Último día en el Nebraska

El 28 de diciembre por la mañana entré por última vez en la cafetería Nebraska de la calle Alcalá 18, y pedí un desayuno. También había estado cenando la noche anterior, solo, mitad triste mitad alegre. Pocos días después, aquel Nebraska y todos los demás que había en Madrid cerraron sus puertas para siempre, con su modernidad avejentada dentro. Caía un emblema. Ningún cliente pudo pasar a despedirse, como en los funerales. No hubo funeral. No quedó un resquicio por el que decir «adiós» o «chao». Fue como pisar una hormiga campestre. La pisas y ahí se acaba la historia; continúas tu paseo por el campo. Puro capitalismo, con sus éxitos, sus bancarrotas y su vuelta a empezar. nebraskaEse proceso, casi biológico, dejó un hermoso destello a los pocos días, con los exempleados revelando la composición de la famosa mostaza del local, resultado de mezclar mahonesa casera con mostaza de la marca alemana Kühne Senf.

Los días y sus asuntos me llevaron este martes a recoger unos zapatos que había dejado a arreglar, y al abrir la cartera para pagarlos, allí encontré, junto a un billete de diez euros arrugado, el tíquet de la cena del Nebraska. No sé por qué lo había conservado. Nos pasamos la vida atesorando resguardos, por si acaso. De vuelta al piso, con los zapatos arreglados, me fijé otra vez en el tíquet. Me había atendido Yolanda, que me sirvió un sandwich Habanero y dos Estrellas Galicia. La cuenta se emitió a las 23.12 horas. Me pregunté cuántos tíquets como aquel habrían sobrevivido al cierre del Nebraska en las carteras de otros clientes, o arrugados y arrojados en alguna calle sin barrer, a merced de las inclemencias del día y la noche, y de los peatones y sus pasos. Era evidente que el mío no servía para nada, pero volví a guardarlo, mientras me reprochaba por qué lo guardaba, y me respondía que por si acaso.

Aquella noche el Nebraska era un hervidero. La gente parecía muy contenta, como si las especialidades de la casa prestasen la felicidad. Vivíamos ajenos al adiós. El local se moría y nosotros comíamos y bebíamos. Aparecí en buen momento. Había sólo dos mesas libres. Me senté al principio, contra una pared acolchada, roja. Todos cenaban acompañados menos yo. Lo quise así. Hay días que bastante tienes contigo (artículo completo en El Progreso).

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Háblame de tu otro yo

Yo estaba en el café Gijón por estar, leyendo un libro de Juan Gelman, o haciendo que lo leía, porque cada vez que se abría la puerta del local, y se abría todo el tiempo, levantaba la cabeza para ver quién entraba. No era sencillo concentrarse. Me dieron ganas de gritar «aquí no hay quien lea». Ni que aquello fuese un bar, pensé. Cuando me serené, y cerré el libro, me fije que en otra de las mesas había una señora con la cara de Emma Cohen, y quizá su nombre, pero que no era ella. Lo deduje cuando se dirigió a uno de los camareros con acento argentino. CohenEso sí, se trataba de una copia relativamente perfecta de Emma Cohen. También estaba leyendo, o haciendo que leía, pues el libro, aunque abierto, descansaba en la mesa boca abajo, como un niño enfadado.

En un momento de la mañana, un hombre sentado en una tercera mesa, que hasta entonces había estado escribiendo sobre unas cartulinas rojas, se levantó y se acercó a la mujer. «¿Me permite molestarla un minuto?» Ella asintió con una mezcla de curiosidad y pereza. El hombre, que tendría unos sesenta y cinco años y vestía una camisa con los puños deshilachados, le confesó que había estado observándola en secreto. «No iba a decirle nada, pero soy un admirador tan entusiasta de su marido, que levantarme y decírselo me ha parecido el mejor homenaje que podía hacerle. Fue el mejor actor de este país». Y empezó a citar algunas películas. Se refería a Fernando Fernán Gómez, muerto hacía algunos años, y confundía a aquella mujer con su viuda, Emma Cohen. Para mi sorpresa, ella no lo sacó de su engaño. No comprendía nada, pero el señor hablaba con tanta pasión de un marido que la mujer no había tenido, que incluso experimentó nostalgia hacia él. Fiel a su promesa, el hombre se retiró después de un minuto y recuperó la escritura. Mi mirada se cruzó con la de la mujer, que se encogió de hombros y me sonrió (artículo completo en El Progreso).

Una tienda inolvidable

En la calle Pombal de Santiago, casi llegando a Galeras, hubo un pequeño negocio regentado por un matrimonio mayor. Él tenía un bigote amarillo y gris y una amplia cojera, que tal vez no fuese cojera, sino estilo. Algunos días calzaba zapatillas de andar por casa para andar por la tienda. En general, el hombre aborrecía la higiene. Los jerseys le hacían bolas y las camisas tenían lamparones. Usaba gorra y los bolsillos del pantalón le abultaban muchísimo, quizá porque se le juntaban los pañuelos limpios y los sucios.Smoke Ella vestía de negro y no era muy habladora. Cobraba en silencio, suponiendo que conocías de memoria, o por casualidad, el precio de las cosas.

Los días que voy a Santiago y coincide que paso por delante, y ya no veo la tienda, se me abre un abismo y caigo a través de su oscuridad, mientras pienso que yo seré el siguiente en desaparecer. Se la llevó por delante el progreso, o quizá el atraso; nunca se sabe. En su lugar ahora hay una pulpería, o hubo, porque también cerró, y el local está en alquiler.

Aquella tienda nunca conoció una época próspera. En los días que la frecuenté, que podríamos definir como buenos tiempos, ya vivía un mal momento. Supongo que le iba bien así, atravesando una larga y fructífera decadencia. Quizá ya nació vieja y vacía, y por esa razón resistía al paso de los años sin necesitar apenas clientes. A mí me gustaba. Vendían periódicos y revistas más o menos viejas, y al fondo había un locutorio telefónico. Durante un año, yo entré allí todos los días, y en los cinco siguientes, ya sólo de vez en cuando. Vivía a unos cien metros, en la calle Poza de Bar, sobre uno de los puticlubs que en los anos noventa proliferaban en el barrio (artículo completo en El Progreso).

Variantes del verbo «estar»

Estás en el bar, donde a su manera siempre está encendida la calefacción, y gente a la que no conoces de nada te resulta familiar y puedes tutearla. No, estás en el sofá, viendo la televisión, ya que algunos días, cuando la enciendes, descubres algo parecido a lo que se entiende por compañía. No, estás en la sala de espera del hospital, pues una amiga se ha encontrado mal de repente, después de un gin-tonic, y eso que tú siempre le dices que no abuse de la ginebra, que beba variado, que la identidad no se juega en una copa, que no se ‘es’ de ginebra o de bourbon como se ‘es’ del Sporting de Gijón o del Atlético. No, más bien estás en la oficina, esa clase de lugar inhóspito en el que pasas ocho horribles horas al día, horas quemadas, que casi hay que descontar a los días con vida que te restan. Los asesinosEn realidad no estás en la oficina; ni siquiera tienes oficina. No tienes trabajo. Estás en la biblioteca. No, estás en el campo de fútbol, durante el descanso del partido, preguntándote si ir o no al bar del estadio a buscar una de esas asquerosas cervezas sin alcohol, que en el último tramo de la segunda parte te obligarán a ir al cuarto de baño. Definitivamente, no estás en el campo de fútbol, sino en el parque, sin hacer nada, simplemente pasando arena de una mano a otra, como si fueses Samuel Beckett, y mirando piernas, al lado de una pareja que está fumando un porro y te ofrece. No, no, no, nada de parques, nada de porros, nada de piernas. Donde estás de verdad es en la consulta del médico de familia, tienes un catarro horrible y te pones de rodillas para que te receten un buen antibiótico. No, estás en la relojería, en donde te has presentado para que le pongan una, gilipolleces, tú no estás en la relojería, ni siquiera tienes reloj. En donde estás de verdad es en Twitter, la clase de sitio en el que se cuece el bacalao, y la gente dice lo que hay que hacer y no hacer. Aunque mejor no, no estás en Twitter (artículo completo en El Progreso).

Un placer barato y vulgar

Hubo un tiempo en que el fútbol era un placer barato y vulgar, no exento de clase, que se jugaba en domingo, igual que la misa. No costaba nada encariñarse con él. Las ganas de ir al estadio, y coronar la semana con noventa minutos gloriosos, no chocaban con el precio que había que pagar por la entrada. Creo que por los mismos días, esta vez en una modalidad de éxtasis vulgar y barato, los cubatas costaban doscientas pesetas, y tenían un sabor rudo y auténtico. Como para no aficionarse. A veces incurrías en los dos placeres de una El apartamentotacada, en un gesto táctico; apenas dejabas las gradas, te dirigías al bar con tu dineral casi intacto, y pedías dos copas, una para beber rápido, sin sentimentalismos, y otra más despacio, mientras desgranabas el partido a gritos, pues cuando finaliza, el fútbol continúa por otros medios.

Pero los días se fueron encareciendo. Murieron las pesetas. Los fichajes se desmadraron. Se despedían entrenadores, se contrataban y se volvían a despedir. Los periódicos deportivos, como si hubiesen dado una vuelta entera al diccionario, repetían en sus portadas las palabras “fantástico” y “extraterrestre”. Murió el suspense en los carruseles de la radio. En algunos casos moriste tú también. Cuando nos dimos cuenta, el fútbol ya estaba en manos de hombres de negocios (columna completa en El País).

Jódete

Durante una época estudié en un colegio privado, y desde esos días experimento un extraño y salvaje placer cuando alguien dice “Jódete” o “Vete a la mierda”, incluso cuando lo digo yo. No son la clase de frases elaboradas que te permitían emplear los frailes para dirigirte a ellos con educación, aunque por dentro las pensabas todo el rato. Aquel exceso de buenos modales que nos enseñaban delataba, en el fondo, una falta absoluta de modales. Nunca hay que rehuir un improperio porque sí.Cash En ciertas circunstancias sirven para respirar por el orificio que abren en la conversación. Si se pronuncian bien, y en el minuto adecuado, constituyen una modalidad de música, como el silencio.

Hace algunas semanas, en una fiesta de Navidad a la que me llevó un amigo, me presentaron a un señor de unos cincuenta años, cordialísimo, y algo antipático, que no dejaba de decir “hay que joderse”. No costaba demasiado concluir que, en general, consideraba que el mundo era una puta mierda, aunque no le importaba en absoluto porque había bebida de sobra. Estaba ligeramente borracho, aunque me pareció una de esas borracheras perpetuas, tradicionales, equivalentes a la sobriedad total, en las que el tipo se manejaba con la naturalidad del que está en casa, durmiendo (artículo completo en El Progreso).

Foto: Johnny Cash

Bares inmundos

La literatura transcurre a menudo en bares inmundos, nada literarios. No tienen wifi, hay cáscaras de cacahuetes en el suelo, nadie escribe versos en sus mesas, el café es normalito, no hay papel higiénico… pero son bares perfectos. Cualquier novela querría tener uno. Incluso Borges, tan literario para todo, no Bar inmundoencontró mejor final para El sur que un tugurio oscuro en el que las navajas volaban y los clientes se arrojaban migas de pan.

Todo lo que pase en los bares comunes sólo puede ser verdad, aunque sea inventado. El camarero, el olor a sudor, el ruido de la cafetera, incluso los ceniceros sucios, rezuman literatura. Las historias de Raymond Carver, por ejemplo, están llenas de garitos, a menudo vacíos, sin nombre, a los que llegan los personajes después de una discusión familiar. En Vitaminas, el narrador nos habla de un bar de negros con un dueño que viste camisas hawaianas. Algunos clientes llevan la botella debajo del abrigo, piden una cola y la mezclan. De vez en cuando uno le da un botellazo en la cabeza a otro. Se cuenta que una noche siguieron a un tipo hasta los servicios “y le cortaron el pescuezo mientras tenía las manos ocupadas meando”. Estos son los bares a los que me refiero, oscuros, mugrientos, y algunos días peligrosos. La literatura no sobreviviría sin ellos. Y los escritores tampoco (columna completa en El País).

Bares vacíos

Me gustan los bares cuando los camareros acaban de abrirlos y aún no se han llenado de borrachos que gritan y no paran de ir al baño. Entré en uno al azar. Miré a través de la cristalera y deduje que el barman se aburría como una ostra. Necesitaba un trago y me refugié dentro, en una esquina de la barra. Olía a lejía en todo el local. Casi podía almorzarse con la peste. El camarero estaba solo, como en esos entierros a los que no acude nadie, salvo el muerto. Miraba el periódico sin atreverse a abrirlo, tal vez por miedo a que hablase de él. Hammett-ChandlerNo me pasó desapercibido su rostro. Disimulaba mal su pasa-do. Había visto muchos como el suyo, y sabía cuándo estaba delante de una nariz que habían roto varias veces. Me preparó un gimlethorrible que no servía ni para limpiar lápidas. Lo bebí de un trago y pedí otro. Nunca he sido muy exigente con las bebidas y, en el fondo, soy un sentimental.

Encendí un cigarrillo. Lo fumé hasta la mitad y lo apagué. Fue una estupidez por mi parte; encendí otro. No era el mejor día para recortar en tabaco. Necesitaba poner en orden mis ideas. Me sentía muy contrariado. Hasta hacía unas horas tenía entre manos un trabajo fácil y bien pagado por el que no parecía que me fuesen a pegar un tiro. Pero las circunstancias habían cambiado. De pronto, estaba rodeado de mujeres bellísimas y de dos cadáveres (artículo completo en El País).

Cobrar una deuda

Todos contraemos alguna clase de deuda cada mañana al levantarnos, aunque sólo consista en llamar a la abuela por su cumpleaños, que ya fue la semana pasada. En la naturaleza de la deuda está prolongarse en el tiempo. De hecho, una de las palabras preferidas Furiode cualquiera que te deba dinero es siempre «mañana». Alberga grandes planes para ti… en el futuro.

El saldo de una deuda es una promesa de felicidad. Lamentablemente hay gente a la que la felicidad no le gusta, porque la hace sentir bien, y prefiere no pagar. En casos así acostumbran a pasar dos cosas: que no pase nada, o que de repente le entren ganas de devolver hasta el último céntimo, como resultado de una visita sorpresa. En la segunda temporada de Los Soprano, Tony incorpora a la familia a Furio Giunta, especialista en cobros atrasados (y asesinatos). Tiene clase y modales, a la vez que carece de ambas cosas. En su primer trabajo irrumpe en un burdel con un bate y una pistola. El proxeneta que remoloneaba la deuda contraída con Tony refunfuña, pero tras recibir un tiro en la rodilla, paga. En la vida es importante disponer de un método de cobro seguro, y Furio lo tiene (artículo completo en El País).

Borracho ocasional

«Haz algo, aunque sea cruzarte de brazos», le dijo en cierta ocasión John Fante a su hijo. Esta es la clase de expresión que sólo entiendes cuando transcurren algunos años, y un día descubres que no vale de nada interponerse en el curso de la realidad. A la postre, todo lo que tratemos de evitar, a menudo ocurre. Y ocurre con fuerza. En una situación así, inquebrantable, que te amenaza, lo mejor que puedes hacer es guardar Querían beberlas manos en los bolsillos. Pero esta es una lección que rara vez escribes en tu libreta de notas. Nos gusta la acción. Y joderlo todo. Ahí tenemos el caso del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Su director quiso retirar una figura en la que sodomizaban al rey Juan Carlos, para no dar que hablar, y al final el director dio que hablar, la obra se expuso, y el tipo tuvo que presentar la dimisión. Lamentablemente no aprendió la lección que proporcionó aquella portada de El jueves en la que Felipe y Letizia follaban –creo que se dice así– mientras intercambiaban comentarios sobre el cheque-bebé. El juez Del Olmo ordenó el secuestro de la publicación, para que no trascendiese. Es decir, se esforzó en hacer algo para detener el curso de la realidad, y se habló más que nunca de la portada.

La realidad es inexpugnable y siempre se abre paso. Me gusta citar, como borracho ocasional que soy, la ley Vostead. Entró en vigor en los Estados Unidos de 1920. Prohibía la preparación de toda bebida alcohólica. Iba a acabar con los males de país y alumbrar una época nueva, sin convictos, sin criminales, en la que los hombres irían erguidos y las mujeres sonreirían a todas horas. El resultado no se hizo esperar, y la nación fue poseída por unas ansias locas de fabricar alcohol. La bebida se convirtió en la obsesión norteamericana. Nueva York, que contaba con 15.000 bares legales ese año, al siguiente pasó a tener 32.000 con una mirilla en la puerta. Se dispararon las detenciones, las penas de prisión, las víctimas por intoxicación, mientras arrancaba la guerra del aguardiente entre los gánsteres, que iba a dejar dos mil cadáveres.

Parece mentira que los legisladores norteamericanos creyesen que la ley Vostead detendría las ganas de pasarlo bien que mueven al mundo. Veinticinco años antes existió ya un antecedente del que no quisieron aprender. En 1895, un alcalde reformista nombró a Theodore Roosevelt presidente de la junta de jefes de policía a de Nueva York. Roosevelt fue un perseguidor implacable del vicio. Como la ley que prohibía a lo bares despachar su veneno los sábados solía burlarse, Roosevelt los cerró, en una artimaña contraria a los brazos cruzados, o en el bolsillo. Se interpuso, digamos, en el curso de la divertida realidad. Eso significó que los dueños de los barres cerrados no tuvieron que pagar protección al señor Richard Croker. Croker era por entonces el líder del Tannany Hall –nombre con el que se conocía a la maquinaria política del Partido Demócrata, clave en el control de las nominaciones en Nueva York hasta 1935, cuando comenzó a debilitarse– y ante la maniobra de Roosevelt reaccionó con audacia. A los pocos día consiguió que un juez dictaminase que no contravenía la ley servir alcohol con una comida, de modo que una sola galleta ingerida mientras se bebía una botella de whisky entera convertía lo ilegal en legal, y la realidad seguía su curso natural y ameno.

Comida sucia

Estaba en una esquina de la barra leyendo el periódico al revés. Fuera del bar era invierno y verano a la vez. Yo removía el azúcar del café con una mano, y con la otra pasaba páginas hastiado, como si todos los gestos de la vida albergasen un gran sinsentido. Me enfrentaba a uno de esos momentos anodinos e inexistentes en los que no piensas en nada, y te sientes liviano e inútil. Tal vez eso es lo que me permitió reparar en que al camarero, un tipo delgadísimo, con aspecto de leer a Kierkegaard, se le caía Margaret Thatcheruna croqueta de un plato al salir de la cocina. En un movimiento fulgurante, como desprendido de un rayo de luz, se agachó a recogerla. Sin más devolvió la croqueta al plato y continuó. Me fijé en que servía la ración en una de las mesas del fondo. Qué genio, pensé.

A punto estuve de sonreírle, en un tímido gesto de censura, pero de pronto me vi a mí mismo soplándole a un trozo de queso que se me había caído en la alfombra, y comiéndolo. El pasado está lleno de instantes sucios que nunca nos mataron. Hace algunos meses, científicos de la Universidad de Aston (Inglaterra) difundieron un estudio según el cual el 87% de nosotros comería un alimento que acabase de caerle al suelo. Y lo haría felizmente. Basta con que todo se haga muy rápido, para borrar el recuerdo del suelo.

Remover el pasado, como hice yo con el queso, no es algo que pase en balde. Puede dar pie a la formación de aludes. Enseguida recordé, como un castigo que se me imponía por casi sonreír al camarero, mis años de interno en un colegio de mercedarios, cuando me tocaba servir la comida a los frailes. Aquel escupitajo que dejaba caer en la fuente, durante el trayecto entre la cocina y el comedor, me parecía siempre un gesto insignificante y balsámico. Representaba mi respuesta pueril a las hostias que recibía. Me ayudaba a dormir (artículo completo en El Progreso).

Foto: Margaret Thatcher.

«Me vuelvo al bar»

BarUn amigo periodista, y borracho, acudió a un congreso en Logroño hace algunos años. Salió de Madrid con un par de días de antelación para perderse por la región y dar rodeos como un idiota, a fin de conocer algunas bodegas. Pero la cosa salió mal. Al llegar al primer pueblo en el que le gustó lo que vio, bajó la ventanilla para preguntar en qué bonito lugar se había perdido. «Esto es Logroño, señor», le explicó una vecina. Mi amigo se llevó el disgusto de su vida por haber alcanzado su destino sin incurrir en un miserable extravío. Ni que decir tiene que subió la ventanilla –hacía un invierno que pelaba, aunque era abril– y arrancó con enorme determinación en su Seat Ibiza. Condujo con los ojos vendados para no cometer otra vez el mismo acierto. Cuando se detuvo para hacer pis, y advirtió que estaba en San Sebastián, sonrió con fruición (artículo completo en El Progreso).

Pero aféitate, mamarracho

Era hermoso hacer las cosas sin ninguna razón, al tuntún, porque sí, porque estabas pensando en otra cosa, o tal vez en nada. Hay gente que todavía puede decir que dejó de fumar porque era domingo, estaba en casa descalzo y fuera llovía y el día anterior le habían robado el paraguas en la peluquería, y le producía una pereza barroca salir a comprar cigarrillos bajo el aguacero, así que sin valorar si sería bueno para su salud, se alejó del tabaco para toda la vida, entre bostezos, sin un porqué.

Ahora nuestras acciones transparentan casi siempre una compleja cadena de porqués. Todo es mensaje. No puedes vestir una camiseta sin que esa camiseta signifique algo que sirve para reafirmar tu identidad. Ni puedes Kingsley-Amisir a un bar sin sugerir que estás ahí porque ahí están los tuyos, y sois como sois. Ni siquiera puedes beber espontáneamente, con la cabeza hueca, y por eso reclamas a tu camarero «lo de siempre», como si hubiese una bebida especial para cada uno, y no todas.

Si teníamos alguna esperanza en que el mundo no tuviese un sentido, empecemos a perderla. La falta de sentido cayó en un lento desprestigio, como el bicarbonato. Nos pasamos la vida perdiendo cosas, diciéndole adiós con la mano, dándonos un besito en la punta de los dedos para despedirnos de nuestra madre, del verano, de la belleza, del trabajo, de la estupidez juvenil… Hace algunos años, mientras estudiaba en la universidad, dejé de afeitarme durante un par de meses. Atravesaba una depresión profunda, consistente en beber a lo loco, drogarme y pasármelo de puta madre a todas horas. «Cada uno se entristece a su manera», es mi teoría (artículo completo en El Progreso).

Foto: Kingsley Amis

«Volvemos a vernos, cabrones»

Me olvido enseguida de los veranos que acaban bien. Los finales tristes, en cambio, perduran, y cuando tiempo después los recuerdas, adquieren enseguida el sabor inconfundible de la prosperidad. En la pandilla siempre estamos rescatando el verano de 1995, cuando Miguel estuvo dos meses rehuyendo el alcohol, como si fuese malo, para seducir a Ana Garay. Sacrificaba la chispa al aplomo y la seriedad, dos cualidades que ella valoraba por encima de todo. Yo había intentado enrollarme con la chavala un par de veces, sin éxito. En la última, para dejar claro que me aborrecía, me dijo con una despectiva tranquilidad: «Me gustan los chicos que saben divertirse sin beber». Pues yo soy el tal, pensé para mis adentros, mientras asentía con un cinismo copiado de Philip Marlowe. Se lo conté a Miguel, que preguntó con intriga «¿ah, sí?» y apuró su último whisky con cola antes de abominar el alcohol, de repente. No le sirvió de nada. Ana lo ignoró todo el verano, como si fuesen novios de verdad. En un gesto suicida, el último sábado de agosto mi Dean+Martinamigo bebió diez cubatas y se sacudió todos los fracasos. Al día siguiente, reunidos en una terraza para contemplar en silencio la resaca, y seguir bebiendo, nos contó apesadumbrado que a última hora se había acostado con la madre de Ana. «No sé cómo pasó», alegó. Fue a la vez horrible y fascinante.

El verano es un estado leve de felicidad que se rompe al final, con dramatismo, para que nos quede grabado. Cuando transcurren los años, observas que la felicidad equivalió precisamente al drama. Existe un minuto centelleante a partir del cual todo lo horrible se vuelve divertido. Dean Martin disponía de una broma arriesgada, casi fúnebre, que usaba en santiamenes de crisis, cuando nadie en sus espectáculos se reía: «¿Por qué no subes al escenario y matas a alguien?», le proponía a alguno de los capos mafiosos que acudía a sus shows en Las Vegas. Y el público se tronchaba automáticamente, aunque solo fuese motivado por el nerviosismo. No hay como flirtear con el melodrama para sobrecogerse y aplaudir (artículo completo en El Progreso).

Foto: Dean Martin.

El ladrón de lápices

El viernes pasado pernocté en un hotel de Viena y robé un lápiz. Era rojo y negro, con lunares en relieve, de la marca Faber-Castell. Estaba recién afilado. Yo hace veinte años que no escribo a lápiz, pero no pude resistirme. Me pareció un objeto perfecto, carente de valor, pero refulgente y misterioso, capaz de escribir sonetos de Góngora solo, sin mano. Supongo que el hurto fue inevitable. A veces te parece que toda la belleza del mundo se concentra en un objeto anodino, en el que nadie salvo tú repara. Y sin más, te lo apropias. Su belleza inauditaCruyff e ínfima te pertenece. En realidad, pude asaltar el minibar, y rellenar ese vacío sutil e inaprensible que se forma cuando duermes lejos de casa, pero me obnubiló el lápiz rojo y negro.

A dos pasos del lápiz estaban mi whisky favorito, mi ron favorito, mi vodka favorito, mi ginebra favorita, y rehusé el copazo, como si un buen trago remitiese a una victoria pírrica. El lápiz, en cambio, representaba una derrota gloriosa, que nunca olvidarías, y del que los novelistas podrían escribir sin repetirse durante siglos, como cuando Holanda perdió el Mundial del 74. Y la preferí. Se trata de ese clase de acciones primitivas cuyo único sentido es que no poseen sentido, y eso basta. Hay en su falta de lógica una fuerza de gravedad que te atrae irresistiblemente, como las sirenas del canto XII de la Odisea. Son un milagro, en el fondo, y te dejas enrolar por su torbellino.

Por motivos de trabajo, el sábado dormí otra vez en Austria, y como esa mañana los empleados del hotel habían repuesto el lápiz al limpiar la habitación, volví a robarlo. Me pareció natural, casi automático, fruto otra vez de la gravedad que sostiene a la Tierra, aunque menos heroico. En parte, fue como asistir a un segundo milagro en solo día y medio. Te satisface, pero ya no queda ni rastro del entusiasmo de la primera vez. Sospecho que un milagro es eso, algo prodigioso, imposible y real, pero dos milagros, y seguidos, no pasan de ser acontecimientos prosaicos que no reseñarías ni en tus memorias. Sólo crees en «un» milagro, que se cruza en tu vida tan rápida, e inadvertidamente, que no tienes tiempo a verlo, pero que distingues porque de pronto notas los pies fríos y ligeros y el augurio de una suavidad perfecta en la piel. Por suerte, el domingo madrugué, hice el check out y me subí a un avión antes de que pasase el servicio de limpieza por la habitación y me obligase a llevarme un tercer lápiz (artículo completo en El Progreso).

Escupir cáscaras de pipas

Uno de los placeres de esta vida, y de la otra, es perder el tiempo en paparruchas cuando tienes algo importante entre manos. Nada se iguala a esos angustiosos minutos, cuando debes entregar un artículo, por ejemplo, y estás tan confuso y andas con tanta prisa, que prefieres posponerlo y distraer tu atención con cualquier ridiculez, aunque sea leer a Victor Hugo. La distracción funciona como desbloqueante, imitando a esos días que no le ves sentido al futuro, y le das el primer trago al gin-tonic. Te sabe a playa, a París, a tercero de BUP, a novela de John Fante, a libreta nueva. De pronto, ves la oscuridad clarísima, y todo encaja, como si existiese algo llamado «la perspectiva de la ginebra». Para ganar tiempo, y que los John-Fanteplanes salgan bien, a menudo hay antes que perder las horas miserablemente, como cuando te sientas en un banco del parque a escupir cáscaras de pipas y mirar al infinito.

Mi sueño preferido de los últimos meses es bajarme al bar, emplear un par de horas en la barra, y que al volver a casa la columna de El Progreso esté escrita. No es tanto pedir. A menudo el mérito no es escribirla sino enviarla de cualquiera manera y que acepten su publicación. Cada época genera sus quimeras. Hay otro periodo de tu vida, cuando tienes un trabajo decente, durante el que ensayas cómo salir de casa a toda prisa y dejar que transcurra media tarde entre librerías y cafés, para que las camisas con las que acudes a la oficina se planchen y cuelguen en el armario solas, como en los días que vivías con tus padres. Los asuntos de trascendental relieve y presteza invitan a dejarlos para otro momento, y ponerte con alguna memez. Es un movimiento no exento de riesgos. Corres el peligro de que incluso las memeces, tan divertidas casi siempre, te parezcan de repente una memez absoluta, y te precipites a la nada total. Me pasó hace años, viviendo solo, triste y feliz. Todo comenzó por una taza. Una mañana tomé el café delante del televisor, y cuando me di cuenta, ya llegaba tarde al trabajo. Salté de la silla, metí la taza en el fregadero y la llené de agua en contra del protocolo que seguía habitualmente: fregar, secar y guardar porque iba bien de tiempo. Luego salí a la carrera, mirando el reloj con la turbación de quien mira, desde la mitad de un paso sin barreras, cómo se acerca la locomotora (artículo completo en El Progreso).