«¡VAFFANCULO!»

Tony Soprano, salvo por algunos matices, es un hombre perfectamente común, de quien el mundo tuvo noticias el 10 de enero de 1999, hace justo veinte años, cuando HBO emitió el primer episodio de Los Soprano. La serie marcó el inicio de una era dorada, ejerciendo gran influencia en la televisión que se hizo después. Preguntado en The New York Times hace unos días por qué influencias eran esas,David Chase, creador de la serie, apuntó en primer lugar «al uso de un héroe profundamente imperfecto y sus problemas». Chase buscaba «cambiar las cosas» que se hacían en televisión. «Hay una canción de Elvis Costello donde dice: “Quiero morder la mano que me da de comer. Tengo muchas ganas de morder esa mano”. Esa es la forma en que siempre me sentía al trabajar en las cadenas de televisión, y creo que al final la mordí», añadía.

El héroe imperfecto que representó James Gandolfini (fallecido en 2013) lo es de tal forma que podría ser nuestro primo, nuestro tío segundo, nuestro padre. Incluso uno de nosotros en persona. Tony Soprano soy yo, usted, él. Tony es inseguro, gordo, calvo, impulsivo, cínico, violento, frágil, leal, comprensivo, prosaico… Incluso usa camiseta de sisas. No se puede ser más común, más como usted o como yo. Ninguna condición aislada lo define. Él es todas las condiciones, a menudo contradictorias. Cuando lo observas, reparas en que dirige la mafia de New Jersey, claro, pero en realidad a ti te impresiona más que es un pobre desgraciado con tus mismos conflictos emocionales. Es un ser imperfecto.

Nos sentimos cómplices de Los Soprano porque sus ochenta y seis capítulos recrean eso que tanta satisfacción proporciona al público contemporáneo: la pasión por lo íntimo. Cuando nos sentamos ante la serie vemos la mafia por dentro, haciendo vida doméstica, mezclada con los negocios. Y nos gusta. Tony está muy lejos de los héroes y los antihéroes de la Cosa Nostra, poco acostumbrados a reflexionar sobre sus contrariedades en voz alta. Los mafiosos de ayer son tipos que callan y mastican los silencios como si fuesen piedras, sin gesticular. Tony es un individuo atribulado, que no se siente atado por la omertá cuando se somete a su psiquiatra para tratar sus ataques de pánico. Pertenece a la vieja escuela, pero su personaje se sitúa fuera de las leyes del pasado. Aquellos códigos de antes, el honor, la forma de existencia de los gánsteres de otras décadas, ya soo constituyen parte de su vida en forma de películas en blanco y negro, que le gusta ver cuando se siente ligeramente triste. «Pienso en mi padre. Él nunca llegó a la altura que estoy yo, pero de muchas maneras, él estaba mejor. Tenía a los suyos. Ellos tenían sus normas. Tenían su orgullo ¿qué tenemos hoy?», se interroga en la consulta de la doctora Jennifer Melfi (artículo completo en Jot Down).

Anuncios

Cómo ser Bill Murray

Tengo un amigo que tiene un primo, al que no puedo ni ver, que la primera vez que estuvo en Montreal, por trabajo, coincidió en un hotel con Woody Allen. En Nueva York, en el baño de un restaurante, otra vez vio hacer pis a Jerry Seinfeld. A la salida de un concierto de música clásica, en Londres, avanzó varios pasos a la par de J. K. Rowling. En la terraza del Café di Fiore, en París, desayunó al lado de Roman Polanski. A Calista Flockhart la descubrió probándose zapatos durante una estancia en Roma. MurrayTuvo más citas así, por casualidad, que ya olvidé porque me parecían inventos. Me gusta citarlo como ejemplo de gilipollas perfecto. A su favor añado que ningún gesto de escepticismo que pueda escapársete, mientras lo oyes presumir, lo lleva a dudar de sí mismo.

Hace poco, sin embargo, empecé a creer que tal vez no mintiese. Fue a raíz de oír que muchísimas personas afirman que una vez se les acercó Bill Murray por detrás, mientras estaban distraídas, les tapaba los ojos y les preguntaba: «¿Quién soy?». Cuando se volvían y descubrían a Bill Murray alucinaban, y antes de encontrar algo que decir, el actor les susurraba al oído: «Nadie te va a creer». La anécdota registra otras variantes, en las que Murray te roba una patata frita de la bolsa, o llama a la puerta de tu casa con una pizza, o te arrebata el cigarro de los dedos para darle una calada, o se inmiscuye en la foto que le están haciendo a dos novios tapándose la cabeza con la camiseta y rascándose la barriga. Al final siempre dice «Nadie te va a creer» (artículo completo en El Progreso).

¿En qué piensas?

Cuando dos personas están solas, tal vez abrazadas, y se forma entre ellas un silencio cómodo, caluroso, que no les importaría que durase toda la vida, a veces una de las dos pregunta sin venir a cuento: «¿En qué piensas?» Y de pronto, todo se desafina, decae, y la tranquilidad fracasa. Fue un bonito silencio, pero se perdió para siempre. Uno siente que en ese instante finaliza un momento perfecto y empieza otro, que no sabe qué deparará, y que será peor. Hay preguntas que sin pretenderlo abren un socavón e invaden al otro por dentro, aunque sea un ser amado. Pensando que sirve para intimar, o para que el silencio no se vuelva hastío, la pregunta trastorna la calma. No es difícil, pero tampoco fácil, como cuando te dicen «¿Sales esta noche?» o Vestida«¿Qué piensas del estructuralismo?». Puede que existan terrenos íntimos que nunca hay que recorrer si no es en soledad.

Si uno lleva la sinceridad al extremo, quizá responda que no pensaba en nada. Los días están plagados de lapsos así, durante los que se limita a ejercer la ausencia, imitando a una pared. Son esas partes de una jornada en las que nos igualamos a los objetos. Pero ¿y si la franqueza es solo una superstición que no hay que sacar de quicio? Quizá también respondamos que no pensábamos en nada. Entre los momentos de ausencia y los momentos de lucidez de los que cualquiera de nosotros es capaz, se deslizan también los intervalos en los que los pensamientos son escandalosos. No podrías anunciarlos en voz alta ni estando tú solo.

Antes del fin del verano quedé con una amiga y hablamos de ese instante en el que dos amantes se envuelven, a lo mejor uno le retira al otro el pelo de la cara, bajo un celestial silencio, y de repente estalla la pregunta. A ella le había pasado recientemente. Salía con un hombre desde hacía cuatro meses, estaban a solas, en casa, echados en el sofá y habían apagado la tele después de ver un capítulo de Better Call Saul, cuando él dijo «¿En qué piensas?» (artículo completo en El Progreso).

Es bonito comer ratas

La improvisación tiene detractores y tiene partidarios. En la misma medida provoca menoscabos y otorga ventajas. Depende. Hay gente que no puede vivir sin ensayar, organizar, prever cada factor de cambio con adelanto, porque la idea de enfrentarse a algo nuevo sin una bala, como quien dice, siempre en la recámara, equivale para ellos a caer al vacío desde un edificio de trescientas plantas de altura. Digo trescientas porque, sinceramente, aborrezco cuando me quedo corto en las comparaciones. En el lado opuesto se hallan los que inventan una salida quincy-jones1en cada minuto de la vida, o de lo contrario los días le sabrán a plástico viejo y quemado. Lo digo desde ahora: yo estoy con estos. Lo estoy en tal medida, que desconozco de qué demonios tratará esta columna.

Entre los personajes que improvisan me vuelve loco Emil Cioran, un hombre que solo tenía la sensación de resultar eficaz, de estar haciendo algo positivo, cuando se tumbaba en el sofá para interrogarse indefinidamente, sin objeto. Nada de planear. Si hay que hacer algo, ya se hará en su momento. También es la línea de Bogart en Los violentos años veinte, cuando el gánster al que interpreta aconseja que «si tienes algo que hacer, lo mejor es que lo haga otro». La gente que prevé, calcula, mide, es partidaria del trabajo ímprobo, y nada más dañino para el organismo. En cambio, los individuos que no prevén nada en absoluto, ni siquiera qué van a comer este mediodía –pongamos que cuando usted lee esto son las 13.35 horas–, es partidaria de cierta dosis de tedio, y por lo tanto de sofá. Prever cansa. No tienen plan, pero están tumbados.

No hay como estar desesperado, decía Quincy Jones, y tener que comer ratas de desayuno. No tardas demasiado en encontrar otra cosa para la cena. Las ratas están bien solo para una vez. Mi admiración se inclina hacia esos individuos acorralados por las circunstancias, capaces de inventar siempre una salida a una situación agónica. Se niegan a comer ratas. Produce gozo ver cómo se las ingenian, aunque sea con un gato estofado (artículo completo en El Progreso).

Foto: Quincy Jones.

Haga una mudanza

En tiempos de tribulación es bueno hacer mudanza. Siempre es bueno hacer mudanza. Incluso resulta beneficioso estar atribulado, pues se evitan optimismos estériles. Nos sirve para encajar los reveses que propina la semana. Al final estaba en lo cierto Temístocles cuando, tras la segunda guerra del Peleponeso, dijo aquello de que la ruina nos defiende de una ruina mayor. Si crees que la adversidadAudrey se ceba contigo, porque los zapatos nuevos te hacen daño, o porque tu equipo encadena dos derrotas seguidas, la experiencia del cambio de piso relativiza casi automáticamente esa impresión.

Nada parece grave al lado de una mudanza, que resta categoría a cualquier congoja previa, e instaura su propia dictadura. Quizá continúes atormentado, pero será por unas razones distintas, rutilantes, de estrena. Tampoco diría yo que un cambio de domicilio representa el fin del mundo. Se dicen muchas tonterías en relación al fin del mundo, del que proliferan copias de pésima calidad. Ciertamente una mudanza es un horror, algo terrible. Tan terrible, que cada dos años, o menos, me gusta hacer una. Me ayuda a empezar de cero, incluso desde más atrás, como si al finalizar el trasvase de muebles y cajas, y los objetos perdidos para siempre, no supiese caminar, ni escribir, ni poner en hora el reloj del horno, cosa que, sinceramente, tampoco sabía hacer antes de la mudanza. En el fondo, es una cura de humildad. Hay temporadas que acabamos creyéndonos felices y dando por hecho que la esencia de la vida es la inmovilidad.

No me atrevo a afirmar que las mudanzas no acarrean enormes perjuicios. Los acarrean. Desde que la semana pasada me cambié de piso, he perdido el rastro de objetos sin cuyo concurso apenas es viable la vida en la tierra, como el cargador de móvil o los calcetines gordos. Aunque siempre hay consuelo a las pequeñas tragedias. Cuando Lola Flores, a principios de los años 50, recaló a Madrid, un periodista advirtió que la muchacha no sabía cantar, no sabía bailar, «pero no se la pierdan», recomendaba. Muchas cosas malas en ocasiones forman una buena (artículo completo en El Progreso).

Foto: Desayuno con diamantes (1961), de Blake Edwards.

Quemaremos todo el dinero

En la vida llega una tarde vertiginosa, cuando tienes mucho dinero, en especial si no es tuyo, que el dinero te tiene a ti, y te arrastra de un lado a otro a gastos pagos, acaloradamente. Pobre. No hay defensa posible contra un dinero que te busca, desesperadamente, como pareja de baile. shirleyEse dinero tiene amigos, que a su vez tienen más amigos, que son unos hijos de puta, y te acorralan. No puedes escapar. La única salida es gastar toda la pasta que puedas, como los consejeros de Caja Madrid. A Gene Fowler, el periodista de la época dorada de Hollywood, le gustaba arrojarlo desde el vagón de cola del tren, con las dos manos. Puedo imaginar pocos gestos de una clase tan moldeada y sutil como lanzar billetes al viento. Si quitas esta vía, hay pocas más alternativas. Tal vez puedas emplearlo en alcohol, mujeres y coches, y el resto simplemente despilfarrarlo, como hacía George Best. Acorralados contra la pared, es también lo que hicieron los consejeros: pagar comidas, viajes, ropa, y quién sabe si algún que otro libro. Te da apuro, aunque te gusta, supongo. Solo con que te esfuerces vagamente, y pongas algo de tu parte, descubres que es inmoral permitir que un inocente se quede con su dinero. Le haces un favor.

Ni que decir tiene que la imputación de 78 directivos es un mazazo supremo. ¿Cómo esperar algo así? Si de alguien podías fiarte, justamente, era de unos tipos que dirigían una entidad financiera. Ahora ya nunca sabes quién te va a decepcionar, ni a qué hora. El mundo ha cambiado. Shirley Temple, sin ir más lejos, dejó de creer en Santa Claus a los seis años, cuando su mamá la llevó a verlo a unos grandes almacenes y el tipejo en cuestión le pidió un autógrafo.

Todos esos señores de Caja Madrid parecían también los últimos de quienes podías desconfiar, aunque nadie ignorase que estaban enfangados hasta las rodillas. Una cosa no guarda relación con la otra. En ocasiones, la putrefacción es un secreto, y algunos secretos salen indemnes del tiempo gracias a que todo dios está al corriente y no se los revela a nadie más. Creo que Shirley Temple se hubiese sentado también en las rodillas de los imputados. Eran hombres buenos. Simplemente no supieron hacer frente a los peligros, como en el pecado original. Los placeres mundanos te acarician siempre con suavidad, te engañan, y tú caes rendido. No es culpa tuya, que en el fondo eres un santo. Sí, la Visa acarrea sus incomodidades, pero te acostumbras. Quién dice que la vida sea fácil. Estos gastos con tarjeta te duelen más a ti que a nadie, joder.

Foto: Shirley Temple.

Parecía una tontería

Desconocemos qué ocurrirá esta noche, salvo que todo lo que ocurra será espeluznante. Hace ya tiempo que el Atlético se volvió un equipo terrorífico. Quizá no combine con fatal belleza, ni golee con las manos en los bolsillos. Pero, y qué. También en sus emboscadas habita cierta forma de esplendor. Retorno al pasadoHay noches que el exceso de virtuosismo constituye un lastre. «Yo no sé nada de música. En el género que toco no hace falta saberlo», decía Elvis del rock. En ese sentido, para ganar una eliminatoria que tienes perdida, sólo precisas un instante de oscuridad, y que el Mal actúe de fuente de placer. No importa que la suerte sonría momentáneamente al rival, ni siquiera que Messi esté de su parte. Cuando un equipo encarna el terror, le basta uno de esos minutos en que el Barça parece decirse a sí mismo «ay, pero qué feliz soy y qué guapo», para caer sobre él. Las cosas horribles desbancan a uno cuando vive instalado en lo mejor (texto completo en El País).

Foto: Retorno al pasado (1947), de Jacques Tourneur.

¿El camerino de Sinatra?

Existió un tiempo verde y radiante en que los escritores solo sabían escribir, y a veces ni eso, y el mundo entero los admiraba. Ellos no necesitaban nada más que escribir para triunfar. Ni siquiera debían esforzarse en ser honestos o simpáticos, o ayudar a viejecitas desvalidas a cruzar la calle. «No sabe actuar, no sabe hablar, ¡pero es impresionante!», decía Louis B. Mayer, magnate de la Metro Goldwyn Mayer, de la gran Ava Gardner. Escribir lo era todo en aquellos días. En cierto sentido, los otros órdenes de la vida, menguantes, no existían. Tú solo debías preocuparte por escribir, Avay en las demás facetas, como encender el calentador, arreglar una persiana o cenar cordero asado, cultivar la ignorancia. Onetti lo dice con una frase simple, casi indigente, pero perfecta, refiriéndose a Junta Larssen en ‘El astillero’: «Sabía pocas cosas, y rechazaba muequeando a las que lo rondaban queriendo ser sabidas».

En casos excepcionales, el escritor también sabía beber hasta caer en la cama, no necesariamente en la suya, sin conocimiento. Y no digamos fumar. El tabaco era esa clase de hipnótico vicio que proporcionaba tersura y carácter a las frases. El cigarro equivalía a un sustantivo adjetivado, con exactitud, libre de pretensiones. «Ten, toma un puro. ¡Enciéndelo y sé alguien!», recomienda a un amigo uno de los personajes de ‘El blues de Pete Kelly’. Estas eran toda la clase de distracciones que se permitía antes un autor. No había que pedirle nada más. Ni siquiera que supiese hablar o respetase la ley. Es más, de ser necesario, lo arrojaba todo por la borda, moral incluida (artículo completo en El Progreso).

Foto: Frank Sinatra y Ava Gardner.

Tocar de oídas

Nunca le hago ascos a una historia de curas. La incredulidad que te produce te dejan al final de la boca el regusto amargo y sucio de la verdad. Incluso cuando no son ciertas, resultan verídicas. Bien lo decía John Ford al señalar que en sus películas «todo es ficción, pero todo es verdad». Mis relatos preferidos sobre el sacerdocio remiten al sexo, habitualmente. Tal vez porque estudié en un colegio de frailes. Nunca me metieron mano -salvo dos o tres hostias que me dio el director, merecidísimas-, pero mantengo congelado el recuerdo de las primeras pajas en forma de los días azules de la infancia de Machado. Cuando el padre Camilo apagaba las luces del dormitorio, y cerraba la puerta, John Fordlos internos aclarábamos las voces, por así decir, y arrancaba la sinfonía.

Fuera de esta anécdota, me persigue desde hace años un sobrecogedor relato oral de Celso Sanmartín. Yo uso «sobrecogedor» para todo, en especial si no es sobrecogedor. Me gusta exagerar. En según qué casos, es el único modo de aproximarse a la verdad con algo de rigor. En todo caso, la historia de Sanmartín es sobrecogedora. Arranca en una aldea de Lugo. Su sacerdote pasaba de los 50 años. Pongamos que además era un hombre simpático, bien gordo, de ojos grandes, levemente calvo. Esto no recuerdo habérselo oído a Sanmartín; quizá no quiso entrar en detalles para no aburrir. Un mañana empezó a encontrarse mal. Al principio lo atribuyó a una indigestión. En Galicia, sobre la salud rige el derecho a la presunción de inocencia, de manera que cualquier malestar tiene su origen, de entrada, en una comida opípara (artículo completo en El Progreso).

Foto: John Ford.

«Me vuelvo al bar»

BarUn amigo periodista, y borracho, acudió a un congreso en Logroño hace algunos años. Salió de Madrid con un par de días de antelación para perderse por la región y dar rodeos como un idiota, a fin de conocer algunas bodegas. Pero la cosa salió mal. Al llegar al primer pueblo en el que le gustó lo que vio, bajó la ventanilla para preguntar en qué bonito lugar se había perdido. «Esto es Logroño, señor», le explicó una vecina. Mi amigo se llevó el disgusto de su vida por haber alcanzado su destino sin incurrir en un miserable extravío. Ni que decir tiene que subió la ventanilla –hacía un invierno que pelaba, aunque era abril– y arrancó con enorme determinación en su Seat Ibiza. Condujo con los ojos vendados para no cometer otra vez el mismo acierto. Cuando se detuvo para hacer pis, y advirtió que estaba en San Sebastián, sonrió con fruición (artículo completo en El Progreso).

Levántate, que son horas

Cada vez que me siento a escribir mi currículo me domina la angustia y tengo que dejarlo. Si hace falta, muevo el sofá de sitio y barro, para sosegarme. Es ameno. Hace unas semanas encontré una gominola, le soplé la pelusilla y me la comí. Fue la felicidad del día, en miniatura. Cualquier tarea me resulta más entretenida que redactar mi currículo. Nunca sé bien qué poner. Me imagino como un jefe de recursos humanos, con despacho en la penúltima planta, y creo que agradecería leer un currículo que, entre la relación de títulos y méritos, Jean Moreauincluyese una breve referencia a que el titular es maniático, se limpia los zapatos contra la pernera del pantalón o a que durante un viaje de trabajo tuvo una aventura con la recepcionista del hotel.

Siento que es terrible decir algo a mi favor durante dos folios. En casos así tengo presente a Tomasso, un personaje secundario de La noche, de Antonioni. Estamos en Milán, a comienzos de los años sesenta, y Tomasso es un escritor a punto de morir. Tumbado en una cama de hospital, y acompañado por su amigo el escritor de éxito Giovanni Pontano (Marcelo Mastroianni) y su esposa Lidia (Jeanne Moreau), Tomasso lanza una hermosa diatriba contra sí mismo. Cuando finaliza, añade: «Va bien insultarse de cuando en vez. Sirve para poner las cosas en su sitio, para animarse». Hace cuatro años, me encontré con un editor en Madrid. Después de intercambiar saludos, pasé a hablarle de mi novela A pregunta perfecta, que yo mismo acababa de traducir al castellano, aunque no sin cierta desgana, como si me lo hubiese ordenado mi madre, como complemento a hacer la cama. «He oído hablar de ella; precisamente, a un amigo común», dijo para mi regocijo. Cuando me reclamó más detalles, sin embargo, en lugar de defender con vehemencia el libro, no sé por qué razón arrugué la frente y comenté algunas de las flaquezas que le encontraba. Después de eso nos despedimos y nunca más volvimos a vernos ni a hablar.

No niego la utilidad de un currículo. Sólo digo que los aborrezco. Me hacen pensar en que son las dos de la tarde y alguien entra en mi habitación y me dice «levántate, que son horas», pero todo me da vueltas, y temo que si me levanto pueda morir. Admiro a la gente que escribe currículos todo el tiempo, y los envía sin descanso aquí y allí. Yo prefiero escribir una novela de un tirón, sin levantarme a comer ni a abrir la puerta cuando llaman, aunque sean mis abuelos. Acabo antes. Y es más sencillo. Todo sería más llevadero, supongo, si en tu currículo pudieses contar que duermes mal por las noches, que lees a Chateaubriand en el baño o que no acostumbras a durar más de dos años en ningún trabajo. En uno, de hecho, duraste dos días.

Cuando imagino mi carrera profesional ocupa menos de medio folio. Aún así, medio folio me parece mucho. Ahí cabe una novela, si está bien escrita y ordenada. Mi teoría es que tu currículo, extenso o parco, nunca revela quién eres. Podrías rellenar cien páginas y no decir nada relevante de ti. Eres alguien distinto cada día. Todas las vidas incluyen una curva cerrada en la que los individuos pasamos a ser «otros». Ahí está el caso de Anthony Comstock, que aborrecía el sexo y fue el mayor censurador de pornografía de los Estados Unidos. Sin embargo, en sus diarios confesaba que durante la adolescencia se había masturbado «de forma tan compulsiva» que sintió que «tanta paja podía conducirme al suicidio».

Mi idea de currículo perfecto, capaz de acercarse en silencio y lentamente a la persona que soy, es esa breve frase que pronuncia Rick en Casablanca, cuando el Mayor Strasser le pregunta cuál es su nacionalidad, y él responde: «Soy borracho». A veces dos palabras bastan para explicar quién eres y por qué te mereces el puesto de trabajo: porque dices la verdad sin rodeos. Ciertamente existen otras vías para aproximarse a ella. Una de mis preferidas es mintiendo bien. Recuerdo que El Correo Gallego editó durante varios años seguidos un libro que pretendía ser una enciclopedia de las mujeres y hombres vivos más importantes de Galicia. El trabajo era tan exhaustivo que había sitio para los auxiliares administrativos. La mecánica era simple. Te llamaba uno de los coordinadores de la obra, te pedía una reseña biográfica, y tal como se la enviabas, la publicaban. Fue así como un veterano periodista de Lugo, con el que compartí algunas fechorías en Santiago, apareció en aquel libro célebre como autor a la vez de El Quijote y Cien años de soledad. Ni siquiera tu autobiografía, como se ve, refleja quién eres. Menos aún tu currículo. Así que lo dejas en blanco, te levantas y barres debajo de la cama, a ver si encuentras una galleta.

Artículo publicado en El Progreso.

Foto: La noche (1961), de Michelangelo Antonioni.

El ostracismo hipnótico

Toda esa gente que se pasa el día haciendo cosas interesantes, agobiada porque la vida le parece corta, es para matarla. En realidad, la vida nunca resulta tan larga como las tardes en las que no haces nada, y te aburres melancólica y lentamente. A veces hay que aprender a decir «no» a una empresa tentadora y arrojarse a los brazos del tedio. Juan March, pensando que Julio Camba no sabría rechazar una oferta así, arrebatadora y locuaz, en su día le propuso al periodista influir para que considerasen su ingreso en la Academia de la Lengua. «¿Académico de la Lengua?», preguntó Camba asustado, casi con asco. «Prefiero que me compre usted un piso», le confesó. La RAE, con sus miembros egregios envueltos en disquisiciones apasionantes sobre un participio, no era la clase de sitio para alguien como Camba. En el fondo, March lo sabía, y aunque rechazó comprarle un apartamento, le pagó de por vida una habitación en la última planta del Palace. En uno de sus artículos londinenses, el columnista lo admitía abiertamente: «Yo no soy capaz de un esfuerzo continuo; sí lo soy de un esfuerzo intenso. En vez de trabajar en frío y sin interrupción Extraños en un trendiez horas seguidas, como una máquina o como un inglés, yo concentro todas mis energías en una hora fecunda, y la resultante es igual. Allá, en España –le decía a un colega británico– hay años que no está uno para nada».

Me gusta vivir sin saber qué voy a hacer esta tarde, a eso de las seis. Eso si hago algo. Me ponen nervioso las personas que perseveran en hacer cosas, como si fuesen alfareros, así sea sábado a las seis de la tarde. No es que yo sea un psicópata, o algo por el estilo, al que le gustaría rascarse los huevos aburridamente. Aunque algo de eso hay. Pienso en el comienzo de Extraños en un tren, cuando Bruno Anthony aborda al famoso tenista Guy Heines, con quien comparte vagón, y le declara su admiración: «Lo he visto ganar contra Faraday la temporada pasada. Entró en las semifinales, ¿no? Realmente admiro a la gente que hace cosas», dice. El apuesto Guy se resta méritos. No fue para tanto. Pero Bruno insiste: «Debe ser excitante ser tan importante». A lo que su interlocutor responde que un jugador de tenis no es nada del otro mundo. Bruno, que al contrario que yo sí es un psicópata, zanja el asunto con una confesión atroz: «La gente que hace cosas es importante. Yo nunca hago nada» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Extraños en un tren, de Alfred Hitchcock (1951).

Fue bonito…

«Deprisa y mal» es uno de mis lemas preferidos, ya desde la EGB. Cuando una tarea se vuelve farragosa e insípida esa locución funciona como una pócima, y deja escapar un ‘clac’ muy parecido al de las cajas fuertes al abrirse. La velocidad lo redime casi todo, aunque sin renunciar a crear sus propias enfermedades. Por lo pronto te aleja del aburrimiento antes de que no tenga remedio. Hay pocas cosas peores que la sensación brumosa que producen las labores anodinas, a las que te resulta difícil sustraerte, como hacer la cama, con embozo incluido, o cocinar para uno. Parece que no vas a acabar nunca de hacerlas. No me refiero sólo a tareas domésticas. Cualquier cosa trascendental puede en un momento dado volverse insulsa, como acudir al médico porque te duele La dolce vitaalgo, o escribir la columna del día pegado a la actualidad, en lugar de enfilar uno de esos temas extemporáneos que tanto te apasionan, porque no vienen a cuento.

Cuando me enfrento a instantes así, rodados a cámara lenta, y que parece que te van a llevar una vida entera, apenas hallo fuerzas para decirme: hay que acabar pronto, Tallón. Sólo te importa acabar, acabar desesperadamente, apretar el acelerador a fondo y buscar el fin de la tarea, aunque después del final sólo exista un barranco de vertiginosas y bucólicas vistas, como en Thelma y Louise. Existe un minuto en cada uno de tus días en el que necesitas parpadear y, al abrir los ojos, estar lejos, en otro país. Ni que decir tiene que te conformas con estar en otra habitación. Te invade la angustia y sientes que lo único importante es finalizar lo que estás haciendo, sin importa demasiado cómo, y hacer otra cosa. Deprisa y mal está bien. Te vale.

Algunas noches, cuando me meto en la cama a las nueve, me acuerdo del comienzo de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, la novela que Roberto Bolaño escribió a cuatro manos con A.G. Porta: «La muy puta conducía a toda velocidad». Es uno mis comienzos preferidos. La sola frase levanta una ventolera refrescante y veraniega. Te hace creer que vas en moto y desciendes por esa carretera endiablada que conduce al Casino de Mónaco, a donde acudes un par de veces al año a apostar a la ruleta y perderlo todo. La velocidad vuelve menos traumática la bancarrota. Tenías unos ahorros, los arriesgabas apasionadamente, de pronto no tenías nada, fin. ¿Dónde está el trauma? A veces las cosas mal hechas bien parecen. «Fue bonito», dices cuando piensas en cómo acabó todo, deprisa y mal, pero efervescentemente (artículo completo en El Progreso).

El hombre rico

Existió un tiempo en el que si querías ser rico debías tener costumbre desde pequeño, o no había nada que hacer. Necesitabas una formación sólida, audaz, que no arrancaba sino en la infancia, donde aprendías a horrorizarte ante la pobreza. «Nunca seré pobre», te obligaban a jurar, igual que en el siglo V a.C. en Atenas, cuando se prohibió por decreto recordar la derrota militar ante Esparta. Todas las cosas importantes suceden en la infancia, como cuando Marilyn Monroe, en Niágara, dirigida por Henry Hathaway, se ponía vestidos capaces de arrojarte a la locura, y alguien al verla decía que para utilizar vestidos como esos se requería «tener costumbre desde los trece años». En aquellos días no había manera de ser rico si no lo eran tus padres, y antes que ellos tus abuelos. La tentacion vive arriba1Si todo iba medio bien, tu bisabuelo había fundado la General Motors o la Standard Oil. En el árbol familiar, el último pariente de clase media del que existía registro había sido el mono.

Un buen día, cuando llegabas del colegio, tu padre te llamaba por tu nombre completo -Alfred John Stuart Harold, por ejemplo- y te convocaba en el salón regio, donde solo se entraba en Nochebuena, con ropa de gala. En el peor caso, también el día que moría un progenitor, e igualmente vestido como un pincel. Allí te aguardaba toda la familia. Tu padre, tu madre, tu hermana, tus tíos y el caniche. El servicio disponía el té, o lo que fuese, y cuando se retiraba, tú escuchabas un ceremonioso discurso, que no entendías más que al final, cuando tu padre declaraba: «Hijo mío, aquí tienes, tu primer millón de dólares. No lo pierdas». Así empezaba tu dinastía. Te hacías millonario antes de hacerte tu primera paja. A menos que cometieses un error imperdonable, nunca llegabas a saber que se podía ser pobre. La costumbre de ser un individuo floreciente, incluso virtuoso del piano, se imponía como si la riqueza fuese una forma de soledad incurable. Pero esos tiempos pasaron. Es más, no pasaron. Hay ocasiones en las que el pasado no pasó. La costumbre ya solo sirve para echar la siesta en el sofá. En algunos remotos lugares también se emplea para desayunar con una copita de aguardiente. Ahí, gracias a la destilación, la civilización apenas está comenzando, tiernamente.

Cuando ves a alguien actuar como un rico, hablar como un rico, vestir como un rico, ya no puedes inferir que te las ves, sin más, con un rico. Es posible que solo se trate de un concejal o un diputado –incluso de un empresario que los frecuenta– con un deseo irresistible de serlo. Y pensar que hace unas semanas me extrañaba de que cuando Forbes daba a conocer la lista de la gente más rica nunca aparecía un pobre en las primeras posiciones. Tal vez ese día no esté tan lejos.

Ese tipo que de repente se siente rico, y que cuando mira la hora, y ve el reloj, deduce que no se puede ser más rico, cumple un sueño de adolescencia. Le gusta emocionarse ante los objetos sintéticos, como Daisy Buchanan en El gran Gatsby, cuando llora «porque nunca había visto unas camisas tan maravillosas», y los pliegues y la tela le apagan la voz. Es curioso, porque no hace mucho los millonarios eran la clase de individuos que repudiaban. Pero se precipitaron hacia aquella amenaza de la que alertaba Mark Twain, cuando decía que se oponía a los millonarios, «aunque sería peligroso ofrecerme ese puesto».

Enseguida adviertes que les falta costumbre, como si todos los días caminasen por primera vez en tacones. Ellos manejan la teoría de que «las cosas de ricos» les proporcionarán ese estatus, y por eso, en sus horas libres, admiten regalos. Noches de hotel, relojes, puros habanos, bolsos, gemelos. Un rico genuino, descendiente de millonarios hasta desembocar en la Edad de piedra, no admite regalos jamás. Puag. De pequeñito juró horror eterno a la vulgaridad. Le gusta gastar su propio dinero. Sabe cómo hacer para fabricar más. Tiene una máquina, seguramente. Todo lo que lleva encima está pagado de su bolsillo. No se esfuerza en parecer rico. Simplemente le sale. Todo lo hace como un rico. Incluso toser. Porque tiene costumbre desde pequeño. Le sobran recursos. En cambio, un advenedizo, que se ha limitado a poner el cazo, en la hora de la verdad se desmorona. En Vilardebós se habla todavía de la visita que hizo al pueblo el gobernador civil de Ourense en los sesenta. Hubo comité de bienvenida. Los vecinos se arremolinaron en el consistorio. Cuando el alcalde en funciones quiso tomar la palabra titubeó. El secretario municipal, rico y poderoso, salió a su rescate con una frase inigualable: «Y ahora, dada la ignorancia del alcalde, voy yo a dirigirles unas palabras». Y en Vilardebós quedamos como unos señores.

(Publicado en El Progreso)

Foto: Marilyn Monroe.

El espejo del Barça

Todos nos miramos al espejo. Es más fácil que asomarnos a la azotea. El espejo, después de todo, también nos descubre el abismo crudo. Cada uno se mira a su manera. Yo sólo me asomo para constatar que no me gusta lo que veo, y quedarme tranquilo. La satisfacción es peligrosa. No sirve para escribir una novela o una columna. No sirve para nada. El Barça cree que puede servir, sin embargo, para ganar cualquier título. Cuando los culés se miran al espejo, con el que a menudo hablan, concluyen que no hay nadie más bello. Y un día, sin darse cuenta, asumen que ser bello es lo mejor que se puede ser. eyes-wide-shutEs el paso previo a que su belleza se vuelva un precepto moral. En fin. No conviene abusar de la complacencia. Un día, al levantarte, buscas tu reflejo y sólo aparece la cara de tu rival.

Creo que es bueno que el espejo te recuerde, cuando lo encaras, que tus fantasmas siguen ahí. Algunos días, si tengo una cita, también quiero saber si llevo legañas o la camisa está bien abotonada. El botón es otro de esos precipicios que sólo puedes vencer ante su reflejo. He conocido gentes satisfechas, llenas de sueños, echadas a perder por un botón. No me permito más confianzas frente al espejo. Ahí, en el botón, se acaba todo. No me gusta intimar. En el fondo, tengo miedo a que un día intente entablar conversación con él, como si hubiese algo de que hablar. Siempre me produce intriga cuando alguien pasa más de un minuto estudiando su imagen, como si necesitase que el espejo le dijese cómo se llama o dónde vive.

Algunas veces me acuerdo de esa escena de Eyes wide shut, de Kubrick, en la que Nicole Kidman y Tom Cruise comienzan a desnudarse ante el espejo. Presupones cierta pasión, pero el espejo, cuando tratas de ocultarle algo, siempre te desnuda. Es el abismo, y nadie engaña al abismo. Hay un instante atroz, cuando Cruise le besa el cuello y ella se evade y se mira al espejo, ajena a todo. Entonces comprendes que no se puede estar más lejos de ese lugar, y que hay algo que se ha roto definitivamente entre ellos. Es evidente que a veces el espejo no te devuelve tu imagen, si no tu destino, incluso tu muerte. Pero, como digo, hay muchas maneras de mirarse al espejo. A vece sólo quieres maquillarte, o arreglarte la corbata, o emborronar esa raya al medio que se te ha puesto en el peinado. Digamos que en todas esas miradas late siempre cierta insatisfacción. Te acabas diciendo a ti mismo, desesperado, que con tu cara o esa corbata no vas a ningún sitio. A menos que pretendas escribir una novela o una columna.

El salvaje Atlético

El gol de Diego Costa ante el Getafe es de pistolero del oeste. Sus movimientos en gravedad cero insinúan que jugar al futbol, en el fondo, es desenfundar vertiginosamente y apretar el gatillo. Te conviene llevar siempre pistola. Si todo va bien, el balón se recuesta en la red, y tú, camino del centro del campo, te recolocas el sombrero, para cobrar la recompensa. Porque eres eso, un fulano errante y solitario en busca de goles en mitad del desierto. No matas al tipo de las escaleras, al de la puerta, al que está al lado del piano y al que juega al póker al fondo, si no eres Doc Holliday o Billy ‘El Niño’, y descubres que ellos quieren matarte a ti. Todo parece conspirar en tu contra. Te superan en número. Tienen más munición y una mejor posición. Han cenado un cabrito a media tarde. No temen al sheriff. En realidad, la ley la han estado reescribiendo ellos mismos últimamente. En la calle llueve y hace viento. Tú estás solo, como Solbes. Has bebido tres whiskies de una sentada, para sacudirte el aburrimiento. Pasión de los fuertesMeditabundo, tienes la cabeza en otro lugar. Tal vez en un poema de Anne Sexton, que se te resiste. Si no fuese bastante desventaja, además estás de espalda, acodado en la barra.

Por suerte, tienes tu olfato. Él te guía por la noche y las calles peligrosas. Nunca te falla. Un segundo antes de que el tipo de la puerta eche mano de su pistola, y sus socios lo secunden, como en el coro de los esclavos de Nabucco, tu olfato te tira de una manga. Es la hora. Te vuelves, rápida y efusivamente. Cuentas los rivales de cabeza. Son cuatro. Uno en la escalera, otro al lado del piano, otro en la puerta, otro en la partida de póker. No te fías demasiado del camarero, así que, por si acaso, sumas cinco. No tienes tiempo que perder, pues el invierno llegará pronto, y desenfundas. Pum. Pum. Pum. Pum. Y como no te fías, pum otra vez. Cada disparo se desnuda lentamente, como cuando te bañas en sales, y te muestra su eco. En ese impasse, aprovechas para redactar una breve necrológica. Te gusta honrar a tus rivales mientras caen como hojas de un árbol, otoñalmente, y el viento las arrastra de alcantarilla en alcantarilla.

Así construyó Diego Costa su gol de chilena. El centro llegó apenas cocinado, al baño maría, digamos, desde la banda derecha, como si el lateral sólo estuviese dibujando una parábola en el encerado, para explicar algo de geometría, que ni él mismo entiende. Todo parecía en calma, como en esos planos de Sergio Leone, donde apenas anda un perro por la calle y a lo lejos, se oye crepitar una mecedora, que baila sola, tristemente. Es el tipo de paz que antecede a una refriega. Te conviene desperezarte, o morirás. Eso le ocurrió a la defensa del Getafe. Se confió. «Duérmete, yo vigilo», le dijo un central a otro. Supongo que, porque eran superiores en número, acumulaban balas y habían merendado a conciencia, creyeron que nada malo podría ocurrirles. Pero el olfato de Diego Costa le tiró de la manga, y lo advirtió de que lo iban a matar. Entonces, el delantero se revolvió como Doc Holliday en Duelo de Titanes, borracho y todo, y oscuramente envió el balón al infierno. The end.

Foto: Pasión de los fuertes (1946), John Ford.