Así se pierde la cabeza

El presidente de los Estados Unidos es un personaje habitual en las películas y novelas de ese país. A menudo se vuelve un héroe, y en esos casos se hace difícil no sentir pereza. En cambio, la emoción se renueva cuando el tipo más poderoso del mundo actúa como un cretino, un mentiroso, un mentecato. Esta semana, por causalidad, leí un relato que Patricia Highsmith escribió en los 80, con el presidente y su mujer de protagonistas. Se trata de un disparate divertidísimo, como deberían ser, ya puestos, todos los disparates. En España el texto se incluyó en un libro traducido como Catástrofes, donde todos los cuentos “comienzan en un clima de trivialidad”, como señaló un crítico, “y acaban en una atmósfera cotidiana colmada de horror”.

En El presidente Buck Jones defiende la patria, la historia empieza un domingo, después de que trascienda, por la indiscreción de unos de sus colaboradores, un tal Phippy, que su administración vendió armas a los dos bandos de un conflicto en Oriente Medio. El propio Phippy exculparía al presidente de cualquier responsabilidad al día siguiente, en una comparecencia pública. Convencido de que todo iría bien, a media tarde el presidente se puso las zapatillas, el pijama y una bata, y se quedó dormido en una butaca. “Soñó con los comunistas. Apretaba uno o dos botones, y el poderío de Norteamérica se desencadenaba en tierra, mar y aire”, escribe Highsmith (artículo completo en El Progreso).

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El brazo levantado

A todos nos dicen, en algún momento, “qué raro eres”. Tal vez seas una persona particular en algún aspecto. Pero después conoces a otras, muchísimo más raras, que te hacen sentir, en realidad, el ser más normal del mundo. ¿Quién es normal todo el tiempo, además? Una vida construida a base de normalidad, exclusivamente, sí que resultaría extraña. Una cosa normal no se diferencia demasiado, si lo piensas, de una rara. Nunca sabes cuándo algo ordinario se convertirá en extraordinario. Porque a veces pasa precisamente eso.

Hace poco leí la historia de Gordon, un muchacho de 10 años que vivía en la isla de Wight, al sur de Inglaterra. Tenía un hermano llamado Anthony, cuatro años mayor, que una vez estuvo 40 días sin sacarse un chicle de la boca. ¿Era raro? Puede. Pero un día, al irse a la cama, el hermano menor levantó el brazo por encima de la cabeza, y se quedó dormido. Cuando se despertó, decidió pasar algo más de tiempo con el brazo en alto. En el desayuno su padre le preguntó qué estaba haciendo. “Le dije que tenía un hormiguero en el brazo y que me sentía mejor con él levantado” (artículo completo en El Progreso).

¿Y qué pasa si mueres?

Acababa de morir, hacía cuatro días, alguien muy importante. La noticia produjo una notable conmoción, casi terror. Se trataba de un destacado editor, admirado por todos; también por quienes aún no sabían que lo admiraban. Sus libros, algunos de ellos legendarios, pasarán años en nuestras estanterías, y entre nuestras manos, agitándonos, hasta que también nosotros muramos. Hay profesiones y talentos que proporcionan cierta inmortalidad. Cuando tampoco nosotros estemos, él continuará ahí, aunque no todos se den cuenta. Quizás al leer los libros que editó se oigan unos misteriosos pasos, o un crujido entre frases, a la manera de los suelos de madera por las noches, que suenan cuando nadie los pisa.

Amigos y escritores, aunque también lectores, se quedaron afligidos, desamparados, desvalidos al conocer su muerte, que los sumió en una perplejidad violenta, durante la cual uno puede sentirse extranjero en su propio cuerpo. Había fallecido en mitad de eso a lo que Joan Didion se refería como un “instante normal”, durante el que se hace imposible pensar en la muerte, que irrumpe de repente, a veces incluso mientras atraviesas el mejor momento de tu vida, o al menos del día, y si te preguntasen dirías “¡Qué bien me siento!” (artículo completo en El Progreso).

Botón de play

En  2008, durante un curso que impartía César Aira en Santander, compartí habitación durante tres noches, en el Palacio de la Magdalena, con un señor de Mojácar. En clase tomaba notas en un cuaderno de dibujar enorme, de anillas, y escribía con un rotring que le prometía a las frases mil años de vida. Me pareció, a simple vista, un tipo pintoresco. Tendría cuarenta años, le faltaba la punta del dedo meñique, y al principio no hablaba mucho. Se soltó en la segunda noche. Estaba dándole vueltas, me confesó, a la idea de escribir una novela. Todos estamos dándole vueltas a eso, le dije, sin intención de emborronar sus sueños. Cambió de tema enseguida.

Me contó que en ese momento vivía en Badalona, donde trabajaba en una ferretería. «He vivido en cincuenta mil sitios, y en cada uno he tenido un trabajo diferente. Sé hacer de todo, menos escribir una novela», comentó con una mezcla de buen humor y, a lo lejos, amargura. Había leído un par de libros de César Aira y, como en realidad desde hacía un mes ya no trababa en la ferretería, se había apuntado al curso con la esperanza de «encontrar el botón del play». El autor argentino era el segundo escritor al que conocía en persona, acotó con misterio, sin referencias al primero (artículo completo en El Progreso).

Amor ajeno

Unos pocos días en tu vida, muy especiales, sientes que estás rodeado de objetos que solo representan viejos recuerdos o compañías, que ya no sirven para nada; ni siquiera para recordar. Te parece absurdo seguir atesorándolos. Resisten por inercia. No reparas nunca en ellos, salvo para moverlos cuando limpias o reordenas. Al tomarlos no despiertan resonancia alguna de los viejos tiempos. Solo ocupan espacio, y el espacio es hoy quizá el verdadero tesoro. De repente, aunque sean objetos pequeños, te estorban como gigantes de pies enormes y blandos. Animado por esa frialdad que te ataca sin explicación ni aviso, y solo muy de vez en cuando, los retiras de donde están, los introduces en una caja y los tiras al contenedor de basura. “¿Me arrepentiré?”, puede que te cuestiones. “Lo superaré”, te dices entonces, y sigues adelante.

Pero casi nunca te levantas y te encuentras ungido de semejante voluntad. Ya quisieras. Casi hay que tener el corazón helado. Yo admiro a la gente que conserva, pero aún más a la gente que abandona sus cosas. En nuestra vida cotidiana, cargada de pequeños simbolismos, nos gusta guardar fidelidad a infinidad de cosas que ya no significan nada, pero lo significaron, y con ese pasado nos basta para rendirles un extraño amor eterno. Pueden estar viejas, desgastadas, rotas, pueden carecer de uso, belleza, sentido. Ningún defecto nos parece grave. De hecho, esos defectos consiguen, paradójicamente, que se intensifique el apego. A veces, cuando vemos cómo alguien se deshace al fin —en uno de esos días especiales— de algo lo bastante simbólico, pero del todo inútil, corremos a recuperarlo para nosotros (columna completa en El Progreso).

El primer libro amarillo

En mayo de 1981, Anagrama inauguró la colección Panorama de Narrativas, dedicada a la literatura extranjera, con su característico color amarillo en la cubierta. La escritora elegida para el primer número fue Jane Bowles (1917- 1973), autora de Dos damas muy serias, en una traducción de Lali Gubern. El libro incluyó un prólogo de su amigo Truman Capote, con quien compartió hotel en París durante el invierno de 1951. Por una casualidad, como ocurre tantas veces, hace dos semanas acabó en mis manos un ejemplar original del libro que abría la colección amarilla. Lo compré por un euro en un Todo a Cien. Me sentí el tipo más afortunado del mundo. Incluso me consideré, por un momento, un as de las finanzas.

Abrí la novela al azar y caí, como se cae por unas escaleras, en un párrafo en el que la señorita Goering, una de las protagonistas, abandonaba una fiesta con un tal Arnold, al que acababa de conocer. El joven le proponía pasar la noche en su casa. “Probablemente así lo haré, por mucho que vaya en contra de mi código personal, pero, después de todo, jamás he tenido ocasión de seguirlo, aunque lo juzgue todo a través de él”, replicó ella. Me resultó simpática al instante (artículo completo en El Progreso).

Se vende biblioteca

Estábamos en el sofá, viendo una serie. Eran casi medianoche cuando entró un mensaje en el móvil. Hice como que no lo escuché, o como si no hubiese llegado, y tragué saliva. Siempre trago saliva cuando suena un mensaje a esas horas. Marta hizo como si yo no hubiese hecho, y cuando se levantó a preparar un cola-cao, o a hacer que lo preparaba, espié el teléfono. La perra, tumbada a mi lado, abrió un ojo. Leí. “Hace tiempo que quería decirte que en el Todo a Cien de la Avenida de la Habana hay muchos libros de segunda mano a uno y dos euros. Siempre que voy, pienso en decírtelo por si te apetece echar un vistazo. El dueño es un hombre atento y muy afable”.

Llegaba la Navidad, no tenía nada que hacer, así que al día siguiente me dirigí a aquel Todo a Cien. En el escaparate había tres maniquíes horriblemente vestidos, de fiesta, casi disfrazados. El dueño del negocio se llamaba Sar y era africano. El interior semejaba una selva tupida, con estrechos pasillos por los que avanzar. Había que hacerlo despacio, como si no quisieses pisar una mina, para no romper nada. Pregunté por los libros. “Al fondo”, dijo Sar, señalando con el índice. Sonrió, como si supiese yo que había recibido un mensaje a medianoche. Aquel sitio, en el que parecía tan extraño que se vendiesen libros, me recordó al estanco de Auggie Wren en Smoke, que entre toda clase de artículos para fumadores también vendía libros (artículo completo en El Progreso).

«¡Hacedle una foto a Salinger!»

Pasaban los años y J. D. Salinger, asediado por el éxito de El guardián entre el centeno (1951), no daba señales de vida; ni publicaba, ni se dejaba ver. En cambio, se sabía que escribía, y que el resultado lo metía en un cajón. Lo admitía en alguna de las pocas entrevistas que concedió a los periodistas que subieron a lo largo de los años a hablar con él a New Hampshire. «Lo único que importa es la escritura», le dijo a Betty Eppes en 1980, cuando aceptó hablar con ella después de que la periodista le dejase una nota explicándole que estaría dentro de un Pinto de color celeste aparcado al lado del puente cubierto que había al lado de su casa.

En 1977, ante un silencio literario que empezaba a durar demasiado, el editor de narrativa de la revista Esquire, Gordon Lish, le escuchó decir a su jefe que no les vendría nada mal publicar un bombazo. Lish era un tipo expeditivo, y a la que pudo —pudo esa misma noche— se emborrachó y escribió «Para Rupert, sin remordimientos»; un relato cuyo título se inspiraba en «Para Esmé, con amor y sordidez», una de las piezas que componen Nueve cuentos, de Salinger. En la revista no lo pensaron dos veces y lo publicaron como «Anónimo» y muchos lectores creyeron que detrás se encontraba el auténtico Salinger (artículo completo en Jot Down).

Mr. Veinte por ciento

Gleen Horowitz (1956) es el principal distribuidor de libros raros y archivos culturales que existen. Su nombre está vinculado a los de Bob Dylan, García Márquez, Nadine Gordimer, Tom Wolfe, J.M. Coetzee, Alice Walker, John Updike, Winston Churchill, James Joyce, Vladimir Nabokov o agencias como Magnum Photos. Natural de Catskills, un pequeño pueblo del estado de Nueva York, sus abuelos, tíos y padres fueron buhoneros de todo tipo, así que se crio en la convicción de que vender cosas usadas era un acto noble. En casa “querían que fuera a la universidad, pero si pensaba en mi futuro, me veía convirtiéndome en un personaje de Jack Kerouac”, que llega a una gran ciudad, “desarrolla un trabajo manual, escribe novelas y mantiene muchas relaciones sentimentales”.

Cuando al fin se mudó a Nueva York para ser escritor, se dio cuenta “de la diferencia entre la literatura superior y lo que yo escribía”, confesó a Port Magazine en 2013. Entonces abandonó el viejo sueño de ser novelista. Empezó a trabajar en el departamento de libros raros de Strand Book Store. Pronto advirtió que comprar y vender obras era también una manera de vivir de la literatura. Tras 18 meses allí, pidió un préstamo a su padre, dueño de una tienda de muebles, y en 1979 años montó su propio negocio (artículo completo en El Progreso).

Pájaros

Intenté comprar Pájaros de América de Lorrie Moore. Cuando llamé por teléfono a la librería, el librero dijo que no les quedaba, y que seguramente estaba descatalogado. “Ni lo intentes”, me sugirió, supongo que para animarme. A continuación, busqué en la página web de Salamandra, que en su día lo había editado para España. Para mi sorpresa, Moore ni siquiera aparecía ya como autora de la editorial. Ni el menor rastro. Mal asunto, pensé. Quizá fuese uno de esos casos en los que algo que empezó bien acaba mal, y para superarlo y seguir adelante se borran las huellas, como cuando se rompe la relación con una pareja abruptamente y se arrojan a la basura fotos, recuerdos, regalos, cualquier cosa que recuerde a la otra parte.

Me sumergí en Google al tiempo que pensaba que era terrible que libros malísimos estuviesen impresos y se adquiriesen en cualquier parte, y otros, extraordinarios, nadie se ofreciese a reeditarlos cuando se agotaban. Fui a dar al proceloso mundo de los libros de segunda mano, que a su vez conduce al desencanto y la nada. En Amazon, un señor muy simpático, en Valencia, vendía un ejemplar exactamente igual al mío, de bolsillo, por 525 euros. Pedía 2,99 aparte para cubrir los gastos de envío. Eso me pareció un golpe de genialidad, humor del bueno. Me reí, y después susurré algo que sonó a “menudo gilipollas”, aunque no puedo asegurarlo. A ver si estaba yo perdiendo dinero por aferrarme a mi volumen en lugar de ponerlo también a la venta (artículo completo en El Progreso).

Fe de erratas

Compré Fe de erratas, el último libro de Bibiana Candia (A Coruña, 1977), en la página web de su editorial, desde el aeropuerto de Bilbao. No pude esperar a encontrarlo en una librería de mi ciudad, cosa que, por otra parte, nunca pasaría, ya que se edita bajo demanda. Al día siguiente, cuando ya estaba en casa, recibí un mail de Franz Miniediciones agradeciéndome la compra. “Ya hemos empezado a manufacturar tu libro y te volveremos a escribir cuando esté listo para ser enviado”, me explicó la editora, Christel Penella. Me quedé sorprendido. No tenía ni idea de que el libro se haría a mano. Le pedí que me contase algo más sobre el proceso.

Entretanto, escribí a Bibiana Candia, a quien sigo desde que publicó su primer libro de poesía, La rueda del hámster, en 2013. Para entonces, ella llevaba ya algún tiempo viviendo en Berlín. Sus planes desde hacía un tiempo “salir de España para ser escritora”. Esa determinación todavía me admira hoy. “La mayor satisfacción es hacer lo que te da la gana. Hacerte dueño de quién eres. Yo me pertenezco”, sostiene. Candia, que había dejado atrás una vida de funcionaria, cómoda, pero odiosa, necesitaba por entonces sentirse a solas con una historia que no estaba segura de si sabría contar, y nada más llegar se dio cuenta de que se encontraba en la ciudad perfecta. “Berlín nunca termina. Está siempre empezando”, sostenía. Cuando nos escribimos por primera vez me confesó que trataba de sacar adelante una novela. “He pasado por un tiempo en que he estado casi más aprendiendo a escribirla que a escribirla propiamente”. Eso fue a mediados de 2013 (artículo completo en El Progreso).

Nada debajo del vestido

Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.

No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen (artículo completo en Jot Down).

Salinger en ruso

No se presta demasiada atención a la relación de Jerome David Salinger con Rusia. Y sin embargo es curiosa. Su bisabuelo se llamaba Hyman Joseph Salinger y era natural de Sudargas, una localidad en la frontera polaco-lituana, en el Imperio ruso. Del Payaso Zozo, como lo llamaba el escritor en Seymour: una introducción, decía que “era aficionado a zambullirse desde enormes alturas en pequeños recipientes de agua”, para referirse a que tenía ambición, pero que solo le servía para avanzar a pequeños pasos. Ni él ni su mujer se movieron de Rusia. En cambio, su hijo Simon F. Salinger abandonó a la familia para emigrar a Estados Unidos en 1881. Poco después de llegar, se casó con Fannie Copland, también inmigrante lituana. Juntos se trasladaron a Cleveland, y en 1887 nació Solomon Salinger, que fue director de una empresa dedicada a la importación de carnes y quesos europeos. En 1910, este se casó con Marie Jullich, y en 1919 nació Jerome David.

Para entonces, cualquier vínculo posible con Rusia se había evaporado. Los Salinger no eran dados a la tradición ni a la nostalgia. “Habían seguido su propio camino durante generaciones, sin apenas mirar atrás”, sostiene Kenneth Slawenski en la biografía del autor de El guardián entre el centeno. Precisamente con la novela protagonizada por Holden Caulfield vuelve Rusia al primer plano. Reed Johnsson, profesor de lenguas eslavas, publicó hace cinco años un interesante articulo en The New Yorker titulado Si Holden hablara ruso. Ahí cuenta que, a finales de los noventa, al concluir sus estudios universitarios, acabó en una región remota de Rusia dando clases de inglés para ganarse la vida. “Cuando me preguntaban de dónde era, yo sacaba mi desgastado ejemplar de El guardián entre el centeno y decía que había crecido a solo unas pocas millas de la casa de su autor”. El resultado de presentarse de ese modo fue sorprendente, porque resultó que Holden Caulfield “era al parecer tan venerado en Rusia como en Estados Unidos, si no más” (artículo completo en El Progreso).

Libros de mueblería

Entré en Merkamueble a media mañana. Era lunes, o bastante lunes. Había poca clientela. Fuera llovía y fui dejando pisadas de zapato mojado por el pasillo. No iba en busca de un sofá, una cama, un armario, una silla, un puf. Nada de eso. Pero allí estaba, en la mueblería más grande de la ciudad, ensuciando el suelo y evitando encontrarme con un empleado. Una mujer que pasó a mi lado, ocupada con un catálogo, me dijo que en dos minutos estaría conmigo. “Tranquila”, dije, quitando importancia a mi presencia. “Solo vengo a ver libros”, farfullé. Esa mañana no me había despertado con otra idea en la cabeza. Había oído contar algunas historias pintorescas sobre los libros con que Merkamueble ambientaba sus salones y dormitorios a la venta. Años después, de pronto, quise corroborarlas.

“¿Pero esos libros son de verdad?”, me preguntó mi pareja al salir de casa. “A veces”, señalé, encogiéndome de hombros. Le cité el caso de Ikea. Apenas entré en Merkamueble descubrí con un impreciso regodeo que sus libros también eran reales, no de atrezzo. El horror llegó al reparar en los títulos. Sobre una cómoda vi cuatro ejemplares de Corazón Agatha, de José María Plaza, una biografía sobre los años deslumbrantes de Ruiz de la Prada en la movida madrileña, de la que fue musa. Al lado, en una estantería fea, para salón, se agolpaban seis novelas de Ian Fleming, en tapa dura. Doctor No, Goldfinger y cuatro ejemplares de Desde Rusia con amor. Podían parecer demasiados ejemplares, pero estaba a punto de descubrir que todos los libros de Merkamueble —unos doscientos, calculé— se correspondían en realidad con unos pocos títulos (artículo completo en El Progreso).

La vida larga

Nos pasamos la vida intentando alargar, casi desesperadamente, algunos momentos fugaces. Resulta un ejercicio delicado, como hacer globos con un chicle sin que exploten. El placer siempre es frágil. Y breve. Parece normal que deseemos prolongarlo, y también que pensemos que la vida es muchos días corta, y que, si durase un poco más, atraparíamos la felicidad que perseguimos. A veces solo pedimos estirar un instante, y que se convierta en un rato. Así comienza un día normal en cualquier de hogar. Cada mañana asisto al cruel espectáculo de una mujer dormida apagando su despertador en la oscuridad. Parece un gesto, pero es una guerra. Siempre ganan y pierden los mismos. El despertador suena y ella lo apaga, llorando por “cinco minutos más”. Pasado ese tiempo, el despertador explota otra vez, y entonces la mujer se levanta y la vida salta a otro capítulo.

A menudo los capítulos son cortos, y de pronto te encuentras en mitad de otro momento que te gustaría que no acabase jamás. Pueden ser esos otros cinco minutos en que te pones bajo la ducha. Algunas mañanas la temperatura del agua es tan perfecta que te acuna. La sensación es parecida a flotar en el mar, pero sin mar. Vas mal de tiempo, pero si no fuese así, te quedarías una hora dejándote golpear por el chorro, mientras se levanta una densa cortina de vaho que llena el cuarto de baño de anonimato, y todo se vuelve invisible y se desposee. Cuando cierras el grifo sientes una cuchillada, que te das a ti mismo. Es el fin del capítulo, que no consigues alargar más que unos segundos (artículo completo en El Progreso).

El año que Susan Sontag se hizo famosa

EN 1964 cuando muy poca gente conocía a Susan Sontag, el crítico cultural Dwight Macdonald le dio un consejo rápido: “A nadie le interesan hoy en día las novelas. ¡Escribe ensayos!”. Sontag había publicado el año anterior su primera obra de ficción, El benefactor, que no se convirtió en un éxito comercial, precisamente. The New York Times Book Review la tachó de antinovela, donde “los personajes no tienen vida, sino que adoptan poses”. La obra apenas le permitió hacerse un pequeño nombre en los círculos intelectuales de Nueva York. Pero al año siguiente, cuando siguió consejo de Macdonald, se hizo famosa. A veces un cambio de género trae consigo un cambio de vida.

Acababa de renunciar a su vida universitaria para dedicarse a la vida literaria. Las creía incompatibles. “He visto a la vida académica destruir a los mejores escritores de mi generación”, declaró a The Paris Review en 1994. Después de la novela, dirigió sus esfuerzos en los ensayos periodísticos. El 3 de marzo de 1964, la policía de Nueva York entró en un cine underground mientras se proyectaba la película semipornográfica Flaming creatures, de Jack Smith, en la que se muestra una orgía sexual donde participan por igual heterosexuales, homosexuales, lesbianas y drag queens. Detuvieron a los asistentes y a los organizadores, secuestraron las copias de la película y cerraron el cine temporalmente. Se levantó un alud de protestas, que, en el caso de Sontag, desembocó en un artículo en The Nation en el que defendía apasionadamente la obra y situaba a Smith en la tradición artística del expresionismo abstracto y del pop art. Su defensa de la película fue tal, que en el proceso judicial al que dio paso la acusación de pornografía fue invitada a declarar como experta (artículo completo en El Progreso).