, / que cien veces la lava / volvió para escondernos» (Fabio Morábito, La ola que regresa).

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3 de diciembre de 2014

«Cuando entré en Le Condé, las agujas del reloj redondo que había en la pared del fondo marcaban las cinco en punto. Por lo general, era una hora baja. Las mesas estaban vacías, menos la de al lado de la puerta, en donde se sentaban Zacherias, Annet y Jean-Michel Los tres me lanzaban unas miradas muy raras. No decían nada. Zacharias y Annet tenían la cara lívida, seguramente por la luz que entraba por la cristalera. No me contestaron cuando les dije hola. Me clavaban unas miradas extrañas, como si hubiese hecho algo malo. Jean-Michel contrajo los labios y me di cuenta de que quería decirme algo. Una mosca se posó en la mano de Zacherias, y él la espantó con un gesto nervioso. Luego cogió el vaso y se lo bebió de un tirón. Se puso de pie y se me acercó. Me dijo con voz inexpresiva: ‘Louki. Se ha tirado por la ventana’» (Patrick Modiano, En el café de la juventud perdida) [Hallazgo de Eleonora Giovio].

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20 de noviembre de 2014

«Entró en el salón del café Platense, notable por los globos de cristal que lo iluminaban, colgados de largos cordones cubiertos de moscas. Los muchachos no estaban ahí. Los encontró en los billares. Cuando Gauna abrió la puerta, el Gomina Maidana se preparaba para hacer una carambola. Estaba vestido con un traje casi violeta, muy abrochado, y tenía atado al cuello un abundante y espumoso pañuelo blanco de seda. Un señor de cierta edad, trajeado de luto y conocido como la Gata Negra, se disponía a escribir en el pizarrón. Maidana debió de dar el tacazo con algún apresuramiento, pues, aunque la carambola era fácil, erró. Todos se rieron. Gauna creyó advertir una indefinida hostilidad general. Maidana recuperó la calma. Se disculpó:

–El gran campeón tiene pulso obediente, pero celoso.

Gauna oyó este comentario de Pegoraro:

–¿Qué quieren? Aparece de pronto el santo.

–¿Santo? –Gauna contestó sin enojarse–. Lo bastante para darte la extremaunción» (Adolfo Bioy Casares, El sueño de los héroes).

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18 de noviembre de 2014

«Permítaseme decir, con la debida modestia y prudencia, que ya dispongo del material necesario para una novelista de intriga realmente apasionante, y también original en cierto modo. No la clásica novela en la que se busca al asesino: se trata más bien de descubrir los móviles del asesinato. Me siento mareado y embelesado. Me siento esplendorosamente novato. No soy tanto un novelista, me parece a mí, como un concienzudo amanuense dispuesto a anotar todos los pormenores de la vida real. Técnicamente hablando, quiero suponer que soy un accesorio avant le fait; pero al diablo con todo esto ahora. Hoy me desperté y pensé: Si Londres es una telaraña, ¿en qué parte me sitúo yo? Tal vez yo sea la mosca. Yo soy la mosca» (Martin Amis, Campos de Londres).

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15 de noviembre de 2014

«Unos apuntes en una hoja de papel que conservé me recuerdan otra extraña aventura de aquella época. Además de la anotación de un último cigarrillo, acompañada de la expresión de confianza en poder curar de la enfermedad de los cincuenta y cuatro movimientos, hay un ensayo de poesía… sobre una mosca. Si no lo supiera, creería que esos versos se deben a una señorita cándida que habla de tú a los insectos a los que canta, pero, en vista de que los compuse yo, debo creer que, si he pasado por eso, a todo el mundo puede ocurrirle lo mismo.

Así fue como nacieron aquellos versos. Había vuelto a casa a las tantas de la noche y, en lugar de acostarme, me había dirigido a mi estudio, donde había encendido el gas. Junto a la luz, una mosca se puso a atormentarme. Conseguí darle un golpe, pero leve para no ensuciarme. La olvidé, pero después la vi recuperarse en el centro de la mesa. Estaba quieta, de pie y parecía más alta que antes, porque una de sus patitas había quedado anquilosada y no podía doblarse. Con las dos alitas posteriores se alisaba, perseverante, las alas. Intentó moverse, pero cayó de espaldas. Se alzó y volvió obstinada a su perseverante tarea.

Entonces escribí aquellos versos, asombrado de haber descubierto que aquel pequeño organismo abrumado por tamaño dolor fuera guiado en su gigantesco esfuerzo por dos errores: ante todo, alisándose las alas, que no estaban heridas, con tanta obstinación, el insecto revelaba no saber de qué órgano procedía su dolor; además, la perseverancia de su esfuerzo demostraba que en su minúscula inteligencia había la confianza fundamental en que la salud corresponde a todos y ha de volver sin lugar a dudas, cuando nos ha abandonado. Eran errores que se pueden excusar con facilidad en un insecto cuya vida dura sólo una estación y no tiene tiempo de acumular experiencia» (Italo Svevo, La conciencia de Zeno).

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12 de noviembre de 2014

«Llamas ardientes de esperanza y de ensueño envolvíanme el espíritu y de mí brotaba una inspiración tan feliz de ser cándida, que no acertaba a decirla con palabras.

Y más y más me embelesaba la cúpula celeste, cuanto más viles eran los parajes donde traficaba. Recuerdo…

¡Aquellos almacenes, aquellas carnicerías del arrabal! Un rayo de sol iluminaba en lo oscuro las bestias de carne rojinegra colgadas de ganchos y de sogas junto a los mostradores de estaño.

El piso estaba cubierto de aserrín, en el aire flotaba el olor de sebo, enjambres negros de moscas hervían en los trozos de grasa amarilla, y  el carnicero impasible aserraba los huesos, machacaba con el dorso del cuchillo las chuletas… y afuera… afuera estaba el cielo de la mañana, quieto y exquisito, dejando caer de su azulidad la infinita dulzura de la primavera» (Roberto Arlt, El juguete rabioso).

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6 de noviembre de 2014

«Como actor, a Dario Fo yo no lo entiendo, nunca lo he entendido, y nunca me hace reír, ni nunca suscita en mí una verdadera y admirativa convicción. Lo siento, sea porque le estimo como persona, sea porque a todos les gusta y les parece extraordinario. Quisiera que me gustara, y lamento quedarme siempre en sus espectáculos fría como el hielo. Cada vez que me dispongo a verlo, confío en que finalmente le entenderé. Pero cada vez encuentro enseguida una a una las razones por las que no congenio con él. Esta vez, al verlo en televisión, se me han presentado más claras que nunca.

Me parece que no consigue borrar de sí mismo su imagen pública. Lo miro y siento bullir a su alrededor las polémicas, los desacuerdos y las aprobaciones, las entrevistas, los artículos de los periódicos. Esta imagen pública suya, envuelta en el alboroto y el bullicio de los artículos, él la lleva a todas partes pesadamente y sin ninguna ironía. Es más robusta y más maciza que las figuras que se suceden en sus espectáculos. Cuando es Jesucristo, no veo a Jesucristo y cuando es el hambriento Zanni, no veo al hombre, no veo la polenta y los tordos que menciona y con los que sueña, ni tampoco la mosca que él evoca y engullo. Veo periódicos» (Natalia Ginzburg, Ensayos).

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31 de octubre de 2014

«Media hora más tarde, Hélène y yo entramos en el mismo despacho para pedirle lo mismo al médico, que nos dijo que habían empezado a hacerlo. A Patrice ya le habían respondido: de acuerdo, espéreme aquí. Le dejó solo en el despacho, donde pasó cinco minutos que se le hicieron eternos. Miraba fijamente, con una atención alelada, la pintura desconchada de un zócalo, el tubo de neón en el techo, alrededor del cual revoloteaba una mosca, la noche de verano que empezaba a hacer en el marco de la ventana, y tenía la sensación de que toda la realidad del mundo era aquello, que no existía nada más, que nunca había existido ni volvería a existir nada más. Cuando volvió a la habitación, los ojos de Juliette, entornados cuando la había dejado, ahora estaban cerrados» (Emmanuel Carrère, De vidas ajenas).

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30 de octubre de 2014

«Qué encantador era llevarle el café a Lo para rehusárselo hasta que hubiera cumplido con sus deberes matinales. ¡Qué concienzudo amigo, qué padre apasionado, qué excelente pediatra era yo, siempre cuidadoso de todas las necesidades del cuerpo bronceado de mi pequeña! Mi único reparo contra la naturaleza era que no podía volver del revés a Lolita y aplicar mis labios voraces a su corazón desconocido, a su hígado nacarado, a las esponjas de sus pulmones, a sus graciosos riñones gemelos. Durante algunas tardes especialmente tropicales, en la pegajosa proximidad de la siesta, me gustaba sentir la frescura del sillón de cuero contra mi maciza desnudez, mientras la observaba sentada en mi regazo: no era sino una típica chiquilla que se hurgaba la nariz, concentrada en el suplemento de historietas de un diario, tan indiferente a mi éxtasis como si hubiera sido algo sobre lo cual se había sentado sin querer –un zapato, una muñeca– y demasiado indolente para quitarlo de su asiento. Sus ojos seguían las aventuras de sus héroes favoritos; había una niña bien dibujada, sucia, de pómulos salientes y gestos angulares, que no dejaba de complacerme también a mí; Lo estudiaba las muestras fotográficas de golpes en la cabeza, no ponía nunca en duda la realidad de su lugar, tiempo y circunstancia creados para enmarcar los retratos publicitarios de bellezas con muslos desnudos, y se mostraba curiosamente fascinada ante las imágenes de novias locales, algunas con todos los arreos nupciales, ramilletes en las manos y anteojos.

Una mosca se posaba y caminaba en la vecindad de su ombligo o exploraba sus tiernas y pálidas areolas. Al principio trataba de atraparla en su puño (método de Charlotte) y después se enfrascaba en la columna: Consejos útiles.

¿Se reducirían los crímenes si los niños tuvieran presentes estas pocas advertencias? No juegues en la proximidad de los baños públicos. No aceptes dulces ni paseos en automóviles con extraños. Anota el número de la chapa del automóvil cuando subas a uno» (Vladimir Nabokov, Lolita).

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28 de octubre de 2014

«–¡Qué asco! –dijo Maria, apretándome la mano y clavándome las uñas en la piel.

Me volví.

Lo habían hecho: habían empalado a la gallina. La habían clavado en un palo; le colgaban las patas y tenía las alas abiertas, como si antes de entregar su alma al Creador se hubiera abandonado a sus verdugos. A un lado le pendía la cabeza, un horripilante colgajo lleno de sangre, y del pico entreabierto caían goterones rojos. La punta del palo le salía por la pechuga. Una nube de moscas metalizadas zumbaba a su alrededor y se agolpaba en los ojos y en la sangre.

Un escalofrío me recorrió la espalda» (Niccolò Ammaniti, No tengo miedo).

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24 de octubre de 2014

«En una postal no caben las latas de leche condensada abiertas con el cuchillo de la bayoneta y bebidas con ansia de héroe de Victor Hugo. Esa leche condensada que quemaba la garganta y calmaba el estómago. Tampoco caben las latas de sardinas en aceite devoradas con dedos sucios de polvo y sangre, las escamas infiltrándose en unas uñas de roña imposible de limpiar. Leche condensada y sardinas, la dieta del soldado en las trincheras, donde no llegaba el rancho. A la primera línea sólo enviaban latas y raciones frías y mohosas. Y no siempre, sólo cuando a las mulas les daba la gana de subir a los cerros. Se comía cuando había comida y se dormía cuando el calor dejaba dormir. En una postal tampoco caben las ratas que corren sobre los cuerpos dormidos, en busca de unas gotas de leche condensada o de la última raspa de sardina. Ni las moscas, ni las avispas, ni los piojos. En una postal no cabe nada. Lo justo para que los destinatarios concilien el sueño en sus camas» (Sergio del Molino, Lo que a nadie le importa).

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19 de octubre de 2014

«Pese a su timidez, Gould tiene una enorme afición por las fiestas. En el Village hay muchos vecinos que ofrecen fiestas grandes y frecuentes. Algunos de ellos son un viejo médico y rico y excéntrico, una solterona también rica, un famoso escenógrafo, una famosa pareja del mundo teatral y numerosos pintores, escultores, escritores y editores. La mitad de las veces, si se entera de que alguno de éstos da una fiesta, Gould va; y la mitad de las veces no le permiten quedarse. Por lo general se mantiene un rato apartado, fumando cohibido un cigarrillo tras otro, duro por la tensión como una tabla. A la larga, con todo, impelido por una o dos copas y la desesperación del apuro, empieza a lanzarse. Elige a la mujer más guapa de la sala, se le acerca, se inclina y le besa la mano. Le cuenta historias deshonrosas de él mismo. Se desinhibe del todo; de pronto, sin ninguna razón, cloquea una risita de placer, da un brinco y hace chocar los talones. Al instante, grita: “¡Los que quieran ver un espectáculo unipersonal, por favor digan SÍ!” En caso de recibir el menor aliento, se desnuda el torso y acomete un número de zapateo y palmas que asegura haber aprendido en una reserva de indios chippewa de Dakota del Norte y que llama Joseph Ferdinand Gould Stomp. Mientras baila, va cantando un viejo himno del Ejército de Salvación: “Tengo moscas yo; tienes moscas tú; mas no hay moscas en Jesús”. Luego imita a una gaviota» (Joseph Mitchell, El secreto de Joe Gould).

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17 de octubre de 2014

«Sobre las sábanas brillaba la sangre, en manchas tenues donde leíamos el porvenir. Y, entretanto, en la avenida la Sibila de Hendor, la que mintió sabiéndolo, buscaba entre el estrépito de los taxis diurnos un paso de peatones. Buscaba una luz verde. Pero ni siquiera el advenimiento de aquella luz mecánica pudo profetizar. Fue aplastada. La noticia de su muerte se leyó en todas las carteleras de espectáculos y en la página principal de las revistas de sensación. En su funeral entró, dijeron, un entero ejército de moscas presidido por su natural señor. Los dioses de la adivinación consultaban la palma de su propia mano desde hace siglos seccionada, comprendiendo tardíamente que sólo existe la absoluta imprevisibilidad del pasado o la entrada caudal de tu infancia en mí. Porque así te he traído hasta esta habitación de hotel, como a niña engañada, perdida entre tantos caminos que no llevaban a ningún lugar» (José Ángel Valente, Palais de Justice).

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14 de octubre de 2014

«Una de las dos moscas abandonó el ayuntamiento y voló hasta la mesa. Se posó en el mantel y quedó allí, descansando, sin movimiento. La otra que había saltado a la tela en que ella cosía hace un rato, comenzó a lavarse con las patas delanteras, prolijamente, pasaba y repasaba sus artejos por su pequeña y a la vez monstruosa cabeza, limpiando con cuidado de gato su cara, sus ojos abultados y poblados de celdas y su larga y peluda trompa, que flexionaba arriba y abajo, a ritmo con las patas, empeñada en limpiar cada parte de su cuerpo, ahora se ocupa de las alas, de sus hermosas, traslúcidas alas, frágiles y poderosas a un tiempo: ahí friccionando sus antenas ante su cara era un bello animalito, grácil y de colores oscuros y llenos de vida» (Guillermo Cabrera Infante, Así en la paz como en la guerra) [Hallazgo de José María Pérez Álvarez]

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13 de octubre de 2014

«Acaso se haya visto obligado a decir que sí cuando supo en su corazón que no cobraría los  cinco o seis mil pesos al final de este mes ni de ninguno de los que le quedaban por vivir;  cuando el dueño de lo de Belgrano continuó leyendo el diario o espantando moscas alguna vez que él se acercó al mostrador con una sonrisa de bebedor locuaz; cuando tuvo que esconder los puños de la camisa antes de recorrer el familiar laberinto entre mármoles ateridos que desembocaba en la glorieta. Acaso se haya abandonado, simplemente, como se vuelve en las horas de crisis al refugio seguro de una manía, un vicio, o una mujer» (Juan Carlos Onetti, El astillero) [Hallazgo de Abraham GT].

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11 de octubre de 2014

«La primera sensación al entrar en una de esas verdaderas ciudades con
restaurantes, talleres de todas clases, guardias para ordenar la
circulación y hasta fábricas de luz propias que es un studio de cine, es la
de que todos los demás se han vuelto locos.

Luego, cuando se habitúa uno, se convence de que se ha vuelto una loca
también, pues sólo estando un poco loca se puede aceptar aquella vida como
lógica y normal.
 Comer en el restaurante entre Napoleón Bonaparte y Cleopatra, eso no
ocurre más que en un studio de cine.

Navegar en un barco de las dimensiones de un barco de verdad, pero que
se haya construido en seco, eso no ocurre más que en un studio de cine.
 Perderse en un bosque con árboles y lagos inmensos y descubrir luego
 que los árboles los llevan hasta el bosque en una camioneta y que los lagos 
se llenan con manga de riego, eso sólo sucede en un studio de cine.
 Coger una gripe por culpa de una tormenta y que esta tormenta esté
 producida con unas hélices de aeroplano, tampoco suele ocurrir en el mundo
 más que en un studio de cine, pero lo triste es que hay que curarse la gripe con el mismo salicilato con que la curaría uno si la tormenta fuera
de verdad.

Por la mañana le presentan a uno un alto jefe. ‘How are you miss
 Bárcena?’, pregunta él muy amable. ‘Fain’, contesta una. Y se va contenta,
 diciéndose: ‘Le he sido muy simpática’. Pero al mediodía aquel jefe ya no
 es jefe; y le presentan a uno al sustituto. Cuando se ha conseguido
 ‘caerle’ bien al sustituto ya está, a su vez, sustituido. A veces, en el
 transcurso de una comida, le presentan a una a tres señores que han ocupado
 y dimitido en aquel tiempo el mismo cargo. Al salir hay otra presentación
 todavía. ‘Pero ¿quién es este señor?’ ‘El jefe. Le han nombrado durante el
 helado’.

Por espacio de dos meses se discute el argumento de una película.
 Cuando al cabo de dos meses queda aprobado ya, se da orden de trabajo para
 el día siguiente, y se empieza otra.

A un actor se le hace venir desde Chicago expresamente para un papel, y
 cuando llega, cobrando por adelantado, se ha suprimido de raíz su papel en 
el reparto.

De lejos, el cine parece una cosa lógica y fácil. De cerca, es un lío
 absurdo, de unas dificultades insospechadas.

Las escenas se toman todas cuatro veces, desde cuatro distancias 
distintas y las cuatro veces hay que encontrar en una misma el gesto igual
 e idéntica entonación. Un ayudante, siguiendo las órdenes del director y
 del cameraman, pega unas cintitas en el suelo: una para cada pie de los 
actores; eso quiere decir que hay que poner la punta del pie en la cintita 
y no moverse de allí en toda la escena. Y en el instante en que es preciso
 echar el alma por la boca y por los ojos para decir: ‘¡No, Federico! ¡Yo no 
soy la mujer indigna que tú supones!’, una está pensando: ‘¡Dios mío! Me
p arece que se me ha salido de la cinta el pie derecho’.

La cámara tiene exigencias imprevistas. Se prepara un momento de amor
 en el que sólo se van a ver las caras. Una clava sus miradas en el galán,
 dispuesta a expresar la ternura. Pero entonces interviene el director y
 suelta un discurso en inglés. Viene a decir, poco más o menos, que, por la
 colocación de la cámara, si se mira a los ojos, no da la sensación de estar
 mirando a los ojos. ‘¡Mire más hacia la derecha, miss Bárcena!’ Y una tiene 
que expresar la ternura mirándole a una oreja al actor.

Durante todo un día se prepara, se ensaya y se resuelve una escena
 difícil. A media tarde está ya todo listo. Se empieza a rodar. Un grito.
 ¿Qué ocurre? Es el ingeniero del sonido, que exclama desesperado una serie
 de cosas que traducidas al castellano quieren decir: ‘Una mosca. ¡Imposible 
seguir trabajando!’ ¿Una mosca? Sí. Ha entrado una mosca en el studio y su
 zumbido, aumentado en los micrófonos, hace inútil todo esfuerzo. Una mosca
 puede ser la ruina en un studio. Cien personas se dedican a buscar la mosca
 gateando por los decorados y en plena desesperación. Se telefonea. Vienen
 obreros especializados en la caza de moscas y que cobran carísimo. Pero la
 mosca se oculta Dios sabe dónde. Más telefonazos. La noticia ha corrido 
como un reguero de pólvora. Los altos jefes braman: ‘¡Pronto! ¡Que se 
capture esa mosca! ¡Si esto se sabe en Nueva York pueden bajar las
acciones!’ Llegan tanques con ‘Flit’. Al anochecer la mosca se rinde. Ha 
costado siete mil dólares, y se la llevan codo con codo.

Esa mosca ha entorpecido considerablemente la buena marcha de la
 película. Y como yo no quiero ser una mosca más, e impedirles a ustedes ver
 la película que sigue, me voy antes de que lleguen los tanques de ‘Flit’. 
Buenas noches» (Jardiel Poncela, Exceso de equipaje) [Hallazgo de Mercutio].

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10 de octubre de 2014

«Perrón, además, curaba con historias. Le contaba al enfermo una adivinanza, no muy fácil.

–Cuando vuelva a sangrarte, a ver si me la tienes resuelta.

El enfermo pasaba horas y horas discurriendo, sacándole la figura a la adivinanza de Perrón. Los enfermos de Perrón se aficionaban a las historias que les contaba, las comentaban, discutían con la familia y los vecinos, soñaban con ellas. De las adivinanzas, pocas acertaban. Las historias lo eran de tesoros escondidos, de pleitos y de robos, y hablaban en ellas moros, franceses y animales diversos, el zorro, el cuervo, la comadreja… Un tal Grilo de Abeledo, que tenía fama porque, yendo a servir al rey, aprendió en una noche todos los juegos de cartas, aclaró una vez una adivinanza de Perrón. Una que se refería a siete zuecas que calzaban cuatro hombres, y ninguno era cojo. Cuando se murió el Grilo, el cura de Labrada andaba medio cabreado, porque el Grilo había palmado sin decirle la solución correcta. Perrón era de mediana talla, entrerrubio, los ojos claros, muy lucida la dentadura con tres piezas de oro en la delantera. Gastaba gorra de visera negra y vestía de pana. Perrón era apellido, que no apodo. Decía que el Perrón le venía de un soldado francés que enfermara en Santalla de fiebres, cuando Soult pasara por allí, y era músico de segunda. Hubo discusiones en las barberías de Mondoñedo y Ribadeo sobre si Perrón sabía francés o no; un diccionario español–francés, seguro que lo tenía. Cuando se murió el médico y poeta don Manuel Leiras Pulpeiro, Perrón compró a sus herederos un juego inglés de lancetas que aquel usaba. Perrón, que fuera siempre de la cáscara amarga, en los últimos años de su vida llegó a beato. Le quiso regalar un traje a san Bernabé de Santalla, un santo muy robusto y barrigudo, y tomándole una costurera las medidas, se vio que el santo tenía las medidas mismas que el curandero, en altos y en anchos. Perrón fue a Lugo a encargar el traje, y estuvo allí probándose la túnica roja y el manto amarillo, sirviendo de maniquí y sin quitarse la visera, porque era muy dado a catarros. Se asegura en el país que a veces, en casos peliagudos, Perrón iba a la ermita de san Bernabé –de la que tenía las llaves su hermana Clotilde–, y se  vestía con las ropas del santo. Los vecinos que lo veían pasar, formaban como en procesión, en filas a ambos lados del camino, y muchos con velas.

Un día cualquiera, tras ayudar en el vareo de las castañas,

se metió en la cama y pidió que le pusiesen dos sanguijuelas

en un costado. Me contó su yerno su muerte.

Perrón le pidió a la mujer que le dijese una adivinanza.

La mujer solamente sabía una: ‘Mosca y media, tres medias moscas y dos moscas y media, ¿cuántas moscas son?’

Sumaba in mentis Perrón, y ya iba a responder que cinco moscas y media, cuando le vino un golpe de tos, y dio con él el alma. Fue muy sentido. Tan pronto como murió Perrón, un tal Cabo de Lonxe, pasó a cobrar dos reales por quitar las verrugas. Usaba nitrato de plata. Pero Perrón quitaba las verrugas de palabra, y a varias leguas de distancia» (Álvaro Cunqueiro, Escuela de curanderos).

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6 de octubre de 2014

«El jefe de policía se incomodó mucho porque él quería torturarlo para averiguar quién andaba detrás de aquello. Pero lo que el amo (Julio César) hizo fue peor que torturarlo, me parece. Nos reunió a todos, éramos unos treinta, poco más o menos, y por un largo rato estuvo mirando a Filemón en silencio, y hubiera podido oírse el vuelo de una mosca» (Thornton Wilder, Los idus de marzo) [Hallazgo de Jordi Mestre].

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3 de octubre de 2014

«Me lo he preguntado muchas veces, pero nunca llego a una respuesta satisfactoria, a lo sumo a una válida para la ocasión y tremendamente condicionada por esta. Lo estudié hace tiempo, pero si no recuerdo mal, Berkeley afirmaba que en el mundo solo existen dos tipos de seres: las cosas y los espíritus. El ser de las cosas, es decir aquello que hace que las cosas sean lo que son, dice Berkeley, es ser percibidas. Mientras que el ser de los espíritus, aquello que está en la naturaleza de los espíritus, añade, es percibir. Y lo que yo me he preguntado infinidad de veces sin llegar a una conclusión desprovista de fecha de caducidad es ¿qué pasa con las moscas? ¿Las moscas son, siguiendo la terminología del filósofo irlandés, cosas o espíritus? O, planteado de otra manera, ¿lo que hace que las moscas sean lo que son es ser percibidas o percibir? De la respuesta que demos a este interrogante, dependerá la respuesta que demos al siguiente, que es el verdaderamente interesante y grave» (Óscar M. Prieto, Berlín Vintage) [Hallazgo de Julià López-Arenas].

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30 de septiembre de 2014

«Para aquellas personas que lo tienen (y aún deben ser muchas) debe amanecer un día –réplica de aquel que la insatisfacción lo lanzó a conocer mundo– en que el pasado familiar manda: mandan las piedras de un ayer severamente construido, las sombras y esquinas del rincón que pacificó la furiosa niñez, los árboles y los setos que desaparecieron para siempre y la gruta marginal de las meriendas soleadas donde terminaron, un día, los cuentos labriegos, para engendrar, confuso, el primer deseo de misterio; las cajas delicadas, los dormitorios prohibidos (con aroma a laca), los encajes amarillentos sobre el piano que (las teclas más amarillentas que si fumara dos paquetes diarios de tabaco negro) había materializado el aura fugitiva de Chopin en todas las agitadas mudanzas de la familia, las torturadas y garabateadas páginas de aquellos cuentos infantiles deshojados por los rincones y donde reposa el significado de las palabras,… sin duda amanece un día en que (los nombres que la muerte hizo sonoros repitiéndose entre los árboles, las ramas húmedas y las tardes doradas) emerge el pasado en un momento de incertidumbre para exorcizar el tiempo maligno y sórdido y volver a traer la serenidad, ridiculizando y desbaratando la frágil y estéril, quimérica e insatisfecha condición de un presente torturado y andarín, eternamente absorto en el vuelo de una mosca en torno a una tulipa verde» (Juan Benet, Nunca llegarás a nada).

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25 de septiembre de 2014

«Si pudiéramos comunicarnos con una mosca, llegaríamos a saber que también ella navega por el aire poseída de esa misma pasión, y se siente el centro volante del mundo. Nada hay en la naturaleza, por despreciable e insignificante que sea, que, al más pequeño soplo de aquel poder del conocimiento, no se infle inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuerda quiere tener su admirador, el más soberbio de los hombres, el filósofo, está completamente convencido de que, desde todas partes, los ojos del universo tienen telescópicamente puesta su mirada en sus obras y pensamientos» (Friedrich Nietzsche, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral).

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23 de septiembre de 2014

«Lo estoy mirando. Mis ojos lo consultan aturdidos: quedan fijos en el contra mi voluntad, como a veces lo están por los absurdos destellos de un aparato de televisión mal ajustado. Tiene esa clase de frívolo poder. Por consiguiente, lo describiré con todos sus pormenores; a la manera de esos novelistas franceses de avant-garde, quienes al prescindir de la narración, del personaje y de la estructura, se limitan a párrafos de una página de extensión donde detallan los contornos de un solo objeto, el mecanismo de un movimiento aislado: un tabique, una blanca pared con una mosca vagando a su través. Así: el objeto de la sala de visitas de madame es un espejo negro. Tiene siete pulgadas de alto y seis de ancho. Esta enmarcado en una caja de gastado cuero negro en forma de libro. De hecho, la caja yace abierta encima de una mesa, igual que si fuera una edición de lujo puesta para cogerla y hojearla, pero en ella no hay nada que leer ni que ver, salvo el misterio de la misma imagen de uno proyectada por la superficie del espejo negro antes de alejarse hacia sus profundidades sin fin, hacia sus corredores de oscuridad» (Truman Capote, Música para camaleones).

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20 de septiembre de 2014

«Aquella mañana el gobernador Bernardo de Velazco y Huidobro en un ataque de furor echó a curanderos, frailes, desempayenadores, que el sobrino traía en procesión a palacio. Se lanzó al patio. Allí se pasó toda la mañana en cuatro patas comiendo pastos entre el burro y la vaca del Pesebre, en el lugar donde el gobernador mandaba hacer los Nacimientos al natural. Junto a su amo, el perro Héroe también arrancaba yuyos, segaba el césped, arrancaba flores de los canteros a dentelladas, en ese delirio que para ambos era una botella contra los espíritus del mal. Sigiladamente regresó la caterva de familiares, servidores, funcionarios a contemplar con lágrimas cómo pastaba el gobernador. Enhierbado se incorpora al fin. Arrímase al aljibe. Dóblase sobre el brocal. Héroe abandona su guerra florida. Se lanza sobre el gobernador sujetándolo de los faldones del levitón hasta arrancárselo por completo. Vuelve a la carga. Tironea de los fondillos. Las nalgas de don Bernardo quedan al aire. Inclínase cada vez más sobre el brocal. Mi padre pensaba, Señor, que el gobernador estaría rogando ayuda al alma del teatino muerto en el aljibe, épocas más atrás, cuando ésta era aún la Casa de Ejercicios Espirituales de los jesuitas. Malinformado tu padre. No fueron los teatinos quienes levantaron este edificio. Lo mandó construir el gobernador Morphi, el Desorejado, a quien el barbero le había limpiado una oreja de un navajazo. Disculpe, su merced, le habría dicho el barbero al gobernador. Tenía usted una mosca en la oreja, Excmo. Señor. Ya no la tiene» (Augusto Roa Bastos, Yo el Supremo).

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18 de septiembre de 2014

«Guerra en Europa, un discurso de Hitler, jaleo en Polonia, tales eran los temas de actualidad. ¡Paparruchas! ¡Partidarios de la guerra, carcamales que pobláis el vestíbulo de la pensión Alta Loma, he aquí la verdadera noticia, hela aquí: un papelito con las firmas, endosos y refrendos correspondientes, un sencillo papel, mi libro! A la mierda el Hitler ese, esto es más importante que Hitler, se trata de mi libro. No zarandeará el mundo, no matará ni una mosca, no disparará ningún fusil, pero lo recordaréis hasta el día en que os muráis, estaréis en la cama, a punto de dar el último suspiro y os sonreiréis al recordar el libro. La historia de Vera Rivken, un fragmento de vida» (John Fante, Pregúntale al polvo).

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16 de septiembre de 2014

«Atienza, yo le concedo que no seríamos nada sin la participación de aquello que no existe, que nuestras mentes languidecerían sin los mitos, sin las fábulas, sin los malentendidos, sin las creencias, sin los monstruos, sin los impostores… Pero esa armonía con lo irreal sucedió sólo en un momento histórico, en el máximo esplendor de la gran mentira. Desde entonces, con una farsa mezquina y algo verdadera, los insectos ilusionistas invirtieron su significado sin dejar de tener el mismo de siempre. Dejaron de ser realismo para convertirse en inquietud. Ángeles de la paradoja: amenaza, peligro, mal agüero… Venganza de la desaparición, un milagro en el truco. Y esas imágenes misteriosas, esos personajes que no tendrían que estar ahí, el polvillo de la uva, el brillo de la plata, lo húmedo, lo graso, la maldita mosca, ese simbolismo invertido, son los que nos recuerda que hay algo inmutable, que todas las transformaciones se basan en la mentira y que ni mil de ellas podrían borrarlo del lienzo. Los personajes fraudulentos que buscan cambios materiales ven insectos ilusionistas hasta que enloquecen» (Francisco Casavella, El día del Watusi) [Hallazgo de Tuzébio Báratro].

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12 de septiembre de 2014

«Una vez había un hombre gravemente herido, echado en el campo de batalla, esperando a un cirujano que le vendase las heridas, que estaban cubiertas de moscas.Un camarada con heridas leves vio las moscas y quiso ahuyentarlas. ‘Oh, no –exclamó el otro–, ¡no hagas eso! Esas moscas están casi ahítas con mi sangre y ya no me molestan tanto como al principio. Si las echas, su lugar será ocupado por otras más hambrientas, y entonces estaré perdido’» (Robert Graves, Yo, Claudio) [Hallazgo de Jordi Mestre].

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10 de septiembre de 2014

«Apuleyo hubiera deseado marcharse, pero una fuerza misteriosa le obligaba a quedarse, a mantener los ojos fijos sobre aquella mujer. Los tambores comenzaron a sonar, primero lentamente y después con frenesí, y en aquel momento, por debajo del telón tras el que estaban los animales, salieron cuatro majestuosos caballos blancos y un pobre asno cansado. La bailarina chasqueó el látigo y los caballos se encabritaron, dando inicio a una veloz carrera en círculos. El asno se apartó hacia un lado, cerca de las  jaulas de los monos, y se puso a espantar lentamente las moscas con la cola. La bailarina hizo chasquear nuevamente el látigo y los caballos se detuvieron y se arrodillaron lanzando largos relinchos. Entonces, la bailarina, con una insospechada agilidad para su corpulencia, dio un brinco y, con un pie en un caballo y un pie en otro, comenzó a cabalgar sobre los dos animales manteniéndose erguida con las piernas abiertas sobre ambas grupas. Y al cabalgar movía obscenamente la empuñadura del látigo sobre su vientre, mientras la gente murmuraba divertida» (Antonio Tabucchi, Sueños de sueños).

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6 de septiembre de 2014

«La mosca que había estado zumbando en la ventana desde que entramos se dirigió de repente al interior de la sala. La seguí con la mirada, viéndola dar vueltas por debajo del techo, posarse sobre la pared amarilla, volver a echar a volar en un pequeño círculo a nuestro alrededor y posarse en ese reposabrazos en el que ya no tamborileaban los dedos de Yngve. Sus patas delanteras se cruzaron un par de veces, como si se estuviera sacudiendo, antes de dar unos pequeños pasos hacia delante; luego dio un pequeño salto en el aire con alas zumbantes, antes de posarse en el dorse de la mano de Yngve, que, claro está, la levantó con una breve sacudida, de manera que la mosca volvió a echar a volar delante de nosotros de una manera que casi se podría llamar atormentada. Al final volvió a la ventana, donde se arrastraba de arriba abajo en confusas órbitas» (Karl Ove Knausgård, La muerte del padre)

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2 de septiembre de 2014

«Caroline se había reservado una habitación pequeña y oscura desde la que se veía el cobertizo de la imprenta en el patio. Detrás del modesto escritorio había un ejemplar enmarcado de su primera plana (‘Se halla cadáver de bella desconocida desnuda en el astillero de la Marina’). Todo el mobiliario de la estancia consistía en dos absurdas sillas Luis XVI. Las primeras moscas de la primavera hacían carruseles en el aire.

Blaise se quedó agradablemente atónito.

–¿Qué haces tú aquí? ¿Dónde está Vardeman?

–El señor Vardeman ahora se dedica a la genealogía. Desciende de Thomas Jefferson, según cree, lo cual nos da tema de conversación a ambos…

–¿Has comprado el Tribune?

–He comprado el Tribune.

Se miraron cara a cara: enemigos implacables como solo pueden serlo los idénticos» (Gore Vidal, Imperio).

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1 de septiembre de 2014

«–Mi querido señor Boffin, con el tiempo todo acaba en despojos –dijo Mortimer, con una risita.

–Bueno, yo no llegaría al extremo de decir todo –replicó el señor Boffin, al que parecía irritar la actitud de su interlocutor–, porque hay cosas que nunca he encontrado entre la basura. Bueno, señor. Así pues, la señora Boffin y yo nos vamos haciendo viejos al servicio del viejo, viviendo y trabajando bastante duro, hasta que el viejo es hallado muerto en su cama. Entonces la señora Boffin y yo sellamos su caja fuerte, que siempre estuvo en la mesita que había al lado de su cama, y después de haberle oído mencionar a menudo el nombre de Temple Inn como un lugar donde se contrataba la recogida de la basura de los abogados, vine hasta aquí en busca de un abogado que me aconsejara, y veo a su joven ayudante en estas alturas, cortando moscas en pedacitos con su navaja cortaplumas en el alféizar, y le lanzo un ‘¡eh!’, pues no tengo el placer de conocerle, y así es como consigo ese honor. Luego, usted y ese caballero que lleva ese cuello tan incómodo y que tiene su despacho bajo el pequeño pasadizo abovedado del cementerio de Saint Paul…» (Charles Dickens, Nuestro amigo común).

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31 de agosto de 2014

«Una mesa situada junto al congelador servía de bar. Sobre la misma había un tocadiscos portátil y cierto juguete de bar conocido como lámpara de lava, consistente en un jarro de color ámbar dentro del cual se podían observar los movimientos luminosos insondables, casi cíclicos aunque no llegaban a repetirse, de la cera líquida dentro del aceite caliente. La chica de las uñas de los pies rojos controlaba todos los discos. No se permitían peticiones. Si le preguntabas cómo se llamaba ella te decía:

–¿Qué nombre gusta tú? Yo inventa mi nombre para ti.

Una nube de moscas negras y mosquitos llenaba el aire. El papasan los perseguía con un matamoscas y un bote de Raid.

Las ratas tuneleras se emborracharon e invitaron a unas cuantas rondas de un modo amigable que no consiguió que dieran menos miedo. Solamente uno era negro, pero todos hablaban como negratas. Tenían cosas raras que decir. Filosofaban» (Denis Johnson, Árbol de Humo).

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29 de agosto de 2014

«Hoy mismo, a las tres de la tarde, al disponerse a pagar un café en la barra del Delicias, descubrió que sólo le quedaban cinco pesetas. En aquel momento vio al joven bien vestido, de unos treinta años, con cejones negros y cabellos untados de brillantina (trabajaba como corredor de electrodomésticos, una cosa con mucho porvenir, aseguraba él, y le llamaban el Rey del Bugui) que le estaba mirando desde el otro extremo de la barra, ante una copa de coñac. Manolo le sonrió: ‘Qué hay, Jesús’. También le miraban con mucha atención dos empleados del metro sentados en una mesa de mármol junto a la puerta; daban manotazos a las moscas y se abanicaban aburridamente con las gorras. Él se acercó al joven: ‘Ven un momento, ¿quieres? Tengo que hablarte…’. Le llevó fuera, al sol, y el otro se sentó despacio en una silla de la terraza, cruzando prudentemente las piernas, también él, como si ya de entrada quisiera cerrarse en banda» (Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa)

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16 de julio de 2014

«−El compañero Bruno es fiel como el mal aliento −ha dicho Johnny a manera de saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco» (Julio Cortázar, Las armas secretas) [Hallazgo de Abraham GT].

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1 de julio de 2014

«Si había esperanza, tenía que estar en los proles porque sólo en aquellas masas abandonadas, que constituían el ochenta y cinco por ciento de la población de Oceanía, podría encontrarse la fuerza suficiente para destruir al Partido. Éste no podía descomponerse desde dentro. Sus enemigos, si los tenía en su interior, no podían de ningún modo unirse, ni siquiera identificarse mutuamente. Incluso si existía la legendaria Hermandad -y era muy posible que existiese resultaba inconcebible que sus miembros se pudieran reunir en grupos mayores de dos o tres. La rebeldía no podía pasar de un destello en la mirada o determinada inflexión en la voz; a lo más, alguna palabra murmurada. Pero los proles, si pudieran darse cuenta de su propia fuerza, no necesitarían conspirar. Les bastaría con encabritarse como un caballo que se sacude las moscas. Si quisieran podrían destrozar el Partido mañana por la mañana. Desde luego, antes o después se les ocurrirá. Y, sin embargo…» (George Orwell, 1984).

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5 de junio de 2014

«Entonces abandonó todo esfuerzo y se abandonó sobre los diarios polvorientos. Apenas sentía la presencia de su cuerpo flotando en un espacio acuoso o inmerso en el fondo de una cisterna. Nadaba ahora con agilidad en un mar de vinagre. No, no era un mar de vinagre, era una laguna encalmada. Trinaba un pájaro en un árbol coposo. Discurría el agua por la verde quebrada. Nacía la luna en el cielo diáfano. Pacía el ganado en la fértil pradera. Por algún extraño recodo había llegado al paisaje ameno de los clásicos, donde todo era música, orden, levedad, razón, armonía. Todo se volvía además explicable. Ahora comprendía, sin ningún raciocinio, apodícticamente, que debía haber hecho el dormitorio en el lugar donde dejó la venda o haber dejado la venda en el lugar que iba a ser el dormitorio y haber echado a Bernard de la tienda y denunciado a Renée por haber huido con la plata y haberla perseguido hasta Lyon rogándole de rodillas que volviera y haberle dicho a Renée de partir sin que Bernard lo supiera y haberse matado la noche misma de su fuga para no sufrir un año entero y haber pagado un asesino para que acuchillara a Bernard o a Renée o a los dos o a él mismo en las gradas de un sinagoga y haberse ido a Lituania dejando a Renée en la indigencia y haberse casado en su juventud con la empleada de la pensión de Marsella a la que le faltaba un seno y haber guardado la plata en un banco en lugar de tenerla en la casa y haber hecho el dormitorio donde estaba tendido y no haber ido a la primera cita que le dio Renée en el Café des Sports y haberse embarcado en ese mercante rumbo a Buenos Aires y haberse dejado alguna vez un espeso bigote y haber guardado la venda en el armario más cercano para poder ahora que se moría, lejos ya del rincón ameno, caído más bien en un barranco inmundo, tentar una curación in extremis, darse un plazo, durar, romper la carta anunciadora, escribirla la mañana siguiente o el año siguiente y seguirse paseando aún por esa casa, sesentón, cansado, sin oficio ni arte ni destreza, sin Renée ni negocio, mirando la fábrica enigmática o los techos del garaje o escuchando cómo bajaba el agua por las tuberías de los altos o madame Pichot encendía su televisor. Y todo era además posible. Monsieur Baruch se puso de pie, pero en realidad seguía tendido. Gritó, pero sólo mostró los dientes. Levantó un brazo, pero sólo consiguió abrir la mano. Por eso es que a los tres días, cuando los guardias derribaron la puerta, lo encontramos extendido, mirándonos, y a no ser por el charco negro y las moscas hubiéramos pensado que representaba una pantomima y que nos aguardaba allí por el suelo, con el brazo estirado, anticipándose a nuestro saludo» (Julio Ramón Ribeyro, Nada que hacer Monsieur Baruch).

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13 de mayo de 2014

«De modo que por fin había sucedido: estaba a punto de convertirme en un ladrón, en un afanador de leche de tres al cuarto. En esto se había transformado el genio de genio pasajero, el cuentista de un solo cuento: en ladrón. Me llevé las manos a la cabeza y me puse a mover el tórax adelante y atrás. Virgen Santísima. Titulares de prensa, joven promesa de la literatura sorprendido robando leche, famoso protegido de J. C. Hackmuth acusado de hurto menor, periodistas como moscas a mi alrededor, chisporroteo de cámaras fotográficas, alguna declaración, Bandidni, ¿cómo fue? Pues bien, chicos, la cosa sucedió así: veréis» (John Fante, Pregúntale al polvo) [Hallazgo de Tuzèbio Báratro]

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12 de mayo de 2014

«El restaurante del Jardín, donde el olor de los animales se insinuaba en jirones disueltos en el humo del cocido, condimentando con una desagradable sugerencia de cerdas el sabor de las patatas y dándole a la carne gustos peludos de alfombra se encontraba ordinariamente repleto, en dosis equitativas, de grupos de excursionistas y de madres impacientes que apartaban con los tenedores globos sin rumbo como sonrisas distraídas, arrastrando extremos de cuerda tras de sí, así como arrastran las novias voladoras de Chagall el dobladillo de los vestidos. Señoras ancianas vestidas de azul, con bandejas de pasteles en la tripa, ofrecían cojines más polvorientos que sus mejillas de hojaldre, perseguidas por el acoso pegajoso de las moscas» (Antonio Lobo Antunes, El culo del mundo) [Hallazgo de Tuzèbio Báratro].

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8 de mayo de 2014

«El Moñigo movió la cabeza dubitativamente:

–El caso es que ellos se quieran casar –dijo.

–¿Por qué no van a querer? –afirmó el Mochuelo–. El Peón hace diez años que necesita una mujer y a la Sara no la disgustaría que un hombre le dijese cuatro cosas. Tu hermana no es guapa.

–Es fea como un diablo, ya lo sé; pero también es fea la Lepórida.

–¿Es escrupulosa la Sara? –dijo el Tiñoso.

–Qué va; si le cae una mosca en la leche se ríe y le dice: ‘Prepárate, que vas de viaje’, y se la bebe con la leche como si nada. Luego se ríe otra vez –dijo Roque, el Moñigo.

–¿Entonces? –dijo el Tiñoso.

–La mosca ya no vuelve a darle guerra, es cosa de un momento. Casarse es diferente –dijo el Moñigo» (Miguel Delibes, El camino) [Hallazgo de Abraham GT].

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25 de abril de 2014

«Hay un desprecio que invita a aplastar. Algo muy pequeño, que casi no cuenta, un insecto, es aplastado, porque si no, uno no sabría qué es lo que ha sucedido con él. No hay mano capaz de formar una concavidad lo bastante estrecha para eso. Pero aparte del hecho de que uno quiere librarse de una nimiedad y asimismo saber que uno se ha librado realmente de ella, este comportamiento para con una mosca o una pulga delata el desprecio por seres enteramente inermes, que viven en un orden de magnitud y poder muy distinto al nuestro, con los que nada tenemos en común, en los que nunca nos transformamos, a los que nunca tememos, a no ser que de pronto se presenten en masa. La destrucción de estas minúsculas criaturas es el único acto que permanece completamente impune también dentro de nosotros. Su sangre nunca cae sobre nuestra cabeza, ni recuerda a la nuestra. No miramos su mirada que se quiebra. No las comemos. Nunca han sido integradas, al menos entre nosotros y en Occidente, en el creciente, aunque no muy efectivo, reino de la humanidad. Están, en una palabra, fuera de la ley, entregadas a quienquiera que desee abatirlas, libres como pájaros; libres al arbitrio como pulgas y moscas, sería más acertado decir. Si yo le digo a alguien: ‘Te aplasto meramente con la mano’, expreso con ello el mayor desprecio imaginable; digo más o menos: ‘Eres un insecto. Nada me significas. Puedo hacer contigo lo que quiera, y tampoco entonces me significas nada. A nadie significas nada. Se te puede exterminar impunemente. Nadie lo notaría. Nadie lo recordaría. Yo tampoco’» (Elías Canetti, Masa y Poder).

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22 de abril de 2014

«–¡Estos perros de mierda! –gritó–. ¡Qué los maten!

La orden se cumplió de inmediato, y la casa volvió a quedar en silencio. Hasta entonces no había temor alguno por el estado del cuerpo. La cara había quedado intacta, con la misma expresión que tenía cuando cantaba, y Cristo Bedoya le había vuelto a colocar las vísceras en su lugar y lo había fajado con una banda de lienzo. Sin embargo, en la tarde empezaron a manar de las heridas unas aguas color de almíbar que atrajeron a las moscas, y una mancha morada le apareció en el bozo y se extendió muy despacio como la sombra de una nube en el agua hasta la raíz del cabello. La cara que siempre fue indulgente adquirió una expresión de enemigo, y su madre se la cubrió con un pañuelo. El coronel Aponte comprendió entonces que ya no era posible esperar, y le ordenó al padre Amador que practicara la autopsia. ‘Habría sido peor desenterrarlo después de una semana’, dijo. El párroco había hecho la carrera de medicina y cirugía en Salamanca, pero ingresó en el seminario sin graduarse, y hasta el alcalde sabía que su autopsia carecía de valor legal. Sin embargo, hizo cumplir la orden» (Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada).

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16 de abril de 2014

«Y Sifón recitó. No sufrió en lo más mínimo los efectos de la impotencia general y súbita; al contrario, él siempre podía porque tenía fuertes e inocentes principios y podía, no según sus fuerzas, sino según los principios. Recitó, pues, y recitó con voz conmovida, con justos acentos, con fervor espiritual y con énfasis. ¡Más aun! Recitó con toda la belleza de que era capaz y la belleza de la recitación multiplicada por la belleza del poema y multiplicada por la grandeza del genio y por la majestad del Arte, se convirtió imperceptiblemente en un monumento de todas las bellezas y grandeza. Más aun, recitó de modo piadoso y misterioso; recitó con inspiración y con firmeza; y cantó el canto sublime del vate así como debe ser cantado un canto sublime del vate. ¡Oh, qué belleza! ¡Qué grandeza, qué genio, y qué poesía! La mosca, la pared, la tinta, las uñas, el techo, la pizarra, las ventanas, oh ya el peligro del nopodermiento estaba conjurado totalmente, ya la esposa y el niño estaban a salvo, ya cada uno declaraba que sí, que ¡cómo no! que apreciaba, y pedían sólo que cesase. A la vez observé que el vecino me ensuciaba las manos con tinta; ya había embarduñado las suyas y ahora se metía con las mías, porque los zapatos le impedían hacerlo con sus propios pies, pero las manos ajenas eran iguales a las suyas… entonces ¿qué hay con eso? Nada. ¿Y qué con las piernas? Moverlas. Al cabo de un cuarto de hora el mismo Kotecki gimió que basta, que ya reconoce, aprecia, admira, que pide perdón y que puede» (Witold Gombrowicz, Ferdydurke).

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7 de abril de 2014

«Cesó de hablar y se repantigó en el sillón, observando el vaso. Me pareció, no sé por qué, que alguna analogía le había llamado la atención, y que su pensamiento estaba muy lejos del tema. Una mosca se arrastró por el dorso de su mano; no la espantó, como no la habría espantado tampoco Domínguez. Tuve la sensación de una fuerza inmóvil y profunda. Hasta era posible que estuviera rezando» (Graham Greene, El americano impasible).

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26 de marzo de 2014

«Tiro Acertado se arrodilló en el colchón. El agua le rodeaba las rodillas. Tiro Acertado respiró hondo y agarró la botella de Heineken que asomaba por el culo de Ruby. Tiró de ella pero el extremo de la botella no se movió. Círculo de claridad en la mano de Tiro Acertado que daba vueltas a la botella de lado a lado, luego otro ruido, un ruido espantoso, un chorro de jiña en el colchón, el olor, y la botella de cerveza salió. Nube de moscas» (Tom Spanbauer, La ciudad de los cazadores tímidos).

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19 de marzo de 2014

«Joe da preferencia a la actitud mecánica, insistiendo en concreto en los conocimientos eléctricos y electrónicos. Los muchachos que ya desde pequeños desmontan cosas y luego las montan otra vez (más o menos). Los cirujanos no son más que mecánicos, en realidad, y muchos de ellos mecánicos mierdosos. He aquí algunas de las personas que reclutó Joe: 1.- Electricista, inventor. 2.- Programador de computadoras, su afición es hacerse él mismo las moscas artificiales para pescar truchas. 3.- Matemático, química orgánica. 4.- Tallista en madera y marfil. 5.- Armero, repara relojes. 6.- Veterinario, perdió la licencia por tratar crías de mofetas. 7.- Armero, inventor. 8.-Mago profesional, hipnotizador. 9.- Dibujante, hace modelos de barcos en botellas» (William Burroughs, Tierras de Occidente) [Hallazgo de Tuzèbio Báratro].

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13 de marzo de 2014

«En este mismo momento, ano ser que mis  suposiciones estén equivocadas, Joe y Phyllis están tumbados exactamente como los he imaginado, tiesos como tablas, el uno al lado del otro, completamente vestidos en su estrecha cama, mirando  el techo oscuro y con cagadas de mosca, con las luces apagadas, mudos como cadáveres, y dándose cuenta de que no pueden evitar el verse tal y como son. La pareja solitaria, atormentada por los recuerdos, que pronto va a estar en el camino de entrada de su casa o sentada en un sofá o en las sillas del jardín (sea el que sea el siguiente sitio donde aterricen), mirando desconcertada la cámara de la televisión mientras los entrevistan para el noticiario de las seis de la tarde, no sólo como unos norteamericanos medios, sino como personas dominadas por los problemas de los bienes raíces, como miembros vulgares y corrientes de una clase vulgar y corriente de la que no quieren formar parte: la de lo frustrados, la de los que corren riesgos, la de los que sufren y están obligados a vivir en el anonimato de calles sin salida que llevan el nombre de la hija del promotor de la urbanización o de los compañeros de colegio de esa hija» (Richard Ford, El día de la Independencia).

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7 de marzo de 2014

«–¿Crees que no sé lo que estoy haciendo, Cantabile?

–No, no lo sabes. Serías incapaz de encontrarte el culo palpando con las dos manos.

Hasta es posible que tuviera razón. Pero al menos, yo no me estaba cargando a nadie. Según parecía, la vida no me había ido como a otras personas. Por alguna indiscernible razón, a ellos les iba de otro modo y por eso yo no era quién para juzgar sus preocupaciones y deseos. Consciente de esa imposibilidad, yo accedía a concederles más deseos de lo que me hubiera convenido. Cedí a la experiencia en los bajos fondos de George. Y ahora me estaba inclinando ante Cantabile. Mi único recurso era intentar recordar datos útiles de mis lecturas etológicas sobre ratas, gansos, espinosos y moscas. ¿Para qué sirve tanta lectura si no puede utilizarse en caso de apuro? Lo único que pedía era un pequeño provecho mental» (Saul Bellow, El legado de Humboldt).

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3 de marzo de 2014

«En un cuarto de hotel en algún lugar de Iowa, un poeta americano, cansado de sus poemas, cansado de ser unpoeta americano se recuesta en su silla e imagina que es un poeta español, un viejo poeta español cercano al final de su vida, que camina hasta el Guadalquivir y observa los barcos, grises y espectrales en el crepúsculo, deslizándose río abajo. Las pequeñas olas, al acercarse a la orilla cubierta de hierba donde está sentado, susurran algo que no alcanza a oír del todo mientras se encrespan y caen. ¿Y qué hace el poeta español? Mete la mano en el bolsillo, saca un cuaderno y escribe:

Negra mosca, negra mosca/ Por qué has venido/ es por mi camisa/ Mi nueva camisa blanca/ Con botones de hueso/ Es por mi traje/ Mi traje azul oscuro/ Es porque/ Yazco aquí solo/ Bajo un sauce/ Frío como la piedra/ Negra mosca, negra mosca/ Qué buena eres/ Viniendo a mí ahora/ Qué buena eres/ Visitándome aquí/ Negra mosca, negra mosca/ Para despedirte de mí» (Mark Strand, Casi invisible).

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26 de febrero de 2014

«Es lo que hicimos el Jefe, Al y yo: durante una hora estiramos las piernas en las dunas y nos dejamos caer como críos por las suaves pendientes. Fue un desahogo en la arena, después de horas de inmovilidad en el coche. Allí estuvimos hasta que hicieron su aparición por el oeste las moscas del Sahara. Ya he hablado del misterio de su procedencia. ¿Qué radio de acción pueden tener para sobrevivir en medio del desierto, lejos de sus puntos de aprovisionamiento? El hecho es que se lanzaron en picado sobre nosotros. Era el momento de probar la eficacia de nuestros repelentes contra moscas, mosquitos, insectos y otros bichos voladores. Era tal el suplicio, su insistencia, que la hubiera emprendido a tiros con ellas. En pocos minutos, a golpe de spray, teníamos las partes visibles del cuerpo embadurnadas del famoso desinfectante americano. Durante unos segundos las escuadrillas de moscas parecieron dudar, pero sólo unos segundos. Después, volvieron al ataque en oleadas con su agresivo zumbido. Corrimos a refugiarnos en el jeep donde Willy recibió a Al con cara de pocos amigos. No le había gustado nuestra excursión» (Manu Leguineche, El camino más corto) [Hallazgo de Borja Bauzá].

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24 de febrero de 2014

«Cristo en la cruz./ Los pies tocan la tierra./ Los tres maderos son de igual altura./ Cristo no está en el medio. Es el tercero./ La negra barba pende sobre el pecho./ El rostro no es el rostro de las láminas./ Es áspero y judío. No lo veo/ y seguiré buscándolo hasta el día/ último de mis pasos por la tierra./ El hombre quebrantado sufre y calla./ La corona de espinas lo lastima./ No lo alcanza la befa de la plebe/ que ha visto su agonía tantas veces./ La suya o la de otro. Da lo mismo./ Cristo en la cruz. Desordenadamente/ piensa en el reino que tal vez lo espera,/ piensa en una mujer que no fue suya./ No le está dado ver la teología,/ la indescifrable Trinidad, los gnósticos,/ las catedrales, la navaja de Occam,/ la púrpura, la mitra, la liturgia,/ la conversión de Guthrum por la espada,/ la inquisición, la sangre de los mártires,/ las atroces Cruzadas, Juana de Arco,/ el Vaticano que bendice ejércitos./ Sabe que no es un dios y que es un hombre/ que muere con el día. No le importa./ Le importa el duro hierro con los clavos./ No es un romano. No es un griego. Gime./ Nos ha dejado espléndidas metáforas/ y una doctrina del perdón que puede/ anular el pasado. (Esa sentencia/ la escribió un irlandés en una cárcel.)/ El alma busca el fin, apresurada./ Ha oscurecido un poco. Ya se ha muerto./ Anda una mosca por la carne quieta./ ¿De qué puede servirme que aquel hombre/ haya sufrido, si yo sufro ahora?» (Jorge Luis Borges, Los conjurados) [Hallazgo de José Antonio Montano].

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22 de febrero de 2014

«–Se ha hablado mucho sobre el llamado encuentro del garaje. –Un rumor afirmativo–. No tuvo la menor importancia. Veréis: nosotros siempre nos hemos peleado. De bebés, de niños pequeños, de adolescentes, de adultos…, siempre nos hemos peleado. Peleas largas, peleas fuertes. ¿Por qué? Por respeto. Para seguir siendo honrados. Sí, tuvimos una pelea, Marlon y yo. Bien –dijo, con un desdén un tanto indulgente–. Nadie más era bueno en esto. –Aclarados deferentes de garganta–. Bien, ya nos hemos demorado bastante. Sin más dilación, ¡que empiece la fiesta…! Oh, un momento. Antes de que se me olvide. ¿Sabéis, amigos?: hace una hora he ido a la primera planta, y me he encontrado con una fila de… de tipos viejos y horribles que trabajan en los cuartos de calderas y con el montón de estiércol de abonar el jardín. Con moscas revoloteándoles alrededor de la cabeza y demás. Y todos estaban soltándose el cinturón. –Silencio general. Lionel frunció el ceño–. Les dije: ¿Qué pasa aquí, caballeros? Y uno de ellos señala el pasillo. ¿Y qué veo? A Gina. –Silencio extremo–. ¡Con el puto vestido de novia en la cintura y con las putas bragas en los tobillos y con el gran culo gordo al aire y con el…!» (Martin Amis, Lionel Asbo).

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19 de febrero de 2014

«Querido pequeño insecto/ a quien llamaban mosca no sé por qué,/ esta tarde casi a oscuras,/ mientras leía el Deuteroisaías/ has vuelto a aparecer junto a mí/ pero no llevabas gafas,/ no podías verme/ ni podía yo, sin ese brillo,/ reconocerte entre la neblina» (Eugenio Montale, Satura) [Hallazgo de G. Torres]

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8 de febrero de 2014

«–¡Si usted supiera cuántas cosas descubro en mis paseos solitarios! En invierno distingo en la nieve las huellas de los pajarillos, siguiéndoles hasta donde batieron las alas, no sin dejarme, por la dirección fácilmente descifrable del vuelo, indicaciones del mejor camino para hallar madrigueras de conejos y liebres. Con ser tan nimio esto que acabo de decirle, ofrece un interés nuevo cada vez… En otoño, el cielo es de noche más fúlgido y se desprenden de él estrellas que ponen en el espacio momentáneas rayas de plata; y al verlas, me digo: ‘¿Será algún mundo en convulsión, a cuyo despedazamiento asisto, pobre hombre solitario, perdido en otro mundo que acaso se despedace también algún día…?’ En verano veo hasta en las hojas más chicas agitarse animales minúsculos: unos carecen de alas y permanecen largas horas inmóviles; viven y mueren sobre la misma hoja en que nacen. ¿Se da cuenta de esta ejemplar maravilla? Infinidad de bichejos, prodigiosamente activos, surgen de todos lados: insectos desconocidos, moscas azules… Pero, ¿no la aburro? Dígamelo con franqueza» (Knut Hamsun, Pan).

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6 de febrero de 2014

«Norma Jeane preguntó dónde estaba su padre.

–Lejos, tonta –respondió Gladys con brusquedad–. Ya te lo he dicho.

Su humor había cambiado, cosa que ocurría a menudo. La música de la película también cambió de súbito. Ahora era brusca y entrecortada, como las tempestuosas y crueles olas que rompían en la playa donde Della, agitada a causa de la «presión arterial», caminaba sobre la compacta arena junto a Norma Jeane con el único fin de hacer «ejercicio».

Jamás habría preguntado por qué. Por qué no me habían dicho nada hasta entonces

Por qué me lo decían ahora.

Gladys volvió a colgar el retrato en la pared, pero ahora el clavo hundido en el yeso no era tan seguro como antes. La mosca solitaria continuó zumbando, chocando con obstinación y esperanza contra el cristal de la venta.

–Ahí está la mandita mosca, ‘zumbando a la hora de mi muerte’ –dijo misteriosamente Gladys.

A menudo decía cosas extrañas delante de Norma Jeane, aunque no necesariamente dirigidas a ella. Norma Jeane era más bien un testigo, una observadora privilegiada, como el espectador de cine, de cuya presencia los protagonistas de la película fingen no tener conocimiento o, de hecho, no lo tienen. Una vez que el clavo quedó fijo y pareció que ya no iba a caerse, hubo que cerciorarse de que el marco estuviera derecho. En estos menesteres domésticos Gladys era una perfeccionista y reñía a Norma Jeane si colgaba las toallas torcidas o dejaba los libros mal alineados en las estanterías. Cuando el hombre de la fotografía hubo recuperado su sitio junto al espejo del tocador, Gladys retrocedió unos pasos y se tranquilizó un poco. Norma Jeane siguió mirando la foto, abstraída.

–Ése es tu padre. Pero es un secreto entre las dos, Norma Jeane. De momento, lo único que necesitas saber es que está fuera. Pero algún día, pronto, regresará a Los Ángeles. Lo ha prometido» (Joyce Carol Oates, Blonde).

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3 de febrero de 2014

«En el último momento me asusté tanto que me oriné encima de los pantalones, yo no tuve nada que ver, fue una reacción física involuntaria. Mi cuerpo dijo no. Eché un último vistazo a mi alrededor, el vuelo de una mosca, un grupo de piedras, el río verde y lento, el impulso vertical de los troncos ascendiendo hasta una altura fantástica, balanceando sus ramas sin ruido, nada especial, los árboles eternos. Los troncos de los árboles crecían y se estiraban, como los cuellos de las modelos. Y yo me despedí de todo sin lástima, le dije adiós al mundo con un pequeño te quiero, sentí estallar en el pecho toda la majestad del universo con sus montañas y océanos y los nombres de cada lagartija y de cada insecto, de cada brizna de hierba, de cada estrella, de todas las criaturas que surcan la tierra y los mares y el cielo, de todos los barcos, y en ese momento crucial de mi existencia no me habría importado morir, allí, sin dignidad alguna, en plena naturaleza, feliz en los brazos de mi verdugo, en el paisaje tachado» (Eloy  Tizón, Técnicas de iluminación).

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1 de febrero de 2014

«Es inútil negarlo: ha ido una semana mala. He empezado a beberme mis propios meados. Me río espontáneamente por nada. A veces duermo debajo del futón. Me paso hilo dental sin parar hasta que me duelen las encías y la boca me sabe como a sangre. Antes de cenar la noche pasada en Elisee con Reed Goodrich y Jason Rust, casi me atrapan en un Federal Express de Times Square tratando de mandarle a la madre de una de las chicas que maté la semana pasada lo que podría ser un corazón reseco, pardo. Y a Evelyn le mandé, sin problemas, también por medio de Federal Express, una cajita llena de moscas con una nota, escrita a máquina por Jean, diciéndole que nunca, nunca más, quería volver a verla y que, aunque la verdad es que no lo necesita, siguiera un jodido régimen. Pero también hay cosas que una persona media pensaría que son agradables y que he hecho para celebrar la fiesta, objetos que le he comprado a Jean y le he mandado esta mañana a su apartamento: unas servilletas de algodón Castellani de Bendel’s, una silla de mimbre de Jenny B. Goode, una colcha de tafetán de Barney’s, un bolso con el ,cierre de metal flexible modelo exclusivo y un juego de tocador de plata de ley modelo exclusivo de Macy’s, y una estantería de pino blanco de Conran’s, un brazalete eduardiano de oro de nueve quilates de Bergdorf’s y cientos y cientos de rosas rojas y blancas» (Bret Easton Ellis, American Psycho).

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28 de enero de 2014

«La mitología de los caballos, la africanía de la Guardia Mora, los claros clarines, un fragor de banderas, el brillo negro de los automóviles, que es el brillo del Poder, el sol prestigiando los metales no usados de las armas, el gañido inmenso y alegre del pueblo, aquel domingo improvisado y enceguecedor, el César Visionario, de pie en el coche descubierto, con sonrisa hermética y saludo entre militar y popular, una mañana color gentío y Francisco Franco ascendiendo al azul católico de España Así fue como el Caudillo llegó a la ciudad para asentar en ella su Estado Mayor, su Nuevo Estado. Todo ocurría en un clima de bandera y aire consagrado, en una ciudad levitante, dominical y asustada. El Generalísimo hizo de aquello su feudo imperial, su castilloso famoso, a la sombra del Cid y de Fray Luis, que también daban cobijo a los viejos embalsamados por el sol de la jubilación y con la bragueta llena de moscas.

Francesillo estaba entre la multitud. En las oficinas militares les habían dado permiso, o más bien orden, para acudir al magno acontecimiento, y el muchacho, ya iniciado en los teatros de la Historia, tampoco quería perderse aquello. La gente, en torno de él, olía a cocina doméstica y Semana Santa. Se cantaban himnos y la mañana se exaltaba de boinas rojas y bayonetas. Francesillo tuvo un estremecimiento de alma, concéntrico a la alta temperatura de la ocasión, ante aquel derrame de poderío militar. Efectivamente, aquello era una guerra civil y Franco iba a ganarla» (Francisco Umbral, Leyenda del César  visionario).

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13 de enero de 2014

«366. El espíritu de este soberano juez del mundo no es tan independiente que no esté expuesto a ser perturbado por la primera algazara que se produzca a su alrededor. No hace falta el ruido del cañón para imposibilitar sus pensamientos: basta el ruido de una veleta o de una polea. No os asombréis si no discurre bien ahora: una mosca zumba en sus oídos: basta esto para hacerle incapaz de buen consejo. Si queréis que pueda encontrar la verdad, expulsad a este animal que mantiene en jaque a su razón y obnubila esta poderosa inteligencia que gobierna las ciudades y los reinos. ¡Mirad qué gracioso dios! ‘¡Oh ridicolosissimo eroe!’

367. El poder de las moscas: ganan batallas, impiden que nuestra alma obre, comen nuestro cuerpo» (Pascal, Pensamientos).

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31 de diciembre de 2013

«Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos / se unen como dos sábanas sepultándome, / y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes, / y los jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban, / y los animales fornican directamente, / y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas, / y los primos juegan extrañamente con sus primas, / y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente, / y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido, / cumple con su deber conyugal, y desayuna, / y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor / sobre lechos altos y largos como embarcaciones: / seguramente, eternamente me rodea / este gran bosque respiratorio y enredado / con grandes flores como bocas y dentaduras / y negras raíces en forma de uñas y zapatos» (Pablo Neruda, Residencia en la tierra).

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27 de diciembre de 2013

«Se levantó bruscamente, fue a grandes zancadas hacia un extremo del despacho y abrió un cajón de un archivador. Extrajo un crucifijo de plata que blandió al volver hacia mí. Y con una voz completamente distinta, casi temblorosa, prorrumpió: ‘¿Lo conoce usted, lo conoce?’. Dije: ‘Sí, naturalmente’. Entonces me aseguró con gran viveza y apasionamiento que él creía en Dios, que estaba convencido de que nadie era lo bastante culpable para que Dios no le perdonase, pero que para eso hacía falta que el hombre, por su arrepentimiento, se hiciese como un niño cuya alma está vacía y puede acoger todo. Había inclinado todo su cuerpo sobre la mesa. Agitaba su crucifijo casi por encima de mí. A decir verdad, yo lo había seguido muy mal en su razonamiento, primero porque tenía calor y había en la habitación grandes moscas que se posaban en mi cara, pero también porque él me daba cierto miedo» (Albert Camus, El Extranjero) [Hallazgo de Tuzèbio Báratro].

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15 de diciembre de 2013

«Así fue como ocurrió: nos hallábamos en un bosque cerca de Boissy, recién llegados del frente, donde habíamos pasado diez días luchando. La mayoría de los hombres fueron a buscar jabón para lavarse la ropa esa tarde o se pusieron a escribir cartas a sus familiares, pero un par o tres de nosotros decidimos ausentarnos sin permiso para ir a echar un vistazo al paisaje.

En la carretera, entre dos campos, vi a una chica que vigilaba a una vaca y le iba quitando las moscas de la espalda con una rama de sauce. Me sonrió e hizo un ruido con la boca, de modo que salté por encima de la valla y me dirigí hacia ella. Me miró, entrecerró los ojos y se rió. Entonces extendió los brazos encima de la cabeza y bostezó, luciendo sus pechos, que se agitaban como dos pequeños conejos. Me acerqué a ella y le puse las manos en los muslos, y ella respondió arrimando sus caderas y restregándose contra mí. Entonces me bajó la cara hacia sus pechos, puso los ojos en blanco y nos besamos. Hacía calor y llevaba en cabello pegado a la cabeza. Se le habían formado unas gotas en el cuello y en los labios y olía a sudor y a alfalfa.

De repente me apartó como si estuviera asustada y en ese momento me fijé en un hombre que nos observaba desde el otro lado del seto. La chica se puso a chillar y a pegarme con la rama. Salté por encima de la verja, pero el hombre me persiguió, gritando y blandiendo una pala. También se unieron otros a la caza, hombres y mujeres armados con palo y horcas. Finalmente, me arrinconaron, impidiéndome el paso, y me quedé paralizado.

Así fue como ocurrió en realidad, y que Dios me ayude» (William March, Compañía K).

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9 de dicembre de 2013

Aquí les narro el apestoso incidente por entero: el Sr. Nelson, un neófito de nacimiento y entusiasta de las patrañas y el chisme, está a cargo del comedor, como ya les conté, junto con la Sra. Nelson, una mujer ruidosa, infeliz e inspirada metelíos. Cuando no hay nadie en el comedor, es el único lugar tranquilo donde uno puede conseguir un poco de bendita privacidad. En la tarde de un martes muy caluroso, Buddy le apostó al Sr. Nelson que podía memorizar el libro que el Sr. Nelson estaba leyendo, en veinte minutos o media hora. Si lo hacía perfectamente, entonces el Sr. Nelson, como recompensa y para demostrar su aprecio por el controversial logro, nos dejaría, a los hermanos Glass, usar el placentero comedor vacío durante nuestro tiempo libre para leer, escribir, estudiar lenguaje y otras dolorosas necesidades privadas, tales como evacuar nuestras mentes de opiniones y puntos de vista de segunda o tercera mano que zumban por el campamento como moscas. ¡Mi Dios, como deploro y desapruebo los pactos de cualquier tipo, sean de parte de adultos responsables o de adultos sin honor! Sin que yo supiera este terrible hecho, este sorprendente, independiente muchacho, siguió adelante con su pacto con el Sr. Nelson, a pesar de nuestras innumerables discusiones en la madrugada, acerca de la conveniencia de mantener nuestras bocas firmemente cerradas respecto a algunos de nuestros talentos y peculiaridades. Afortunadamente, el incidente no significó una gran pérdida o debacle alguna. El libro en cuestión resultó ser “Maderas duras de Norteamérica” de Foley y Chamberlain, dos hombres magníficamente modestos y tranquilos, largamente admirados debido a mi experiencia lectora, con un amor infeccioso por los árboles, especialmente por la haya y el roble blanco (J.D. Salinger, Hapworth 16, 1924).

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3 de diciembre de 2013

«Tomaron el bulevar de las Palmeras, atravesaron la plaza de Armas y descendieron hacia el barrio de la Marina. A la izquierda, un café pintado de verde se escondía bajo un toldo oblicuo de lona amarilla. Al entrar, Cottard y Rambert se secaron la frente con el pañuelo. Se sentaron en unas sillas plegadizas de jardín, ante las mesas de chapa verde. La sala estaba absolutamente desierta. Zumbaban moscas en el aire. En una jaula amarilla colgada sobre la caja, un loro medio desplumado yacía agobiado en su palo. Viejos cuadros que representaban escenas militares colgaban de la pared, cubiertos de mugre y de telarañas en tupidos filamentos. Encima de todas las mesas, y en la de Rambert también, había excrementos de gallina resecos, de los que no se explicaba bien el origen, hasta que de un rincón oscuro, después de un pequeño alboroto, salió dando saltitos un magnífico gallo» (Albert Camus, La peste).

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2 de diciembre de 2013

«El agua a veces tan honda que llegaba a media pantorrilla.

Moscas. El agudo zumbido de moscas. Moscas verdes, moscas amarillas, moscas negras en el círculo de claridad. Moscas que se me posaban en la cara, pegajosas en las manos. La cabeza de Tiro Acertado rodeada de moscas.

Inspiración. Expiración.

Mi estómago a punto de vomitar, como Bobbie» (Tom Spanbauer, La ciudad de los cazadores tímidos) [Hallazgo de Luis García Foronda].

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26 de noviembre de 2013

«El calor seguía siendo intenso. Era un verano fatigante. Todo se arrastraba, el esposo, las manos, las bocas, Fuks, León; se arrastraban como se arrastra quien va por un camino en un día de bochorno… El cuarto o quinto día, no por primera vez, la mirada se me extravió en el fondo del cuarto. Bebía precisamente una taza de té y fumaba un cigarrillo. Después de abandonar el corcho mis ojos tropezaron con un clavo que había en la pared, junto a un anaquel; del clavo pasé al armario; conté sus listones; cansado y somnoliento me aventuré por encima del armario; en los sitios menos accesibles; donde se deshilachaba el empapelado de la pared; llegué hasta el techo, hasta ese blanco desierto, pero esa monótona blancura se convertía un poco más allá, cerca de la ventana, en un terreno rugoso, oscuro, infectado de humedad, con una complicada geografía de continentes, bahías, islas, penínsulas y extraños círculos concéntricos semejantes a los cráteres de la luna; había además otras líneas diagonales, fugitivas. En algunos sitios esto se volvía malsano, como un eczema, y en otros era salvaje, indómito; o bien caprichoso gracias a sus garabatos y curvas; de todo esto emanaba el peligro de lo definitivo, de algo que se perdía en una vertiginosa lejanía. Había además unos puntitos, quizá huellas de moscas. En general estas génesis eran indescifrables… Con fijeza, sumergido en esto y en mis propias complicaciones, observaba y observaba, sin esforzarme demasiado, esas manchas; pero lo hacía con terquedad, con obstinación, hasta que por fin sentí como si ya hubiera cruzado una frontera y estuviera casi ‘del otro lado’. Bebí un sorbo de té» (Witold Gombrowicz, Cosmos).

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25 de noviembre de 2013

«A veces tengo la impresión de que mi gato quiere comunicarme un mensaje. La obstinación con que me observa, me sigue, se me acerca, se frota contra mí, me maúlla, van más allá que el simple testimonio de sumisión de un animal doméstico. Advierto en su mirada inteligencia, prisa, ansiedad. Pero nada podré recibir de él, aparte de estas señas enigmáticas. Entre él y yo no hay siglos sino centenares de siglos de evolución y somos tan diferentes como una piedra de una manzana. El, a pesar de vivir en nuestra época, sigue derivando en el mundo arcaico del instinto y nadie podrá comprenderlo sino los de su especie. Tendrán que transcurrir aún centenares de siglos para que la distancia que nos separa tal vez se acorte y pueda al fin entender lo que me dice, lo que seguramente no pase de un lugar común: hay una mosca, hace calor, acaríciame. Como cualquier ser humano, en suma» (Julio Ramón Ribeyro, Prosas apátridas).

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18 de noviembre de 2013

«Fue a la despensa y volvió con martillo y tenazas. Sentándose en la misma silla de antes, comenzó a rasgar el papel de atrás del gran marco y a arrancar las puntas que sujetaban el cartón trasero. Trabajaba con aquella concentración tranquila y absorta que era típica de él.

Pronto logró sacar todas las puntas: luego tiró del cartón y por fin de la ampliación misma con su sólida montura blanca. Contempló la fotografía divertido.

–Aquí estoy como era, un joven seminarista, y ella como era, una leona –dijo él–. ¡El mosca muerta y la leona!

–¡Déjame ver! –dijo Connie.

El tenía, desde luego, un aspecto afeitado y muy limpio, uno de aquellos jóvenes tan limpios de hacía veinte años. Pero incluso en la foto sus ojos eran despiertos y audaces. Y la mujer no era del todo lo que podía llamarse una leona, a pesar de la potencia de la mandíbula. Había un cierto atractivo en ella.

–Nunca debieran guardarse estas cosas –dijo Connie.

–¡Claro que no habría que guardarlas! ¡Ni siquiera habría que hacerlas!

Rompió la foto de cartulina y la carpeta sobre la rodilla, y cuando los trozos fueron lo suficientemente pequeños, los echó al fuego.

–Acabará con el fuego –dijo» (D.H. Lawrence, El amante de lady Chatterley).

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16 de noviembre de 2013

«‘Este silencio viene de la luna –pensó Raskolnikov–; sin duda está ocupada en descifrar algún enigma’. Se detuvo y esperó; esperó mucho tiempo; cuanto más calma parecía la luna, más fuertes eran los latidos de su corazón, hasta el punto que llegó a experimentar una dolorosa sensación en el pecho, ¡Siempre aquel silencio! De pronto se oyó un crujido seco, como si se hubiese rajado una tabla, y de nuevo el silencio. Una mosca arrancada de su sueño comenzó a volar y chocó contra los vidrios de la ventana, zumbando lastimeramente. En ese mismo momento, en el rincón entre el armarito y la ventana, vio algo como un abrigo de mujer que pendía de la pared. ‘¿Por qué está ahí ese abrigo? –pensó–. Antes no estaba’» (Fiodor Dostoievski, Crimen y castigo).

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4 de noviembre de 2013

«En medio hay una fuente en desuso, el aire arriba es gris de tantas moscas. Hombres y niños iban allí a diario para acuclillarse sobre el amplio armazón de cemento y defecar. Sus figuras estaban encaramadas como pájaros sin plumas. El mismo día, más tarde, reina en el lugar un bullicio semejante al de una colonia de hormigas, el humo enrarece el aire, el ruido es ensordecedor, la gente extiende sus patéticos bienes sobre mantas de colores, el padre regatea el precio de una vieja y usada jaboneta, aunque será difícil encontrar agua fresca. Todo lo que se vende en la llanura se fabricó hace mucho tiempo, mediante procesos que ya no se conocen» (Ian McEwan, Operación Dulce).

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29 de octubre de 2013

«Así van las cosas por aquí, querida mía, hasta el extremo de que llego a envidiar el sitio en el que te encuentras. Vivimos realmente tiempos extraños. Hoy también, en la televisión, he visto un reportaje sobre no sé qué país africano azotado por una calamidad o por varias: se veían niños esqueléticos con el vientre enorme y la carita chupada casi totalmente ocupada por dos ojos enormes, y totalmente cubiertos de moscas. Y un poco más tarde, aunque en un programa distinto, al que acuden a hablar los políticos, y donde se presentan todos muy elegantes, uno de ellos ha dicho que uno de los puntos destacados del programa de su partido es el problema de las adopciones, porque es necesario simplificarlas más, explicaba sonriendo, nuestra burocracia para las adopciones es demasiado complicada, muchos padres deseosos de un hijo esperan con impaciencia un hijo adoptivo. Es decir: cada año mueren en el mundo varios millones de niños por enfermedades y desnutrición, pero consolémonos, estimados telespectadores, porque si mi partido gana las elecciones el próximo año les dejaremos que adopten a un centenar más»  (Antonio Tabucchi, Se está haciendo cada vez más tarde).

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23 de octubre de 2013

«Los hombres morían como moscas. Los cuerpos de los moribundos eran amontonados unos sobre otros. Se veía criaturas medio muertas tambalearse por las calles o apiñarse en su avidez de agua en torno a las fuentes. Los templos, en los que establecían morada, estaban llenos de cadáveres de gente que allí había muerto.

En algunas casas los hombres estaban tan abrumados por el peso de sus desgracias que omitían celebrar los lamentos por los muertos.

Todas las ceremonias de sepultura se trastornaron; se sepultaba a los muertos lo mejor que se podía. Algunas gentes, en cuyas familias se habían producido tantas muertes que no podían ya costear los gastos de sepultura, recurrían a las tretas más desvergonzadas. Llegaban los primeros a las hogueras que otros habían construido, depositaban sus propios muertos y encendían la leña; o si ya ardía un fuego arrojaban su muerto sobre los otros cadáveres y se largaban.

Ningún temor a leyes divinas o humanas los mantenía a raya. En lo que a los dioses se refiere poco parecía importar venerarles o no, pues se veía que los buenos y los malos morían por igual. No se temía tener que rendir cuentas de delitos contra la ley humana; nadie esperaba vivir tanto. Cada cual sentía que una sentencia mucho más grave había sido ya dictada sobre él. Antes de su ejecución quería sacar aún alguna diversión de la vida.

Quienes se mostraban más compasivos con los enfermos y  moribundos eran quienes habían padecido ellos mismos la peste y habían escapado a la muerte. No sólo sabían de qué se trataba, también sentíanse seguros, pues nadie contraía la enfermedad por segunda vez, o si la contraía, el segundo ataque nunca era mortal. Tales gentes eran felicitadas por todas partes y ellas mismas se sentían tan exaltadas en su convalecencia, que opinaban que ya no podrían morir jamás de enfermedad» (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso).

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21 de octubre de 2013

«Boxer era una bestia enorme, de casi quince palmos de altura y tan fuerte como dos caballos normales juntos. Una franja blanca a lo largo de su hocico le daba un aspecto estúpido, y, ciertamente no era muy inteligente, pero sí respetado por todos dada su entereza de carácter y su tremenda fuerza para el trabajo. Después de los caballos llegaron Muriel, la cabra blanca, y Benjamín, el burro. Benjamín era el animal más viejo y de peor genio de la granja. Raramente hablaba, y cuando lo hacía, generalmente era para hacer alguna observación cínica; diría, por ejemplo, que ‘Dios le había dado una cola para espantar las moscas, pero que él hubiera preferido no tener ni cola ni moscas’. Era el único de los animales de la granja que jamás reía. Si se le preguntaba por qué, contestaba que no tenía motivos para hacerlo. Sin embargo, sin admitirlo abiertamente, sentía afecto por Boxer; los dos pasaban, generalmente, el domingo en el pequeño prado detrás de la huerta, pastando juntos, sin hablarse» (George Orwell, Rebelión en la granja).

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15 de octubre de 2013

«La hermana Margaret, la enfermera de servicio a aquella hora, se acercó a la cama y le tomó el pulso. Como no se lo encontró, sacó un espejito del bolsillo y lo puso frente a la boca de Willy. Unos momentos después, volvió el espejo del revés y lo miró, pero lo único que vio fue su propia cara. Luego volvió a guardarse el espejo en el bolsillo, alargó la mano derecha y cerró los ojos a Willy.

–Ha sido una muerte bonita –dijo.

Por toda respuesta, la señora Swanson se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.

Míster Bones la miró con ojos de mosca, escuchando cómo sus sollozos llenaban la sala, y se preguntó si alguna vez habría existido un sueño más raro y desconcertante que aquél. Luego parpadeó y ya no estaba en el hospital, ya no era una mosca, sino el mismo perro de antes que se encontraba de nuevo en la esquina de la calle Amity Norte, viendo cómo la ambulancia se perdía en la distancia. El sueño había concluido, pero él seguía soñando, lo que significaba que había tenido un sueño dentro del sueño, una ensoñación parentética sobre moscas y hospitales y señoras Swanson, y ahora que su amo estaba muerto, él había retrocedido al primer sueño. Eso es lo que imaginaba, en cualquier caso, pero en cuanto le vino aquella idea parpadeó otra vez y se despertó, y allí estaba de nuevo, acampado frente a Polonia con el yacente Willy, que acaba de despertarse, y tan ofuscado se quedó Míster Bones durante unos instantes que no estaba seguro de si volvía a estar en el mundo real o acababa de despertarse en otro sueño» (Paul Auster, Tombuctú).

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11 de octubre de 2013

«La esposa de Treece vino a verme para que me fuera a vivir con ellos, como estaba haciendo George. Me dijo que podía comer y dormir allí, que tenían camas suficientes. Pero yo no quise. Ellos creían que era por la pena que sentía pero la verdad es que era porque no quería que me vieran los moratones y porque estarían esperando verme llorar. Le dije que no me daba miedo estar sola.

Casi todas las noches soñaba que venía uno de ellos y me perseguía con un hacha. Siempre era él o George, uno de los dos. Y a veces no era con el hacha, sino con una piedra grande que uno de ellos sujetaba con las dos manos y me esperaba detrás de la puerta. Los sueños sirven para avisarnos de algo.

No me quedé en la casa para que no me encontrase y cuando dejé de dormir allí y empecé a dormir fuera, no tenía ese sueño con tanta frecuencia. De repente empezó a hacer calor y se llenó todo de moscas y mosquitos pero no me molestaban demasiado. Veía las picaduras pero no las sentía, otra señal de que fuera de la casa estaba protegida. Cuando oía que se acercaba alguien me escondía. Comía fresas y otras frutas silvestres y Dios me protegió de las malas» (Alice Munro, Secreto a voces).

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8 de octubre de 2013

«Al día siguiente me desperté perfectamente bien, apenas cansada, aunque con la nuca un poco dolorida por los excesos. Como todas las mañanas, el sol inundaba mi cama. Aparté las sábanas, me quité la chaqueta del pijama y me tumbé al sol con la espalda desnuda. Pegada la mejilla al brazo doblado, veía en primer plano la rugosa superficie de la sábana y, más allá, en el suelo, las vacilaciones de una mosca. El sol era suave y cálido, me daba la impresión de que hacía aflorar mis huesos bajo la piel, de que ponía especial esmero en calentarme. Decidí pasar la mañana así, sin moverme.

La noche anterior se perfilaba poco a poco en mi memoria. Recordé haberle dicho a Anne que Cyril era mi amante y la cosa me dio risa: cuando has bebido, dices la verdad y nadie te cree. Me acordé también de la señora Webb y de mi altercado con ella. Conocía bien a ese tipo de mujeres: en ese ambiente y a esa edad, la inactividad y las ganas de vivir suele convertirlas en seres odiosos. El contraste con la serenidad de Anne me había hecho juzgarla mucho más pesada y cargante de lo habitual. Por lo demás, era previsible. Desde mi punto de vista, ninguna de las amigas de mi padre podía compararse con Anne. Para que las fiestas resultaran gratas con aquella gente, o había que haber bebido más de la cuenta y disfrutar peleándose con ellos, o mantener relaciones íntimas con uno u otro de los cónyuges» (Francoise Sagan, Buenos días, tristeza).

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1 de octubre de 2013

«Al otro día recibieron una citación para comparecer ante un tribunal ordinario por insultos para con el guardia; allí se los condenó a pagar cien francos por daños y perjuicios “sin perjuicio de recurso por ante el fiscal, vistas las contravenciones por ellos cometidas. Costas seis francos setenta y cinco céntimos. Tiercelin, ujier.”

¿Por qué el fiscal? La cabeza les daba vueltas. Después se calmaron y prepararon su defensa.

El día designado Bouvard y Pécuchet se presentaron en el Ayuntamiento con una hora de adelanto. No había nadie. Sillas y tres sillones rodeaban una mesa cubierta con una carpeta. En la pared habíase cavado un nicho para poner una estufa, y el busto del Emperador en su pedestal dominaba el conjunto.

Fueron paseando hasta el desván, donde había una bomba de incendios, varias banderas y en un rincón, en el suelo, otros bustos de yeso. Napoleón sin diadema, Luis XVIII con charreteras en un frac, Carlos X, identificable por su labio caído, Luis Felipe, con las cejas arqueadas, la cabellera con forma de pirámide. El techo inclinado le rozaba la nuca y todos estaban sucios por el polvo y las moscas. El espectáculo desmoralizó a Bouvard y Pécuchet. Cuando volvieron a la gran sala sentían piedad por los gobiernos» (Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet).

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30 de septiembre de 2013

«No le conté que mi hijo también vivía por allí, en Ciudad Tudor. Posteriormente descubriría que su proximidad a ella no era tan vaga, que vivía muy cerca, con su esposa musical y sus hijos adoptados. Stankiewicz, del New York Times, vivía en el mismo edificio y, además, su presencia se hacía muy notoria por el salvajismo de los niños… vivía sólo tres plantas más arriba de Leland y Sarah Clewes.

Sarah dijo que era muy agradable que pudiéramos reírnos aún, pese a todo lo que habíamos tenido que pasar.

–Al menos aún nos queda el sentido del humor –dijo.

Esto lo había dicho Julie Nixon de su padre después de que le echaran de la Casa Blanca: «Aún conserva su sentido del humor.»

–Sí… al menos nos queda eso –admití.

–Camarero –dijo ella– ¿qué hace esta mosca en mi sopa?

–¿Qué? –dije.

–¿Que qué hace esta mosca en mi sopa? –insistió ella.

Y entonces recordé: era el principio de una cadena de chistes que solíamos contarnos por teléfono. Cerré los ojos. Di la respuesta correspondiente y el teléfono se transformó en una máquina del tiempo. Me permitía escapar de Milnovecientos Setentaisiete y entrar en la cuarta dimensión» (Kurt Vonnegut, Pájaro de celda).

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26 de septiembre de 2013

«Y ahora estábamos dispuestos a recorrer los doscientos cincuenta kilómetros hasta la mágica frontera. Saltamos al coche y nos fuimos. Estaba tan cansado que me dormí todo el camino hasta Laredo y no me desperté hasta que aparcaron el coche frente a un restaurante a las dos de la madrugada.

–¡Ah! –suspiró Dean–, el final de Texas, el final de América, nada sabemos ya. Hacía un calor tremendo; sudábamos a mares. No había humedad ni un soplo de aire, nada excepto billones de moscas revoloteando alrededor de las bombillas y el rancio olor de un cercano río caliente en la noche: el río Grande que nace en los frescos y pequeños valles de las Montañas Rocosas y termina formando valles enormes y mezclando sus calores con los barros del Mississippi en el gran Golfo» (Jack Kerouac, En el camino).

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24 de septiembre de 2013

«Tomaron café y pedazos de sara. –Uf, dijo él finalmente (porque antes tenía la boca llena, no sólo de pastel sino también de pereza, y apenas hubiera podido abrirla). Ella ni lo miró (hacía taaanto calor y la ventana, como siempre, cerrada…) –La ventana, cerrada como siempre, dijo. Él no respondió (pensaba que, en pleno verano, era lógico que hiciese calor). –Si quieres, ábrela, dijo, porque le pareció que algo tenía que decir. Pero ella ni se levantó de la silla ni hizo comentario alguno. Parecía que el tiempo los aplastase en silencio. Agarró la tetera y, lentamente, vertió café en la taza (hacía ya un año que se había roto la cafetera y decidieron no comprar ninguna otra: como no les gustaba el té, utilizarían la tetera para el café). Alrededor del pastel volaba una mosca. Alzó la mano para espantarla, pero pensó que era un esfuerzo demasiado grande dada la poca molestia que la mosca le producía, así que la dejó hacer. La mano quedó suspendida en el aire, aburrida, durante unos segundos. Después, la bajó lentamente y la dejó sobre la mesa. –Creo, dijo él olfateando ligeramente el aire, que es este calor lo que atrae a las moscas. Mas allá del vidrio de la ventana, el sol ahorcaba una hiedra sifilítica más muerta que viva, que se adhería al único palmo limpio de muro blanco-sucio» (Quim Monzó, Uf, dijo él).

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23 de septiembre de 2013

«Eran dos, no una sola, como al principio había pensado. Su vista era cada día más corta, según creía ella, debido a la costura y no a la vejez. Cuando vio una mancha sobre la cubrecamas pensó que era una mosca, una quizá un poco más crecida, pero una sola. En este momento podía ver, posadas sobre su muslo, un poco por debajo de la línea de sombras que proyectaba la falda recogida hasta media anca, las dos moscas claramente cogidas en un abrazo de amor.

Nunca pensé que fuer así, dijo.

Una de las moscas abandonó el ayuntamiento y voló hasta la mesa. Se posó sobre el mantel y quedó allí, descansando, sin movimiento. La otra, que había saltado a la tela en que ella cosía hace un rato, comenzó a lavarse con las patas delanteras, prolijamente, pasaba y repasaba sus atejos con su pequeña y a la vez monstruosa cabeza, limpiando con cuidado de gato su cara, sus ojos abultados y poblados de celdas y su larga y peluda trompa, que flexionaba arriba y abajo, a ritmo con las patas, empeñada en limpiar cada parte de su cuerpo, ahora se ocupa de las alas, de sus hermosas, traslúcidas alas, frágiles y poderosas a un tiempo: ahí friccionando sus antenas ante su cara, era un bello animalito, grácil y de colores oscuros y llenos de vida» (Guillermo Cabrera Infante, Así en la paz como en la guerra).

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21 de septiembre de 2013

«Tuve que abrirme paso entre la multitud, junto al lago, y la estatua blanca con sus azucarados brazos abiertos, para salir a la larga calle. De cada lado se podía ver hasta una distancia de un kilómetro, más o menos, y en toda esa extensión sólo había dos seres vivos, aparte de mí: dos soldados con cascos camuflados que se alejaban lentamente por un costado de la calle, con sus armas en la mano. Digo vivos, porque en un portal yacía un cadáver con la cabeza en la calle. El zumbido de las moscas que lo acosaban y el crujido de las botas de los soldados, cada vez más lejano, eran los únicos ruidos. Pasé rápidamente junto al cadáver, volviendo la cabeza hacia otro lado. Unos minutos después, cuando miré hacia atrás, estaba solo con mi sombra, y no se oía ningún ruido, salvo los que yo producía. Me sentí como un blanco en un campo de tiro. Pensé que si algo me ocurría en esa calle tardarían varias horas en recogerme; el tiempo suficiente para que se juntaran las moscas» (Graham Greene, El americano impasible).

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20 de septiembre de 2013

«En esto se revelaron sus dotes de ejemplaridad, pues el poema de la vida aventaja a todas las demás poesías en que aquél se escribe con grandes caracteres, cualquiera que sea su contenido. El mundo gira alrededor del más insignificante aprendiz, si éste está empleado en un comercio mundial; continentes se asoman a sus espaldas, de modo que nada de lo que hace queda privado de importancia; por el contrario, tratándose de un escritor solitario en su habitación, por mucho que se esfuerce, a su alrededor giran, a lo más, las moscas. Esto es tan evidente que a muchos, apenas comienzan a crear con el material de la vida, les parece que todo lo que les había conmovido antes se reducía a “simple literatura”, es decir, ejerce en el mejor de los casos un influjo débil y confuso, en general contradictorio y autodestructivo, sin relación alguna con las ponderaciones hechas a su organización» (Robert Musil, El hombre sin atributos).

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19 de septiembre de 2013

«Bajo la luz del flexo la mosca se quedó quieta. Alargué con cuidado el dedo índice de la mano derecha. Poco antes de aplastarla se oyó un grito, después el golpe del cuerpo que caía. Enseguida llamaron a la puerta de mi habitación.

–La he matado –dijo mi vecino.

–Yo también –musité para mí sin comprenderle» (Luis Mateo Díez, Los males menores).

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17 de septiembre de 2013

«Hombres que se pasean por la calle 
/ Algunos, con la vista apagada como un calcetín sucio, /
 Un moco les obstruye los cornetes de la nariz. /
 Otros, brillantes, de mirada viva, /
 Hacen molinetes con su bastón mientras se largan. 
/ Son todos de dar por culo a las moscas. 
/ Pero hay dos maneras de dar por culo a las moscas: /
 Con o sin su consentimiento» (Boris Vian, Las moscas).

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14 de septiembre de 2013

«Todos me aconsejan que viaje, / que entre y que salga, que no viaje, / que me muera y que no me  muera. / No importa. / Todos ven las dificultades / de mis vísceras sorprendidas / por radioterribles retratos. / No estoy de acuerdo. / Todos pican mi poesía / con invencibles tenedores / buscando, sin duda, una mosca. / Tengo miedo. / Tengo miedo de todo el mundo, / del agua fría, de la muerte. / Soy como todos los mortales, / inaplazable. / Por eso en estos cortos días / no voy a tomarlos en cuenta, / voy a abrirme y voy a encerrarme / con mi más pérfido enemigo, / Pablo Neruda» (Pablo Neruda, Estravagario).

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6 de septiembre de 2013

«La genialidad no es nada más que la idiotez metodizada. Es una limitación de la inteligencia. No es un caso de locura. Es un caso de estupidez. Yo ya he hablado del especialista en enfermedades de la mano derecha, que no tiene la menor opinión sobre las enfermedades de la mano izquierda. Este especialista puede ser un genio, mientras que el hombre inteligente, el que tiene la facultad de asociar y relacionar ideas, ese no es un genio jamás. El genio no sirve absolutamente para nada más que para una sola cosa. Cuando yo veo a un chico con cara de idiota que se pasa el día cazando moscas, digo:

–Este chico puede llegar a ser un genio y a escribir un libro definitivo, en diecisiete volúmenes, sobre la vida de las moscas» (Julio Camba, Alemania, impresiones de un español).

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5 de septiembre de 2013

«Al señor –al turista- al revolucionario / me gustaría hacerles una sola pregunta: / ¿alguna vez vieron una flotilla de moscas / revolotear en torno a una plasta de mierda / aterrizar y trabajar en la mierda? / ¿han visto moscas alguna vez en la mierda? / porque yo nací y me crié con las moscas / en una casa rodeada de mierda» (Nicanor Parra, Moscas en la mierda). [Hallazgo de Tuzébio Báratro].

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2 de septiembre de 2013

«Moyano es el único sitio de Madrid en el que sigue habiendo moscas. Yo no es una metáfora, aunque podría serlo. Son moscas enclenques y bisbiseantes, de vuelo atolondrado. Parecen medio muertas, curtidas a bases de manotazos» (Ernesto Baltar, Ciudades en fragmento).

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30 de agosto de 2013

«El llanto de María redobla cuando repara en la cruel torsión de las piernas del marido, es verdad que no se sabe, después de morir, qué ocurre con los dolores sentidos en vida, en especial con los últimos, es posible que en la muerte se acabe realmente todo, pero tampoco nada nos garantiza que, al menos durante unas horas, no se mantenga una memoria del sufrimiento en un cuerpo que decimos muerto, sin que sea de excluir el que la putrefacción sea el último recurso que le queda a la materia viva para, definitivamente, liberarse del dolor. Con una dulzura, con una suavidad que en vida del marido no se atrevería a usar, María intentó reducir los lastimosos ángulos de las piernas de José, que, al quedarle la túnica, cuando lo bajaron de la cruz, un poco arremangada, le daban el aspecto grotesco de una marioneta partida en los goznes. Jesús no tocó a su padre, sólo ayudó a la madre a bajarle el borde de la túnica, e incuso así quedaban a la vista los magros tobillos del hombre, quizá, en el cuerpo humano, la parte que da una impresión más pungente de fragilidad. Los pies, porque las tibias estaban rotas, caían lateralmente, mostrando las heridas de los calcañares, de donde había que ahuyentar continuamente a las moscas que venían al olor de la sangre» (José Saramago, El Evangelio según Jesucristo) [Hallazgo de Bibiana Candia].

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27 de agosto de 2013

«Silver, gruñendo, avanzaba renqueando con su muleta; las aletas de su nariz vibraban; gritaba mil juramentos contra las moscas que se posaban en su rostro sudoroso y ardiente, y daba furiosos tirones a la cuerda con que me arrastraba, y de cuando en cuando se volvía dirigiéndome una mirada asesina. No se tomaba ya ningún trabajo en disimular sus pensamientos y yo podía leerlos como si estuvieran impresos. Ante la inminencia del tesoro todo lo demás había dejado de existir: sus promesas, la advertencia del doctor; y yo no tenía dudas de que, en cuanto lograra apoderarse del oro, buscaría la Hispaniola y, aprovechando la noche, degollaría a toda persona honrada que quedase en la isla, y luego largaría velas, como había pensado en un principio, cargado de crímenes y de riquezas» (Robert Louis Stevenson, La isla del tesoro).

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26 de agosto de 2013

«Ya estoy en el tascorro. Salchichones, longanizas, chistorras y otras estalactitas riegan de grasa a la parroquia, compuesta por siete u ocho individuos de sexo biológicamente diferenciado, aunque no visible, salvo en el caso de un caballero que al salir del excusado olvidó guardarse la pirulina. Detrás de la barra escancia vino lo que al principio tomo por un hombre. Un examen más detenido me revela que en realidad se trata de dos enanos encaramados el uno sobre el otro. Cuando se abre la puerta se forma un remolino de aire, que ahuyenta las moscas. Entonces puede verse en una de las paredes un espejo, en cuyo ángulo superior izquierdo se leen, escritos en tiza, los resultados de la jornada de liga correspondientes al 6 de marzo de 1958» (Eduardo Mendoza, Sin noticias de Gurb).

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24 de agosto de 2013

«Entre la escena y yo / el cristal / vacío salvo ella / vientre a tierra ceñida por sus negras tripas / antenas locas alas enredadas / patas curvas boca succionando en el vacío / golpeando en el azul estrellándose contra lo invisible / impotente bajo mi pulgar / trastorna al mar y al cielo serenos» (Samuel Beckett, La mosca).

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23 de agosto de 2013

«Una palabra o dos sobre este asunto de la piel o grasa de la ballena. Ya se ha dicho que se le arranca en largas piezas, llamadas “piezas de cobertor”. Como muchos términos marítimos, éste es muy afortunado y significativo. Pues la ballena, en efecto, está arropada en su grasa como en una auténtica manta o colcha; o, mejor aún, como en un poncho indio echado por la cabeza y que le rodea como una falda su extremidad. Por causa de este caliente arropamiento de su cuerpo, la ballena es capaz de mantenerse a gusto en todos los climas, en todos los mares, tiempos y mareas. ¿Qué sería de una ballena de Groenlandia, digamos, en esos mares helados y estremecedores del norte, sino estuviera provista de su caliente sobretodo? Verdad es que se encuentran otros peces muy vivaces en esas aguas hiperbóreas, pero ésos, ha de observarse, son los otros peces, de sangre fría y sin pulmones, cuyas mismísimas barrigas son refrigeradores; criaturas que se calientan al socaire de un iceberg, como un viajero invernal que se calentara ante el fuego de una posada; mientras que la ballena, como el hombre, tiene pulmones y sangre caliente. Heladle la sangre, y se muere. Qué maravilloso es entonces –salvo después de la explicación– que ese gran monstruo, para quien el calor corporal es tan indispensable como para el hombre; qué maravilloso es, digo, que se encuentre en su casa sumergido hasta los labios en esas aguas árticas, donde, cuando los marineros caen por la borda se les encuentra a veces, meses después, congelados verticalmente en el corazón de campos de hielo, igual que se encuentra una mosca presa en el ámbar. Pero más sorprendente es saber, como se ha probado por experiencia, que la sangre de una ballena polar es más caliente que la de un negro de Borneo en verano» (Herman Melville, Moby Dick).

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21 de agosto de 2013

«Vendrá un carro por mi cuerpo 
/ ¿en dónde estará mi alma? /
 y se pasará a la puerta
 / del jardín. Sobre mi caja / negra y con moscas, el sol
 / de la tarde sonrosada
 / dejará un rayo flotante, / 
lleno de música y lágrimas. / Mi casa quedará triste,
 / y en el jardín las acacias 
/ que quise tanto, mis pobres
 / acacias finas y lánguidas, / esperarán que mi mano
 / se alce para acariciarlas,
 / y mi mano estará fría
 / bajo la tierra; y el agua 
/ de la fuente, en el silencio /
 de la fronda abandonada,
 / llorará, llorará muerta /
 de tristeza y de nostalgia» (Juan Ramón Jiménez, Vendrá un carro por mi cuerpo).

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20 de agosto de 2013

«Se recostó contra un pequeño roble que había al borde del camino. Notó la mochila entre su espalda y el árbol. Sin soltar las piedras, se quitó la mochila de los hombros y la sostuvo ante ella. Los perros se pararon a cuatro metros. Se dio cuenta de que había estado aferrándose a la última esperanza de que su temor no fuera más que una tontería. Lo comprendió en el momento en que esa esperanza se disolvió en el suave retumbar del gruñido del perro más grande. El pequeño estaba aplastado contra el suelo, las patas delanteras tensas, listo para saltar. Su compañero se desvió lentamente hacia la izquierda, conservando la distancia, hasta que ella sólo pudo mantenerlos a los dos en su campo visual moviendo los ojos de uno a otro. Así, los veía como una acumulación oscilante de detalles separados: las extrañas encías negras, los labios negros flojos ribeteados de sal, un hilo de saliva que se rompía, las grietas de una lengua que se volvía suave en el borde curvado, un ojo amarillo rojizo, las legañas pegando la piel, llagas abiertas en una pata delantera, y atrapada en la V de una boca abierta, en lo más hondo de la bisagra de la mandíbula, un poco de espuma a la cual sus ojos volvían una y otra vez. Los perros habían traído consigo su propia nube de moscas. Algunas desertaron para pasarse a ella» (Ian McEwan, Los perros negros).

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17 de agosto de 2013

«Moscas, puntadas negras / que van cosiendo un día al otro día… / Moscas posadas en el gran pastel / de las quince velitas… / Moscas. Sol. / Coser el tedio, pellizcar furtivo / en la escasa dulzura de los hombres» (Dulce María Loynaz, Bestiarium).

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13 de agosto de 2013

«Cuando llegó la embriaguez me dirigí al baño. Solía pasarme muchos ratos, especialmente de noche, yendo del dormitorio al baño, del baño subterráneo al dormitorio subterráneo, paseando por los mundos ocultos del sueño, de los sueños oníricos, del cansancio y la vergüenza. ¿De dónde había sacado yo todo esto? Ah sí, recordé un ensayo que afirmaba que el dormitorio y el baño, la zona privada y secreta de la vida humana, eran el mundo de la «muerte…, el mundo del que procede toda la imaginación de los hombres». (Geoffrey, por cierto, carece de imaginación. Me dijo que una vez se puso a cagar mientras su ligue se bañaba. No hace falta añadir nada más).

Empecé a llenar la bañera y me desnudé. Al bajarme los calzoncillos mi mirada captó una navaja de afeitar que estaba en un estante. Miré hacia abajo, y volví a mirar hacia arriba. Hacia mi instrumento y hacia la navaja. “Venga, tío, córtatela –decía una voz en tono zalamero–. Rebánatela ya. Hazlo de una vez”.

Escondiéndola entre las piernas, como un perro humillado, entré en la bañera y me tendí de espaldas. En un rincón del techo había una grieta. Una hacendosa araña ampliaba su red transparente. Cómete una mosca o lo que sea, le dije; sé simbólica» (Martin Amis, El libro de Rachel).

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12 de agosto de 2013

«En el café había una mosca. Muerta. No muy grande. Del tamaño de un embrollo de hilos, poco más o menos. Si uno no se fijaba, hasta pasaba inadvertida. Pero la había. La mosca. En el café. Muerta. Daba reparo. Flotaba en la superficie. Pensar en rozarla con los labios, daba reparo. Las moscas no se beben. Las moscas son insectos y los insectos se espantan. Si se les abre la ventana para que salgan, salen. Si se les echa insecticida para matarlas, mueren. Es monótono. Por eso mismo son moscas y no, pongamos por caso, vacas. Si las moscas fuesen vacas se comerían las flores. ¿Qué estoy diciendo? Las moscas son insectos y no pueden elegir. Está en su naturaleza ser moscas. En boca cerrada no entran.

Las moscas no se comen. Salvo excepciones. Las moscas vivas son dulces. Dulcísimas, diría yo. No como ésta, que flota. Están todas locas. Se hacen las desentendidas, las muy. Hacen como que aplauden o se enjabonan las patas, un poco como el profesor Linaza. Pero mientras tanto, existen y te vigilan. Existen siempre. Las moscas. Existen hasta que se mueren.

En el café había una mosca. El lugar de las moscas está en los enjambres (de moscas), no en dedicarse a la danza ni a hacer piruetas por el aire ni cosas así ni en desmayarse ni caer desvanecidas en el café de la gente. Ni aunque sea un café con leche en termo preparado por Maracaiba y la leche esté ya un poco fría. Lo siento. Lo bebo o no lo bebo. La mosca fría. Si la como y sabe a hierro, voy a tener pesadillas» (Eloy Tizón, Labia).

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9 de agosto de 2013

«Uno / y uno / y uno. / Estaban los tres momificados, / con las moscas del invierno, / con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano, / con la brisa que hiela el corazón de todas las madres, / por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos. / Tres / y dos / y uno. /  Los vi perderse llorando y cantando / por un huevo de gallina, / por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco, / por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna, / por mi alegría de ruedas dentadas y látigos, / por mi pecho turbado por las palomas, / por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado» (César Vallejo, Poemas humanos).

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7 de agosto de 2013

«Yo galán imperfecto / Yo danzarín al borde del abismo. / Yo sacristán obsceno / Niño prodigio de los basurales. / Yo sobrino – yo nieto / Yo confabulador de siete suelas. / Yo señor de las moscas / Yo nadador del Estero las Toscas. / Yo violador de tumbas / Yo satanás enfermo de paperas. / Yo conscripto remiso / Yo ciudadano con derecho a voto» (Nicanor Parra, Yo pecador).

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5 de agosto de 2013

«La primera felicidad del día es haber escapado a los peligros pueriles del sueño, a los terrores convencionales de la pesadilla. Más vale la lucidez mediocre que el delirio. Casi siempre tiene uno malos sueños, pero todavía nos queda la imaginación imprescindible para inventar la realidad machadianamente, aunque con menos moscas y menos mugre que la realidad inventada por el poeta arábigosoriano-andaluz. Me duele el ojo derecho, como todas las mañanas, pues la prosa leída la noche anterior está ahí, cuajada, enconada en el ojo, en ese ojo que trabaja y sufre, y nada me ha pasado al cerebro, sino que un libro entero se me ha quedado bajo el párpado y me presiona el trigémino. Otro accidente diario es la erección innecesaria, agresiva y ostentosa que padece uno después de varias horas de cama. No habría en el mundo destinataria digna de tales erecciones» (Francisco Umbral, Mortal y rosa).

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2 de agosto de 2013

«En el restaurante, el camionero pagó la cuenta y metió las dos monedas del cambio en una máquina tragaperras. No tuvo suerte con los cilindros giratorios.

–Los amañan para que no puedas ganar nada –le dijo a la camarera.

Y ella replicó:

–No hace ni dos horas que un tipo se llevó el bote. Sacó tres dólares con ochenta centavos. ¿Cuándo volverás a pasar por aquí?

Él mantuvo la puerta enrejada un poco abierta.

–Dentro de una semana o diez días –contestó–. Tengo que llegar hasta Tulsa y nunca vuelvo tan pronto como pienso.

Ella dijo de mal humor:

–No dejes que entren las moscas. Vete fuera o entra.

–Hasta pronto –dijo él, y empujó para salir. La puerta se cerró con un golpe detrás de él. Se paró bajo el sol y sacó un chicle. Era un hombre pesado, ancho de hombros y con el estómago abultado. Tenía la cara roja y sus ojos eran azules, largos y achinados por la costumbre de enfrentar siempre la luz fuerte guiñando la mirada. Llevaba pantalones de soldado y botas de cordones hasta media pierna. Con el chicle casi fuera de la boca gritó a través de la puerta:

–Bueno, no hagas nada de lo que no quieras que me entere» (John Steinbeck, Las uvas de la ira).

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1 de agosto de 2013

«Una mosca de mediano tamaño se metió en la nariz del consejero suplente Gaguin. Aunque se hubiera metido allí por curiosidad, por atolondramiento o a causa de la oscuridad, lo cierto es que la nariz no toleró la presencia de un cuerpo extraño y dio muestras de estornudar. Gaguin estornudó tan ruidosamente y tan fuerte que la cama se estremeció y los resortes, alarmados, gimieron. La esposa de Gaguin, María Michailovna, una rubia regordeta y robusta, se estremeció también y se despertó. Miró en la oscuridad, suspiró y se volvió del otro lado. A los cinco minutos se dio otra vuelta, apretó los párpados, pero no concilió el sueño. Después de varias vueltas y suspiros se incorporó, pasó por encima de su marido, se calzó las zapatillas y se fue a la ventana. Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehuye la vecindad de los veraneantes de la capital» (Anton Chejov, En la oscuridad).

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31 de julio de 2013

«No sé cómo contar aquel viaje hasta mi casa, aquel trayecto de tres millas que no duró más de diez o doce minutos, sin parecer un lunático escapado de un manicomio. No puedo ser objetivo a este respecto; el mero hecho de estar sentado allí hacía que sintiese frío y calor al mismo tiempo, que me sintiese febril y enfermo. No tengo manera de distinguir lo que fue real y lo que pudo ser obra de mi mente; no había una línea divisoria entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la verdad y una espantosa alucinación. Pero no era embriaguez; si algo puedo jurar, es esto. Cualquier vapor que hubiese podido retener de la cerveza se evaporó inmediatamente. Lo que siguió fue como el viaje de un hombre sobrio por el país de los condenados.

Entre otras cosas, retrocedimos en el tiempo. Durante un rato, no fue Arnie quien conducía el coche; era LeBay, pudriéndose y apestando a tumba, medio esqueleto y medio carne corrompida, esponjosa, llena de manchas verdes. Salían gusanos que se arrastraban de debajo del cuello de su camisa. Oí un zumbido grave y, al principio, pensé que era un cortocircuito en uno de los faros. Sólo más tarde empecé a pensar que podía ser el zumbido de las moscas que se cebaban en su carne. Desde luego, estábamos en invierno, pero…» (Stephen King, Christine).

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30 de julio de 2013

«En su excitación, Gladys empezó a toser. Al toser parecía despedir un aroma más penetrante, mezclado con aquel ligero olor acre a limón que parecía impregnar su piel.

Norma Jeane preguntó dónde estaba su padre.

–Lejos, tonta –respondió Gladys con brusquedad –. Ya te lo he dicho.

Su humor había cambiado, cosa que ocurría a menudo. La música de la película también cambió de súbito. Ahora era brusca y entrecortada, como las tempestuosas y crueles olas que rompían en la playa donde Della, agitada a causa de la «presión arterial», caminaba sobre la compacta arena junto a Norma Jeane con el único fin de hacer «ejercicio».

Jamás habría preguntado por qué. Por qué no me habían dicho nada hasta entonces.

Por qué me lo decían ahora.

Gladys volvió a colgar el retrato en la pared, pero ahora el clavo hundido en el yeso no era tan seguro como antes. La mosca solitaria continuó zumbando, chocando con obstinación y esperanza contra el cristal de la ventana.

–Ahí está la maldita mosca, “zumbando a la hora de mi muerte” –dijo misteriosamente Gladys» (Joyce Carol Oates. Blonde).

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23 de julio de 2013

«He aquí el modo más expeditivo de matar moscas, aunque no el mejor: se las aplasta con los dos primeros dedos de la mano» (Conde de Lautréamont, Los cantos de Maldoror).

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22 de julio de 2013

«’Oh, Willy’, dijo. ‘Estás todo invadido por dentro’.

Él estaba tumbado sobre el camastro del cuartito trasero, mirando por la ventana abierta: era la última hora de la tarde y el sol, ocultándose en el horizonte, emitía un resplandor rojo por debajo de una nube ondulada que flotaba hacia poniente sobre las copas de los árboles y casas. Una mosca zumbaba contra el cristal de la ventana y el agrio hedor a basura quemada de los patios vecinos vagaba por el aire en calma.

‘¿Qué?’, dijo Stoner ausente, girándose hacia su mujer.

‘Por dentro’, dijo Edith. ‘El médico dice que se ha extendido por todos los lados. Oh, Willy, pobre Willy’» (John Williams, Stoner).

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19 de julio de 2013

La camarera nos trajo dos platos de salmón ahumado. Mientras tratábamos de  comérnoslo, yo intentaba hablar y Forester intentaba tomar notas.

El plato principal consistía en pato asado con verduras y patatas y una salsa espesa y sabrosa. Era un plato que exigía toda la atención del comensal además de sus dos manos. Empecé a perder el hilo de mi propia narración. Cada dos por tres, Forester dejaba el lápiz para coger el tenedor y viceversa. Las cosas no iban bien. Y aparte de eso, nunca he tenido facilidad para contar historias en voz alta.

–Mire –dije–. Si quiere, trataré de escribir lo que me ocurrió y se lo mandaré. Luego usted podrá reescribirlo como es debido. ¿No le parece que así sería más fácil? Podría hacerlo esta misma noche.

–¡Espléndida idea! –dijo Forester–. Entonces ya puedo guardarme esta estúpida libreta y podemos disfrutar del almuerzo. ¿De veras no le importaría hacer eso por mí?

–No me importaría ni pizca –dije–. Pero no debe esperar que lo que escriba esté bien. Me limitaré a poner los hechos por escrito.

–No se preocupe –dijo–. Mientras escriba los hechos, yo pondré escribir la historia. Pero por favor –añadió–, ponga muchos detalles. Eso es lo que cuenta en nuestra profesión, los detalles insignificantes, como por ejemplo, que se le había roto el cordón del zapato izquierdo, o que una mosca se posó en el borde de su copa durante el almuerzo o que el hombre con quien estaba hablando tenía un diente partido. Trate de recordar todo lo que sea posible (Roald Dahl, Racha de suerte (cómo me hice escritor)) [Hallazgo de Bibiana Candia].

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17 de julio de 2013

«Era atípica María… Todo el día en zapatillas, todo el día moviéndose con lentitud. En ocasiones tenían que hablarle dos veces para que les oyese. Tomaba té por las tardes y se quedaba mirando el interior de la taza. Dejaba los platos sin recoger. Una tarde ocurrió algo increíble: apareció una mosca. ¡Una mosca! ¡Y en invierno! La vieron revolotear cerca del techo. Parecía moverse con grandes apuros, como si tuviera congeladas las alas. Federico se subió a una silla y la mató con un periódico doblado. Cayó al suelo. Se pusieron de rodillas y la observaron. Federico la cogió con los dedos. María hizo que la soltase de un manotazo. Lo envió al fregadero de la cocina para que se levase con agua y jabón. Él se negó. Ella lo cogió del pelo y lo enderezó de un tirón.

–¡Harás lo que yo te diga! » (Jon Fante, Espera a la primavera, Bandini).

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16 de julio de 2013

«Un compañero recordaba el otro día, con una vaga nostalgia, aquellos tiempos en que los periodistas españoles, a falta de otros asuntos, podían emocionar a sus lectores hablándoles de la serpiente de mar: “La serpiente de mar ha muerto, y nosotros la hemos matado”; pero hay todavía muchas bestias feroces en el mundo: por ejemplo, las moscas. ¿Por qué no hablan ustedes de las moscas? Los periódicos yanquis han iniciado contra ellas una campaña implacable, y los periódicos ingleses la han secundado. Las moscas son el vehículo más importante de todas las enfermedades contagiosas. “Matad a las moscas –dicen los periódicos– si no queréis que las moscas os maten a vosotros”. Los periódicos ingleses parecen papeles matamoscas» (Julio Camba, Londres. Impresiones de un español) [Hallazgo de El Guardián].

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15 de julio de 2013

«Alex de repente se sintió arder. Se preguntaba si lo delatarían, dudaba de que el mayor lo hiciese porque, en su juventud, equiparaba la fuerza física con la fortaleza de carácter. Pero no estaba seguro en cuanto al chico guapo. Años después aprendería que resulta imposible determinar quién te delatará basándose en las apariencias. En realidad, no podía hacer nada excepto escaparse corriendo, así que tendría que correr el riesgo. Ellos tampoco estaban limpios, había media docena de sandías destrozadas con moscas revoloteando.

–No nos importa lo que hagas –dijo Acné–. ¿Te estás fugando?

Alex negó con la cabeza.

–Sólo pasando el rato.

–¿En serio has disparado a alguien? –preguntó Mejillas Sonrosadas.

Alex asintió. El matiz de sobrecogimiento en la voz del chico le hizo ver de otra forma el recuerdo no olvidado pero atenuado por el tiempo. En algunos lugares, con algunas personas, era todo un logro haber disparado a alguien» (Edward Bunker, Little Boy Blue).

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10 de julio de 2013

«Junto a la garita, donde se apiñaba media docena de guardias, pasando la reja de la entrada, había un pequeño cuarto, que debía servir de oficina administrativa, con una mesa y un par de sillas. Lo mal alumbraba una sola bombilla balanceándose al final de un largo cordón lleno de moscas; en torno de ella chisporroteaba una nube de insectos. El coronel cerró la puerta, les señaló las sillas. Entró un guardia con una botella de Johnny Walker etiqueta roja (‘La marca que prefiero, por ser Juanito Caminante mi tocayo’, bromeó el coronel), vasos, un balde de hielo y varias botellas de agua mineral. Mientras servía los tragos, el coronel le hablaba al teniente, como si el mayor Figueroa Carrión no estuviera allí» (Mario Vargas Llosa, La fiesta del chivo).

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9 de julio de 2013

«Mildred se apoderó del libro, al tiempo que lanzaba una carcajada.

–¡Dame! Lee éste. No, ya lo cojo yo. Aquí está ese verdaderamente divertido que has leído en voz alta hace un rato. Amigas, no entenderéis ni una palabra. Sólo dice despropósitos. Adelante, Guy, es en esta página.

Montag miró la página abierta.

Una mosca agitó levemente las alas dentro de su oído.

–Lea» (Ray Bradbury, Fahrenheit 451).

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8 de julio de 2013

«La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca» (Monterroso, Movimiento perpetuo).

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6 de julio de 2013

«Un mes después, un afilador de cuchillos que recorría la calle El Arroyo, en los lindes entre la colonia Ciudad Nueva y la colonia Morelos, vio a una mujer que se agarraba a un poste de madera como si estuviera borracha. Junto al afilador pasó un Peregrino negro con las ventanillas ahumadas. Por el otro extremo de la calle, cubierto de moscas, vio venir al vendedor de paletas. Ambos convergieron en el poste de madera, pero la mujer había resbalado o ya no tenía fuerzas para sujetarse. La cara de la mujer, a medias oculta por el antebrazo, era un amasijo de carne roja y morada. El afilador dijo que había que llamar a una ambulancia. El paletero miró a la mujer y dijo que parecía como si hubiera peleado quince rounds con el Torito Ramírez. El afilador se dio cuenta de que el paletero no se iba a mover y le dijo que cuidara su carrito, que ahorita volvía. Cuando cruzó la calle de tierra se volvió hacia atrás, para cerciorarse de que el paletero le obedecía, y vio a todas las moscas que antes rodeaban a éste alrededor de la cabeza herida de la mujer» (Roberto Bolaño, 2666).

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4 de julio de 2013

«El señor Barco, director del rotativo, llegaba a las seis y media. Entraba, indefectiblemente, con un cigarro recién encendido en la boca. El cigarro pasaba, durante aquella hora, por una serie de manipulaciones. Lo encendía en el umbral de la puerta. Al sentarse a la mesa directoral, lo apagaba. Al salir, para marcharse, hacia las ocho y media, volvía a encenderlo. Cruzaba la redacción en medio de una nube de humo, que decía bien con sus trajes azules, sus chalecos de fantasía, su tez rubicunda de labriego castellano, sus cabellos grises, corbatas claras y zapatos de charol, lustrosos. Al llegar a la calle, lo volvía a apagar. Una vez insinué la posibilidad de que el cigarro fuese siempre el mismo.

‘Si persiste usted en esa afirmación –me dijo un día, aparte, el redactor de Sociales–, se juega usted la plaza y la situación…’

Cuando entraba el director, se hacía en la mesa larga un silencio imponente. No se percibía más que el tufo de champú y ácido úrico del distrito y el rascar de las plumas de los redactores sobre las cuartillas un poco amarillentas. Quiero decir, que habría podido oírse volar una mosca –voler une montre, como dijo Capus hace poco–.» (Josep Pla, Madrid, 1921. Un dietario).

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1 de julio de 2013

«Yo, tendido sobre hierba, yazco / en el momento de tronar, / extirpo voz / en el verde límite. / Piedra en el seno de la fruta, / mundo bajo hierba, / solo bajo solo. / Líneas sugeridas consumen / mi cuerpo, en la gráfica del día. / Observo la hormiga parda / en su selva de brizna. / Soy el blanco de mi pupila, elimino / de magnitud la hormiga, / disminuyo la actividad del grano / en este abrupto minuto. / Debajo de la mosca transparente / ecuación de insecto a grandes pasos atraviesa / el delgado cristal de palabra, / instruye al vacío. / Trampas exteriores: el chasquido / del arbusto; el comercio rectangular / de ruido; la postura de estos / altos ramos» (Harold Pinter, Hampstead heath).

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29 de junio de 2013

«Maga, vamos componiendo una figura absurda, dibujamos con nuestros movimientos una figura idéntica a la que dibujan las moscas cuando vuelan en una pieza, de aquí para allá, bruscamente dan media vuelta, de allá para aquí, eso es lo que se llama movimiento brownoideo, ¿ahora entendés?, un ángulo recto, una línea que sube, de aquí para allá, del fondo al frente, hacia arriba, hacia abajo, espasmódicamente, frenando en seco y arrancando en el mismo instante en otra dirección, y todo eso va tejiendo un dibujo, una figura, algo inexistente como vos y como yo, como los dos puntos perdidos en París que van de aquí para allá, de allá para aquí, haciendo su dibujo, danzando para nadie, ni siquiera para ellos mismos, una interminable figura sin sentido» (Julio Cortázar, Rayuela).

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26 de junio de 2013

«De vez cuando, dando vueltas por esos mundos de Dios, me encuentro con interlocutores increíbles. Ayer, por ejemplo, localicé una mosca cabezuda que, desde el primer momento, demostró grandes deseos de pegar la hebra conmigo.

–Amigo mío –dijo, mientras revoloteaba a un palmo de mis narices–, no puedo por menos que reírme de todos aquellos seres –insectos, animales o personas– que, preocupados por su aspecto, no consiguen conciliar el sueño pensando en la opinión que le merecen al prójimo.

–No está bien reírse de los demás –le contesté–, ni siquiera cuando tenemos motivos para hacerlo. Además, el hecho de que nos importe la opinión que el prójimo pueda tener de nosotros no me parece motivo de burla.

–Lo que quiero decirte –continuó la mosca cabezuda– es que me parece que todos esos infelices no se preocuparían tanto de su aspecto ni de la opinión que le merecen a los demás si, como hago yo, cultivasen más su espíritu» (Javier Tomeo, Las confesiones de la mosca cabezuda).

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22 de junio de 2013

«Las moscas me han producido siempre un pudor inquieto. De niño recuerdo exterminarlas en verano sin tregua. No conocía el Alladoso, donde un hombre mató una mosca y se encogió de hombros: «Matas unha e veñen todas ao enterro». En Vento ferido un protagonista tortura moscas: en la pileta del baño, quitándoles las alas y dejándolas morir en un charquito de agua. Tiempo después supe por Monterroso que «hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas». Hace un año, en esta escalada de terror, leí por fin lo que esperaba: unos científicos comprobaron que cuanto más alcohol se les daba a las moscas, más relaciones homosexuales tenían. Esta semana Obama aplastó una. Tardó menos en matarla que el primer tonto en salir a protestar por sus derechos (“que la duerman antes de matarla, o que la maten con silenciador, o que la engorden”) y ya era difícil. Se aprecia cómo Obama mueve el brazo en ejecución pasmosa, remitiendo a la pureza de Musiquito. Hubiera sido interesante que siguiese la entrevista como si nada mientras le quita las patitas y las alas, una a una, en agotador sadismo, y cuando ya la tuviese lista, pedir unas cerillas para quemarla. Y luego hablar de Irán o de la crisis: de las cosas banales, del día a día de nuestro tiempo» (Manuel Jabois, Diario de Pontevedra).

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20 de junio de 2013

«Hay que huir de la comodidad. En eso consistía mi teoría. ¿En qué medida puede estar alguien tranquilo cuando la vida le sonríe? Tal vez sólo la desgracia que nos llega un día radiante, las repentinas miserias, la infelicidad, en fin, sean el único lugar donde el individuo puede estar tranquilo, a salvo. No había más que fijarse en las moscas. Buscaban continuamente su desaparición acercándose al ser humano. Monterroso, que fue la persona que más entendió de moscas, se pasaba la vida desconfiando de la tranquilidad. El lugar más tranquilo para una mosca, según el escritor guatemalteco, nunca sería el cristal de una ventana, sino el matamoscas, lo que a mí me llevaba a pensar que el mejor refugio para el escritor era la adversidad, la incomodidad. Y por eso no escribía, porque aquel apartamento se había convertido en un paraíso, un lugar propicio, incluso ambivalente, desde el que atendía mi vida pero también vigilaba la existencia de mis vecinos del quinto derecha. Y ese era el motivo de mi fracaso como escritor» (Juan Tallón, El váter de Onetti).

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18 de junio de 2013

«Suau manoteó en el aire estos amañados recuerdos, como si espantara una mosca incordiante» (Juan Marsé, Un día volveré).

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17 de junio de 2013

«Como el vuelo tardaba apenas cuarenta minutos hasta el aeropuerto de Westchester, donde Sandra Patterson los estaría esperando en un coche, Floyd Patterson pilotó todo el tiempo. Fue un viaje sin contratiempos, hasta que, al salir de una nube, se metieron de repente en la humareda espesa y quieta de un incendio forestal. Sin visibilidad, Patterson tuvo que valerse de los instrumentos. Y en ese preciso momento una mosca que zumbaba al fondo de la cabina voló adelante y se posó en el tablero de instrumentos frente a él. La miró enfurecido, la dejó trepar lentamente por el parabrisas y acabó por lanzarle una rápida palmada para aplastarla contra el vidrio. Erró el golpe. La mosca pasó zumbando sana y salva junto a la oreja de Patterson, rebotó en la parte de atrás de la cabina, empezó a dar vueltas.

–El humo no va a durar –le aseguró Hanson–. Puedes enderezarla.

Patterson enderezó la avioneta.

Voló cómodamente por unos momentos. Hasta que la mosca volvió al frente, le zigzagueó a Patterson en la cara, se posó en el tablero y procedió a reptar por él. Patterson la miró, torciendo la vista. Al fin le descargó un veloz manotazo de derecha. Falló» (Gay Talese, Retratos y encuentros).

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15 de junio de 2013

«El hombre es más complicado que la mosca, que devora excrementos allá donde los encuentra. El hombre coprófago los busca en el cuerpo y los quiere recibir del cuerpo, como parte viviente de ese cuerpo deseado, manoseado en su intimidad alquímica más oscura» (Guido Ceronetti, El silencio del cuerpo) [Hallazgo de Clinsor].

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10 de junio de 2013

«Un día llegó hacia las tres; todo el mundo estaba en el campo; entró en la cocina, pero al principio no vio a Emma; los postigos estaban cerrados. Por las rendijas de la madera, el sol proyectaba sobre las baldosas grandes rayas delgadas que se quebraban en las aristas de los muebles y temblaban en el techo. Sobre la mesa, algunas moscas trepaban por los vasos sucios y zumbaban, ahogándose, en la sidra que había quedado en el fondo. La luz que bajaba por la chimenea aterciopelando el hollín de la plancha coloreaba de un suave tono azulado las cenizas frías. Entre la ventana y el fogón estaba Emma cosiendo; no llevaba pañoleta y sobre sus hombros descubiertos se veían gotitas de sudor» (Gustave Flaubert, Madame Bovary).

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8 de junio de 2013

«A esa misma hora, la madre de Gamaliel Villalpando, doña Inés, barría la calle frente a la tienda de su hijo, cuando llegó y por la puerta entornada, se metió Abundio Martínez. Se encontró al Gamaliel dormido encima del mostrador con el sombrero cubriéndole la cara para que no lo molestaran las moscas. Tuvo que esperar un buen rato para que despertara. Tuvo que esperar a que doña Inés terminara la faena de barrer la calle y viniera a picarle las costillas a su hijo con el mango de la escoba y le dijera:

–¡Aquí tienes un cliente! ¡Alevántate!» (Juan Rulfo, Pedro Páramo).

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7 de junio de 2013

«Con los ojos abiertos, Loursat esperaba, escuchando los ruidos de la casa, demasiado lejanos y demasiado vagos para adquirir un significado preciso. Volvió a llamar. El agente miró a Fine, quien se encogió de hombros.

–¡Ojalá reventase!

Levantó una cafetera que estaba junto al fuego, la sacudió, llenó una echadora de café y fue en busca de un azucarero cubierto de moscas que estaba sobre la mesa. Una vez en la alcoba, no se molestó en llamar ni en dar los buenos días. Puso la bandeja sobre una silla que servía de mesilla de noche, se dirigió a la ventana y abrió los postigos» (George Simenon, Desconocidos en casa).

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5 de junio de 2013

«Así van las cosas por aquí, querida mía, hasta el extremo de que llego a envidiar el sitio en el que te encuentras. Vivimos realmente tiempos extraños. Hoy también, en la televisión, he visto un reportaje sobre no sé qué país africano azotado por una calamidad o por varias: se veían niños esqueléticos con el vientre enorme y la carita chupada casi totalmente ocupada por dos ojos enormes, y totalmente cubiertos de moscas. Y un poco más tarde, aunque en un programa distinto, al que acuden a hablar los políticos, y donde se presentan todos muy elegantes, uno de ellos ha dicho que uno de los puntos destacados del programa de su partido es el problema de las adopciones, porque es necesario simplificarlas más, explicaba sonriendo, nuestra burocracia para las adopciones es demasiado complicada, muchos padres deseosos de un hijo esperan con impaciencia un hijo adoptivo. Es decir: cada año mueren en el mundo varios millones de niños por enfermedades y desnutrición, pero consolémonos, estimados telespectadores, porque si mi partido gana las elecciones el próximo año les dejaremos que adopten a un centenar más»  (Antonio Tabucchi, Se está haciendo cada vez más tarde).

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3 de junio de 2013

«–Soy profesora de escuela primaria.

–Pero tendrá usted sin duda una preferencia… Por las letras griegas. Quizá por las ciencias.

–Las letras no están mal –me dice con una encantadora naturalidad la señorita–, pero francamente a mí me gustan más las ciencias.

–Las ciencias… ¡Magnífico! ¡Cosa fina! En general, las señoritas de este país no se interesan por las ciencias. Y es un error. Si me permite usted le recordaré, que en opinión de Platón y de algunos antiguos, el amor es la más alta ciencia de la vida. Y el Dante, a quien sin duda habrá usted oído nombrar, decía que el amor mueve el cielo y las estrellas. Aunque me vea usted con esta corbata y con esta boina, yo también lo creo así. Pero esto no tiene ninguna importancia. Ahora, sin embargo, las ciencias se entienden de otra manera. Son bien poca cosa. En tiempo de paz, son un cálculo enrevesado y tremendo para matar moscas o pulgas o para fabricar melocotones artificiales; en tiempo de guerra, este cálculo se desplaza a otros fines. ¿No considera usted que la cosa es realmente divertida?» (Josep Pla, Viaje en autobús).

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1 de junio de 2013

«Balance empezó a describir el programa de investigación de una Compañía británica aeroespacial, cliente suyo, que acababa de revolucionar la construcción de los sistemas de guía de misiles estudiando el esquema de vuelo de la mosca común. “Rectificación del rumbo durante el vuelo –susurró dramáticamente–. Tradicionalmente, se hacía en la línea del vuelo: ajustar el ángulo una pizca hacia arriba, un pellizco hacia abajo, un puntito hacia la izquierda o la derecha. Ahora bien, los científicos que estudiaban la película ultrarrápida de la humilde mosca descubrieron que las tías siempre, lo que se dice siempre, corrigen en ángulo recto. –Hizo una demostración, extendiendo la mano con la palma plana y los dedos juntos–. ¡Bzzzt! ¡Bzzzt! Las muy putas suben y bajan en línea vertical o, si no, hacia los lados. Mucho más exacto. Y con menos gasto de combustible. Ahora bien, trata de hacer eso con un motor que depende de un flujo de aire de morro a cola; ¿qué sucede? El desgraciado no puede respirar, se para, baja en picado y va a caer encima de tus jodidos aliados. Mal karma. Me sigues, ¿eh?, tú sigues lo que te digo. Y entonces esos tipos van e inventan un motor con flujo de aire en tres direcciones: de morro a cola, de arriba abajo y de lado a lado. Y ¡bingo!: ya tenemos un cohete que vuela como una mosca y puede tocar una moneda de cincuenta peniques que vaya a una velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora, a una distancia de cinco kilómetros”» (Salman Rushdie, Los versos satánicos).

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31 de mayo de 2013

«Aplastar dos adoquines con la misma mosca» (Paul Éluard, 152 proverbes mis au goût du jour en collaboration avec Benjamin Péret) [Hallazgo de ¿Venusiqué?].

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30 de mayo de 2013

«–Y olvidas lo que excluyes de este… digamos sentimiento de omnisciencia. Y en la noche (me imagino) o entre copa y copa (que es como una especie de noche) lo que has excluido regresa, como si resintiera esa exclusión.

–¡Vaya que si regresa! –dijo el Cónsul que ya para entonces escuchaba–. Hay  también otros delirios menores, meteora, que puedes pescar al vuelo, ante tus ojos, como jejenes. Y esto, según lo que la gente cree, es el fin. Pero el delirium traemens es sólo el comienzo, la música que rodea el portal de Qliphoth, la obertura dirigida por el Dios de las Moscas… ¿Por qué ve ratas la gente? Ésta es la índole de preguntas que debiera preocupar al mundo, Jacques. Piensa en la palabra remordimiento. Recuerde. Mordeo. Morderé. ¡La mordida!… Y ¿por qué roedor? ¿Por qué todo este morder, todos aquellos roedores en la etimología?» (Malcolm Lowry, Bajo el volcán).

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28 de mayo de 2013

«Nos topamos con una vaca muerta que estaba tumbada con las patas traseras en el agua. Las moscas negras se arrastraban y apiñaban sobre su piel marrón y blanca, centelleando como un bordado con cuentas cuando el sol se reflejaba en ellas.

Cogí un palo y le di unos golpes. Las moscas alzaron el vuelo, describieron un círculo y se posaron de nuevo. Vi que la piel de la vaca era un mapa. El marrón podía ser el océano, y el blanco, los continentes flotantes. Con el palo recorrí sus formas extrañas, sus curvadas costas, intentando mantener la punta justo entre el blanco y el marrón. Luego llevé el palo hasta el cuello, siguiendo un músculo tenso –la vaca había muerto con el cuello estirado, como si tratara de alcanzar el agua, pero estaba tumbada hacia el lado contrario–, y le di unos golpes en la cara. Me daba más aprensión tocarle la cara. Me daba aprensión mirarle el ojo» (Alice Munro, La vida de las mujeres).

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27 de mayo de 2013

«Hubo algunos segundos de aterradora quietud. Nadie osaba moverse. Luego hicieron irrupción en la sala quince o veinte hombres con los fusiles y las pistolas en alto. Uno de ellos, que llevaba en la mano una gran pistola ametralladora, se adelantó solo hasta el centro de la sala, giró sobre sus talones echando una mirada de desafío, levantó el puño y gritó.

–¡Viva la Columna de Hierro!

–¡Viva! –respondieron las roncas voces de los demás intrusos.

Cortó el dramático silencio que estos vivas produjeron una voz destemplada que decía calmosamente:

–¡Three cheers mister Azaña!

El inglés se había dado cuenta al fin de que algo importante ocurría y se volcaba sobre la barandilla del palco para lanzar su vítor predilecto. ¿Lo tomaron los recién llegados como una provocación? ¿Fue que no lo entendieron? Lo cierto es que le descerrajaron un tiro. El inglés sintió pasar la bala junto a su cabeza, hizo el ademán grotesco de atrapar una mosca en el aire y se sonrió como si le tirasen confeti. La muchacha lo arrancó otra vez de la barandilla del palco y de un tirón desesperado le hizo rodar por el suelo. Allí estuvo forcejeando con él hasta que lo tuvo resignado a no incorporarse» (Manuel Chaves Nogales, A sangre y fuego).

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25 de mayo de 2013

«Y llegó la primavera de verdad. América comenzó a tener el aspecto del interior de un bolsillo de niño pequeño para el señor y la señora Goatbeck. El instinto migratorio se instaló en la casa hasta que la quietud suburbana hirvió como moscas dentro de una botella. Eloise salía cada vez más por las noches, así que, en la época en que el aire comenzó a mezclar y a asentar y a acariciar la tierra tan caprichosamente como pelotas de juguete, su ambición pereció al mismo ritmo. A pesar de la decisión de acabar bien el trabajo, ahora que los Goatbeck habían decidido ir al extranjero, sus negligencias comenzaron a sucederse unas a otras, de forma que pronto estaba revolviéndose en un vacío de cosas no hechas, con la niña detrás como un cachorro inquisitivo que olisqueara algo poco habitual» (Zelda Fitzgerald, Pobre chica trabajadora) [Hallazgo de Marina Fernández Bielsa].

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24 de mayo de 2013

«Había luna y la noche estaba azul como con humo; unas nubes modestas se esparcían por el cielo sin llegar a tocar la luna, delicada, helada. Los árboles, masas de escarcha gris, lanzaban sombras oscuras en las paredes de nieve que destellaban aquí y allá en chispas metálicas. En la habitación tapizada y calentada del anexo, Iván había colocado un abedul de dos pies en un macetero de barro sobre la mesa, y estaba poniendo una vela en la cruz de su rama superior cuando Sleptsov llegó de la casa principal, helado, con los ojos enrojecidos, las mejillas sucias y manchadas de gris, con una caja de madera bajo el brazo. Al ver el árbol de Navidad sobre la mesa, preguntó abstraído: “¿Qué es eso?”.

Liberándolo de la caja, Iván contestó con voz sorda, enternecida.

–Mañana es fiesta.

–No, lléveselo –dijo Sleptsov frunciendo el ceño, mientras pensaba: “¿Será posible que sea Navidad? ¿Cómo puedo haberme olvidado?”.

Iván insistió amablemente.

–Es bonito, y además es verde. Déjelo durante un tiempo.

–Por favor, lléveselo –repitió Sleptsov y se inclinó sobre la caja que había traído consigo. En ella atesoraba las posesiones de su hijo, la red para cazar mariposas, la lata de galletas con el capullo de seda, la tabla donde clavaba las mariposas, los alfileres en su caja de laca, el cuaderno azul. La primera página estaba desgarrada y rota por la mitad, y el trozo que quedaba encerraba un fragmento de un dictado de francés. A continuación había entradas y anotaciones cotidianas, nombres de mariposas que había capturado, y otras notas:

“He caminado por el pantano hoy hasta llegar a Borovichi…”

“Hoy ha estado lloviendo. He jugado al ajedrez con mi padre, y luego he leído la Fragata de Goncharov, tremendamente aburrida.”

“Un día de calor maravilloso. Por la tarde he dado un paseo en bicicleta. Se me ha metido una mosca en el ojo. He pasado deliberadamente junto a su casa dos veces pero no la he visto…”» (Vladimir Nabokov, Navidad).

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23 de mayo de 2013

«Obscenidad en algunos pequeños instantes del día compartido, no de la noche que es solo mía.

Algo tan modesto como una mano abrió mi ardiente memoria. Un gesto tenue al doblar los dedos cuando cerró la mano en forma de azucena.

El execrado color de la azucena subió a mi cerebro con todo el peso fatal de su triste y delicado perfume. Instada por la visión de esa mano recogida por sí misma con dedos como cinco falos, hablé de la doble memoria. Evoqué las azucenas detrás de las cuales una vez me escondí, minúscula salvaje, para comer hormigas y cazar moscas de colores. El gesto de la mano dió una significación procaz a la figurita del memorial, la escondida entre azucenas. Comencé a asfixiarme entre paredes viscosas (y sólo debo escribir desde adentro de estas paredes). Tan ofensiva apareció la imagen de mi niñez que me hubiera retorcido el cuello como a un cisne, yo sola a mi sola. (Y luchas por abrir tu expresión, por libertarte de las paredes)» (Alejandra Pizarnik, Niña entre azucenas).

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21 de mayo de 2013

«Apretamos los labios contra el borde esmaltado de las tazas / e intuimos que esta grasa que flota / en el café logrará que el corazón se nos pare cualquier día. / Ojos y dedos se dejan caer sobre los cubiertos de plata / que no son de plata. Al otro lado de la ventana, las olas / golpean contra las paredes desconchadas de la vieja ciudad. / Tus manos se alzan del áspero mantel / como si fueran a hacer una profecía. Tus labios se estremecen… / Te diría que al diablo con el futuro. / Nuestro futuro yace en lo más profundo de la tarde. / Es una calle angosta por la que pasa un carro con un carretero, / el carretero nos mira y vacila, / luego menea la cabeza. Mientras tanto, / rompo indiferente el espléndido huevo de una gallina de raza Leghorn. / Tus ojos se nublan. Te vuelves para mirar el mar / tras la hilera de tejados. Ni las moscas se mueven. / rompo el otro huevo. / Seguramente nos hemos empequeñecido juntos» (Raymond Carver, Todos nosotros).

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20 de mayo de 2013

«Todo desapareció sin más ni más, de la noche a la mañana; vinieron los de las mudanzas; el primo lejano lo metió todo en las salas de subasta, pero no en la Salle Drouot, sino en Levallois; cuando se enteraron, ya era tarde, si no, quizás hubieran intentado ir Smautf, Morellet o Valène, y comprar a lo mejor un objeto al que Winckler tuviera mucho cariño; no el aparador, que no hubieran sabido dónde meter, sino aquel grabado precisamente, o el que estaba colgado en la habitación y representaba los tres hombres con levita, o alguna herramienta o alguno de sus libros de imágenes. Lo hablaron entre sí  y dijeron que, al fin y al cabo, quizá valió más no haber ido, y que la única persona que debió hacerlo fue Bartlebooth, pero ni Valène, ni Smautf, ni Morellet se hubieran permitido advertírselo.

Ahora en el pequeño saloncito queda lo que queda cuando no queda nada: por ejemplo, moscas, o prospectos que han echado los estudiantes por debajo de todas las puertas y que son propaganda de un nuevo dentífrico o prometen un descuento de veinticinco céntimos a quien compre tres paquetes de un detergente, o números atrasados de Le Jouet français, la revista que recibió toda su vida y cuya suscripción siguió funcionando hasta unos meses después de su muerte, o esas cosas insignificantes que andan tiradas por el suelo o por los rincones de los armarios, sin que se sepa cómo llegaron y cómo están aún allí: tres flores silvestres mustias, unos tallos fláccidos en cuyas extremidades se marchitan unos filamentos que se dirían calcinados, una botella de coca–cola vacía, una caja de pasteles, abierta, que todavía conserva su cinta de rafia falsa y en la que las palabras «Las delicias de Luis XV “Las delicias de Luis XV. Pastelería, Confitería fundada en 1742” dibujan un hermoso oval rodeado de una guirnalda con cuatro angelitos mofletudos a los lados, o, detrás de la puerta de la escalera, una especie de percha de hierro con un espejo rajado en tres porciones de superficies desiguales que esbozan vagamente la forma de una Y, en cuyo marco está aún metida una postal que representa una joven atleta, al parecer japonesa, que enarbola una antorcha encendida» (George Perec, La vida instrucciones de uso).

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18 de mayo de 2013

«Nicole se tumbó en la cama con los brazos extendidos y se puso a mirar el techo; los polvos que llevaba se habían humedecido y formaban una capa lechosa. Le gustaba aquella habitación desnuda, el sonido de la mosca que navegaba por encima de su cabeza. Tommy acercó la silla a la cama y quitó las ropas que había en ella para sentarse. A Nicole le gustó la simplicidad de que se mezclaran en el suelo su ligerísimo vestido y sus alpargatas con el traje de dril de Tommy.

Tommy examinó el torso blanco y alargado al que se juntaban abruptamente la cabeza y los miembros bronceados y dijo, con una risa grave:

–Pareces recién hecha, como un bebé» (Francis Scott Fitzgerald, Suave es la noche).

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15 de mayo de 2013

«¿Sabes lo que he leído, creo que en el Nouvel Obs? Que es extraño que a Politkóvskaia se la carguen, como por casualidad, el día del cumpleaños de Putin. ¡Como por casualidad! ¿Te das cuenta del grado de gilipollez al que hay que llegar para escribir con todas las letras eso de como por casualidad? ¿Te imaginas la escena? Reunión de crisis en el FSB. El jefe dice: chicos, habrá que devanarse los sesos. Pronto será el cumpleaños de Vladímir Vladímirovich, hay que encontrar un regalo que le guste. ¿Alguien tiene alguna idea? La gente se exprime el coco, una voz se alza: ¿y si le lleváramos la cabeza de Anna Politkóvskaia, esa mosca cojonera que no hace más que criticarle? Murmullos de aprobación entre los presentes» (Emmanuel Carrére, Limónov).

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13 de mayo de 2013

«Mosca. Monstruo del aire que le debe lealtad a Belcebú. La mosca doméstica común (Musca maledicta) es la especie más extendida del mundo. Es la criatura que, en realidad, con visión general contempla a la humanidad de China hasta Perú. Con respecto al espacio, oscurece el mundo como una nube y el sol nunca se pone sobre ella; en cuanto al tiempo, pasa de eternidad en eternidad. Alejandro luchó contra ella en Persia sin llegar a someterla; la mosca derrotó a César en la Galia, incordió a Magallanes en Patagonia y fastidió el alegre disfrute de las comidas de Greeley en cabo Sabina. Está en todas partes y siempre es la misma. Se posa con la misma imparcialidad en la cumbre del Olimpo y en la calva de un diácono adormilado. La tierra, debilitada con la edad, se renueva. Los mares cubren los continentes y el hielo polar invade los trópicos extinguiendo imperios, civilizaciones y razas. Donde se levantaban ciudades populosas entra furtivamente el chacal por las arenas yermas o cae abatido por la flecha del salvaje, él mismo acosado por el pionero intruso. Religiones y filosofías perecen junto con las lenguas en las que se expresaron y el chiste del juglar por fin da paso a un sucesor. Los acantilados se deshacen en polvo, la cabra pierde el apetito, y hasta, por fin, muere el funcionario…, pero la mosca doméstica siempre está a mano, como el salmón que salta en el río. Por las ilustres ramas de su árbol genealógico nos relacionamos con el pasado y el futuro: jugueteó en las pestañas de nuestros padres; se deslizará sobre las coronillas brillantes de nuestros hijos. Es la reina, el jefe, el supremo. Yo la saludo» (Ambroce Bierce, El diccionario del diablo) [Hallazgo de Josean Blanco, alias Perroantonio].

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11 de mayo de 2013

«Zacarías San José, a causa de un chirlo que le rajaba la cara, era más conocido por Zacarías el Cruzado: Tenía el chozo en un vasto charcal de juncos y médanos, allí donde dicen Campo del Perulero: En los bordes cenagosos picoteaban grandes cuervos, auras en los llanos andinos y zopilotes en el Seno de México. Algunos caballos mordían la hierba a lo largo de las acequias. Zacarías trabajaba el barro, estilizando las fúnebres bichas de chiromayos y chiromecas. La vastedad de juncos y médanos flotaba en nieblas de amanecida. Hozaban los marranos en el cenagal, a espaldas del chozo, y el alfarero, sentado, sobre los talones, la chupalla en la cabeza, por todo vestido un camisote, decoraba con prolijas pinturas jícaras y güejas. Taciturno bajo una nube de moscas, miraba de largo en largo al bejucal donde había un caballo muerto. El Cruzado no estaba libre de recelos: Aquel zopilote que se había metido en el techado, azotándole ron negro aleteo, era un mal presagio. Otro signo funesto, las pinturas vertidas: El amarillo, que presupone hieles, y el negro, que es cárcel, cuando no llama muerte, juntaban sus regueros. Y recordó súbitamente que la chinita, la noche pasada, al apagar la lumbre, tenía descubierta una salamandra bajo el metate de las tortillas… El alfarero movía los pinceles con lenta minucia, cautivo en un dual contradictorio de acciones y pensamientos» (Valle-Inclán, Tirano Banderas).

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10 de mayo de 2013

«En el principio fue la mosca» (Augusto Monterroso, Movimiento perpetuo).

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9 de mayo de 2013

«La salsa la inventó el duque de Richelieu como una nueva sensación para los paladares ahítos de la corte, y al principio se la conocía como mahonnaise, por Mahón, el principal puerto de Menorca, escenario de la discutible «victoria» del duque en 1756 sobre el desafortunado Almirante Byng. Básicamente, Richelieu era el proveedor de drogas y putas de Luis, pero también adquirió cierto renombre por sus recetas de opio ajustadas a cada ocasión, y se le atribuye la introducción en Francia de la cantárida o mosca española» (Thomas Pynchon, Contraluz).

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8 de mayo de 2013

«La mosca debe ser tomada como el símbolo de la impertinencia y la audacia; porque en tanto que los demás animales le huyen al hombre más que a otra cosa, y corren antes que él se les acerque, la mosca se posa sobre su nariz misma» (Arthur Schopenhauer, Parerga y Paralipómena).

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6 de mayo de 2013

«Podría admitir / que soy sólo una cobarde / lloriqueando yo yo yo / y no mencionar las moscas, las polillas, / obligadas por las circunstancias / a chupar de la bombilla. / Pero seguramente sabes que toda persona tiene una muerte, / su propia muerte, / esperándola. / Así que me iré ahora / sin la vejez o enfermedad, / salvaje pero acertadamente, / a sabiendas de mi mejor camino, / transportada por ese burro de juguete que monté todos estos años, / sin preguntar nunca, ‘”¿Dónde vamos?” / Íbamos (si lo hubiera sabido) / a esto» (Anne Sexton, Nota de suicidio).

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5 de mayo de 2013

«Cuando entré en la recámara encontré a la Chamuca desnuda, inclinada sobre la cama, quitando la colcha. Recuerdo que me excitó muchísimo y que empecé a acariciarle las nalgas, pero ella me rechazó.

–No –dijo–. Nos puede oír Evodio.

A mí no me hubiera importado, pero Evodio, en efecto, hubiera podido oírnos, porque la cabecera del diván estaba muy cerca del muro. Nos acostamos y apagué la luz. Dieron las tres en San Cosme. Me dormí inmediatamente.

Desperté creyendo que estaba sobrio, pero no me acordé de Evodio hasta que entré en la sala y lo encontré dormido en el diván. Estaba en camiseta, boca arriba, con una mosca parada en el labio. El cuarto olía a rayos. Abrí la ventana que daba al pozo de luz y entré en el baño. Las barbas, que me había dejado crecer hacía tres años y a las que estaba acostumbrado, me sobresaltaron. Después de bañarme asomé a la ventana. Un barrendero vestido de anaranjado pasó empujando un carrito, el dueño de la Casa Domínguez estaba levantando la cortina de acero, me sentí deprimido. Ojalá que Evodio se vaya pronto, pensé» (Jorge Ibargüengoitia, Dos crímenes).

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2 de mayo de 2013

«El 1 de diciembre se encontró el cadáver de una joven de entre dieciocho y veintidós años en el cauce de un arroyo seco, por los alrededores de Casas Negras. El hallazgo lo realizó Santiago Catalán, que se hallaba de cacería y que se extrañó de la conducta que en ese momento, al acercarse al arroyo, mostraron sus perros. De repente, según expresó el testigo, los perros se pusieron a temblar, como si hubieran olfateado un tigre o un oso. Pero como aquí no hay tigres ni osos, yo me imaginé que habían olfateado el fantasma de un tigre o un oso. Conozco a mis perros y sé que cuando se ponen a temblar y a gemir es por una causa justificada. Entonces me entró a mí la curiosidad, así que después de patear a los perros para que se comportaran como machos, me dirigí resueltamente al arroyo. Al meterse en el cauce seco, cuya profundidad no excedía los cincuenta centímetros, Santiago Catalán no vio ni olió nada y hasta los perros parecieron tranquilizarse. Pero al llegar al primer recodo oyó un ruido y los perros volvieron a ladrar y a temblar. Una nube de moscas envolvía el cadáver. Santiago Catalán quedó tan impresionado que soltó a los perros y disparó un perdigonazo al aire. Las moscas se retiraron por un momento y pudo darse cuenta de que el cuerpo era el de una mujer. Recordó, asimismo, que por aquella zona ya se habían encontrado cuerpos de mujeres jóvenes asesinadas» (Roberto Bolaño, 2666).

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1 de mayo de 2013

«Cuando el grupo de Frank Sinatra hizo su ingreso, Don Rickles no cabía de contento. Señalando a Jilly, Rickles le gritó: «¿Cómo se siente ser el tractor de Sinatra?… Sí, Jilly camina delante de Frank despejándole la vía». Luego, señalando con un gesto a Durocher, Rickles dijo: “Ponte de pie, Leo, muéstrale a Frank cómo te resbalas”. A continuación se dedicó a Sinatra, sin pasar por alto a Mia Farrow, ni el peluquín que llevaba puesto, ni dejar de decirle que estaba acabado como cantante; y cuando Sinatra se rió, todos rieron; y Rickles señaló a Bishop: “Joey Bishop mira todo el tiempo a Frank para ver qué es gracioso”.

Al rato, cuando Rickles se echó sus cuantos chistes de judíos, Dean Martin se puso de pie y le gritó: “Eh, siempre hablas de los judíos, nunca de los italianos”, y Rickles lo interrumpió: “¿De qué nos sirven los italianos?… Como mucho para espantar las moscas del pescado”» (Gay Talese, Retratos y encuentros).

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29 de abril de 2013

«Monjes de edad imprecisable, ancianos con cestos en la cabeza descendiendo con artrítica parsimonia por el camino fangoso, niños correteando detrás de perros famélicos, una joven madre  con una mano en el puchero, la otra meciendo al bebé en la cuna y alejándole las moscas azules, pobreza limpia de misión social, un Pozo del Tío Raimundo de Asia. El monje que salió al encuentro de Carvalho era el secretario del prior, llevaba un tatuaje barroco en el brazo y lanzó un salivazo largo, lánguido, rojo por el betel sobre una plantación de orquídeas alimentadas con el abono de las cortezas de coco. Era un hombre de edad tan indefinida como apacible en sus gestos ayunados. Estaba orgulloso de poder explicar a Carvalho lo que allí se hacía y empezó desde el principio, desde el momento en que llegan al monasterio seres prisioneros de la droga con deseos de curarse. Se desnudan, entregan cuanto llevan y reciben a cambio una tarjeta verde o rosa, según hayan llegado con o sin dinero. Es su carta de identidad. A partir de ese momento entran en un mundo donde no existe el dinero y donde rezarán, beberán infusiones de hierbas, vomitarán y lo que no pueda el asco lo podrá el consuelo de la oración» (Manuel Vázquez Montalbán, Los pájaros de Bangkok).

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27 de abril de 2013

«Las moscas transportan, heredándose infinitamente la carga, las almas de nuestros muertos, de nuestros antepasados, que así continúan cerca de nosotros, acompañándonos, empeñados en protegernos. Nuestras pequeñas almas transmigran a través de ellas y ellas acumulan sabiduría y conocen todo lo que nosotros no nos atrevemos a conocer. Quizá el último transmisor de nuestra torpe cultura occidental sea el cuerpo de la mosca…» (Augusto Monterroso, Movimiento perpetuo).

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26 de abril de 2013

«… y poquito a poco, Maga, vamos componiendo una figura absurda, dibujamos con nuestros movimientos una figura idéntica a la que dibujan las moscas cuando vuelan en una pieza, de aquí para allá, bruscamente dan media vuelta, de allá para aquí, eso es lo que se llama movimiento brownoideo, ¿ahora entendés?, un ángulo recto, una línea que sube, de aquí para allá, del fondo al frente, hacia arriba, hacia abajo, espasmódicamente, frenando en seco y arrancando en el mismo instante en otra dirección, y todo eso va tejiendo un dibujo, una figura, algo inexistente como vos y como yo, como los dos puntos perdidos en París que van de aquí para allá, de allá para aquí, haciendo su dibujo, danzando para nadie, ni siquiera para ellos mismos, una interminable figura sin sentido» (Julio Cortázar, Rayuela) [Hallazgo de Nickjournal3].

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25 de abril de 2013

«Me llegó el informe sobre arañas, e inventé entretanto un laberinto para moscas, muy económico. Se trataba de una simple botella de plástico, adaptada a un aparato eléctrico que recogía los golpeteos de la mosca al tratar de salir, hasta alcanzar la abertura destapada, y los traducía a unas gráficas parecidas a las del electroencefalograma, con las cuales comprobar luego por comparación de distintas experiencias si la mosca aprendía o no a salir de la botella» (Mario Levrero, Los laberintos).

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23 de abril de 2013

«Maigret cogió una copia de la ficha de Joseph Van Damme, nacido en Lieja, de padres flamencos, viajante de comercio, después director de una casa de comisión que llevaba su nombre. Tenía treinta y dos años y era soltero. Sólo hacía tres años que se había instalado en Brême, donde, después de un comienzo difícil, parecía hacer buenos negocios.

El comisario volvió a la habitación de su hotel, y se quedó sentado durante largo tiempo al borde de la cama, con las dos maletas de fibra delante suyo.

Había abierto la puerta de comunicación con la habitación vecina, donde todo estaba como la víspera. Y se estremeció por el poco desorden que había quedado del drama. En la pared, bajo una flor rosa de la tapicería, una pequeña mancha marrón: la única mancha de sangre. Sobre la mesa, los dos panecillos de salchichas aún envueltos en papel. Una mosca se había posado encima» (George Simenon, El ahorcado de Saint Pholien).

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15 de abril de 2013

«El hombre quiere ser pescado y pájaro, / la serpiente quisiera tener alas, / el perro es un león desorientado, / el ingeniero quiere ser poeta, / la mosca estudia para golondrina, / el poeta trata de imitar la mosca, / pero el gato / quiere ser sólo gato / y todo gato es gato / desde bigote a cola, / desde presentimiento a rata viva, / desde la noche hasta sus ojos de oro» (Pablo Neruda, Oda al gato).

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13 de abril de 2013

«Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El norteamericano y la muchacha que iba con él tomaron asiento en una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid» (Ernest Hemingway, Colinas como elefantes blancos).

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12 de abril de 2013

«Murmullo: ruido de moscas en una tulipa» (Ramón Gómez de la Serna, Greguerías).

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11 de abril de 2013

«–No quise emocionarlo –dijo el oficial–, ya sé que actualmente es imposible dar una idea de lo que eran esos tiempos. De todos modos, la máquina todavía funciona, y se basta a sí misma. Se basta a sí misma, aunque se encuentra muy solitaria en este valle. Y al terminar, el cadáver cae como antaño dentro del hoyo, con un movimiento incomprensiblemente suave, aunque ya no se apiñan las muchedumbres como moscas en torno de la sepultura, como en otros tiempos. Antaño teníamos que colocar una sólida baranda en torno de la sepultura, pero hace mucho que la arrancamos» (Franz Kafka, La colonia penitenciaria).

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10 de abril de 2013

«Pululando de culto, Claudio, amigo, / minotaurista soy desde mañana; / derelinquo la frasi castellana, / vayan las solitúdines conmigo. / Por precursora, desde hoy más me obligo / a la Aurora llamar Bautista o Juana; / chamelote la mar, la ronca rana / mosca de agua, y sarna de oro al trigo. /  Mal afecto de mí, con tedio y murrio, / cáligas diré ya, que no griguiescos, /  como en el tiempo del pastor Bandurrio. / Estos versos, ¿son turcos o tudescos? / Tú, lector Garibay, si eres gongurrio, / apláudelos, pues son polifemescos» (Lope de Vega, La Dorotea).

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8 de abril de 2013

«Cuando le encontré contemplaba absorto1 el maravilloso espectáculo de la ría de Arosa desde una roca de Punta Cabreira, en la isla encantada de La Toja.

–He venido a curarme a Pontevedra –me dijo.

–¡Ah! –contesté distraídamente–. Se baña usted en esas aguas.

–No; no vengo en busca de ninguna clase de aguas.

Tiró una piederecita al mar. Luego, agregó, sencillamente:

–Vengo por las moscas.

–¿Por las moscas?

–Sí.

Le miré un instante.

–Temo, en verdad, que esté usted muy enfermo.

–Hace un mes estaba peor. Gracias a estas moscas… ¡Oh, estas moscas! Ustedes no saben la riqueza que tienen con ellas en Galicia.

Fruncí el ceño. ¡Qué diablo! Yo bien sé que en Galicia hay una terrible cantidad de moscas extraordinariamente molestas; pero no me gusta que un forastero me lo reproche.

–Bien –repliqué–, ¿y qué tenemos con eso? Son moscas gallegas, nacidas de moscas gallegas; pican en lo suyo. Si a usted le parece mal, no haber venido.

¡Cómo! ¡No haber venido!.. Pero si yo les debo la vida y las amo como nadie las sabe amar. Yo estoy sometido aquí a una cura de moscas. Ustedes son los que desconocen la importancia de estos insectos maravillosos. En todo el mundo no hay una mosca igual a las moscas de la provincia de Pontevedra. Todas las moscas pican; éstas muerden. Todas las moscas tiene tenacidad; pero éstas no conocen la fatiga. Una mosca inglesa no vuelve nunca al sitio de donde fue arrojada. Una mosca madrileña vuelve seis veces. Una mosca africana vuelve quince. La mosca pontevedresa vuelve siempre mientras haya vigor en sus alas. La calva de un amigo mío fue atacada por una mosca de Salvatierra. Esta mosca sorteó millares de manotazos, acompañando a mi amigo por toda la provincia durante un mes. Le esperaba a la orilla del mar, cuando se bañaba, y a los pies de la cama, cuando dormía. Hoy he recibido un telegrama de mi amigo desde Orense. “Maruxa se quedó en Salvatierra”, me dice. Había puesto nombre a la mosca, como se le pone a un perro o a un gato. Tengo la seguridad de que está triste. Le tenía cariño ya. Y es natural. ¿No le parece?» (Wenceslao Fernández Flórez, La cura de moscas) [Hallazgo de Carmen Garcés].

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6 de abril de 2013

«Me quedé inmóvil, clamé a las montañas, y al cabo me volví camino de la casa, pareciéndome que pisaba en el aire. ¿De modo que ella me despedía, pero bastaba que yo pronunciara su nombre para que cayera en mis brazos? ¡Debilidad de muchacha, a que ella misma, tan superior a su sexo, no era extraña! ¿Irme yo? ¡No, yo no, Olalla; no, yo no, Olalla, Olalla mía! Un pájaro cantaba en el campo: los pájaros eran raros en aquella estación. Sin duda era un buen agüero, sí. Y de nuevo todas las fuerzas de la naturaleza, desde las ponderosas y sólidas montañas hasta la hoja leve y la más diminuta mosca que flota en la penumbra del bosque, empezaron a girar en mi derredor con alegre fiesta. El sol cayó sobre las colinas tan pesado como un martillo sobre el yunque, y las colinas vacilaron. La tierra, con la insolación, exhaló profundos aromas. Los bosques humeaban al sol. Sentí circular por el mundo la vibración de la alegría y el trabajo» (Robert Louis Stevenson, Olalla).

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4 de abril de 2013

«La mosca no es el más pequeño de los volátiles, al menos comparada con los mosquitos, los cínifes y otros seres aún más diminutos, sino que los aventaja en tamaño tanto como ella misma dista de la abeja. No está dotada de plumas como las aves*1, que tienen algunas de plumaje cubriendo su cuerpo y utilizan las más largas para volar, sino que, como los saltamontes, las cigarras y las abejas, tiene alas membranosas y más delicadas que éstos, como el vestido indio es más sutil y delicado que el griego; y, asimismo, ofrece el colorido floral de los pavos reales, si la miramos fijamente cuando abre sus alas en vuelo hacia el sol.

Su vuelo no es, como en los murciélagos, un continuo remar; ni va, como en los saltamontes, acompañado de saltos, ni , como en las avispas, con zumbido, sino que describe una curva perfecta hasta el punto del aire al que se dirige. Además tiene la cualidad de volar, no en silencio, sino con cántico nada desagradable, como cínifes y mosquitos, ni con el grave zumbido de las abejas, o el terrible y amenazador de las avispas; es mucho más melodiosa, como las flautas son más dulces que la trompeta y los címbalos» (Luciano, Encomio de la mosca).

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3 de abril de 2013

«Mientras el profesor explica las fórmulas algebraicas en el pizarrón su mano se busca en el bolsillo y se encuentra listo y basta un roce, un roce pequeño secreto, la mirada fija en el cogote blanco de Linares en el banco de adelante a falta de otra carne, y el pensamiento saltando hasta Isabel en la piscina, sus ojos cerrados, tendida, una mosca zumbándole cerca de los párpados, insistiendo en su boca, Isabel tendida así con una pierna doblada de modo que él ve sin que ella lo sepa, y los brazos de la Violeta en la casa sola y el olor a empanadas que ya estarán poniéndose doradas como su piel. Como su piel: un poquito sudadas. Sí, dicen que la masa de las empanadas suda en el horno justo antes de dorarse, y así están los brazos de la Violeta, un poco húmedos… No. No se va a meter en el baño. Se va a meter en su cama para que la Violeta le pase la bandeja con el desayuno, y él, entonces, le verá el revés de los brazos apenas dorados, apenas húmedos al pasarle la bandeja y ponérsela encima de sus piernas cubiertas sólo por la sábana y la mano de la Violeta, entonces, tan cerca, tan cerca…» (José Donoso, Este domingo).

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1 de abril de 2013

«Jasselin dirigió una mirada hacia la puerta de la casa, abierta de par en par. Una nube de moscas se había amontonado en las cercanías, volaban por allí zumbando, como si aguardasen su turno. Desde el punto de vista de una mosca, un cadáver humano es carne, pura y simplemente carne; nuevos efluvios descendieron hacia ellos, el hedor era verdaderamente atroz. Jasselin era plenamente consciente de que para soportar la visión del lugar del crimen tendría que adoptar el punto de vista de una mosca; la notable objetividad de la mosca, Musca domestica. Cada hembra de esa especie puede incubar hasta quinientos huevos, y en ocasiones mil. Los huevos son blancos y miden alrededor de 1,2 milímetros. Las larvas (cresas) eclosionan al cabo de un solo día; viven y se alimentan de la materia orgánica (generalmente muerta y en vías de descomposición avanzada, como un cadáver, detritos o excrementos). Las cresas son de un blanco pálido y una longitud de 3 a 9 milímetros. Son más final en la región bucal y no tienen patas. Al final de la tercera muda, reptan hacia un lugar fresco y seco y se transforman en pupas, de color rojizo.

Las moscas adultas viven de dos semanas a un mes en la naturaleza, o un lapso más largo en las condiciones de laboratorio. Tras haber emergido de la pupa, las moscas dejan de crecer. Las moscas pequeñas no son moscas jóvenes, sino moscas que no se  han nutrido suficientemente en su estadio larvario.

Aproximadamente 36 horas después de emerger de la pupa, la hembra es receptiva para el apareamiento. El macho la monta por la espalda para inyectarle esperma. Normalmente la hembra sólo se aparea una vez y almacena el esperma a fin de reutilizarlo para varias puestas de huevos. Los machos son territoriales: defienden un determinado territorio y tratan de montar a cualquier hembra que entre en su feudo» (Michel Houellebecq, El mapa y el territorio).

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29 de marzo de 2013

«Esas ambigüedades, redundancias y deficiencias recuerdan las que el doctor Franz Kuhn atribuye a cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos. En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas (…)». (Jorge Luis Borges, El idioma analítico de John Wilkins).

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27 de marzo de 2013

«Borges: ‘Yo no sé cómo decirle a Susana Bombal que, ya que escribe sus cuentos de un modo en que todo es visible y muy lento (como en Virginia Woolf), debería poner cosas lindas: cosas que, sin ser fade, no fueran feas como gordos y papadas. ¿Por qué pone una mosca en la nariz de Júpiter? Mejor hubiera sido poner una hormiga en la cara del dios. Hormiga y dios estarían bien. Pero es una persona a la que no puede uno explicarle la diferencia entre nariz y mosca y cara y hormiga. Sin embargo, siempre está poniendo narices y moscas’. Bioy: ‘Un instinto la dirige’. Borges: ‘Nariz y mosca sólo sugieren incomodidad’» (Adolfo Bioy Casares, Borges).

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25 de marzo de 2013

«El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.

Tardaron más de una hora en sacar el primer cadáver de los restos de hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.

Era una mosca.

–Mierda –pensó–, es la última vez que me subo a un auto para viajar» (Jacques Sternberg, Contes glacés).

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23 de marzo de 2013

«Lo logró. Se quedó tirada de costado en el arcén de Motton Road, inmóvil bajo un sol y una calima más propios del mes de julio. Little Walter se despertó y empezó a llorar. Intentó salir de la mochila pero no pudo; Sammy lo había sujetado con mucho cuidado y estaba inmovilizado. Lloró con más fuerza. Una mosca se posó en su cabeza, probó la deliciosa sangre que rezumaba entre imágenes de dibujos animados de Bob Esponja y Patricio, y se fue volando. Posiblemente para informar de aquél banquete en el cuartel general de las moscas y pedir refuerzos.

Las cigarras chirriaban en la hierba.

Sonó la sirena del pueblo.

Little Walter, atrapado con su madre inconsciente, lloró un rato más bajo el calor, luego calló y permaneció en silencio, mirando a su alrededor con apatía, mientras los goterones de sudor le corrían por el pelo» (Stephen King, La cúpula) [Hallazgo de Luis García Foronda].

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21 de marzo de 2013

«El piso de la calle del Hospital tenía vigas de madera carcomida, cordones de la luz que reptaban por el techo, muebles a los que habían hecho la trepanación, lámparas color marfil con cuya observación se hubiese podido escribir una Historia Natural de la Mosca. Debía de ser el rincón sentimental del señor Soler, su primer consultorio de la juventud, lleno de clientes con ladillas, chancros hasta la lengua y cirrosis hasta en las uñas, pero también un consultorio lleno entonces de esperanzas. Al viejo Méndez, los hombres que conservan el testimonio de lo que fueron le inspiraban confianza, aunque viendo al médico había que sospechar que los clientes le debían haber ido dejando poco a poco pus de sus chancros, vestigios de sus cirrosis y hasta algunas de sus ladillas más veteranas. Parapetado detrás de su mesa, el doctor Soler era la viva imagen del médico al que mantiene en pie la certidumbre de que los clientes morirán antes que él» (Francisco González Ledesma, Crónica sentimental en rojo).

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20 de marzo de 2013

«Iván Ilich era le phenix de la famille, como decía la gente. No era tan frío y estirado como el hermano mayor ni tan frenético como el menor, sino un término medio entre ambos: listo, vivaz, agradable y discreto. Había estudiado en la Facultad de Derecho con su hermano menor, pero éste no había acabado la carrera por haber sido expulsado en el quinto año. Iván Ilich, al contrario, había concluido bien sus estudios. Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre, pero desde sus años mozos se había sentido atraído, como la mosca a la luz, por las gentes de elevada posición social, apropiándose sus modos de obrar y su filosofía de la vida y trabando con ellos relaciones amistosas» (Leon Tolstoi, La muerte de Iván Ilich).

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18 de marzo de 2013

«Entró en el dormitorio para buscar el pantalón de baño; una mosca zumbaba sobre su espalda mientras revolvía en el cajón del ropero. El pantalón no estaba allí; de pie, examinó, sin comprender, la sombra de la estera en la ventana del dormitorio. Guiado por el perfume de Ana María fue hasta la cama y se dejó caer; con las manos sobre el pecho, quiso hundirse en el recuerdo de la noche, bajar hacia él y aplastarlo. Siempre el prólogo del sueño prometía reconciliaciones, acuerdos en que nada necesitaba ser explicado, una comprensión definitiva y tácita. La mosca revoloteó buscando la abertura de la camisa. Marcos se levantó, arrastrando con los hombros, como hilachas que se desprendieran enseguida, el olor de las sábanas, el de Ana María» (Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres).

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16 de marzo de 2013 (II)

«Yo estaba con Juliano en la vanguardia. Él no llevaba armadura. Su servidor todavía no había reparado sus cuerdas de cuero. ‘Tanto da’, dijo. Como todos nosotros, estaba empapado por el sudor, aun al alba. Las moscas se posaban en nuestros labios y en nuestros ojos. La mayoría sufría de disentería. Sin embargo, pese al calor y a la incomodidad, Juliano estaba de excelente humor; por una razón: finalmente había interpretado el sueño a su gusto. ‘El Genio de Roma me abandonó. Eso es innegable. Pero se fue por la puerta de la tienda, que daba a Occidente. Esto significa que esta campaña ha terminado, y que debemos volver a nuestra patria hacia Occidente’» (Gore Vidal, Juliano el Apóstata).

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16 de marzo de 2013 (I)

«Sobre la pantalla de transparentes que casi tapaba por completo el quinqué colocado sobre la mesa, que yo tenía muy cerca, se vino a posar una mosca de muy triste aspecto, porque tenía las alas sucias, caídas y algo rotas, el cuerpo muy delgado y de color… de ala de mosca; faltábale alguna de las extremidades, y parecía, al andar sobre la pantalla, baldada y canija. Repitióse el zumbido y esta vez ya sonaba más a palabras; la mosca decía algo, aunque no podía yo distinguir lo que decía. Acerqué más a la mesa la mecedora, y aplicando el oído al borde de la pantalla oí que la mosca, sin esquivar mi indiscreta presencia, decía con muy bien entonada voz, que para sí quisieran muchos actores de fama:

‘Sucedió en la suprema monarquía/ de la Mosquea un rey que, aunque valiente, / la suma de riquezas que tenía / su pecho afeminaron fácilmente’.

–¿Quién anda ahí? ¿Hospes, quis es? –gritó la mosquita estremecida, interrumpiendo el canto de Villaviciosa, que tan entusiasmada estaba declamando; y fue que sintió como estrépito horrísono el ligero roce de mis barbas con la pantalla en que ella se paseaba con toda la majestad que le consentía la cojera. –Dispense usted, caballero –continuó reportándose–, me ha dado usted un buen susto; soy nerviosa, sumamente nerviosa, y además soy miope y distraída, por todo lo cual no había notado su presencia.

Yo estaba perplejo; no sabía qué tratamiento dar a aquella mosca que hablaba con tanta corrección y propiedad y recitaba versos clásicos» (Leopoldo Alas ‘Clarín’, La mosca sabia).

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14 de marzo de 2013

«Me pregunto cuándo empieza realmente la Historia, el momento en que el relato de los hechos deja de abrir heridas en las que hay huevos de mosca justo antes de eclosionar.

Cuando se publicó Amarillo, mi anterior libro, habían transcurrido dieciséis años desde el momento de los hechos, el suicidio de Chusé Izuel, e hizo que eclosionaran miles de moscas.

Todavía las estoy espantando.

Sin mucho éxito.

Han pasado dieciséis años desde que María Isabel fue asesinada». (Felix Romeo, Noche de los enamorados).

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13 de marzo de 2013

«Sara me redujo a quince centímetros. Me llevaba a la tienda en el bolso. Yo podía mirar a la gente por los agujeritos de ventilación que ella había abierto en el bolso. Ahora bien, he de decir algo en su favor: aún me permitía beber cerveza. La bebía con un dedal. Un cuarto me duraba un mes. En los viejos tiempos, desaparecía en unos cuarenta y cinco minutos. Estaba resignado. Sabía que si quisiera me haría desaparecer del todo. Mejor quince centímetros que nada. Hasta una vida pequeña se estima mucho cuando está cerca el final de la vida. Así que entretenía a Sara. Qué otra cosa podía hacer. Ella me hacía ropita y zapatitos y me colocaba sobre la radio y ponía música y decía:

–¡Baila, pequeñín! ¡Baila, tontín mío, baila! ¡Baila, baila!

En fin, yo ya no podía siquiera recoger mi paga del desempleo, así que bailaba encima de la radio mientras ella batía palmas y reía.

Las arañas me aterraban y las moscas parecían águilas gigantes, y si me hubiese atrapado un gato me habría torturado como a un ratoncito. Pero aún seguía gustándome la vida. Bailaba, cantaba, bebía. Por muy pequeño que sea un hombre, siempre descubrirá que puede serlo más. Cuando me cagaba en la alfombra, Sara me daba una zurra. Colocaba trocitos de papel por el suelo y yo cagaba en ellos. Y cortaba pedacitos de aquel papel para limpiarme el culo. Raspaba como lija. Me salieron almorranas. De noche no podía dormir. Tenía una gran sensación de inferioridad, me sentía atrapado. ¿Paranoia? Lo cierto es que cuando cantaba y bailaba y Sara me dejaba tomar cerveza me sentía bien. Por alguna razón, me mantenía en los quince centímetros justos. Ignoro cuál era la razón. Como casi todo lo demás, quedaba fuera de mi alcance» (Charles Bukowski, Quince centímetros).

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11 de marzo de 2013

«Nada más apagar el motor, rezó una breve oración, le puso la mano caliente y rechoncha en la rodilla a Lenora y le dijo exactamente lo que ella quería oír. Joder, si es que todas querían oír más o menos lo mismo, hasta las fanáticas de Jesucristo. Habría deseado que se resistiera un poco más, pero todo resultó muy fácil para el predicador, tal como había predicho. Aun así, pese a las muchas veces que había hecho aquello, durante todo el tiempo que la estuvo desnudando pudo oír hasta el último pájaro, el último insecto y el ultimo animal que se movía en el bosque en varios kilómetros a la redonda. Siempre era así la primera vez que lo hacía con una chica nueva.

Al terminar, Preston alargó el brazo para recoger las bragas grises y sucias que habían quedado tiradas en el suelo de madera. Las usó para limpiarse la sangre y se las devolvió. Apartó de un manotazo una mosca que le zumbaba en la entrepierna; a continuación se subió los pantalones de color marrón y se abotonó la camisa blanca mientras miraba cómo ella se volvía a poner torpemente su vestido largo» (Donald Ray Pollock, El diablo a todas horas).

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7 de marzo de 2013

«Nos desnudamos y caímos en la cama de hierro, con hambre sexual de seis semanas. Nos lanzamos al asunto como un par de luchadores que se hubieran quedado a desenredarse en un ruedo vacío después de que se hubieran apagado las luces y de que la muchedumbre se hubiese dispersado. Mara luchaba frenéticamente para llegar a un orgasmo. En cierto modo había quedado separada de su aparato sexual; era de noche y estaba perdida en la oscuridad; sus movimientos eran los de un durmiente luchando con desesperación por volver a entrar en el cuerpo que había empezado a ceder. Me levanté para lavármela, para refrescarme con un poco de agua fría. No había lavabo en la habitación. A la luz mortecina de una bombilla casi extinta, me vi en un espejo resquebrajado, tenía la expresión de un Jack el destripador buscando un sombrero de paja en un orinal. Mara yacía boca abajo en la cama, jadeando y sudando, tenía el aspecto de una odalisca apaleada compuesta de pedazos de mica mellados. Me puse los pantalones, y anduve vacilante por el pasillo semejante a un túnel, en busca del lavabo, un hombre calvo, desnudo de cintura para arriba, se encontraba ante una pila de mármol, lavándose el torso y los sobacos. Esperé que terminara, resoplaba como una mosca mientras realizaba sus abluciones, cuando hubo acabado, abrió un bote de polvos de talco y se espolvoreó generosamente el torso, que estaba arrugado y encostrado como la piel de un elefante. Cuando regresé encontré a Mara fumando un cigarrillo y acariciándose. Se consumía de deseo. Volvimos al asunto, probando como los perros esta vez, pero no había forma. La habitación empezó acombarse e hincharse, las paredes rezumaban, el colchón, que era de paja, casi tocaba el suelo. La sesión empezó a adquirir todos los aspectos y proporciones de un mal sueño. Desde el extremo del pasillo, llegaba el resuello entrecortado de un asmático; sonaba como las notas finales de un huracán silbando por una ratonera arrugada» (Henry Miller, Sexus).

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6 de marzo de 2013

«El soldado Willard Russell había estado bebiendo en la parte de atrás del autobús con dos marineros de Georgia, pero uno de ellos había perdido el conocimiento y el otro había vomitado dentro de su última botella. Willard no paraba de pensar que si conseguía llegar a su casa en Coal Creek, Virginia Occidental, ya no volvería a marcharse jamás. Durante su infancia en las montañas había visto cosas feas, pero no eran nada comparado con lo que había visto en el Pacífico Sur. En una de las islas Salomón, él y otros dos hombres de su unidad se habían encontrado a un marine desollado vivo por los japoneses y clavado a una cruz hecha con dos palmeras. El cuerpo descarnado y ensangrentado estaba cubierto de moscas negras. Tenía las placas identificativas colgadas de los restos de uno de los dedos gordos del pie: sargento de artillería Miller Jones. Incapaz de ofrecer nada más que un poco de piedad, Willard le había pegado un tiro al marine detrás de la oreja, y luego lo había descolgado y cubierto de rocas al pie de la cruz. Desde entonces, el interior de la cabeza de Willard no había vuelto a ser el mismo» (Donald Ray Pollock, El diablo a todas horas).

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4 de marzo de 2013

«Todo cuanto me dices es tan sabido que puede estar en el habla de cualquier charlatán que mastique moscas en los muelles. Pero yo sigo gritando mi pregunta, Epistemo. Contéstala de una vez: ¿por qué, entre todos los sacerdotes de este o cualquier otro culto, he sido yo el elegido para formar al príncipe…?» (Terenxi Moix, No digas que fue un sueño).

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2 de marzo de 2013

«El presente ya pasó y todo lo que nos queda es lo que un día no pasó; el pasado tampoco es lo que fue, sino lo que no fue; sólo el futuro, lo que nos queda, es lo que ya ha sido; en esa última cocina habitada por una heroína de anteayer –incluso las moscas la han abandonado– sólo las manecillas de un reloj barato se mueven para señalar una hora equivocada, no tanto para medir ese tiempo inmensurable y gratuito que el jugador nos ha legado con infinita largueza como para materializar con su interminable movimiento circular la naturaleza del vacío que nos envuelve…» (Juan Benet, Volverás a Región).

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28 de febrero de 2013

«–Imaginemos la clase media alta de Uzbekistán –dijo el doctor Roth–. Una familia tiene el mismo Ford Stomper que tenemos nosotros. De hecho, la única diferencia entre nuestra clase media alta y su clase media alta es que en Uzbekistán no hay ninguna familia, ni siquiera la más rica del pueblo, que tenga instalación sanitaria interior.

–Soy consciente –dijo el señor Söderblad– que mi condición de no lector me hace inferior a todos los ciudadanos noruegos. Lo reconozco.

–Moscas como alrededor de algo que lleva cuatro días muerto. Un cubo de cenizas para espolvorear en el agujero. Lo poquito que se ve hacia abajo ya es más de lo que le apetece a uno ver. Y un Ford Stomper resplandeciente aparcado delante de la casa. Y nos graban en vídeo mientras nosotros los grabamos a ellos en vídeo» (Jonathan Franzen, Las correcciones).

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27 de febrero de 2013

«Adriano IV (de nombre Nicolás Breakspeare, 1100-1159 ). Papa número 169 de la Iglesia católica, de 1154 a 1159. Nicolás Breakspeare, el único papa de nacionalidad inglesa de la historia, se traslada en su juventud a Francia para seguir sus estudios, tomando el hábito agustino e ingresando en el monasterio de San Rufus (Avignon), donde en 1137 se convirtió en su abad. En 1146 es nombrado, por Eugenio III, cardenal obispo de St Albans, y en 1152 legado pontificio en Escandinavia, donde estableció, en Trondheim, la sede arzobispal de Noruega y en Upsala la sede arzobispal de Suecia. A su vuelta a Roma en 1154 recibe el apelativo de “apóstol del Norte”, y tras la muerte de Anastasio IV fue elegido por unanimidad su sucesor, siendo consagrado el 18 de junio de 1155. […] El 1 de septiembre de 1159, el papa, que se encontraba en Anagni, se acercó a la fuente de la plaza del pueblo para beber agua, pero insólitamente una mosca entró en su garganta, y al no poder extraérsele, el papa falleció de asfixia» (Wikipedia) [Hallazgo de Jordi Mestre].

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25 de febrero de 2013

«–Bien sé firmar mi nombre –respondió Sancho–, que cuando fui prioste en mi lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha, y haré que firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la muerte; y, teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto más, que el que tiene el padre alcalde… Y, siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde, ¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y volverán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y, siéndolo yo, siendo gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes, decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado» (Miguel de Cervantes, El Quijote).

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23 de febrero de 2013

«En cuanto una empresa adquiere un poco de envergadura, ¡se encuentra expuesta ipso facto a mil intrigas hostiles, solapadas, sutiles, incansables!… ¡No se puede negar!… La fatalidad trágica penetra en sus propias filas… vulnera poco a poco la trama, tan íntimamente, que para escapar al desastre, no acabar malparados, los capitanes más astutos, los conquistadores más chulánganos no pueden ni deben contar, en definitiva, sino con un raro milagro… Tal es la naturaleza y la antigua y verídica conclusión de los progresos más admirables… ¡Nada que rascar en las cartas!… el genio humano no tiene potra… ¿La catástrofe de Panamá?… ¡Es la lección universal!… ¡debe inspirar arrepentimiento a los más caraduras!… ¡hacerlos reflexionar con ganas sobre la ignonimia de la suerte!… ¡las turbias primicias de la mala pata! ¡Huah! Las maldades contingentes… El destino se jala las oraciones como el sapo las moscas… ¡Salta por ellas! ¡Las aplasta! ¡Se las cepilla! ¡Se las traga! Se relame, le repiten en bolitas minúsculas, exvotos para la señora casadera» (Louis-Ferdinand Céline, Muerte a crédito) [Hallazgo de Luis García Foronda].

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21 de febrero de 2013

«Desde la mañana se cerraban los postigos y las ventanas y, en esas cuatro pequeñas habitaciones oscuras, los Karín vivían hasta la noche, sin salir, asombrados por los ruidos de París, y respiraban con desazón los malos olores de los fregaderos, de las cocinas, que subían del patio. Iban, venían, de una tarde a otra, silenciosos, como vuelan las moscas de otoño cuando el calor, la luz y el verano han pasado penosamente, cansadas, irritadas, arrastrando sus alas muertas contra los vidrios» (Irene Nemirovsky, Las moscas del otoño) [Hallazgo de Pilar Cabello].

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20 de febrero de 2013

«Más grosera es la metáfora que sobrevive aún en los cursos de sanidad pública, donde habitualmente se describe la enfermedad como una invasora de la sociedad, y a los esfuerzos por reducir la mortalidad de una determinada enfermedad se lo denomina pelea, lucha, guerra. Las metáforas militares cobraron auge a principios del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial y, después de la guerra, contra la tuberculosis. Un ejemplo de la campaña italiana contra la tuberculosis de los años veinte, es un póster titulado “Guerre alle Mosche” (Guerra a las moscas), que ilustra los efectos letales de las enfermedades transmitidas por las moscas. Las moscas aparecen como aviones enemigos que arrojan bombas mortíferas sobre la población inocente. Cada bomba lleva un texto» (Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas).

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19 de febrero de 2013

«No basta con llevar quepis para mandar, también hay que tener tropas. Bajo el clima de Fort-Gono, los mandos europeos se derretían más deprisa que la mantequilla. Allí un batallón era algo así como un terrón de azúcar en el café: cuanto más mirabas, menos lo veías. La mayoría del contingente estaba siempre en el hospital, durmiendo la mona del paludismo, atiborrado de parásitos por todos los pelos y todos los pliegues, escuadrones enteros tendidos entre pitillos y moscas, masturbándose sobre las sábanas enmohecidas, inventando trolas infinitas, de fiebre en accesos, escrupulosamente provocados y mimados. Las pasaban putas, aquellos pobres tunelas, pléyade vergonzosa, en la dulce penumbra de los postigos verdes, chusqueros pronto desencantados, mezclados –el hospital era mixto– con los modestos dependientes de comercio, que huían, unos y otros, acosados, de la selva y los patronos» (Louis Ferdinand-Céline, Viaje al fin de la noche) [Hallazgo de Cumbres sin ecos].

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16 de febrero de 2013

«Querida:

Me siento muy orgulloso de que cumplas con tus obligaciones. ¿Me puedes dar un poco más de detalles acerca de tus lecturas en francés? Me da gusto que te encuentres feliz pero nunca he creído mucho en la felicidad. Nunca creí tampoco en la miseria. Esas son cosas que ves en el escenario o en la pantalla o en las páginas impresas, no suceden realmente en la vida.

Lo que sí creo en la vida son las recompensas por la virtud (de acuerdo con tus talentos) y los castigos por no cumplir con tu deber, que son doblemente costosos. Si hay un volumen en la librería del campamento, pregunta a la Sra. Tyson que te deje buscar por un soneto de Shakespeare que contiene las líneas: “Lillies that fester smell far worse than weeds”.

No he tenido pensamientos hoy; la vida parece tratarse de componer una historia para el correo del sábado. Pienso en ti, y siempre con cariño.

Arreglaré la cuenta del campamento.

Tontamente, concluyo.

Cosas de qué preocuparse: Preocúpate por el valor. Preocúpate por la limpieza. Preocúpate por la eficiencia. Preocúpate por la equitación. Preocúpate por…

Cosas para no preocuparse: No te preocupes por la opinión popular. No te preocupes por las muñecas. No te preocupes por el pasado. No te preocupes por el futuro. No te preocupes por crecer. No te preocupes porque alguien te aventaje. No te preocupes por el triunfo. No te preocupes por el fracaso a menos que sea tu propia culpa. No te preocupes por los mosquitos. No te preocupes por las moscas. No te preocupes por los insectos en general. No te preocupes por los padres. No te preocupes por los niños. No te preocupes por las decepciones. No te preocupes por los placeres. No te preocupes por las satisfacciones.

Cosas qué pensar: ¿Qué estoy buscando realmente? ¿Qué tan buena soy en comparación con mis contemporáneos en cuanto a…? (a) erudición, (b) ¿realmente entiendo a las personas y soy capaz de llevarme bien con ellas? (c) ¿estoy tratando de hacer de mi cuerpo un instrumento útil o lo estoy desperdiciando?

Con el amor más cariñoso, papá» (Francis Scott Fitzgerald, carta del 8 de agosto de 1933 a su hija Scottie).

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15 de febrero de 2013

«Laura había visto acrecentarse en las últimas semanas su número de paseos por la orilla del río o por el dédalo húmedo de Santa Cruz, por donde Belaval pululaba escoltado por sus moscas de la guarda, por nubes de centinelas roncas, entretenido en dialoga con ellas, en discutir minucias sobre la historia pretérita y porvenir del mundo, sobre la mosca coja que velaba la almohada de Alejandro de Macedonia y que le acompañó a Persia y que se poso sobre su cabeza el mismo día que lo coronaron dios en el borde del Nilo; hablaban de la mosca dócil y laboriosa que era la única compañía de Kierkegaard y que él miraba a la luz fluctuante de una bujía en las tardes angustiosas en que no estaba seguro de saber interpretar las Escrituras; de la mosca traviesa que rebozaba el vientre sobre el tintero de Shakespeare y luego manchaba con su vuelo intermitente el manuscrito de Hamlet; de la mosca asesina que ofuscó la visión de T.E. Lawrence y le hizo pulverizar su vida contra una cuneta; de la mosca que visitaba el anillo cardenalicio de César Borgia; de la mosca resignada que sepultaron en el mismo ataúd de Virginia Woolf y que ocupó el orificio derecho de su nariz; de la mosca que vio Lord Byron cruzar la luna arenosa de Grecia; de la mosca que supervisó el ejercicio amatorio del que Napoleón Bonaparte fue engendrado; de las cinco moscas que asintieron a la planificación del homicidio de César; de la mosca que rozó la uña meñique de Aristóteles un instante antes de que concibiera la sutil distinción entre acto y potencia; de la mosca que Lao-Tse acabó reencarnado; de la mosca que enjugó la última gota de sudor de Mozart antes de que la fiebre lo estrangulara» (Luis Manuel Ruiz, El criterio de las moscas).

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13 de febrero de 2013

«–Vergüenza asimismo de deber su futuro amor a mi despreciable encumbrada posición, adquirida merced a la astucia y despiadado aplastamiento. Ex ministro, sub-bufón general, comendador de ya no sé qué, sí, sí sé de qué, fue por la belleza de la cosa. Una pizca comediante –sonrió simpático–. Sí, héteme a mí, Solal decimocuarto de los Solal, encanallado subsecretario general de la Sociedad de Naciones, lamentable importante de la colmena bordoneante y sin miel, colmena de los zánganos, sub-zángano general, sub-mosca general de inútiles aleteos. Dígame qué hago yo en medio de estos maniquíes políticos, ministros y embajadores, desalmados todos, todos imbéciles y astutos, todos dinámicos y estériles» (Albert Cohen, Bella del Señor) [Hallazgo de El baúl la Piquer].

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11 de febrero de 2013

«–Háblame antes de amor, dime algo bonito.

Yo la miraba abrumado, sin saber qué decir.

–¿No te inspiro entonces ninguna frase, nada?

–Pues, no sé…

–Mira alrededor: el mundo está lleno de cosas y cada cosa esun mundo. Háblame del sol, de mis ojos, del aire, de las moscas. Para los enamorados, todos los temas son interesantes. Pero, si quieres, nos callamos» (Luis Landero, El guitarrista).

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9 de febrero de 2013

«–Pero ahora estamos precisamente en el mundo espiritual –prosiguió Stephen–. El deseo y la repulsión excitados por medios no puramente estéticos no son emociones estéticas, no sólo por su carácter cinético, sino también por su naturaleza simplemente física. Nuestra carne retrocede ante lo que le espanta y responde al estímulo de lo que desea por una simple acción refleja del sistema nervioso. Nuestros párpados se cierran antes de que tengamos conciencia de que una mosca está a punto de entrarnos en el ojo» (James Joyce, Retrato del artista adolescente).

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8 de febrero de 2013

«Su cuerpo funcionaba como un fuelle y el aire le silbaba en los ollares, y como el saco que Eulo dio a Ulises, parecía estar lleno de tempestades. Se sacudió las moscas de la cabeza y tiró del arado unos cuantos metros» (John Cheever, Granjero de verano).

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6 de febrero de 2013

«Desde pequeña Carmen Morales tuvo la misma habilidad manual que la caracterizó el resto de su vida, cualquier objeto entre sus dedos perdía la forma original y se transformaba. Podía fabricar collares con fideos de sopa, soldados con tubos de papel higiénico, juguetes con carretes de hilo y cajas de fósforo. Un día, jugando con tres manzanas, descubrió que podía mantenerlas todas en el aire sin ninguna dificultad, pronto hacía malabarismo con cinco huevos y de eso pasó naturalmente a objetos más exóticos.

–Lustrando zapatos se suda mucho y se gana poco, Greg. Aprende alguna gracia y trabajamos juntos. Yo necesito un socio –le ofreció a su amigo. Después de innumerables huevos reventados quedó en evidencia la torpeza de Gregory. No logró dominar ningún truco interesante, fuera de mover las orejas y comer moscas vivas, pero tocaba la armónica con buen oído. Oliver resultó más talentoso, le enseñaron a caminar en dos patas con un sombrero en el hocico y a sacar papeles de una caja. Al comienzo se los tragaba, pero después aprendió a pasarlos con delicadeza al cliente» (Isabel Allende, El plan infinito) [Hallazgo de Carmen Garcés].

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5 de febrero de 2013

«Mi padre había dejado algunas deudas, y carecía de dinero, y ella, desde el primer día, hizo muchas amistades, empezó a presumir y a jugar a las cartas, y tuve que hipotecar la hacienda. Se conducía muy mal, y eres tú, entre todos mis vecinos, el único que no ha sido su amante. Al cabo de dos años, para que me dejase, le di todo cuanto entonces tenía, y se fue a la ciudad. Sí… Y ahora le paso dos mil rublos al año. ¡Es una mujer horrible! Es una mosca que pone su larva en la espalda de la araña de tal modo, que ésta no se la puede sacudir; la larva se agarra a la araña y le chupa la sangre del corazón. Lo mismo hace esta mujer: se ha agarrado a mí y me chupa la sangre. Me odia y me desprecia porque cometí la estupidez de casarme con ella» (Anton Chejov, Vecinos).

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2 de febrero de 2013

«MAX: Hay que establecer la guillotina eléctrica en la Puerta del Sol.

EL PRESO: No basta. El ideal revolucionario tiene que ser la destrucción de la riqueza, como en Rusia. No es suficiente la degollación de todos los ricos. Siempre aparecerá un heredero, y aun cuando se suprima la herencia, no podrá evitarse que los despojados conspiren para recobrarla. Hay que hacer imposible el orden anterior, y eso sólo se consigue destruyendo la riqueza. Barcelona industrial tiene que hundirse para renacer de sus escombros con otro concepto de la propiedad y del trabajo. En Europa, el patrono de más negra entraña es el catalán, y no digo del mundo porque existen las Colonias Españolas de América. ¡Barcelona solamente se salva pereciendo!

MAX: ¡Barcelona es cara a mi corazón!

EL PRESO: ¡Yo también la recuerdo!

MAX: Yo le debo los únicos goces en la lobreguez de mi ceguera. Todos los días, un patrono muerto, algunas veces, dos… Eso consuela.

EL PRESO: No cuenta usted los obreros que caen…

MAX: Los obreros se reproducen populosamente, de un modo comparable a las moscas. En cambio, los patronos, como los elefantes, como todas las bestias poderosas y prehistóricas, procrean lentamente. Saulo, hay que difundir por el mundo la religión nueva» (Valle-Inclán, Luces de bohemia).

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31 de enero de 2013

«Una noche, cuando regresaba a casa, en la alameda me entró una mosca en el ojo. Me detuve bajo una farola, me bajé el párpado sobre el ojo y lo sostuve firmemente por las pestañas. Luego me soné. Mi abuelo aprendió esta receta en el campo de internamiento. Y dio buen resultado, al sonarme empujé a la mosca hasta el rabillo del ojo, y de allí me la quité con la mano. El ojo empezó a lagrimear, necesitaba un pañuelo. Y entonces me percaté de que mi bolso se había quedado en el autobús. Papá sólo tiene en mente su motor, seguro que no volverá. Y di media vuelta» (Herta Müller, Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma).

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30 de enero de 2013

«Siempre que recuerdo cómo era el New York Daily News en los tiempos en que empecé a trabajar allí, las primeras imágenes que me vienen a la cabeza son las tiras de cómic a color que aparecían en el suplemento de los domingos. Dick Tracy era una de ellas. Todos recordamos, espero, a Dick con su mandíbula en ángulo recto, su sombrero amarillo y su radio de pulsera; el detective de una extraña ciudad en la que los policías siguen llevando leguis bien entrados en la década de los cincuenta. Las coloridas fuerzas policiales están perpetuamente envueltas en una turbia batalla contra bandas de grotescos criminales mutantes. El detective Tracy es duro pero justo. Quizás la tragedia de sus propios rasgos brutalmente geométricos le ayudaba a comprender la desesperada rebelión de aquellos deformes bandidos autóctonos.

Solo Dios sabe hasta qué punto la vida debía de ser un martirio para Flattop –llamado así, “cabeza plana”, por el contorno de ésta, no por su peinado– o para Poet, que sufría una compulsión neurológica que lo llevaba a resumir su situación en ripios: “Así son las cosas con mastuerzos, a balazos destruyen tus esfuerzos”. Y más triste todavía era la cruz que llevaba su jefe, Flyface, “cara de mosca”, de cuya cara, por decirlo sin rodeos, nacían moscas» (Robert Stone, Recordando los sesenta).

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29 de enero de 2013

«–Los ingleses son muy estúpidos –dijo Poirot–. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.

–Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton –exclamó Harrison–. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.

Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.

 –¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.

–La vida de una mosca no es asunto mío –repuso Poirot plácidamente–. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas» (Agatha Christie, Nido de avispas) [Hallazgo de Carmen Garcés].

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26 de enero de 2013

«A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul; vocales 
/ contaré algún día vuestro latente nacimiento: /
 A negro corsé velludo de brillantes moscas
/ que pululan en torno a crueles hedores, /
 golfos de sombra: /
 E, candor de los vapores y los toldos, 
/ lanzas de altivos glaciares, reyes blancos, temblor de umbelas; / 
I, púrpuras, sangre escupida, risa de hermosos labios /
 en la cólera o en las borracheras penitentes; /
 U, ciclos, vibraciones divinas de mares verdosos, 
/ paz de las dehesas sembradas de animales, paz de las arrugas 
/ que la alquimia imprime en las anchas frentes estudiosas; /
 O, supremo clarín de estridores extraños, 
/ silencios atravesados por mundos y ángeles:
 / -O, la Omega, rayo violeta de sus ojos» (Arthur Rimbaud, Vocales).

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25 de enero de 2013

«A finales de junio se inauguró la exposición de Bertrand Bredane, a quien yo había apoyado desde el principio con obstinación; para gran sorpresa de Marie-Jeanne, que se había acostumbrado a mi indiferente docilidad, y a quien le repugnaban las obras de ese género. No se trataba exactamente de un artista joven, ya tenía cuarenta y tres años, y físicamente estaba más bien consumido; recordaba bastante al personaje del poeta alcohólico de El gendarme de Saint–Tropez. Se había dado a conocer, sobre todo, dejando pudrirse pedazos de carne en las bragas de mujeres jóvenes, o criando moscas en sus propios excrementos, que luego soltaba en las salas de exposición. Nunca había tenido mucho éxito, no pertenecía a las redes adecuadas, y se empeñaba en una vena trash un poco pasada» (Michel Houellebecq, Plataforma).

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23 de enero de 2013

«Lo que el doliente Gately recuerda balbuceando bajo el sopor del sueño es el modo especial y acertado con que el PM trataba a las moscas que entraban en la cocina. No utilizaba matamoscas ni periódicos enrollados. Tenía manos rápidas el PM, gruesas, blancas y rápidas. Las atrapaba en cuanto se posaban en la mesa. A las moscas. Pero de un modo controlado. No lo suficiente para matarlas. Era muy controlado y atento al respecto. Les daba como para atontarlas. Entonces las cogía con suma precisión y les arrancaba un ala o una pata, algo importante para la mosca. Echaba el ala o la pata en el cubo de basura abriendo muy deliberadamente la tapa con el pedal y depositaba la minúscula alita o patita en el cubo doblando la cintura. El recuerdo es involuntario y claro. El PM se lavaba las manos en el fregadero con un detergente verde. Hacía caso omiso a la mosca mutilada y la dejaba dar círculos enloquecidos sobre la mesa hasta que quedaba pegada en algún sitio pringoso de cerveza o se caía al suelo de la cocina. La conversación con el PM que Gately vuelve a experimentar en detalle minucioso y onírico era que el PM, al cabo de cinco Heinekens, le explicaba que incapacitar una mosca era mucho más eficaz que matarla. Una mosca se había atascado en un sitio pegajoso de Heineken y agitaba las alas mientras el PM explicaba que una mosca bien lisiada emitía pequeños sonidos de dolor y miedo. Los seres humanos no podían oír los chillidos aterrados de una mosca amputada, pero podías apostarte el culo a que las demás moscas los oían y esos chillidos de las colegas cercenadas las mantenían lo mas lejos posible» (David Foster Wallace, La broma infinita).

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22 de enero de 2013

«Se despertó tarde y no bajó a la ciudad hasta después de comer. Le cosió malgastar la tarde paseando por el viejo barrio gremial que rodea el Borne. Las viejas callejas tejen un laberinto a veces umbrío, a veces bañado por un sol filtradizo y cariñoso con las piedras grises. Los bordes gastados de las casas, los jaramagos crecidos en cualquier grieta donde la arenisca de la erosión dejó blanduras para las raíces, los escudos heráldicos sobre los portales, el silencio sólo roto por el forcejeo de los mozos de almacén o el tañido de herramientas lejanas, fugitivo de los portones entreabiertos de hondos talleres iluminados por bombillas de veinticinco watios, bombillas ciegas por las cagadas de mosca y la película de un polvo antañoso. Los coches permanecían aparcados en las calles menos estrechas, pero apenas circulaban. Bebió agua en la fuente situada frente a la Iglesia de Santa María del Mar, compró aceitunas de distintas clases en una tienda de pesca salada y se las fue comiendo en compañía de un panecillo tierno que había encontrado solitario, casi abandonado en la despoblada alacena de la primera panadería abierta de la tarde» (Manuel Vázquez Montalbán, Tatuaje).

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19 de enero de 2013

«Luego, de pronto, conseguí vengarme de la manera más sencilla y genial. Fue una idea luminosa. A veces, los días de fiesta, iba a pasear por la avenida Nevsky. Daba mi paseo a eso de las cuatro, por la acera en la que daba el sol. En verdad, no se trataba de un verdadero paseo, de un esparcimiento, pues durante él experimentaba tormentos indecibles, humillaciones e incluso ataques de hígado. Pero esto era precisamente, me parece a mí, lo que buscaba en aquel lugar. Semejante a un insecto, me deslizaba del modo más vil entre los transeúntes, cediendo continuamente la acera a los generales, a los oficiales de guardia, a los húsares, a las damas hermosas. Sentía verdaderos espasmos en el corazón y escalofríos a lo largo de la espina dorsal cuando pensaba en el lamentable estado de mi ropa en el aspecto bajo y vulgar que debía tener mi agitada e insignificante persona. Era un verdadero suplicio, una humillación continua, que me inspiraba el claro convencimiento de que yo era una simple mosca en medio de tanta elegancia, una repulsiva mosca, superior, desde luego, a toda aquella gente en inteligencia, en nobleza, pero constantemente ofendida, continuamente humillada y siempre obligada a ceder» (Fiódor Dostoievski, Memorias del subsuelo).

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18 de enero de 2013

«Ahora el pescador alza la cabeza, mira en derredor como si también él hubiera oído. De la cercana cabaña llegan dos o tres golpecitos secos de origen misterioso. Dentro de ella se ha quedado encerrada una vieja mosca. Se ha despistado y da vueltas, vacilante, por la estancia. De cuando en cuando se para y se queda escuchando. Sus compañeras han desaparecido. Quién sabe dónde habrán ido. Extraña, esta atmósfera pesada.

La mosca no se da cuenta de que es otoño, golpea aquí y allá. Se oyen los pequeños choques de su cuerpo gordo que tropieza contra el ventanuco. Al fin y al cabo, no hay ninguna razón para que las otras se hayan ido. A través de los cristales se alcanza a ver una nube de tormenta» (Dino Buzzati, Tormenta en el río).

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16 de enero de 2013

«En Amezqueta entraron en la posada próxima al juego de pelota. Llovía, hacía frío y se refugiaron al lado de la lumbre. Había entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, sacó su gran pañuelo a cuadros y comenzó a dar con él en las mesas y en las sillas, como si estuviera espantando moscas.

–¿Qué hay? –le dijo Martín–. ¿Qué hace usted?

–Estas moscas fastidiosas –contestó el campesino seriamente.

–Pero si no hay moscas.

–Sí las hay, sí –replicó el hombre, dando de nuevo con el pañuelo.

El posadero advirtió, riendo, a Martín y a Bautista que, como en Amezqueta había tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudía las mesas y las sillas con el pañuelo, al entrar dos amezquetanos» (Pío Baroja, Zalacaín el Aventurero).

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15 de enero de 2013

«Se mete en la tina. Una mosca vuela en el vidrio. No, dos, en la ventana de vidrios esmerilados del baño donde hay una botella azul de leche de magnesia que hoy tiñe de azul, no de verde, el agua del baño. Dos moscas peleándose. No, no peleándose. Haciendo el amor. Sí, las ve, no lo temen como las que no hacen el amor y salen espantadas, éstas se quedan, no lo ven, una montada encima de la otra brevemente, sacudiéndose, las alas vibrando, ese zumbido brevísimo, y zas, la mosca de arriba se va y la de abajo queda sobándose las patas y las alas y el cuerpo verdoso y velludo de una manera tan especial. Ella quedará así. Sobándose las patas después que él la deje. Y se agita entero dentro del agua que lo roza, que lo recorre con sus millones de dedos apenas tibios y limpios» (José Donoso, Este domingo).

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11 de enero de 2013

«Había una vez una Mosca que todas las noches soñaba que era un Águila y que se encontraba volando por los Alpes y por los Andes.

En los primeros momentos esto la volvía loca de felicidad; pero pasado un tiempo le causaba una sensación de angustia, pues hallaba las alas demasiado grandes, el cuerpo demasiado pesado, el pico demasiado duro y las garras demasiado fuertes; bueno, que todo ese gran aparato le impedía posarse a gusto sobre los ricos pasteles o sobre las inmundicias humanas, así como sufrir a conciencia dándose topes contra los vidrios de su cuarto.

En realidad no quería andar en las grandes alturas o en los espacios libres, ni mucho menos.

Pero cuando volvía en sí lamentaba con toda el alma no ser un Águila para remontar montañas, y se sentía tristísima de ser una Mosca, y por eso volaba tanto, y estaba tan inquieta, y daba tantas vueltas, hasta que lentamente, por la noche, volvía a poner las sienes en la almohada» (Augusto Monterroso, La mosca que soñaba que era un águila).

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10 de enero de 2013

«Cuando descubro que hay moscas en la habitación comienza a torturarme la idea de que el ataúd ha quedado lleno de moscas. Todavía no se han clavado, pero me parece que ese zumbido que confundí al principio con el rumor de un ventilador eléctrico en el vecindario, es el tropel de las moscas golpeando, ciegas, contra !as paredes del ataúd y la cara del muerto. Sacudo la cabeza; cierro los ojos; veo a mi abuelo que abre un baúl y saca algunas cosas que no alcanzo a distinguir; veo en la cama las cuatro brasas sin nadie de los tabacos encendidos. Acosado por el calor sofocante, por el minuto que no transcurre, por el zumbido de las moscas, siento como si alguien me dijera: “Estarás así. Estarás dentro de un ataúd lleno de moscas. Apenas vas a cumplir once años, pero algún día estarás así, abandonado a las moscas dentro de una caja cerrada”. Y estiro las piernas juntas, y veo mis propias botas negras y lustradas. “Tengo un cordón suelto”, pienso, y vuelvo a mirar a mamá. Ella también me mira y se inclina a atarme el cordón de la bota» (Gabriel García Márquez, La hojarasca).

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8 de enero de 2013

«Las moscas imaginaron a su dios. Era otra mosca. El dios de las moscas era una mosca, ya verde, ya negra y dorada, ya rosa, ya blanca, ya purpúrea, una mosca inverosímil, una mosca bellísima, una mosca monstruosa, una mosca terrible, una mosca benévola, una mosca vengativa, una mosca justiciera, una mosca joven, una mosca vieja, pero siempre una mosca. Algunos aumentaban su tamaño hasta volverla enorme como un buey, otros la ideaban tan microscópica que no se la veía. En algunas religiones carecía de alas (“Vuela, sostenían, pero no necesita alas”), en otras tenía infinitas alas. Aquí disponía de antenas como cuernos, allá los ojos le comían toda la cabeza. Para unos zumbaba constantemente, para otros era muda pero se hacía entender lo mismo. Y para todos, cuando las moscas morían, los conducía en vuelo arrebatado hasta el paraíso. Y el paraíso era un trozo de carroña, hediondo y putrefacto, que las almas de las moscas muertas devoraban por toda la eternidad y que no se consumía nunca, pues aquella celestial bazofia continuamente renacía y se renovaba bajo el enjambre de las moscas. De las buenas. Porque también había moscas malas y para éstas había un infierno. El infierno de las moscas condenadas era un sitio sin excrementos, sin desperdicios, sin basura, sin hedor, sin nada de nada, un sitio limpio y reluciente y para colmo iluminado por una luz deslumbradora, es decir, un lugar abominable» (Marco Denevi, El Dios de las moscas).

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4 de enero de 2013

«A unos treinta metros de donde comenzaban las hierbas altas yacía el león, aplastado contra el suelo. Tenía las orejas gachas y el único movimiento que se permitía era sacudir arriba y abajo su larga cola de pelo negro. Se había puesto en guardia nada más llegar a ese escondite; sentía náuseas a causa de la herida en el vientre, y la herida de los pulmones lo había debilitado, haciendo aflorar una fina espuma roja en la boca cada vez que respiraba. Tenía los flancos mojados y calientes, y las moscas se arremolinaban en torno a los pequeños orificios que las balas habían abierto en su pellejo pardo; sus grandes ojos amarillos, entrecerrados con odio, miraban en línea recta, y solo parpadeaban cuando le llegaba el dolor, al respirar, y sus garras se clavaban en la tierra blanda y recocida. Todo él, dolor, náusea, odio y todas las fuerzas que le restaban, se tensaban en una concentración absoluta para cuando hubiera que atacar» (Ernest Hemingway, La breve vida feliz de Francis Macomber).

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3 de enero de 2013

«El pequeño Hans Castorp contemplaba esa materia lisa, amarilla como la cera y de una consistencia caseiforme, de que estaba hecha aquella figura mortuoria de tamaño natural, con el rostro y las manos del que había sido su abuelo. Una mosca acababa de posarse sobre la frente inmóvil y comenzó a agitar sus patitas. El viejo Fiete la espantó con precaución evitando tocar la frente, con expresión sombría, como si no debiese ni quisiera saber lo que hacía. Su expresión se debía aparentemente al hecho de que el abuelo ya no era más que un cuerpo inerte. Pero después de un vuelo ondulante, la mosca se posó bruscamente sobre los dedos del abuelo, cerca del crucifijo de marfil. Y mientras esto ocurría, Hans Castorp creyó respirar, con mayor distinción que hasta aquel momento, la emanación débil y extrañamente persistente que conocía de otras veces que, con gran confusión, le recordaba a un camarada de clase afligido de un mal extraño y por esa causa evitado por todos, y que el olor de las tuberosas tenía por objeto encubrir, sin conseguirlo, a pesar de su penetración y austeridad» (Thomas Mann, La montaña mágica).

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31 de diciembre de 2012

«Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas…» (Julio Cortázar, Rayuela).

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29 de diciembre de 2012

«Hasta el mozo del comedor podía comprender, desde el rincón junto a la heladera donde se espantaba las moscas y el calor con la servilleta, que a aquel bicho raro no le importaba ni una sílaba de lo que yo decía. Le eché una mirada con un solo ojo, desde el calor del pocillo de café» (Juan Carlos Onetti, Un sueño realizado).

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28 de diciembre de 2012

«Voy a Segovia. Día de calor en Castilla. Calor seco, crepitante. Los rastrojales de la tierra campa parecen quemados. El aire es rutilante. El polvo tiene una blancura mágica. Cuando llego a los soportales de la plaza siento una agradable sensación de sombra. Es antes de comer. Me siento en un café y pido un vermut. Me traen un gran plato de patatas fritas. Alguna mosca que revolotea. Veo que todos –señoritos y señoritas distinguidos, jóvenes oficiales de rectas espaldas– comen unos platos enormes de patatas fritas. Más de una mosca vuela de plato en plato. ¿Por qué come, la gente de Segovia, tantas patatas fritas? El rouge, muy ligero, de los labios femeninos presenta, con el aceite de las patatas, un matiz de paleta grasa que pictóricamente no me desagrada» (Josep Pla, El cuaderno gris).

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20 de diciembre de 2012

«Alguna gente es joven y nada más / alguna gente es vieja y nada más. / Y alguna gente está en el medio / sólo en el medio. / Y si las moscas usaran ropa / y todos los edificios ardieran en / fuego dorado, / si el cielo se sacudiera como / en la danza del vientre / y todas las bombas atómicas empezaran a / gritar, / alguna gente sería joven y nada más / y alguna gente sería vieja y nada más y el resto sería lo mismo, / el resto sería lo mismo. / Los pocos diferentes / son eliminados bastante rápido / por la policía, por sus madres, sus / hermanos, y otros / por sí mismos. / Lo que queda es lo que / ves / es duro» (Charles Bukowski, Nota sobre la construcción de las masas).

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18 de diciembre de 2012

«Nos apoyamos en el porche de madera de una tienda destartalada con sacos de harina y pinas frescas rodeadas de moscas sobre el mostrador. Había una lámpara de petróleo y fuera unas cuantas luces mortecinas más, y el resto era oscuridad, oscuridad y oscuridad. Estábamos tan cansados que teníamos que dormir fuera como fuera y llevamos el coche por un camino de tierra hasta las afueras del pueblo. Hacía un calor tan increíble que era imposible dormir. Dean cogió una manta y se tumbó sobre la suave y caliente tierra del camino con ella debajo. Stan se estiró en el asiento delantero del Ford con las dos puertas abiertas para hacer corriente, pero no corría el más leve soplo de aire. Yo, en el asiento de atrás estaba bañado en sudor. Me bajé del coche y anduve vacilante en la oscuridad» (Jack Kerouac, En el camino).

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13 de diciembre de 2012

«El día de los pechos y las pequeñas caderas / la ventana acribillada por una desapacible lluvia, / lluvia arreciando como un pastor, / nos acoplamos tan cuerdas y tan locas. / Yacimos como cucharas mientras la siniestra / lluvia caía como moscas sobre nuestros labios / y sobre nuestros ojos felices y nuestras pequeñas caderas» (Anne Sexton, Canción para una dama).

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11 de diciembre de 2012

«Las seis y cuarto, el paraguayo quién sabe pero Colombo seguro que anda sin guita ¿de qué se las tira? mirando el partido de billar en el bar de la estación, el pueblo podrido de Merlo sin comercio ni un corno. Disimulando se lo digo «Colombo, ¿por qué no venís en las vacaciones conmigo a Paraná?» mi vieja me mata si lo llevo y Colombo «no, yo me la paso bien en La Pampa, los tres meses en el campo», «pero venite a Paraná que pescamos todo el día», macanas, y el turro se queda callado y yo con todo disimulo «un año me invitas vos y otro te invito yo» en el campo, este turro se queda callado mirando una mosca que pasa en el billar de la estación de Merlo, cuesta creerlo pero no hay comercio, si mi hermano trajera la tienda aquí a Merlo no tendría competencia» (Manuel Puig, La traición de Rita Hayworth).

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9 de diciembre de 2012

«Hay gente que está podrida, más gente de la que pensamos. Por el día parecen normales, pero cuando están dormidos, los insectos que habitan en su interior salen a la superficie por los orificios y los esfínteres. Hace ya muchos años yo tenía trato con una duquesa muy vieja que nunca me dejaba quedarme a dormir. Yo insistía pero ella siempre se negaba. Hasta que una noche, cargados de vino, fue ella la que se quedó dormida. A medianoche me desperté con el cuerpo cubierto de langostas. Enjambres de moscas sin malas salían de su boca, de sus orejas, de sus narices y hasta de su coño. En uno de sus ojos habitaba una especie de cucaracha que levantaba el párpado como si fuera ropa de cama, sacaba sus antenas, reconocía el medio y volvía a entrar, como si no estuviera interesada en el exterior» (Antonio Orejudo, Reconstrucción).

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8 de diciembre de 2012

«Ahora, terminada la cena, nos retiramos a nuestra habitación, situada en una parte remota de la casa, donde mi amiga duerme en una cama de hierro cubierta con una vieja colcha y pintada de rosa, su color favorito. Silenciosamente, entregados a los placeres de la conspiración, sacamos la bolsa de su escondrijo y derramamos su contenido sobre la colcha. Billetes de a dólar apretadamente enrollados y verdes como brotes de mayo. Sombrías monedas de a cincuenta centavos, lo bastante pesadas para mantener cerrados los ojos de un muerto. Hermosas piezas de a diez, la moneda más viva, la que realmente tintinea. Níqueles y cuartos de dólar, pulidos por el uso como guijarros de arroyo. Pero, más que nada, un odioso montón de centavitos de color acre. El verano pasado los otros de la casa convinieron en pagarnos un centavo por cada veinticinco moscas que matáramos. ¡Oh, la carnicería de agosto, las moscas que volaron al cielo! Sin embargo, ése no era un trabajo que nos enorgulleciera. Y mientras estábamos sentados contando centavos, era como si volviéramos a hacer el recuento de moscas muertas. Ninguno de los dos tenía cabeza para los números; contábamos lentamente, nos equivocábamos, volvíamos a empezar. De acuerdo con los cálculos de mi amiga, tenía 12,73 dólares. Según los míos, exactamente 13 dólares» (Truman Capote, Un recuerdo navideño).

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6 de diciembre de 2012

«Polo sacó el sobre y de dentro un papel doblado que entregó a Suau. Éste lo desdobló con sus dedos manchados de pintura y empezó a leer. Era una hoja rayada que había envejecido en algún cajón con los bordes amarillentos y salpicada de diminutas cagadas de mosca» (Juan Marsé, Un día volveré) [Hallazgo de Jordi Mestre].

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5 de diciembre de 2012

«En verano las moscas humanas se reúnen en balnearios, apartamentos y hoteles. En su pulcro concierto, bailan a medianoche. O atacan, sin uñas. Su zumbada música es inconfundible. Marcel Proust decía que ellas componían pequeñas sinfonías que eran como la música de cámara del estío» (Enrique Vila-Matas, El País).

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1 de diciembre de 2012

«Cagada de mosca. Prototipo de la puntuación. Observa Garvinus que los sistemas de puntuación usados por los distintos pueblos que cultivan una literatura, dependían originalmente de los hábitos sociales y la alimentación general de las moscas que infestaban los diversos países. Estos animalitos, que siempre se han caracterizado por su amistosa familiaridad con los autores, embellecen con mayor o menor generosidad, según los hábitos corporales, los manuscritos que crecen bajo la pluma, haciendo surgir el sentido de la obra por una especie de interpretación superior a, e independiente de, los poderes del escritor. Los “viejos maestros” de la literatura,  –es decir los escritores primitivos cuya obra es tan estimada por los escribas y críticos que usan luego el mismo idioma– jamás puntuaban, sino que escribían a vuelapluma sin esa interrupción del pensamiento que produce la puntuación. (Lo mismo observamos en los niños de hoy, lo que constituye una notable y hermosa aplicación de la ley según la cual la infancia de los individuos reproduce los métodos y estadios de desarrollo que caracterizan a la infancia de las razas.). Los modernos investigadores, con sus instrumentos ópticos y ensayos químicos, han descubierto que toda la puntuación de esos antiguos escritos, ha sido insertada por la ingeniosa y servicial colaboradora de los escritores, la mosca doméstica o “Musca maledicta”. Al transcribir esos viejos manuscritos, ya sea para apropiarse de las obras o para preservar lo que naturalmente consideraban como revelaciones divinas, los literatos posteriores copian reverente y minuciosamente todas las marcas que encuentran en los papiros y pergaminos, y de ese modo la lucidez del pensamiento y el valor general de la obra se ven milagrosamente realzados. Los autores contemporáneos de los copistas, por supuesto, aprovechan esas marcas para su propia creación, y con la ayuda que les prestan las moscas de su propia casa, a menudo rivalizan y hasta sobrepasan las viejas composiciones, por lo menos en lo que atañe a la puntuación, que no es una gloria desdeñable. Para comprender plenamente los importantes servicios que la mosca presta a la literatura, basta dejar una página de cualquier novelista popular junto a un platillo con crema y melaza, en una habitación soleada, y observar cómo el ingenio se hace más brillante y el estilo más refinado, en proporción directa al tiempo de exposición» (Ambrose Bierce, Diccionario del diablo).

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27 de noviembre de 2012

«Instrucciones: tómese el matamoscas por el mango, adóptese una actitud digna, marcial, elévese la mosca e iníciese la partida. Tiene usted dos saques, no golpee muy violentamente en el primero (en general ha de cuidarse la dulzura del golpe; recuerde que si destroza la mosca tendrá un tanto en su contra). Es siempre preferible recurrir al drop shot (o dejadita) y al globo que al smash iracundo por los riesgos antes señalados de aplastamiento de proyectil (consejo que desoyó el tenista apátrida Molina, conocido como el emperador del smash, que perdió todo los tantos de una partida por desaparición de mosca. Los jueces han de situarse perpendicularmente a la telaraña. No debe olvidarse que la esencia del juego es una cierta gracia o delicadeza y no ha de asestarse jamás el revés como si se tuviese en la mano una escafandra. Es particularmente necesario tener presente esto último en el juego más elegante: el juego con la mosca viva y las raquetas de seda con alama de aluminio. Donde quiera que esté la mosca hay un Wimbledon en potencia, esmerémonos» (Hugo Hiriart, Disertación sobre las telarañas).

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24 de noviembre de 2012

«Un entomólogo de Sant Celoni recorría el Montseny en busca de material para su licenciatura.  Cerca de una instalación de apicultores empezó a interesarse por un animal velludo que emitía un zumbido penetrante. De nombre moscardón (abejorro macho de las abejas). Capturó unos cuantos, los pesó y los diseccionó. Observó el material y la disposición de las alas, su frecuencia de batida, la resistencia al aire. Cuando había reunido todos los datos, decidió ir a por nota.

El entomólogo se puso en contacto con un primo que trabajaba en la planta de aeronáutica de Casa, en Getafe, dedicada al avión europeo EADS. Le envió todos los datos recogidos en el Montseny para que los revisara en los ordenadores de la compañía y le proporcionaran la base científica del abejorro, que además podía serles útil porque tenía despegue vertical. Primera y contundente conclusión del programa de aerodinámica, ajeno a la zoología: la masa de aire desplazado por el moscardón es inferior al peso del mismo, es imposible que pueda volar. Hubo varias revisiones, cada vez más ingenieros se interesaron por el tema, pero el ordenador escupía siempre la misma respuesta. Conclusión científica propia de un cuento: hay que informar al moscardón de que no puede volar. Los datos lo confirman.

Apareció en su día otra versión del final, de origen italo-argentino: el moscardón vuela por convicción» (Josep Maria Ureta, El Periódico de Catalunya) [Hallazgo de Eladio Gutiérrez].

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22 de noviembre de 2012

«–Yo también fui combatiente, como Churchill –dijo el viejo–. Cuando le zurramos a España, yo estaba en la Marina. Sí, entonces era yo un maldito. ¿Qué tenía que perder? Nada. Después de la batalla de San Juan Hill, Teddy Roosevelt me sacó a patadas de la playa.

–Vamos, cuidado con el bordillo –dijo Wilhelm.

–Yo era curioso y quería ver qué pasaba. No tenía nada que hacer allí, pero tomé una lancha y llegué remando a la playa, pues nuestros muchachos habían muerto, y estaban allí tapados con la bandera americana para que no les picaran las moscas. Así que le digo yo al tipo de servicio, el centinela: “Vamos a echar una mirada a estos chicos. Quiero ver qué ha pasado aquí”, y dice él: “Ni hablar”, pero yo le convencí. Así que apartó la bandera y ahí estaban esos dos chicos, altos, los dos unos caballeros, con las botas puestas» (Saul Bellow, Carpe diem).

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20 de noviembre de 2012

«Animales… ¿ustedes se imaginan una plaza cubierta de moscas en pleno mediodía? ¿Se imaginan una ciudad llena de moscas zumbando por el aire?» (Raúl Santana, Diario de metáforas).

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18 de noviembre de 2012

«Esto ocurría en junio –escribe–, en la época de la mosca del pescado, cuando, como todos los años, la ciudad se cubre de tan efímeros insectos. Se levantan entonces nubes de moscas de las algas que cubren el lago contaminado y oscurecen las ventanas, cubren los coches y la farolas, […] y cuelgan como guirnaldas de las jarcias de los veleros, siempre con la misma parda ubicuidad de la escoria voladora» (Jeffrey Eugenides, Las vírgenes suicidas).

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17 de noviembre de 2012

«La jueza, su jueza, mira a otra parte y frunce los labios. Se hace un largo silencio. Escucha el zumbido de la mosca que se supone que uno tiene que oír en estas ocasiones, pero resulta que no hay ninguna mosca en la sala» (J. M. Coetzee, Elisabeth Costello).

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15 de noviembre de 2012

«En la literatura de la época, por lo que sé, únicamente se encuentra sobre ese tema un pasaje de Nossack, en el que se dice que los reclusos, con sus trajes a rayas, a los que se utilizaba para eliminar los restos de los que fueron seres humanos, sólo podían abrirse camino con lanzallamas hasta los cadáveres que yacían en los refugios antiaéreos, tan densas eran las nubes de moscas que zumbaban a su alrededor, y que las escaleras y suelos de los sótanos estaban cubiertos de gusanos resbaladizos de un dedo de largo. Ratas y moscas dominaban la ciudad. Insolentes y gordas, las ratas correteaban por las calles. Pero todavía más repugnantes eran las moscas. Grandes, de reflejos verdes, como no se habían visto nunca. Daban vueltas como grumos por el asfalto, se posaban en los restos de pared copulando unas sobre otras y se calentaban, cansadas y hartas, en los cristales rotos de las ventanas. Cuando no podían volar ya, se arrastraban detrás de nosotros a través de las hendiduras más pequeñas, lo ensuciaban todo, y sus susurros y zumbidos eran le primero que oíamos al despertar. Esto sólo cesó a finales de octubre» (W.G Sebald, Sobre la historia natural de la destrucción) [Hallazgo de José Manuel Bouzas].

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13 de noviembre de 2012

«Vosotras, las familiares, / inevitables golosas, / vosotras, moscas vulgares, / me evocáis todas las cosas. / ¡Oh, viejas moscas voraces / como abejas en abril, / viejas moscas pertinaces / sobre mi calva infantil! / ¡Moscas del primer hastío / en el salón familiar, / las claras tardes de estío / en que yo empecé a soñar! / Y en la aborrecida escuela, / raudas moscas divertidas, / perseguidas / por amor de lo que vuela, / -que todo es volar-, sonoras / rebotando en los cristales / en los días otoñales… / Moscas de todas las horas, / de infancia y adolescencia, / de mi juventud dorada; / de esta segunda inocencia, / que da en no creer en nada, / de siempre… Moscas vulgares, / que de puro familiares / no tendréis digno cantor: / yo sé que os habéis posado / sobre el juguete encantado, / sobre el librote cerrado, / sobre la carta de amor, /sobre los párpados yertos / de los muertos. / Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas; / pequeñitas, revoltosas, / vosotras, amigas viejas, / me evocáis todas las cosas» (Antonio Machado, Soledades) [Hallazgo de Belén Vázquez].

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11 de noviembre de 2012

«Donde aparezca un cadáver, a los siete minutos exactos llega una mosca. Después aparece el forense, y a los 12 o 13, la policía. En este orden» (Ginés Morata, El País Semanal).

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10 de noviembre de 2012

«Al colocar insectos, escarabajos, moscas sobre búcaros de flores, cestos de fruta, más groseramente sobre restos de pan o de carne, el pintor manierista deja al consumidor de la representación con la duda: ¿ése que está posado sobre la manzana, será un animal pintado o será un verdadero insecto que se ha colado en la sala del museo para descansar sobre el cuadro? La mosca sobre la mesa se transfiere a la tabla pintada de madera flamenca u holandesa para hacer de centinela de la frontera entre deposición y exposición, entre razón y locura, entre vida y muerte. En el ángulo de un enorme lienzo blanco, el artista contemporáneo Tom Friedman pinta una única mosca. Al eliminar cualquier otra imagen y fingir que una mosca se ha posado sobre la superficie del cuadro, Friedman consigue la paradoja perfecta: transformar el cuadro en una mesa con naturaleza muerta, en el que las viandas han sido consumidas por completo y sobre la que a pesar de todo se posa indómita la mosca manierista, signo del pasado devastador del tiempo» (Ernesto L. Francalanci, Estética de los objetos). [Hallazgo de Luis Gil].

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8 de noviembre de 2012

«Ahora estoy en este colegio desde hace un año. Es prima­vera y no puedo salir. A lo mejor me dejan marchar en julio, pero todavía no lo sé. Ayer me llevaron a la sala de castigos. Dicen que en el recreo no puede andar uno solo paseando por el patio, que hay que jugar. Tampoco se puede andar de dos en dos. ¡La puta que los parió a todos! Yo quiero andar solo. A mí no me gusta jugar al fútbol ni al frontón ni al baloncesto. Me gusta jugar en el lavabo. Tampoco se puede, porque está tam­bién prohibido. Pero por las noches, cuando todos duermen, me levanto y voy a los lavabos y juego a la guerra. Durante el día cojo moscas, les arranco las alas y las guardo en una caja de cerillas. Por la noche meto las moscas en la pileta y abro el grifo, poquito a poco, muy despacito. Las moscas suben, huyen por la pileta arriba, pero yo las empujo para abajo con una pa­jita y se ahogan. Es la guerra. Se ahogan poco a poco. Un día me cazaron y me llevaron a la sala de castigos. Me llamaron marrano por andar tocando las moscas. ¿Y qué? Si no fuese por la guerra, me pudría de asco. Durante el invierno, como no ha­bía moscas, jugaba con trocitos de papel, pero no es tan bonito» (Carlos Casares, El juego de la guerra).

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6 de noviembre de 2012

«No podía ver el fondo, pero sí bastante bien el movimiento del agua hasta donde alcanzaba la vista, y entonces vi una sombra suspendida como una gruesa flecha penetrando en la corriente. Las mariposas sobrevolaban la superficie entrando y saliendo de la sombra del puente Si tras eso hubiese un infierno: la llama impoluta nosotros dos más allá de la muerte. Entonces sólo me tendrías a mí entonces sólo yo entonces nosotros dos entre la maledicencia y el horror cercados por la límpida llama. Crecía la flecha inmóvil, después tras un rápido giro la trucha atrapó una mosca en la superficie con esa especie de gigantesca delicadeza del elefante al recoger cacahuetes» (William Faulkner, El ruido y la furia).

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4  de noviembre de 2012

«Él, a sus treinta y tres años, había conocido muchas mujeres. Ninguna le había dado tanto placer como ella, un placer total, animal, sin restricciones, que después no le provocaba ni disgusto, ni fastidio, ni hastío. ¡Al contrario! Después de dos horas gastadas en obtener el máximo placer de sus cuerpos, permanecían desnudos, prolongando su intimidad carnal, saboreando la armonía establecida no sólo entre ellos, sino con todo lo que les rodeaba.Todo importaba. Todo tenía su sitio en un universo vibrante, hasta la mosca posada sobre el vientre de Andrée, que ella observaba con una sonrisa saciada de satisfacción» (George Simenon, La habitación azul).

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3 de noviembre de 2012

«EL PEDAGOGO.— ¡Cómo! Lo hemos encontrado en el camino de Delfos. Y cuando nos embarcamos en Itea, ya ostentaba su barba en el barco. En Nauplia no podíamos dar un paso sin tropezar con él, y ahora está aquí. Os parecerán, sin duda, simples coincidencias. (Espanta las moscas con la mano). Ah, encuentro a las moscas de Argos mucho más acogedoras que las personas. ¡Mirad ésas, miradlas! (Señala con la vista al IDIOTA). Tiene doce en el ojo como en una tartina, y sin embargo sonríe transportado, como si le gustara que le chupen los ojos. Y en realidad le sale por esas mirillas un jugo blanco que parece leche cuajada. (Espanta a las moscas). ¡Eh, basta ya, basta ya! Mirad, ahora las tenéis encima. (Las espanta). Bueno, estaréis cómodos vos que tanto os quejabais de ser extranjero en vuestro propio país, y estas bestezuelas os hacen fiestas, como si os reconocieran. (Las espanta). ¡Vamos, paz, paz, nada de efusiones! ¿De dónde vienen? Hacen más ruido que carracas y son más grandes que libélulas.

JÚPITER (que se había acercado).— No son sino moscas de la carne, un poco gordas. Hace quince años un poderoso olor de carroña las atrajo a la ciudad. Desde entonces engordan. Dentro de quince años tendrán el tamaño de ranitas». (Jean Paul Sartre, Las moscas) [Sugerencia de Manuela Pimentel].

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1 de noviembre de 2012

«Catalina permanece junto al ordenador, escuchando quizá el tableteo de sus teclas. Tal vez perciba el calor y las radiaciones que emite mi portátil. Vive en el interior de un pequeño cilindro de plástico cuyo techo está formado por una finísima tela metálica, para que respire, y cuya base tiene la forma de un plato en el que hemos extendido una lámina de agar (sustancia gelatinosa, un poco azucarada, ideal para que deposite los huevos) y un pellizco de levadura, a modo de alimento. Hoy, a las 13.00 horas, cumplirá 16 días de vida. Podemos decir que, si todo va bien, Cataliña se encuentra en la mitad de su existencia. Pero sigue ágil, copula con regularidad con Pruden, o Prudencio (el macho que le he dado de compañía, no es bueno que la mosca esté sola), come bien y tiene el abdomen lleno de huevecillos que deposita, al ritmo de uno por hora (día y noche), sobre la lámina de agar del receptáculo» (Juan José Millás, El País Semanal).

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30 de octubre de 2012

«–Creo que oigo a Ignatius que me llama. Será mejor que me vaya.

–¿Llamarte? —preguntó Santa–. ¿Qué quieres decir, Irene? Ignatius está a nueve kilómetros de aquí. Mira, ni siquiera le hemos ofrecido de beber al señor Robichaux. Prepárale algo, mujer, mientras voy a por Angelo.

La señora Reilly estudiaba ansiosamente su vaso, con la esperanza de encontrar en él una cucaracha o una mosca al menos» (John Kennedy Toole, La conjura de los necios).

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28 de octubre de 2012

«Los buenos escritores tocan la vida a menudo. Los mediocres la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan a las moscas» (Ray Bradbury, Fahrenheit 451).

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27 de octubre de 2012

«Porque en verano allí sólo vuelan los insectos: ese monte bajo, cubierto de brezo, carquesas y roble enano que no da sombra, guarda e irradia de tal forma el calor que los jóvenes y desprevenidos aguiluchos y cornejas que, abandonando sus frescas alturas, bajan al páramo en busca de comida (aromas sofocantes, vapores tósigos, misteriosos destellos) pierden a menudo sus sentidos y caen desvanecidos para servir de instantáneo pasto a un enjambre de moscas zumbantes, azuladas y plateadas que pueden devorarlo en menos de una hora con el frenesí y el fragor de una lluvia de cationes». (Juan Benet, Volverás a Región).

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25 de octubre de 2012

«Su cuarto era pequeño y encalado; las sillas, de olmo con asiento y respaldar de esparto; la mesa, virgen, sin adobo de barniz, y en medio, un pichel de vidrio aldeano con rosas; el balcón, a la sombra de un ala palpitante del toldo, y un postigo con red metálica que dejaba pasar el oreo sin moscas. ¡Ni una mosca! Nada más una que se para en las flores, en los libros, lisándose el manto, latiéndose la trompa, mirándolo todo con sus ojos hinchados de color café, una mosca le transtornaba el silencio y la quietud más que un grito» (Gabriel Miró, Años y leguas) [Hallazgo de Jordi Mestre].

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23 de octubre de 2012

«¿No ocurre acaso que cualquier llamada telefónica o cualquier mosca puede distraer al lector de la lectura justamente en ese supremo momento en que todas las partes y tramas se juntan en la unidad de la solución final? ¿Y si en ese momento entrase, digamos, su hermano y dijese algo? La noble labor del escritor se echa a perder a causa de una mosca, un hermano o un teléfono. ¡Oh, malas mosquitas! ¿Por qué picáis a hombres que ya perdieron la cola y no tienen con qué defenderse? Mas preguntemos todavía si aquella obra vuestra, única, excepcional y tan trabajada, no constituye sólo una partícula de treinta mil otras obras, también únicas y excepcionales, que aparecen en el transcurso de un año. ¡Malditas y terribles partes! ¡Para eso, pues, construimos el todo: para que una partícula de la parte del lector asimile una partícula de la parte de la obra y sólo en parte!» (Witold Gombrowicz, Ferdydurke).

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21 de octubre de 2012

«Intento dormir. Vacío la mente. La tranquilidad se empieza a adueñar de mí. Estoy cayendo, pienso, cayendo: bienvenidos, dulces sueños. Luego, en el mismo umbral del olvido, algo emerge y me despierta de nuevo, algo cuyo nombre solamente puede ser “terror”. Estoy despierta en mi habitación, en mi cama, todo va bien. Una mosca se me posa en la mejilla. Se limpia. Empieza a explorar. Camina por mi ojo, por mi ojo abierto. Quiero parpadear, quiero apartarla, pero no puedo. Usando un ojo que es mío y no lo es, la observo. Se relame, si es que se puede decir así. En sus órganos abultados no hay nada que yo pueda reconocer como una cara. Pero la tengo encima, la tengo aquí: se pavonea encima de mí, una criatura de otro mundo» (J.M. Coetzee, La edad de hierro).

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20 de octubre de 2012

«Zumbaban las moscas sobre este vientre pútrido / del cual salían negros batallones / de larvas que manaban como un líquido espeso / por aquellos vivientes andrajos. / Todo aquello descendía y subía como una ola, / o se lanzaba chispeante / se hubiera dicho que el cuerpo, hinchado por un aliento vago, / vivía y se multiplicaba. / Y este mundo producía una música extraña / como el agua que corre y el viento / o el grano que un ahechador con movimiento rítmico / agita y voltea con su criba» (Charles Baudelaire, Las flores del mal).

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18 de octubre de 2012

«Oí zumbar una Mosca – cuando morí – / la quietud del cuarto / era como la Quietud del Aire – / entre las olas de la tormenta – / Los Ojos de alrededor – se habían secado – / y Alientos firmes se congregaban / para la última Partida – cuando el Rey / se manifestara – en el cuarto – / Legué mis Recuerdos – Renuncié / a todo aquello de mí que pudiera / legarse – y luego estaba / allí interpuesta una Mosca – / con un Azul – incierto y vacilante Zumbido – / entre la luz – y yo – / luego las ventanas cayeron – y entonces / no pude ver para ver –» (Emily Dickinson, Poemas).

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16 de octubre de 2012

«Me estaba molestando una mosca. Yo la espantaba, pero ella volvía, así que la volvía a espantar.

—Conque no, ¿eh? Vale, esperaré a que…

Se apartó un poco y se posó sobre un perro muerto.

—¿A qué? —pregunté.

No contestó. Y yo no insistí, temiendo conocer ya la respuesta» (Slawomir Mrozek, La mosca) [Hallazgo de Luis Gil].

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14 de octubre de 2012

«Me gustaría contar la historia que conté por primera vez a Michelle Porte, que había rodado una película sobre mí. En aquel momento de la historia, me encontraba en lo que se llamaba la despensa, en la casita con la que comunicaba la casa. Estaba sola. Esperaba a Michelle Porte en la mencionada despensa. Con frecuencia me quedo así, sola, en esos lugares tranquilos y vacíos. Mucho rato. Y fue en aquel silencio, aquel día, cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de la vida de una mosca común.

Me senté en el suelo para no asustarla. Me quedé quieta.

Estaba sola con ella en toda la extensión de la casa. Nunca hasta entonces había pensado en las moscas, excepto para maldecirlas, seguramente. Como usted. Fui educada como usted en el horror hacia esa calamidad universal, que producía la peste y el cólera.

Me acerqué para verla morir.

La mosca quería escapar del muro en el que corría el riesgo de quedar prisionera

de la arena y del cemento que se depositaban en dicha pared debido a la humedad del jardín. Observé cómo moría una mosca semejante. Fue largo. Se debatía contra la muerte. Duró entre diez y quince minutos y luego se acabó. La vida debió acabar. Me quedé para seguir mirando. La mosca quedó contra la pared como la había visto, como pegada a ella.

Me equivocaba: la mosca seguía viva.

Seguí allí mirándola, con la esperanza de que volviera a esperar, a vivir.

Mi presencia hacía más atroz esa muerte. Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría progresivamente a la mosca. Y también para intentar ver de dónde surgía esa muerte. Del exterior, o del espesor de la pared, o del suelo. De qué noche llegaba, de la tierra o del cielo, de los bosques cercanos, o de una nada aún innombrable, quizá muy próxima, quizá de mí, que intentaba seguir los recorridos de la mosca a punto de pasar a la eternidad» (Marguerite Duras, Escribir).

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13 de octubre de 2012

«En la sala recreativa que daba al vestíbulo vio que el sol entraba prácticamente por todas las ventanas; un anciano asentía con la cabeza ante una confusa película de dibujos animados de Leon Schlesinger que daban en la televisión y una mosca negra pacía en la rosada y casposa acequia del sector limpio de su pelo. Una enfermera gorda irrumpió con un frasco de insecticida y gritó a la mosca para espantarla y poder acabar con ella. La prudente mosca permaneció inmóvil» (Thomas Pynchon, La subasta del lote 49).

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12 de octubre de 2012

«¿Por qué aborrecéis a las moscas? ¿Por qué les juráis guerra a muerte? ¿Por qué no les dejáis posarse un momento sobre vuestro cuerpo? Decís que son molestas, pesadas, insufribles ; pero reflexionad.

No he de deciros que son dulces, tímidas, sin asomo de mala intención, porque lo sabéis de sobra. Os llamaré la atención sobre otras cosas.

Os diré que las moscas, aladas mensajeras del verano, merecen vuestro respeto. Lo merecen porque son fantásticas viajeras, porque buscan nuestra sociedad, porque aman la luz y la vida. Siempre las veréis donde hace sol, donde la vida domina pujante, así buscan su asiento en la descomposición que fecundiza. Os diré que la mosca es bella, con su cuerpo petado y la gasa seña de sus alas que pule con sus patas sutiles.

Os diré que las moscas son excelentes compañeras de soledad. Cuando huyendo de la caligie de las lentas tardes estivales os retiráis a un interior penumbroso donde un aire fresco entibie el ardor de vuestro cuerpo, son las moscas quienes os acompañan. Las veréis entrar y salir entre las maderas entornadas, las veréis volar cerca del techo, agrupándose en el centro, donde emprenden una danza loca. Si vuestra mirada sigue sus evoluciones, encontrareis singular divertimento. Si las seguís en los cristales, haréis curiosas observaciones. Y en todas partes, en el cristal y en el techo, sobre vuestra mesa y en vuestro cuerpo, las veréis perseguirse y acoplarse, haciendo gala de una amable impudicia.

No he de pediros, porque sería inútil, que dejéis de perseguirlas, que arrinconéis las abominables invenciones que usáis para destruirlas; pero he de echaros en cara vuestra impotencia, a pesar del diabólico papel matamoscas, de la traidora agua de jabón; de las taimadas alambreras, se impone todos los veranos, para tormento de grasientos burgueses y calvos filisteos, el indiscutible triunfo de la mosca» (Vicente Risco, El triunfo de la mosca) [Hallazgo de Carmen Pereiras].

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10 de octubre de 2012

«–No iré más lejos con ustedes– dijo K, por probar.

Esta vez no tuvieron necesidad de responder. Se limitaron a no soltara K. y trataron de hacerle seguir levantándole del suelo, a lo que éste se opuso. “No necesitaré mucha fuerza. La utilizaré más allá”, pensó. Y recordó a las moscas, que para desprenderse del papel con liga dejan las patas allí» (Frank Kafka, El Proceso)  [Hallazgo de Jordi Mestre].

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8 de octubre de 2012

«Sólo habían transcurrido un día y una noche desde que Dose intentara dar caza a una mosca a través de la sierra circular de la serrería. Esa sierra circular había cortado en dos a Dose, y él había muerto furioso como un loco porque la mosca había logrado escapar sana y viva. Pero eso no habría tenido importancia alguna para Dose si hubiese podido resucitar por un minuto, o digamos dos para ser más generosos. Si hubiera podido hacer eso, le habría dado un golpe tan violento a esa molesta mosca que no habría quedado de ella ni una mota.

–¡Tú, Woodrow, tú! –dijo tía Marty–. Ve a ver si algunas moscas molestan a Dose.

–Jamás podrás verme matando moscas sobre un hombre muerto –replicó Woodrow.

–No las mates entonces –repuso tía Marty–. Espántalas.

En la parte trasera de la casa estaban tratando de construir para Dose un ataúd provisional. Hacían un montón de intentos y muy poco, muy poco trabajo. Aquellos perezosos individuos no se hallaban en lo más mínimo predisupuestos al trabajo. El empresario de pompas fúnebres no vendría a traer un ataúd porque deseaba sesenta dólares, veinticinco al contado. Nadie tenía sesenta dólares, veinticinco al contado» (Erskine Caldwell, La mosca en el ataúd).

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7 de octubre de 2012

«Al acercarme tomé conciencia de lo gigantesca, lo desbordante e informe que era [Mummah]. La habían untado con aceite y relucía ante mis ojos. Sobre su superficie caminaban moscas. Una de esas pequeñas esfinges del aire que estaba posada sobre su labio se estaba bañando. ¡Con qué velocidad parte una mosca en peligro! La decisión es instantánea pues al parecer no hay inercia que vencer, y no hay nada de superfluo en el modo en que levantan el vuelo las moscas. Cuando emprendí mi tarea, todas las moscas salieron volando, produciendo un ruido desgarrante en medio del calor» (Saul Bellow, Henderson, el rey de la lluvia).

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6 de octubre de 2012

«Una de mis compañeras de habitación había llegado a dominar el arte de cazar moscas. Tras estudiar pacientemente a estos animales, descubrió el punto exacto en el que había que introducir la aguja para ensartarlas sin que murieran. De este modo confeccionaba collares de moscas vivas y se extasiaba con la celestial sensación que el roce de las desesperadas patitas y las temblorosas alas producía en su piel» (Misia Sert, Misia).

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4 de octubre de 2012

«Recibía, al principio, cuatro o cinco por semana; pero pude, muy pronto, eliminar los sobres que traían cartas de amistad o de negocios e interesarme sólo por los que llegaban regularmente, escritos por las mismas manos. Eran dos tipos de sobres, unos con tinta azul, otros a máquina; él trataba de individualizarlos con un vistazo estricto y veloz, antes de guardarlos en el bolsillo, antes de volver al rincón en penumbra, recuperar el perfil contra la lámina folklórica, borrosa de moscas y humo del almanaque, y seguir tragando su cerveza exactamente con la misma calma de los días en que no le daba cartas» (Juan Carlos Onetti, Los adioses).

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2 de octubre de 2012

«Una mosca puede picar a un caballo majestuoso y hacerlo estremecerse de dolor; pero la primera seguirá siendo nada más que un insecto, y el segundo, empero, un caballo» (Samuel Johnson).

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29 de septiembre de 2012

«El señorito Dignam caminó por Nassau Street, se cambió los filetes de cerdo de mano. El cuello se le volvió de nuevo para arriba y se tiró de él para abajo. El puñetero pasador era demasiado pequeño para el ojal de la camisa, que se vaya a hacer puñetas. Se encontró unos escolares con carteras. No voy a ir mañana tampoco, no asistiré hasta el lunes. Se encontró a otros escolares. ¿Se dan cuenta de que voy de luto? Tío Bamey dijo que lo pondría en el periódico esta noche. Entonces lo verán todos en el periódico y leerán mi nombre impreso y el nombre de papa. La cara se le puso toda gris en vez de estar roja como era y había una mosca que le subía hasta el ojo. El chirrido que había cuando estaban atornillando los tornillos en el ataúd: y los topetazos cuando lo bajaban por las escaleras» (James Joyce, Ulises).

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27 de septiembre de 2012

«La amiga tan­gerina de Magdalena la muerta, la mujer que llevaba un hermoso y romántico lema tatuado alrededor del ombligo, se llama Aixa la Mora, y hace la carrera por la plaza de Antón Martín y el bar Zaragoza, Aixa es ya vieja, tiene lo menos cuarenta años, pero todavía está de buen ver con su planta espigada, sus ojos profundos y soñadores y su mata de pelo negro, grasiento y aromático, Aixa la Mora es amiga del nicaragüense, a veces se pasan hablando toda la tarde delante de un café. ¿Te acuerdas de lo de la mosca que se ahoga en un poso de café?, bueno pues recuérdalo en todo momento y pase lo que pase, a la Mora y al nicaragüense jamás se les había ahogado una mosca en el café, ¡qué asco, se me ha caído una mosca en el café!, no te preocupes, pide otro, Aixa la Mora estuvo casada en su país pero puso la mar por medio porque el marido le salió cruel y maricón, la trataba mal y despótica­mente y no se acostaba con ella, el único que cree esta historia es el nicaragüense, Aixa le está muy agradecida y jamás le pide dinero ni le molesta, Aixa es mujer sencilla, maliciosa y acorralada, discurre como un perro de pueblo, el nicaragüense cuando recibe los cuartos que le manda la familia suele regalarle unas cajetillas de capstan o de gold flake, los capstans vienen en unas cajitas de metal muy bien presen­tadas, dentro traen un cromo en el que figura una locomotora, una catarata, un barco o un animal salvaje, los capstans son muy aromáti­cos, huelen mejor que saben, pero dan tos porque se agarran a la gar­ganta, pide otro café, que te lleven el de la mosca, no, no merece la pena, la mosca la aparto» (Camilo José Cela, San Camilo 1936).

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25 de septiembre de 2012

«Ejercicio de natación número 2.

Atención. Voy a saltar. No. No voy a saltar. Los dardos no me hieren, pasan. Las moscas. Voy a saltar: el mar es inmenso y azul, está lleno de silencio. Quitando la superficie del mar se halla silencio. Voy a saltar. Por más que aprieto los dientes no puedo morir. El enjambre, las víboras. La luna se agrieta, caen las cáscaras y flotan. Voy a saltar. Reencontré a Julia, ayer. Igual que siete generaciones atrás, la misma piel, el mismo color de la voz. Un pez a la altura de mis ojos, viene hacia mi frente: el cabello lo parte en dos mitades que pasan. Atención: las algas. Gente apretujada en los corredores, producen la impresión de un ómnibus lleno, el corredor se mueve, para. Voy a saltar. No. No voy a saltar. Atención: no voy asaltar. Nunca voy a saltar. Es preferible que encienda un cigarrillo, por el extremo opuesto. La transpiración de los duraznos» (Mario Levrero, Ejercicios de natación en primera persona del singular).

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23 de septiembre de 2012

«Inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía, empujaba un poco con la cabeza y, pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. Enseguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte» (Julio Cortázar, Historias de Cronopios y de Famas).

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22 de septiembre de 2012

«No vayas desnudo a robar la miel a las abejas. / No muerdas sin saber si es piedra o pan. / No vayas descalzo a sembrar espinas. / No desprecies, mosca, las telarañas. / Si eres ratón, no sigas a las ranas. / Huye de los zorros, sangre de gallina» (Giordano Bruno, La cena de las cenizas).

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20 de septiembre de 2012

«La chica que va delante, vestida como una modelo de revista, con ceñidos pantalones dorados, blusa fruncida, un pañuelo de seda en el cuello, vacila, da un paso en falso, salta luego de la barca, el tacón de las sandalias roza la orilla, lanza un chillido de irritación, salta sobre una roca, da un traspié, acaba finalmente en las algas secas del otro lado. Levanta el tacón y lo mira por encima del hombro con el ceño fruncido. Los pequeños músculos junto a lo oreja se contraen y se mueve. Espanta nerviosa una gruesa mosca negra delante de su cara y pregunta malhumorada: “¿Y ahora qué hago, Karen?”» (Robert Coover, El hurgón mágico).

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18 de septiembre de 2012

«¿Hay que indignarse porque una araña mate a una mosca? ¿Qué le vamos a hacer? ¿Matarla? Eso no impedirá que sigan las arañas comiéndose a las moscas» (Pío Baroja, El árbol de la ciencia).

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14 de septiembre de 2012

«Tengo en una caja metidas unas mocas porque… Tengo moscas pequeñas, tengo moscas grandes, ¿y qué? Las guardo a escondidas, ¿qué se imaginan en casa? Llego del trabajo y me dedico a observarlas.

Mientras las unas parecen volar confiadas, las otras en cambio… en un rincón asustadas. Mis moscas más grades se comen a las otras, por qué… ¡Mira que están locas estas bichas tan gordas! ¿y qué?

Escenas macabras te brinda mi caja. Festín que preparo todas las mañanas, estos insectos voraces no se conforman con nada. Se roban bocados quedándose hartas.

Colecciono moscas pero no estoy loco porque… Han hecho astillas la caja de lo que están engordando, y vuelan pesadamente dando vueltas al cuarto. Ahora soy yo el que se asusta se han relamido mil veces. Como no encuentre las llaves van a empezar a comerme» (Golpes bajos, «Colecciono moscas») [Hallazgo de Esmeralda Nogueira].

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13 de septiembre de 2012

«Vete, perversa [mosca], que el mundo es bastante grande para mí y para ti» (Lauren Sterne, Tristam Shandy).

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11 de septiembre de 2012

«Al final, la palabra “contaminación” parece contener el código cifrado de su drama y es esencial en la comprensión del episodio más polémico de la serie [Breaking Bad], La mosca. Polémico porque provoca la irritación de esa clase de consumidores —tan visibles en internet hoy en día— a los que enerva todo aquella que escapa de los cánones del entretenimiento y se adentra en algún espacio relacionado con la reflexión filosófica o simplemente con el arte de pensar por cuenta propia. Asombra la cantidad de personas incapaces de ver que en La mosca los guionistas, cansados del corsé narrativo de tantas semanas de narración estándar, se liberaron de las presiones comerciales y en un vuelo artístico magistral lograron adentrarse en la esencia misma de la historia que cuenta la serie.

“Mi cabeza no es el problema, la mosca sí lo es”, dice muy airado Walter White a su sorprendido asistente, y luego inicia un memorable monólogo faulkneriano […] sobre la contaminación y otros temas dramáticos que el vuelo solitario de una mosca potencia con razonada demencia» (Enrique Vila-Matas, El País, 11-09-12).

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8 de septiembre de 2012

«Donde la soledad acaba, allí comienza el mercado; y donde el mercado comienza, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas» (Friedrich Wilhelm Nietzsche, Así habló Zaratustra).

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7 de septiembre de 2012

«”Y cuando en el restaurante…”, recordó de repente. Cuando estuvo en el restaurante, el protector de su marido le había arrimado un pie al suyo debajo de la mesa, y por encima de la mesa estaba la cara de él. ¿Porque se había callado, o había sido a propósito? El diablo. Una persona que, para decir la verdad, era muy interesante. Se encogió de hombros. ¿Y cuando en su escote redondo, en plena plaza Tiradentes —pensó ella moviendo la cabeza con incredulidad—, se había posado una mosca sobre su piel desnuda? Ay, qué malicia» (Clarice Lispector, Devaneo y embriaguez de una muchacha).

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6 de septiembre de 2012

«La sensación de la esplendidez de la luz sólo la sentía por los golpes que en la calle de la Cure estaba dando Camus (ya advertido por Francisca de que mi tía no «descansaba» y de que se podía hacer ruido) en unos cajones polvorientos, y que al resonar en esa atmósfera sonora, propia de las temperaturas calurosas, parecía que lanzaban a lo lejos estrellitas escarlata; y también por las moscas, que estaban ejecutando en mi presencia, y en su reducido concierto, una música, que era como la música de cámara del estío, y que no evoca el verano a la manera de una melodía humana que oímos una vez durante esa estación, y que nos la recuerda en seguida, sino que está unida a él por un lazo más necesario: porque nacida del seno de los días buenos, sin renacer más que con ellos, y guardando algo de su esencia, no sólo despierta en nuestra memoria la imagen de esos días, sino que atestigua su retorno, su presencia efectiva, ambiente e inmediatamente accesible» (Marcel Proust, En busca del tiempo perdido).

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4 de septiembre de 2012

«Todos dormían a su alrededor. Los grillos cantaban en el vestíbulo. Alguien vociferaba y reía en la calle. Las cucarachas corrían por encima de las mesas, sobre los iconos, por las paredes; una gruesa mosca revoloteaba alrededor de la bujía, cerca de él» (Leon Tolstoi, Guerra y paz).

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31 de agosto de 2012

«La junta de Televisión Española ha decidido encargar la producción de un programa especial, bajo el título La mosca, a la empresa privada Moro Film Estudios, que será destinado a un «intercambio de dibujos animados con diecinueve países bajó los auspicios de la Unión Europea de Radiodifusión», según se desprende de un informe firmado por Javier Juan-Aracil, director gerente de Televisión Española. La decisión de la junta, que preside el subdirector general Luis Ezcurra, coincide con la negativa de este órgano ejecutivo a coproducir con Emiliano Piedra la obra Bodas de sangre, de Federico García Lorca, con dirección del cineasta español Carlos Saura, coreografía de Antonio Gades, vestuario y decorados de Francisco Nieva, cuyos ensayos y grabaciones previos en video comenzaron ayer en Madrid. La propuesta de coproducir esta obra fue cursada formalmente a la junta por Ricardo Suárez, jefe del Servicio de Coproducciones y Certámenes de RTVE. La doble decisión de la junta de Televisión Española -que componen los sectores más integristas del organigrama de esta empresa- se interpreta como un desdén permanente por la obra de García Lorca, por la cultura y por importantes autores del espectáculo y cine español. El caso de La mosca constituye un peculiar síntoma del mal gusto de los actuales y máximos directivos de RTVE.La negativa a coproducir Bodas de sangrees menos comprensible si se piensa que esta producción tiene garantizadas de antemano las ventas a todo el mundo, dado el prestigio de los autores. La aceptación de producir La mosca sorprende aún más si se tiene en cuenta que el interventor delegado de Hacienda en RTVE expresó dudas y reservas sobre los costes de esta producción, mediante un escrito que ahora también desdeña el citado gerente de Televisión Española.

La producción de dibujos animados La mosca está presupuesta en 6.500.000 pesetas para un único episodio, que durará tan sólo ocho minutos, coste que en las producciones estándar de dibujos animados equivale a un episodio de aproximadamente veinticuatro minutos.

Una producción de La mosca, realizada también por Moro Film Estudio, fue emitida entre los meses de marzo y agosto de este año como insertos para separar los bloques de publicidad que Televisión Española programa por las dos cadenas. Fuentes de la gerencia de publicidad de RTVE manifestaron a EL PAIS que se emitieron alrededor de cuarenta segmentos distintos, con uan duración aproximada entre siete y diez segundos, programas que nadie se atrevía a emitir y que estuvieron retenidos durante casi tres años. La emisión de La mosca por Televisión Española produjo en la audiencia y crítica una singular contaminación de significantes y significados: el insecto, muy común y molesto, se convirtió en un programa pesado e impertinente, causa de desazón y símbolo de los parásitos de Prado del Rey. La gerencia de publicidad de RTVE desconoce que se vaya a producir el nuevo programa sobre La mosca y defiende en estos momentos un sistema más moderno, realizado con efectos electrónicos, para separar los bloques de publicidad que se emiten» (José Ramón Pérez Ornía, El País,  10 de octubre de 1980).

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29 de agosto de 2012

«Durante esta escena ha aparecido la Curiana Niña, que pasó antes con la mosca atada. Alacrancito la divisa, llega junto a ella, le arrebata la mosca y la traga.)

CURIANITA. (Llorando a gritos.)
¡Ay mi mosca! ¡Mi mosca!

ALACRANCITO .
¡Oh, qué rico manjar!

CURIANITA SILVIA. (Abrazándose a Doña Curiana.)
¡¡Socorro, que nos come!!

ALACRANCITO. (Para asustarlas, con voz cavernosa.)
¡Os voy a devorar!

CURIANITA. (Huye despavorida.)
¡Ay madre, tengo miedo…

(Fuera de la escena se oye ruido de voces y gritos de compasión.)» (Federico García Lorca, El maleficio de la mariposa).

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28 de agosto de 2012

«La posición misma del hombre de “ser separado”, de su aislamiento en medio de la Naturaleza y, en consecuencia, de su aislamiento en medio de sus semejantes, lo condenan a desaparecer de una manera definitiva. El animal, no negando nada, perdido, sin oponerse a ello, en la animalidad global, así como la animalidad está ella misma perdida en la Naturaleza (y la totalidad de lo que es), no desaparece verdaderamente. Sin duda, la mosca individual muere, pero estas moscas que veo son las mismas que las del año último. ¿Habrán muerto las del año último?… Quizá, pero nada ha desaparecido. Las moscas permanecen, iguales a sí mismas, como las olas del mar. Esto, aparentemente, es forzado; un biólogo separa esta determinada mosca del enjambre, basta para ello un toque de pincel. Pero él la separa para él, no para las moscas. Para separarse de las otras, sería necesaria a la “mosca” la fuerza monstruosa del entendimiento y entonces ella se nombraría, haciendo lo que el entendimiento hace con el lenguaje, que funda la separación de los elementos y al fundarla se funda sobre ella, en el interior de un mundo formado por entidades separadas y nombradas» (George Bataille, Hegel, la muerte y el sacrificio).

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22 de agosto de 2012

«Nicole se tumbó en la cama con los brazos extendidos y se puso a mirar el techo; los polvos que llevaba se habían humedecido y formaban una capa lechosa. Le gustaba aquella habitación desnuda, el sonido de la mosca que navegaba por encima de su cabeza» (Scott Fiztgerald, Suave es la noche).

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20 de agosto de 2012

«Una gran mosca azulina zumbaba tropezando contra los cristales de la ventana» (Somerset Maugham, Servidumbre humana).

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17 de agosto de 2012

«Había comprado en el mercado de pulgas de Niza la cosa más loca que imaginarse pueda. Era un objeto llamado trampa china para moscas. Era una fantástica construcción de bambú, alambre y cuerda, en la que las moscas podían entrar pero no salir. La trampa china para moscas tenía por objeto evitar la crueldad y por eso era tan complicada. Las moscas quedaban atrapadas, pero no se morían, y ni siquiera se hacían daño. Mientras la puerta de abajo no se abriera no podían salir, pero podían vivir cómodamente en el interior hasta que murieran de viejas o de lo que sea que se mueren las moscas. Como yo era a partes iguales un tahúr y un humanitario, ya que tanto había en mí de Pete Penovitch como de Albert Schweitzer, convertí la trampa en un casino. Tras mucha meditación (echaba de menos a Chico, que podía haber resuelto toda la cuestión en un minuto con cuatro cálculos en el reverso de un resguardo de empeño), llegué a establecer qué posibilidades había de que una mosca sobreviviera a la trampa. Había que apostar dos a uno. Esto daría a la mosca la deportiva oportunidad y a la casa una posibilidad de ganar lo que le correspondía» (Harpo Marx).

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15 de agosto de 2012

«Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada. Natalia se ha puesto a llorar sobre sus hombros y le ha contado de esa manera todo lo que pasó.

Y yo comienzo a sentir como si no hubiéramos llegado a ninguna parte, que estamos aquí de paso, para descansar, y que luego seguiremos caminando. No sé para dónde; pero tendremos que seguir, porque aquí estamos muy cerca del remordimiento y del recuerdo de Tanilo.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso. Tal vez los dos tenemos muy cerca el cuerpo de Tanilo, tendido en el petate enrollado; lleno por dentro y por fuera de un hervidero de moscas azules que zumbaban como si fuera un gran ronquido que saliera de la boca de él; de aquella boca que no pudo cerrarse a pesar de los esfuerzos de Natalia y míos, y que parecía querer respirar todavía sin encontrar resuello» (Juan Rulfo, El llano en llamas).

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13 de agosto de 2012

«Para que la civilización no se hunda, / perdida su gran batalla, / haz callar al perro, ata el potrillo / a un poste distante. / César, nuestro amo, se halla en la tienda / donde los mapas está desplegados, / sus ojos fijos en el vacío / y una mano bajo el mentón. / Como una mosca de largas zancas sobre el río / su mente se mueve en el silencio. / Para que las insuperables torres sean quemadas / y los hombres memoricen el rostro, / muévete lo más suavemente posible, si debes hacerlo / en este solitario lugar. / Ella piensa, una parte mujer, tres parte niña, / que nadie la mira; sus pies / ensayan un paso de baile / aprendido en la calle. / Como una mosca de largas zancas sobre el río / su mente se mueve en el silencio. / Para que las muchachas púberes puedan encontrar / el primer Adán en su pensamiento, / cierra la puerta de la capilla papal, / mantén fuera esas niñas. / Ahí en el andamio está acostado Miguel Ángel. / Sin más ruido que el que hacen los ratones / mueve su mano de un lado a otro. / Como una mosca de largas zancas sobre el río / su mente se mueve en el silencio» (William Yeats).

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10 de agosto de 2012

«Un rayo de sol que entra por la banderola, a la mañana, me obliga a mirar el cuadrado nocturno, justo encima de la flor de la ducha, en el que unas terribles moscas se precipitan sobre un hombrecito que sólo tiene un abanico para defenderse» (César Aira).

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7 de agosto de 2012

«Gloucester: Algún juicio tiene; de lo contrario, no sabría mendigar. En la tempestad de anoche vi una criatura así, que me hizo pensar que el hombre no es más que un gusano. Acudió a mi mente el recuerdo de mi hijo, y sin embargo, mi alma le era entonces poco amiga. Después he sabido más. Los humanos somos para los dioses como las moscas para los niños juguetones; nos matan para su recreo» (William Shakespeare).

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31 de julio de 2012

«–¿Moscas?…

»–Sí –responde–, moscas verdes de rastreo. Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio módico» (Horacio Quiroga).

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27 de julio de 2012

«Cuando el barbero echó atrás la silla para afeitarle, él trató de estirar el cuello como una tortuga patas arriba. La espuma iba extendiéndose lentamente por sus mejillas, le hacía cosquillas en la nariz, se le metía por las orejas. Se ahogaba en olas de espuma azul, negra, cortadas por el lejano brillo de la navaja, el brillo del azadón a través de nubes de espuma azulnegra. El viejo tendido de espaldas en el patatar, la barba al aire, de un blanco espumoso, llena de sangre. Llenos de sangre los calcetines, de aquellas ampollas en los talones. Sus manos se crisparon frías y callosas como las manos de un cadáver bajo la sábana. Déjeme levantar… Abrió los ojos. Unos dedos blandos le frotaban la barbilla. Miró al techo donde cuatro moscas trazaban ochos alrededor de una campana roja de papel crepé. Sentía en la boca la lengua seca como un pedazo de cuero. El barbero enderezó de nuevo la silla» (John Dos Passos).

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19 de julio de 2012

«Allá donde hubo Dios, hay sólo moscas. Y el paraíso cede ante el infierno» (Gabriel Albiac).

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17 de julio de 2012

«¿Qué escritor no le ha hablado a su mosca? ¿A quién no reconozco en su mosca? ¿Quién no tiene una mosca trapaleando para él?» (Elias Canetti).

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14 de julio de 2012

«Si abrimos la ventana, junto con el aire fresco entran las moscas» (Deng Xiaoping).

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11 de julio de 2012

«Pasa un coche verde con excesiva lentitud. La señorita Arndt cierra el paso a Conejo, afablemente confusa, agradecida por alguna cosa, y en su mera adherencia al pavimento parece una mosca que ha dejado de andar por el techo para maravillarse de sí misma» (John Updike).

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7 de julio de 2012

«Leonardo, como ustedes saben, es el demonio mayor que preside los sábados la reunión de las brujas. En vísperas de San Juan abandona el lugar en que reside, que es, según los cabalistas, una isla occidental –lo que ha dado lugar a que algunos creyesen que habitaba en Inglaterra–, y se dirige a determinados puntos de Europa donde se verifica el reparto de moscas para todos los reinos cristianos. Es decir, que en las naciones europeas no hay más moscas que las que Leonardo, que oficia directamente a las órdenes de Belcebú –cuyo nombre significa literalmente Príncipe de las Moscas–, manda a cada una de ellas, por enjambres de nueve mil novecientos noventa y nueve, que se llaman zubjin, es decir, ejércitos o divisiones. Estos lugares son tres: Toledo, Montpellier y el Xistral. Lo de Toledo se sabe por la tradición rabínica y por Moisés Ibn Ezra en su Libro de los Tres Órdenes, quien sostiene que Leonardo tiene casa en la imperial ciudad, sin escaleras ni piso, lo cual impide que entre en ella alguien extraño a la cofradía demoníaca y brujeril, ya que diablos y brujas suben las escaleras que no hay y pasean por el piso que no existe, mientras que cristiano que quisiese hacerlo no podría y tendría que quedarse en el bajo, blanco de los tizones de la hoguera sabatina.

Repartidas las moscas de las Españas, Leonardo, que como todo satánida es instantáneo, comparece en Montpellier, en su subterráneo, donde reparte las moscas de las Galias, Germania, Hungría e Italia. Se exceptúa Saint-Michel, que tiene moscas propias y manda las sobrantes a Inglaterra. Las moscas venecianas son bizantinas. El Xistral es un alto monte de mi diócesis de Mondoñedo. Las tres o cuatro veces que yo me disponía a subir a él –y la última lo era en compañía de Aquilino Iglesia Alvariño– me lo impidieron fuertes lluvias y sonoros vendavales. Es fácil encontrar entre los vecinos de las aldeas montañesas gentes que han visto pasar, en la mañana de San Juan, los inmensos enjambres negros de las moscas con destino a Portugal y a tierras remotas, entre las que supongo que estará Irlanda, y si hay moscas en la isla de San Barandán, serán las que fueron de mi Xistral, en el ala del viento… Que sea Leonardo el cabeza de toda esta fiesta, es saber vivo en aquella comarca. Ya he contado alguna vez cómo estando en una barbería, en Mondoñedo, una mujer que saludada a un anciano que tenía un niño en las rodillas, en la espera de que al mamoncete rubio le cortaran el pelo, al saber que el crío se llamaba Leonardo, escapó corriendo, santiguándose Fontevella abajo:

Leonardo! Poñerlle Leonardo! O nome do gran castrón!

Ya estará acercándose. Como es instantáneo no tiene prisa. Saltará de ciudad en ciudad, de las que sabe los nombres secretos, aquellos que según los cabalistas, hacen dueño de una urbe al que sabe el suyo oculto. Toledo se llamaba en tiempos Fax, y a Carlos V le dijeron el nombre. Pero desde entonces parce haber cambiado. Los reyes de Francia se transmitían unos a otros el nombre secreto de su Reino. Luis XVI debió de haberlo olvidado, y por ello le cortaron la cabeza… En fin, Leonardo tiene tres cuernos, es políglota y canta cuando se embeoda» (Álvaro Cunqueiro) [Hallazgo de Carmen Pereiras].

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5 de julio de 2012

«Había soñado así y no podía comprender –tres veces– el escamoteo de la chica del balcón. Recordaba ahora –semidormido en el calor de la cama lo veía más claro que nunca, con la viruta y gancho del débil rizo negro– el lunar que ella tenía en el cuello, única cosa que le dejaba con su gracia al darse vuelta para reír sin causa a la amiga, o mirar al final de la calle donde nunca había nada digno de que ella mirara.
Tampoco se podía saber por qué era encogida y triste la atmósfera de la habitación soñada; ni –esto nunca, nunca podría saberlo– por qué ella debajo suyo era Coco sonriéndole como una mujer pintada y barata.
Abrió los ojos y los cerró en seguida, contento de que no hubiera entrado más que el chorro de sol lleno de un polvillo plateado y lento, y el agua estremecida del botellón con una mosca presa. Pensó que era otoño y que este sol debía estar afuera, dormido y amarillento en un limpio cielo de seda. Ocre de los árboles, plazas con viejos y niñeras, un aire palpable y como quieto para siempre. Pero el zumbido de la mosca en la botella iba haciendo, a golpes, dando bruscos pedazos de paisaje, el último verano.
 Era una tarde del verano reciente, en la playa, con un sol abriéndose y cerrándose en abanico, papeles sucios y arrugados, botellas vacías, trenzados, macizos de arbustos que hacían la sombra para la pereza de la siesta. Temblaban, combadas, las líneas blancas del oleaje. Blanca, temblorosos los mil triángulos de los gallardetes –fresco y viento– se balanceaba, subía, bajaba, la balsa de la escuela de natación. Al fondo –ochocientos metros desde el espigón de la playa mansa decían los programas de las carreras–, la sombra oscura de la isla. Árboles aplastados, el punto gris del faro, estilo over, pecho, crawl rítmico y desenfadado de una indígena desnuda en aguas transparentes. Mares del sur. […] Se sentó en la cama, bostezando hasta dolerse, rascándose la cabeza con furia. Tembló el agua del botellón. Con la mandíbula apoyada en un puño quedó mirando la mosca hasta que la vio quieta, con un brillo de plata en la cabeza y las patitas duras y estiradas. Por qué diablos nunca pude tenerla mientras estaba soñando y se me cambiaba por el Coco. Quedó sin pensar, dormidos los ojos en el retrato de Einstein de la pared de enfrente hasta que golpearon en el vidrio» (Juan Carlos Onetti).

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2 de julio de 2012

«Tiene que ver con el cerebro de los animales, que guardan información con un orden de magnitud mucho más eficaz de lo que pueden hacer los mejores y más grandes ordenadores actuales. El cerebro de una mosca casera puede hacer más que el complejo de ordenadores más avanzado, con las mejores aplicaciones, dispositivos y cámaras. Ni tan siquiera entendemos el principio básico sobre cómo esa información se va a procesar. Hay neuronas, señales eléctricas, sinopsis… Esto lo sabemos, pero es diferente a comprender cómo funciona como sistema. He trabajado muchos años sobre el tema y es como el suplicio de Tántalo, hasta que ves otro nivel de complejidad: sistemas altamente evolucionados que parecen tremendamente simples, pero que, cuando te metes en ellos, ves que lo simple es muy sofisticado» (Carver Mead). [Hallazgo de Eladio Gutiérrez].

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30 de junio de 2012

«En aquel momento el jefe se dio cuenta de que una mosca se había caído en el gran tintero y estaba intentando infructuosamente, pero con desesperación, salir de él. ¡Socorro, socorro!, decían aquellas patas mientras forcejeaban. Pero los lados del tintero estaban mojados y resbaladizos; volvió a caerse y empezó a nadar. El jefe tomó una pluma, extrajo la mosca de la tinta y la depositó con una sacudida en un pedazo de papel secante. Durante una fracción de segundo se quedó quieta sobre la mancha oscura que rezumaba a su alrededor. Después las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, levantando su cuerpecillo empapado, empezó la inmensa tarea de limpiarse la tinta de las alas. Por encima y por debajo, por encima y por debajo pasaba la pata por el ala, como lo hace la piedra de afilar por la guadaña. Luego hubo una pausa mientras la mosca, aparentemente de puntillas, intentaba abrir primero un ala y luego la otra. Por fin lo consiguió, se sentó y empezó, como un diminuto gato, a limpiarse la cara. Ahora uno podía imaginarse que las patitas delanteras se restregaban con facilidad, alegremente. El horrible peligro había pasado; había escapado; estaba preparada de nuevo para la vida.

Pero justo entonces el jefe tuvo una idea. Hundió otra vez la pluma en el tintero, apoyó su gruesa muñeca en el secante y mientras la mosca probaba sus alas, una enorme gota cayó sobre ella. ¿Cómo reaccionaría? ¡Buena pregunta! La pobre criatura parecía estar absolutamente acobardada, paralizada, temiendo moverse por lo que pudiera acontecer después. Pero entonces, como dolorida, se arrastró hacia delante. Las patas delanteras se agitaron, se afianzaron y, esta vez más lentamente, reanudó la tarea desde el principio.

Es un diablillo valiente -pensó el jefe- y sintió verdadera admiración por el coraje de la mosca. Así era como se debían de acometer los asuntos; ésa era la actitud. Nunca te dejes vencer; sólo era cuestión de…» (Katherine Mansfield).

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27 de junio de 2012

«Para que se fuera la mosca / abrí los vidrios / y continué escribiendo. / Era una mosca chica, / no hacía ruido, / no me estorbaba en lo más mínimo, / pero tal vez empezaría / a zumbar. / Un aire frío, / suave, / entró en el cuarto; / no me estorbaba en lo más mínimo, / pero no se llevaba / con mis versos. / Cambié mis versos, / los hice menos melodiosos, / quité los puntos, / los materiales de sostén, / las costras adheridas. / Miré la mosca adolescente y gris, / sin experiencia; / no se movía del mismo punto, / tal vez / buscaba entrar en la corriente / de las moscas, / buscaba a su manera unas palabras mágicas. / Rompí mis versos, / a fuerza de quitarles costras / habían quedado ajenos. / Fui a la ventana, / por un momento / todo lo vi como una mosca, / el aire impracticable, / el mundo impracticable, / la espera de un resquicio, / de una blandura / y del valor / para atreverse. / Fuimos el mismo adolescente gris, / el mismo que no vuela. / ¿Qué versos que calaran hondo / no venían, / de esos que nadie escribe, / que están escritos ya, / que inventan al poeta que los dice? / Porque los versos no se inventan, / los versos vienen y se forman / en el instante justo de quietud / que se consigue, / cuando se está a la escucha / como nunca» (Fabio Morábito). [Hallazgo de Carmen Pereiras].

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25 de junio de 2012

Estas horas de calor atroz han traído consigo la primera oleada de moscas. En los compases iniciales, mato tres de una tacada. El primer reemplazo de estos insectos es siempre el más débil. Les cuesta aclimatarse. A medida que avanza el verano, en cambio, se hacen imbatibles. Incluso inmortales. Hay que aprovechar esta desorientación inicial con la que irrumpen para exterminar al mayor número. La primera pieza que me cobré ayer murió atrapada entre las páginas 156 y 157 de los Diarios de John Cheever. Nada más se posó, cerré el volumen de golpe y plas. Adiós bicho. Si yo fuese mosca en algún momento también querría morir ahí. Es más, querría morir en esa parte del libro aun sin ser una mosca. En la página 156 descubrí uno de los fragmentos más estremecedores sobre la tormentosa relación que un individuo puede llegar a establecer con la bebida. Como tal vez nunca tendré ocasión de referirme a este pasaje, que tanto me impresionó, lo transcribo a continuación.

«Una pelea con el alcohol a cuatro asaltos, que empieza cuando llevo a Susie a la ciudad y los nervios me dan dolor de estómago en Ardsley. Se produce el torbellino psicológico habitual y tomo dos cócteles de ginebra antes de comer y me siento juguetón. A medida que pasa la tarde se aplaca el torbellino y cuando llego a casa me parece que merezco más cócteles. Sé que a la mañana siguiente tendré que cuidar a Federico, no podré trabajar, y con esa excusa bebo después de la cena. [En este punto se advierten restos de sangre de mosca]. Por la mañana me siento mal, disgustado conmigo mismo, desesperado y obsceno. A las once y media tomo un trago para fortalecerme y empiezo a beber en serio a las cuatro y media, que es cuando empiezo a cocinar. Tengo mis propias excusas. Mi prudencia está hecha añicos y cuando termino de lavar los platos engullo una dosis generosa de whisky color nuez. El sábado me siento peor. Bebo una copa antes de almorzar, que me provoca jaqueca y náuseas. Después de comer nos esperan en La Tata; es una visita de cortesía obligatoria y S. me sirve un whisky detrás de otro. El domingo me siento peor que nunca. Llevo a Federico a pasear. A lasa once y cuarto redacto una diatriba contra los males del alcohol. Luego, busco el teléfono de Alcohólicos Anónimos. Después, con manos temblorosas, me bebo los restos de whisky, ginebra, vermut, todo lo que encuentro. Pasa el ataque, me recupero, pero desearía terminar con esto» (John Cheever).

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23 de junio de 2012

«Con el hachís te sorprendes de cualquier cosa, (…), en fin, de mis últimas caladas al cigarrillo, me llené bien los pulmones, y miré hacia la ventana, hacia la luz del sol, y me alegré, el sol siempre le alegra, y me dije muy animado –hay que irse– y de pronto, no sé cómo, todo aquel humo se echó sobre mí, cubriéndome, envolviéndome, empequeñeciéndome, combando las paredes de la habitación en una especie de esfera oscurecida, y tan densa que me sentí como una mosca caída en la sopa más espesa, moviendo sus patitas, esforzándose inútilmente por alcanzar el borde del plato y –joder, este hachís…» (Celso Castro).

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22 de junio de 2012

«¿Cuál es tu objetivo en filosofía? Mostrar a la mosca la salida de la botella» (Ludwig Wittgenstein).

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20 de junio de 2012

Las moscas no van al cine, y existe una razón. En realidad, existe una teoría. Julio César Londoño sostiene que se aburren, dadas las características de su percepción visual. Cada uno de los ojos de la mosca está compuesto por dos mil micro ojos, capaces de diferenciar fenómenos ópticos separados entre sí por el insignificante intervalo de 1/200 de segundo. Un instante-mosca. Un ser humano necesita un intervalo 1/20 de segundo para diferenciar dos sucesos ópticos. Eso explica que en nosotros el cine produzca la ilusión del movimiento y la continuidad. En cambio, ¿qué ve la mosca? «La realidad: una aburrida proyección de diapositivas separadas por largos intermedios de oscuridad. No es de extrañar que abandone la sala en dirección a la cafetería o el teatro», sostiene Londoño.

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18 de junio de 2012

«Copulan moscas
 / en los labios resecos del mendigo,
 / Sobre el vino derramado a sus pies; / En la oreja del hombre que junto a su esposa carga bolsas repletas de choclos, papas, vacuno y moscas copulando; copulan moscas en las manos del muchacho, que lame el barquillo cruzando la calle en busca de sombra /
 (¡En el fondo, tu eres sombra muchacho!) 
/ Sobre el cuerpo del gato alcanzado por la micro, en la peluca del payaso, en los moluscos vinagres en los tarros, en los mangos, en las guayabas, en los calzones y zapatos norteamericanos, en las balanzas, sobre el mesón del carnicero; / 
Febriles agitan sus alas, sonoras succionan sus cuellos…» (Juan Malebrán).

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16 de junio de 2012

La mosca es una especie forastera. No importa que tengamos semejanzas genéticas. Siempre será un extranjero que penetra en nuestro espacio y amenaza el equilibrio reinante. Nada más aborrecible que un espíritu invasor. Seguramente nosotros éramos una especie feliz y despreocupada de los asuntos vulgares hasta que llegaron ellas zumbando. Algunos especialistas mantienen que Belcebú o Beelzebub deriva etimológicamente de «Ba´al Zvuv», que significa «El señor de las Moscas». En una de las aventuras de Astérix, los galos buscan una explicación a la irritación de los dioses con su aldea. Acuden al adivino, Abraracurcix, que dice que Baal Zebub, dios de las Moscas, debe ser el culpable de que las otras deidades estén mosqueadas. Obélix le pregunta a Astérix si él conoce a ese dios, y éste responde que debe ser un dios extranjero. Tal y como ya sospechábamos.

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14 de junio de 2012

Todos hemos matamos una mosca alguna vez, y cando hemos ido a recoger el cadáver, no estaba.

«Te tendré que matar de nuevo. / Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima, / en Cristianía, / en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos, / en el burdel, en la cocina, sobre un peine, / en la oficina, en esta almohada / te tendré que matar de nuevo, / yo, con mi única vida» (Julio Cortázar).

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13 de junio de 2012

Pocas frustraciones se equiparan a la de intentar acabar con una mosca y ver cómo huye en el último momento, riéndose de ti, al estilo  del profesor Moriarti o Fu-Manchú. El señor  Miyagi, en Karate Kid, atrapa unha mosca con unos palitos. Su  discípulo, Daniel LaRusso, le resta mérito y le pregunta: «¿No sería más fácil con un cazamoscas?». No le falta razón, pero su maestro no pretende tanto cazar una mosca como darle una lección: «Hombre que poder cazar mosca con palitos consigue lo que quiere».

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12 de junio de 2012

«Cuando le conté a Polanco que en mi casa había una mosca que volaba de espaldas, siguió uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire. Claro que Polanco es un amigo, y acabó por preguntarme cortésmente si estaba seguro. Como no soy susceptible le expliqué en detalle que había descubierto la mosca en la página 231 de Oliver Twist, es decir que yo estaba leyendo Oliver Twist con puertas y ventanas cerradas, y que el levantar la vista justamente en el momento en que el maligno Sykes iba a matar a la pobre Nancy, vi tres moscas que volaban patas arriba. Lo que entonces dijo Polanco es totalmente idiota, pero no vale la pena transcribirlo sin explicar antes cómo pasaron las cosas» (Julio Cortázar).

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11 de junio de 2012

Colecciono historias de moscas. Simbolizan la capacidad de las pequeñas cosas para provocar grandes efectos, imprevistos y turbadores. Naturalmente, no podemos hablar en serio de moscas y literatura y no comenzar por Augusto Monterroso. En alguna medida, es el padre de la mosca. Le proporcionó prestigio, fama. Todo. La irrupción de la mosca en la literatura, y en el arte en general, es muy anterior, pero sólo con Monterroso adquirió estatus.

«Hay tres temas: el amor, la muerte y las moscas. Desde que el hombre existe, ese sentimiento, ese temor, esas presencias lo han acompañado siempre. Traten otros los dos primeros. Yo me ocupo de las moscas, que son mejores que los hombres, pero no que las mujeres. Hace años tuve la idea de reunir una antología universal de la mosca. La sigo teniendo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que era una empresa prácticamente infinita. La mosca invade todas las literaturas y, claro, donde uno pone el ojo encuentra la mosca. No hay verdadero escritor que en su oportunidad no le haya dedicado un poema, una página, un párrafo, una línea; y si eres escritor y no lo has hecho te aconsejo que sigas mi ejemplo y corras a hacerlo» (Augusto Monterroso).

2 respuestas

  1. No voy a mentir, leo poco, muy poco, pero sí lo suficiente para saber diferenciar el trigo de la paja. Esta mañana me hallaba dando mi repaso dominical al foro de atléticos del cual soy asiduo, cuando he tenido un descubrimiento fuera de lo normal. Uno de mis compañeros foreros, posiblemente de forma inconsciente, ha colgado un artículo que hablaba del derby de ayer, pero de una forma diferente. Yo que sé quien es Faulkner porque tiene el Nobel, pero nunca he leído nada de él, lo he notado al instante. El caso que una cosa ha llevado a la otra y he acabado repasando una lista interminable de fragmentos literarios en los q interviene un personaje común, un invitado incomodo, que sirve para ambientar situaciones cotidianas. Como soy de los que busca en internet la lista de los mejores 100 libros de la literatura universal para ampliar su cultura literaria, una relación de autores y fragmentos como ésa, me ha atraído tanto como la miel a un grupo de moscas revoloteando distraídas. Dado que una lectura exhaustiva me hubiese llevado horas y la mañana del domingo da para lo que da, me he ido posando cual mariposa caprichosa en aquellos autores que me son más admirados. La lista se reduce a cinco: Rulfo, Cortázar, García Márquez, Borges y Kafka por este orden. El caso q he tenido un “déjà vu” el 29 de junio y he rebobinado hasta el 26 de Abril, cuando Oliveira describe por primera vez a la Maga el vuelo de la mosca por la pieza. He pensado q puestos a repetir, q me mejor q hacerlo con Rayuela, cuya lectura alternativa nos obligará a pasar nuevamente por este capítulo. Se me ocurre que si en vez de ser buscado, fuese una errata, sustituir la cita por otra del mismo libro, o del mismo autor, o de alguno de los 5 citados anteriormente o de cualquier otro, porque una relación como ésta, no se puede permitir tener erratas.

  2. Por lo menos la dieta debe aportar el equivalente a veintidos kcal por cada kg de peso anatómico
    real y día.

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