Diario ruso-español (fin)

15 de julio

Madrugo y barro a medias la terraza, sin ganas. Barrer con ganas se me antoja inalcanzable. Tendría que ser un genio. Hacerlo de una manera que no sea a medias exigiría además otra actitud que yo no tengo. La vida está llena de historias que empiezan y no acaban, y no pasa nada. Cuando dejo la escoba, cojo el móvil. Creo que el paso de un objeto a otro es una metáfora. Veo un mail de C, un amigo venezolano. «Me robaron el teléfono a punta de pistola, cerca de la esquina Colimodio, a las 3.50 p.m. Todo bien, sin un rasguño», escribe. Uf, pienso. No sé si lo parece, pero en Caracas este es un final feliz, que al llegar a casa te permite anunciar que hoy tampoco te mataron. Cuando lo visité hace un par de años, C me dijo que si te asaltaban era importante tener algo que entregar a los ladrones, o te pegaban un tiro (entrada completa en Vanity Fair).

Anuncios

Diario ruso-español (31)

14 de julio

Algunos sábados tienes que inventarte los recados, porque no tienes. Helena me acompaña a dejar una camisa sucia en la tintorería. Hace tres meses que quería llevarla, desde que descubrí una mancha invencible en un puño. Pero una cosa es querer y otra que se te pase siquiera por la cabeza. Por fin hoy es el día. No se registran incidencias por el camino, y entregamos la camisa en la tintorería, donde la dueña le regala una piruleta a la niña, y después nos vamos al parque. Charlo de todo y de nada, sobre todo esto último, con una madre mientras su hija y Helena se columpian. Aprovecho para despachar la piruleta en un visto y no visto. Después hablo con una abuela y aun más tarde con un abuelo, que le pregunta a Helena qué quiere ser de mayor. Menuda pregunta, hombre. El señor viste su mejor traje, o quizás el segundo mejor, y a mí me daría miedo no decir que quiero ser dueño de Google o gánster. Pero la niña no le hace ni caso y prefiere meterse el dedo en la nariz, distraída. Qué temple y qué modo de contemplar la vida, pienso. Qué temple. «Tiene tres años. Me parece que no quiere ser nada», respondo por ella. De vuelta a casa, para comer, Helena pregunta por su piruleta. «Me la robó el viejecito del traje, el que te preguntó qué querías ser de mayor», le cuento. Se echa a llorar muy despacio, primero un gesto exánime, después otro, y otro, hasta que llegan las lágrimas. «Yo tampoco soporto a los ladrones», digo. Al final tenemos que ir a comprar otra piruleta (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (30)

13 de julio

Empiezo a hacer dos o tres cosas, pero no acabo ninguna. Ni siquiera llego a la mitad. Lo bonito es empezar. Al menos dejo a Helena en la guardería y no a medio camino, entre dos semáforos. «¿Mañana vamos a la playa?», me pregunta. «Juegan Bélgica e Inglaterra por el tercer y cuarto puesto. Es una porquería de partido, el peor del Mundial. Pero cómo no voy a verlo. Sería una temeridad», digo, alicaído. «¿Y después de mañana?», insiste. «¿El domingo? ¿Te has vuelto loca, pequeñaja? ¡Es la final! No puedo ir a la playa, lo siento. Vete tú si quieres. Te pago un taxi», le propongo.

Me paso por una administración de lotería a comprobar que no me ha tocado la Primitiva. En tres años, mi momento de gloria fue un premio de ocho euros. Toqué techo. Cuando no gano nada, que es la inmensa mayoría de veces, se me junta la tristeza con la alegría. No quiero acabar como un señor del pueblo de al lado, al que llamaban Chemanel. Era buena persona. En 2003 le tocaron nueve millones de euros a la Primitiva. Emprendió negocios ruinosos. Se aficionó a los casinos, las apuestas, los coches de lujo, la prostitución. Gastó todo lo que tenía. Se endeudó. En 2009 se suicidó dentro de un todoterreno, con una pistola. Supongo que corrió demasiado. En una vida normal y corriente ocurren a veces cosas terribles, como hacerse millonario de repente. Quizá para ser rico convendría tener costumbre, pongamos, desde los tres años. A lo mejor llevaba razón Errol Flynn cuando recomendaba ser pobre, al menos al final de tu vida. «Cualquier hombre al que a la hora de su muerte todavía le quedan 10.000 dólares, es un fracasado», aseguraba (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (29)

12 de julio

Son las ocho de la mañana y está sonando el teléfono. “Me apuesto un brazo a que es mi madre”, pronostico, sin moverme de la cama. “Me apuesto el otro brazo a que no quiere nada en especial”, añado. Media hora después, cuando al fin me levanto, compruebo el teléfono por curiosidad. Era mi madre. Podré conservar los brazos. A los cinco minutos vuelve a llamar. Hablamos de esto y de aquello, de nada en general. Cuando estamos a punto de despedirnos me dice que no le gustó que ayer la pusiese de excusa para dar largas al persianista y ver el Inglaterra-Croacia tranquilo. Podía haberme inventado otra cosa, dice, incluso podría no haberme inventado nada. La mentira es un vicio. “¿Y si resulta que ahora me pongo enferma de verdad, muy grave, y me tienen que ingresar en el hospital, y me muero? ¿Qué cuerpo se te quedaría?”. Cuando colgamos, me aborda Helena, y después tres o cuatro whatsapp, y ni siquiera son las nueve de la mañana. Diez minutos de tranquilidad es todo lo que le pido a algunos días. Pero los días, o la vida, no siempre te los conceden; no tienen. Hay una escena en El Divo en la que Andreotti comentaba que nadie sabía su número de teléfono y un día lo llamaron a casa. “Me dijeron que me matarían el 26 de diciembre. Y yo les di las gracias porque así podría pasar la Navidad tranquilo”. Me representa (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (28)

11 de julio

Coincido con el vecino del primero B en el portal. Hace tres días lo vi desde el parque y me fijé en que al salir a la calle se limpiaba los zapatos contra la pernera del pantalón. Me parece un gesto de crack. Me cuenta que acaba de instalarse un aparato para filtrar el agua a través de un purificador de ozono. Lo último. O lo penúltimo. «Me ha costado un riñón, pero qué agua, macho». Nunca sé qué es más, un riñón o un ojo de la cara. Yo llevo en la mano una bolsa con dos libros. «Yo me he comprado Las posesiones, de Llucia Ramis, y El rosa en los flancos de las truchas, de Joseph Wilson, para regalar», le cuento, haciéndome un poco pequeño. «Ni los conozco», dice con desdén. Me gustaría saber a quién conoce. Nos despedimos.

Me meto en casa con la sensación de que el vecino me ha dado una paliza. El agua tiene tantas posibilidades, después de todo. La literatura solo sirve para la literatura. Los fines que somos capaces de dar a algunas cosas, incluida el agua, es lo que nos caracteriza como seres humanos. Beberla, a secas, puede hacerlo un perro o un gato. Hasta una mosca bebe. ¿Pero qué animal construiría una depuradora, o una fuente, o crearía una empresa de abastecimiento, o una concejalía del ramo, o un purificador do ozono, por ejemplo? Solo nosotros. Ay, quién no sueña con tener un día una piscina, y tal vez hacer cada verano una gran fiesta, y al día siguiente, con un horrible dolor de cabeza, no recordar nada, hasta que mira la piscina y ve que sobre el agua flotan sillas, botellas de champagne, el sofá del salón, un par de bañadores… Es justo ahí cuando descubres que la vida empieza en efecto con el agua, pero la humanidad arranca con la destilación, como decía Faulkner (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (27)

10 de julio

Friego la taza del desayuno, la pongo a escurrir y de pronto, sin venir a cuento, anuncio que voy a llamar al persianero. «Se acabó. Esto no puede seguir así. Es una puta vergüenza. Vivimos en el maldito caos», digo, hundido. M me observa y no añade nada. Qué va a añadir. Se nota que piensa lo mismo. Desaparece y al minuto regresa a la cocina con el Diccionario de la lengua española. «‘Persianero’ no viene en el diccionario», asegura. «Así que no viene… Eso lo cambia todo. Me pregunto quién nos arregla la persiana en ese caso. ¿Un académico? ¿Va a venir Vargas Llosa a echarle un vistazo, o Pere Gimferrer, o Clara Janés?», pregunto sin sarcasmo, pensando que tal vez el manitas sea Pérez Reverte. «En cambio, ‘persianista’ sí que aparece debidamente recogido: persona que se dedica a la construcción, colocación o arreglo de persianas», dice M, que cierra el volumen y suena definitivo. Se va descojonándose por dentro. Puto diccionario.

Me encierro en el estudio a trabajar. Tengo muchísimo que hacer antes del partidazo de esta tarde. A los diez minutos dejo todo lo que estoy haciendo, que no es mucho, y llamo a Pedro [nombre ficticio], para hablar por hablar. «¿Por qué no vienes a ver el Francia-Bélgica a casa?», le propongo. «No puedo. Hoy empiezo con la mudanza», dice. «Hostias». Pedro se muda a casa de sus padres. Cortó con Ana [nombre ficticio] y solo no puede pagar el alquiler. «Me imagino que no necesitas que te eche una mano, así que ni me ofrezco», digo. Nos quedamos en silencio. «Voy a arreglar la persiana», cambio de tema. «No jodas. ¿Y las vas a arreglar tú?», pregunta. «Ni loco. Yo creo en la ciencia, así que llamaré a un persianista», respondo. «¿‘Persianista’ existe? ¿No es ‘persianero’?» Volvemos a cambiar de tema y me cuenta que está a dieta. No quería, pero al final cree es una buena idea. Le hablo de un relato de Roberto Fontanarrosa, titulado Los últimos vermicelli, sobre una comunidad que somete a la gente gorda. La policía los persigue y acaba con todos. Nadie puede pesar más de 75 kilos. Los libros y tratados de cocina están prohibidos, así como los alimentos demasiado calóricos. En ese relato se cuenta la historia del gordo Albarello. Un día lo llevan preso y le ofrecen una dieta para perder 30 kilos. Albarello se niega. No quiere traicionarse. Tiene unos principios, cree en la libertad individual, en el derecho a estar gordo, o flaco, o calvo, o imbécil perdido. Y como protesta, se pone en huelga de hambre, y al final pierde 47 kilos (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (26)

9 de julio

Hay obras en el hotel Altiana. No es un motivo de especial alegría. Cuando el Altiana está de obras es como si lo estuviese yo, pues la parte posterior del hotel da directamente a mi terraza, y a menudo los ruidos hacen vibrar mis paredes. También es muy habitual que los huéspedes salgan a fumar a los balcones y arrojen las colillas al vacío para que yo las barra. Si uno de esos huéspedes decidiese suicidarse, y no veo por qué no querría hacerlo, tal como están las cosas, podría llegar a caer sobre mí. Cabe la posibilidad de que en ese caso salvase la vida. Pero no pensemos en cosas alegres.

Los albañiles empiezan a martillear a las ocho y media de la mañana. Le ponen muchas ganas. Me temo que el martillo solo admite énfasis. No estamos ante ese tipo de herramientas que se pueda utilizar con delicadeza, como un rotulador o un plumero. Carece de buenos modales. No llama a la puerta, digamos, y dice “qué hermoso día hace hoy”. Cuando los trabajadores paran, a los cinco minutos, me hago ilusiones pensando que a lo mejor han martilleado por error. Quizás se equivocaron de hotel. Enfrente del Altiana está el hotel Ervedelo. Cosas peores he visto. En una ocasión presencié cómo mi padre intentaba abrir la puerta de su coche sin éxito, en un parking. Era su viejo Mercedes 190 D, azul, de cuatro marchas, que vivió treinta años. La llave entraba en la cerradura, pero no giraba. Mi padre es un señor aficionado a perder la paciencia. Es casi famoso por ello. “Hay que reventar la ventanilla”, zanjó después de unos pocos intentos. “Vete a buscar un buen ladrillo”. Regresé con un buen extintor. “Algo es algo”, dijo al verlo. Casi lo estaba levantando para romper el cristal, cuando escuchamos unos alaridos y unas amenazas feísimas. Era el verdadero dueño del coche, que también tenía un Mercedes 190 D, azul. Nos habíamos confundido de planta (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (25)

8 de julio

La vida te cambia en un día. El sello con la frase Things not to do que me compré el viernes en el Tiger es mi mejor adquisición en años. Nada más levantarme, el sábado lo estampé con fuerza contra un post-it y debajo escribí «arreglar la persiana». Esta mañana añado a la lista «madrugar para nada» y «cocinar con tus propias manos (si tienes elección)». Yo admiro a la gente que cocina, y que cocina bien. Le haría una estatua, pero no sé hacer estatuas. A la que cocina mal también la admiro, aunque menos. Tiene mérito que nunca dejen de hacerlo. Pero sobre todo, admiro a la que no cocina. Esos son mis héroes. Quisiera parecerme a ellos.

A media mañana salgo a dar una vuelta. En el puente romano me encuentro a un joven abogado con el que coincidía cuando yo cubría sucesos. Me cuenta la mitad de su vida. «No tenía dinero, así que hace unos años me compré un buen piso», dice. Muchos hicimos algo parecido. «Yo, por ejemplo, me compré un malo», le confieso, por si le vale de algo. No sé de qué le va valer. «Cuando no tienes problemas, tienes que buscarlos», bromea con sabiduría. Me parece un buen arranque de novela. Tiene fuerza. Dice que vivía en una burbuja, como si hubiese estado viendo demasiadas veces El lobo de Wall Street. «¿Qué pasa, que también le dabas a la coca?», le pregunto sin interés. Niega con vehemencia, como si justo lo hubiese pillado metiéndose un tiro. «Lo decía por lo de buscar problemas con el dinero», aclara (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (24)

7 de julio

No sé qué sería de nosotros si no tomásemos decisiones absurdas de vez en cuando. Camino del supermercado para hacer una pequeña compra, me adelanta un hombre en una silla de ruedas eléctrica. No sé por qué, al darme cuenta acelero el paso ligeramente, y me pongo a su par. Es como si en mi cabeza sonase la palabra «carrera». No quiero perder. Quizá tenga que ver con el Mundial. Avanzamos varios metros así, iguales, por una acera con apenas peatones. Entonces el hombre me vigila de reojo, e incrementa la velocidad de la silla. Su puta madre. La silla vuela. No me queda más remedio que correr. Corro como si ahora en mi cabeza estuviese en mitad de un contragolpe de Bélgica, gritándole a Lukaku «¡¡Pásamela, mamonazo!!». Lo adelanto, lo dejo atrás y, cuando alcanzo el supermercado, cruzo la línea de meta imaginaria. Me vuelvo, pero no distingo al hombre de la silla por ninguna parte. Me gustaría verle la cara.

Todos necesitamos, supongo, recurrir a idioteces. Tengo un amigo que una vez se enamoró perdidamente de un maniquí. Había puesto fin a una relación con su novia de muchos años, y atravesaba por un período, digamos, disoluto y triste, consistente en salir mucho y parecer muy feliz. Hasta que una mañana, al dirigirse a la facultad, vio un maniquí en un contenedor de obra. Estaba desnudo. No pudo resistirse y se lo llevó a casa, lo vistió con ropa que su exnovia había dejado en el armario, y lo acomodó en el salón, al lado del televisor. «Qué hace esta mierda aquí», preguntábamos al principio. «Estamos saliendo», decía (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (23)

6 de julio

Madrugo, pero no demasiado, para llevar mi sobrino Miguel al campamento de verano. Miguel es el que le llamó hace una semana culo gordo a un señor muy gordo cuando lo vio por la calle. «Me encanta tu coche, Juan», dice. «¿Quieres conducirlo?», pregunto. «¡Siiiií!». Lo miro por el retrovisor y enfrío sus expectativas: «Quizá mañana». Me parece que se queda un poco chafado. «¿Quieres que abra el techo?», propongo, para animarlo. Vaya si quiere. Lo abro. Cuando está abierto, me pide que lo cierre, que le da el sol, y después que lo abra, porque ahora no le da el sol. «Pequeño Hitler», farfullo, mientras cumplo sus deseos. Cuando llegamos, lo siento en mis piernas y lo dejo aparcar.

Una o dos veces al mes –en junio fueron seis– me acerco a la tienda de Tiger. Acudo sin ambición, simplemente para descubrir el último gran invento de la humanidad, y llevármelo por seis euros. «Nos va a cambiar la vida», me gusta anunciar al entrar con la compra por la puerta de casa. Por razones obvias, al Tiger intento ir sin Helena. No distingue lo que merece la pena comprar de lo que no. Hoy me quedo prendado de una máquina expendedora de caramelos, sin caramelos. Inventazo. También me enamoro de una máquina que fabrica pompas de jabón, unas diez por segundo. Se acabó lo de soplar. No le veo utilidad a un sacapuntas con forma de nariz, así que por eso me lo llevo. El mundo no está tan mal si puedes gastar tres euros en una gilipollez. El capitalismo y yo nos entendemos a la perfección. Cuando me parece que tengo bastante para pasar el resto de mi vida feliz, veo un estampador de sellos con la frase Things not to do. Me lo quedo. Al fin algo útil de verdad. Es una compra de doble filo, porque a última hora tienes que hacerte también con tinta para el estampador de sellos, o no servirá de nada (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (22)

5 de julio

Vestirse cada día de una forma diferente al anterior estimula y deprime al mismo tiempo. «Helena, qué te pongo», le pregunto, después de ducharla. «Crema», dice. «¿Y después?». No tiene ni idea, como yo. La dictadura de las pequeñas decisiones, centenares a lo largo del día, acaba con la salud de cualquiera. Supongo que por esa razón algunos creemos que la felicidad total consistiría en tomar una sola decisión. Podría ser, por ejemplo, la de no hacer nada. Cerca de la guardería, en el contenedor con la basura más bonita de la ciudad, hoy encontramos un televisor abandonado, con mando incluido. Hace algunas semanas se deshicieron de un vulgarísimo Picasso, y con razón, porque se trataba de una reproducción de Las señoritas de Avignon de un metro por un metro con un agujero en el medio. En ese mismo sitio coincidimos también con un Monet. Nuestro hallazgo favorito fue un fax viejísimo, pero lleno de encanto. Helena o pudo resistirse y se acercó a él, descolgó, y empezó a hablar con su abuela (entrada completa en Vanity Fair)

Diario ruso-español (21)

Espío desde la acera el interior de Don Rápido, y advierto que hoy no está el zapatero. Quizás se ha ido de vacaciones a Cancún, o algo menos enrevesado, como que ha perdido un dedo arreglando una bota. Su ausencia me alivia, no voy a mentir. Empezaba a tenerle miedo, aunque fuese de esa manera trivial que se teme a las arañas o a escribir abogado con uve. En su lugar hay una mujer a la que Ignacio, si es que se llama así, parece haber prestado su humor congelado y su forma de mirar a la gente por encima de las gafas (pero sin gafas). “Hola”, saludo. “Qué pasó”, protesta la mujer. En el instante que me llevo la mano a la cartera para buscar el resguardo de las zapatillas, noto en el pantalón el hueco que dejan las cosas al olvidártelas en casa. Es un hueco, pero que parece un bulto, muy molesto. “Pues no he traído el resguardo”, constato sin importancia, como si me cagase en los resguardos. “Hay que traerlo”, advierte disgustada, y me explica la razón de ser del resguardo, como si yo fuese idiota (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (20)

En casa no convence a nadie el ruido que hace el deshumificador a raíz de la cuchara que metió Helena por una rendija del electrodoméstico. Es un aparato, para ser francos, que siempre despertó desconfianza en la familia. Lo compré porque había recibido una cantidad de dinero considerable, en negro, por uno de mis –digámoslo– peores trabajos. Quizá me dio miedo hacerme rico si se prolongaba la buena racha. Hay que gastarlo pronto, me dije. En aquel momento no supe en qué emplearlo de un modo inteligente. Las cosas que me gustaban costaban mucho menos, o muchísimo más. Así llegó el humificador a casa, por un desconcierto. «¿Para qué sirve exactamente?», preguntó M al verme llegar con la caja. «Para mantener a raya a la humedad», dije. «Pero en casa no tenemos problemas de humedad», alegó. «También sirve para muchas más cosas –improvisé–. Hay que leer bien las instrucciones. Está demostrado que desaprovechamos el noventa por ciento de nuestras compras por no leerlas», me inventé (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (19)

Me levanto a las seis y media de la mañana. Es muy lunes. No sé por qué me acuerdo de que en Crónica de una muerte anunciada a Santiago Nasar lo asesinan en lunes. También me acuerdo de que hace muchos años, en mi pandilla, los lunes todavía eran fin de semana. A esta hora impera un silencio que aprovecho para escribir un artículo sobre un editor que un día, a fin de optimizar su tiempo, hizo instalar en el despacho una silla de barbero. Qué envidia. La silla de mi estudio es una silla de la cocina, temporalmente.Echo de menos que ruede. Y que sea cómoda. Pero si obviamos ambas cosas, y que cojea, es una silla perfecta para escribir. Henry Millerdefendía que trabajar incómodo era de gran utilidad para la imaginación.

El silencio de las seis y media dura hasta las siete. A esa hora empiezan a ducharse en el piso arriba. Es un ruido agradable. Nunca sé si es la vecina o su marido. Al poco de mudarme a este edificio, una mañana vi que se filtraba muchísima agua por el techo de mi baño. Subí al piso de arriba, llamé con los nudillos, y me abrió la vecina, en pijama. Cuando le estaba explicando lo que pasaba, se abrió la puerta del baño y salió el marido desnudo. Siempre me digo que si hubiese subido quince minutos más tarde, quizás el orden hubiese sido otro, y ella la que salía desnuda (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (18)

Es domingo. Yo los domingos siempre me digo que esto no puede seguir así, que tengo que hacer cambios, pero el lunes me parece que todo está bien tal como está. El domingo es una ficción del propio domingo. Si lo piensas, a las diez de la mañana es casi sábado. Se trata de una sensación pasajera, porque en cuanto transcurren tres o cuatro horas, empiezas a pensar que todo a tu alrededor se parece bastante al lunes. Es posible que el domingo, el domingo auténtico, el único que conocemos, no exista como tal. Sin embargo, Helena y yo salimos a pasear y le propongo hacer algo típico de un domingo. «¿Y qué hacemos?». «Déjame pensar», digo, pensativo. A lo lejos veo a dos jóvenes, uno de ellos hace pis en nuestra dirección. «Ya lo tengo. Comamos una ración de pulpo», propongo. «Ag, qué asco», dice, con otra de esas frases que toma prestadas de Peppa Pig.

El pulpo es el cuarto mejor invento del domingo. Quizá los tres anteriores no existen. No sé ni cuántas veces una pulpeira nos ha salvado del vacío existencial, y del hambre, a millones de gallegos. Me gusta citar como ejemplo el día que participe en mi primera carrera popular. Me inscribí con un amigo, con la única pretensión de completar los diez kilómetros, tardásemos lo que tardásemos. Ambición cero. Pero a veces hasta la falta de ambición se vuelve acto codicioso. En el segundo kilómetro ya nos arrastrábamos en las últimas posiciones, sin demasiadas ganas de vivir. De pronto, pasamos al lado de una pulpeira. Nos leímos el pensamiento. Hacían falta unos nervios muy fríos, y nosotros los tuvimos para abandonar aquella estúpida carrera y pedir dos raciones con mucho picante, que nos salvaron la vida (entrada completa en Vanity Fair).

Diario ruso-español (17)

30 de junio

«Hola, yo no hago nada, ¿y tú?», le escribo a un amigo. Whatsapp es perfecto para esos momentos en que no tienes nada que decir, y lo dices igual. «De brazos cruzados, a tope, esperando el Francia-Argentina», responde. Una cosa típica de los sábados es que casi nunca logras hacer eso ante lo que siempre dices «El sábado lo hago». Yo casi me pongo a lavar los platos. Entre las verdades que más me cuesta asumir está la de que se gasta más agua lavándolos a mano que en el lavavajillas. Será así, pero. Al menos fregar tú mismo relaja. Rob Sheffield cuenta en Vives en las cintas que me grabaste que disfruta lavando platos. A comienzos de los noventa incluso tenía una cinta de música para escuchar exclusivamente al fregar. La había grabado de la radio, con un tipo hablando entre canciones. Sheffield era fan de las emisoras de los 40 principales, pese a que admitirlo equivalía «a fardar de haberle contagiado la gonorrea a tu abuela, en la iglesia, en la primera fila y durante el funeral de tu tía». Rodrigo Fresán, al que respeto incluso más, dice que «a mí todas las mejores ideas se me ocurrieron siempre lavando los platos. Siempre. Debe tener que ver con algo de la temperatura de las manos, alguna cosa primal del agua, del líquido venimos y al líquido vamos. Se me ocurren escenas, frases, soluciones, desato nudos». El lavavajillas acabará con la literatura.

«No podemos hacer nada, papi. Ay, qué rollo», dice Helena, que quiere saber por qué llueve. «Papá está muy ocupado, cariño, pregúntale a mami», le digo, mientras escribo otro Whatsapp importante. Se va. Pienso en dos o tres cosas que podría hacer, provechosas, pero las voy descartando: «esto no», «esto tampoco», «ni loco», «ni que me paguen», «en otra vida». A los dos minutos vuelvo a tener a Helena encima. Qué marcaje. «¿Por qué no arreglas la persiana?», me pregunta. Es alucinante, la están adoctrinando. Tengo que irme. Me ducho rápido y me pongo el pantalón sucio de ayer que, con poca luz, no está tan sucio. «Voy a casa de Pedro [nombre ficticio]», anuncio. En el portal me parece sorprender a un vecino metiendo la mano en un buzón que no es el suyo. Me hago el tonto. Es duro no tener una triste suscripción. En la carrera, tratando de robar El Correo Gallego a un vecino, me quedó la mano atrapada una hora, hasta que apareció un compañero de piso y consiguió doblar el buzón haciendo palanca con un paraguas (entrada completa en Vanity Fair).