Bragas en el tendal

En una etapa de mi vida me tocó escribir en una habitación con vistas a los tendales del vecindario. Cuando apartaba la mirada del texto, buscando un punto de agarre para continuar la escalada, sólo se me ofrecían camisas, bragas, sábanas… Si tenía suerte, veía a la vecina del segundo tendiendo la ropa. Aquella mujer, en mi recuerdo, es un milagro de verano. Sólo por verla merecía la pena ser un escritor, incluso de los malos, encerrado en una habitación tétrica, que se entretenía contando pinzas en el suelo, a la espera, en vano, de que un día llegase la verdadera literatura. Pero casi nunca tenía suerte. Más información

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Se acabaron los sorbos

Me infunden mucho respeto, desde siempre, las personas fieles a sus aborrecimientos. Hay odios muy sanos. Respiras por ellos. No imagino cómo podríamos sobrevivir a la vida diaria sin nuestras alergias personales, como cuando se te atragantan el brazo de gitano, Javier Marías, la falda plisada o el Gobierno. Te conviene recordar que la vida diaria se divide en veinticuatro horas, y que cuando no es el brazo de gitana son los garbanzos, y cuando no es la falda de pliegues es el pantalón de pinzas. Naturalmente, si no es el Gobierno es la oposición. Un horror. Siempre hay que odiar algo. Hay un instante desgarrador en Suave es la noche, de Scott Fiitzgerald, en el que Dick Diver sostiene que «a veces resulta más difícil privarse de un dolor que de un placer». En mis horas muertas, cuando todo me resulta muy triste y divertido, a menudo recuerdo a Joao José, un vecino de origen portugués que me surtía con las historias de su familia para proveer el insomnio. Todas transcurrían en Trás-os-Montes. En una ocasión me relató la vida de su tío Serafín. Era un tipo tranquilo, incluso aburrido, aunque con un pronto bonito. Una noche de mayo, en medio de tanta felicidad, mató a su suegro. «No era de los que reaccionaban a capricho», según Joao. «Nst nst», negaba. Ese día simplemente lo fustigaron por encima de lo que podía soportar su ilimitada paciencia, y se

cuchillo1calentó. «Le llenaron los huevos». Hay cosas que no se planean y pasan. Te sobrevienen. La sorpresa les otorga toda su superioridad. «Lo buscaron y, como acostumbra a decirse, lo encontraron».

Las cosas, según las recordaban en la familia, sucedieron así: era domingo y la mujer de Serafín propuso pasar el día en casa de sus padres. Su marido no quería discutir y dijo que sí. Dijo que sí por contentarla, porque si tenía que ser sincero, los padres de Esmeralda no eran santos de su devoción. Un fin de semana consiste a veces en ir en tu contra. Sólo puedes soñar con que al siguiente cambie tu suerte. Llegaron a las siete de la tarde. El señor Ferreira estaba en el jardín, leyendo el Jornal de Noticias, tumbado en la hamaca y bebiendo un vino blanco. Empezaron mal porque entró Serafín, saludó y nadie le ofreció una copita de nada. Ni una mierda de cerveza. Afortunadamente, sabía dónde estaba la nevera y había llevado consigo su propio periódico, así que cuando vio que la cosa no prometía buscó la otra hamaca y se acomodó. A las nueve Doña Amândia anunció la cena. Serafín se sentó enfrente del señor Ferreira.

En el primer plato ya las cartas quedaron boca arriba. Había sopa de pescado y el señor Ferreira no sabía comerla si no era sorbiendo. Aquel hombre no sorbía de cualquier manera, explicó Serafín a Joao pasado un tiempo. En realidad, seis semanas después, desde la cárcel. Serafín aborrecía los sorbos por encima de todo. Era su odio íntimo. No tenía otro. Y el señor Ferreira sorbía como un aspirador, como si sorber fuese su hobby secreto. Fffff. Cada cucharada era un espectáculo. Fffff. A su yerno se le retorcían los nervios con aquellas succiones estrepitosas. Hacían vibrar las copas en la mesa. Fffff. Qué asco. Serafín se descomponía en silencio, para sus adentros. «No hablábamos de un sorbo puntual». Eran sorbos todo el tiempo, absolutos. Ffff. Fffff. Fffff. En realidad, eran campanadas a difunto. Serafín perdió el control. Enloqueció. Ffff. Por si fuese poco, el señor Ferreira había pedido otro plato de sopa. «Al parecer estaba espléndida». Y de nuevo a sorber. Cuchara, plato, boca, ffff. Cuchara, plato, boca, ffff. Reiteradamente fffff. El segundo plato trajo el desenlace. Había espaguetis y se repitió la partitura. Ffff. Ffff. Ffff. Insufrible. Ffff. Ffff. Serafín no aguantó más y tomó el cuchillo. «Aquí se van a acabar los sorbos, me cago en la virgen», anunció mientras rodeaba la mesa.

Foto: Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock.

Haga una lista

Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: «Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme». Más información

«¡Ooooooohhh!»

No siendo un especialista en el fin del mundo, ni en el comienzo, yo diría que el apocalipsis, o el último día, no es tanto una calamidad que vaya a ocurrir en un momento concreto, a una hora en punto, e implique el acabose, como algo que más bien ocurre a diario, todo el tiempo, pero sin fatales consecuencias. Cuando Robert Wilson le decía a Francis Macomber, en aquel relato de Ernest Hemingway, que «a todos nos dan una paliza todos los días, de uno u otro modo», le estaba hablando de cierta idea de fin del mundo, que al día siguiente vuelve a empezar, y así sucesivamente. Más información

A reírte de tu madre, chaval

Hay que poner mucha atención en aquello de lo que te ríes. Yo intento que sea suficientemente serio. No basta que algo me haga gracia. Si así fuese me reiría a todas horas, por cualquier motivo, de todo el mundo. Procuro que además tenga gracia. El matiz es sutil pero brutal, como ese tipo de diferencia tenue, aunque atroz, que Truman Capote establecía «entre escribir bien y el arte verdadero». Este exceso de celo procede –cartas sobre la mesa– de una espeluznante experiencia durante la juventud. En mi teoría general de la especie, los traumas inconfesables no se cuecen tanto en la infancia como en el instituto. Más información

Una lección de Shakespeare

Soy partidario de restar atención a las cosas que pasan para ahondar en lo que no sucede. Porque esto es lo que, antes o después, acaba ocurriendo. Las huellas más hondas acostumbran a ser las de esos hechos que no se previeron, y en el instante menos propicio para nuestros intereses se abaten sobre nosotros. No soy partidario de despreciar una lección de Shakespeare, por eso tengo siempre presente esas palabras de Edgar, el personaje de El rey Lear, cuando afirma que «el cambio que nos desmantela nos llega siempre cuando estamos instalados en lo mejor». Todo se jode cuando parece perfecto. Más información

Tirar bombas

En los últimos tiempos noto que de nuevo hago cosas por hacer, por inercia, porque no sé encontrar la razón. No me pasaba desde los nihilistas días de la adolescencia, cuando iba al instituto por ir, fumaba por fumar, o robaba porno en el videoclub porque sí. Y no podía ser más feliz. Cuando todo empezó a encajar, y a tener una explicación y un sentido, comenzó también a joderse. Estos días de nuevo escribo por escribir, asumiendo la idea de que la literatura sólo sirve para la literatura. Todo es muy confuso, por fin. Hoy estoy por darle la razón a Don DeLillo cuando le decía a Gordon Lish, el controvertido editor de Raymond Carver, que «los novelistas, si no escribiéramos, tiraríamos bombas». El caso es escribir. Más información

No empecemos a chuparnos las pollas

Cuando te vas de casa tus padres nunca te dicen que tengas cuidado con los halagos. Prefieren prevenirte contra los carteristas, contra las drogas y –aquí se ponen serios– contra esa puta manía tuya de hacerte el gracioso. A lo sumo, cuando ya has salido por la puerta, tu madre te pregunta si llevas pañuelo, y cuando ya estás a veinte metros, si has cogido un paraguas. Nada más. Comienza la vida. Pasan los meses, los años. Las hostias. Tienes problemas con algunas drogas. Los superas. Te roban dos o tres veces en el metro. Para compensar, tú robas en el quiosco y en el Carrefour. Te estrellas contra la realidad por tu soberbia. Pero te levantas siempre. Aprendes a esquivar las trompadas. Lejos de los padres, a veces aprendes algo de una película, del mismo modo que Albert Camus aprendió del fútbol. Un día viste Pulp Fiction. Durante meses, te repetías los chistes, pero cuando éstos se fueron desgastando, descubriste debajo las lecciones. La más útil, a propósito de las lisonjas y el ombligo, te la proporciona el Sr. Lobo, cuando interviene para enfriar la euforia que embarga a Vincent y Jules: «No empecemos a chuparnos las pollas todavía». ¿Una ordinariez? Más bien un mandamiento. Claro que en el fútbol tampoco falta quien sólo vea a 22 mercenarios corriendo detrás de un balón para patearlo. Ya nos previno John Baynton contra esa tentación, cuando señaló que reducir el fútbol a eso «es como decir que un violín es madera y tripa y Hamlet papel y tinta».

Los halagos son un peligro. Siempre acabas creyéndotelos. De hecho, sólo tú te los crees. No existe defensa posible contra una mamada insoportable y pringosa. Cada vez son más habituales. En facebook, en los medios de comunicación, en las solapas de los libros.

Nunca olvido la historia del Cojo de Soutochao, un tipo enclenque y quisquilloso, por decirlo con un halago. En realidad, era un hijo de perra. Me habló de él mi padre, antes de irme de casa. El Cojo tenía debilidad por los pleitos. Un día litigó contra la persona equivocada. Creyó que esta vez lo asistía la razón y se propuso hallar al mejor abogado. Eran otros tiempos. De hecho, ya pasaron setenta años. Le pidió ayuda al cura, don José, que poseía buenos contactos. Éste le sugirió al mejor letrado que conocía. Tal vez no existiese otro mejor en la provincia. Era un buen amigo suyo, así que se ofreció al Cojo para escribirle una carta de recomendación que ablandase su disponibilidad. El Cojo no sabía leer, pero no era tonto. Aceptó. Dos días después llamó al despacho del letrado. «Así que amigo de don José… pero siéntese, por favor, no se quede ahí de pie», le propuso. El Cojo se sentó y posó el bastón en el suelo. «Traigo para usted una nota de su puño y letra», y le extendió la carta. El abogado la tomó lleno de curiosidad, se puso las gafas y leyó de corrido, en silencio: «Amigo Rodrigo, el portador de la presente es el hijo de puta más grande de la provincia. Jódelo cuanto puedas. Tu amigo José». El abogado sonrió oscuramente. «Ha tenido usted mucha suerte –le confirmó– porque efectivamente viene muy bien recomendado».

Hegel y los negocios decadentes

En todos los sitios, en una ciudad, en una aldea decadente, en una carretera solitaria, hay una tienda en la que nadie compra. Ni siquiera entran. Pero misteriosamente, resiste. No necesita a la sociedad. Lleva ahí toda la vida. Se acostumbró al vacío, a que la puerta no se abra, a que no haya cambio en la caja registradora, al beneficio cero. No necesita clientes. Tal vez si un día comenzase a entrar y salir gente del negocio, a hacer transacciones, a facturar, a realizar devoluciones, a anotar pedidos, en definitiva, a vivir al revés de como vivió en los últimos cuarenta, cincuenta o sesenta años, no tendría otro camino que cerrar. Algunas cosas sólo funcionan siguiendo la dirección contraria, dejando de funcionar. Hace meses que observo una ferretería cerca de mi casa. Cada vez que paso por delante, espío el interior. Nunca hay nadie, excepto el propietario. En dos ocasiones entré y encontré lo que buscaba. TiendaPero el dueño me miró como cuando pasas diez años solo en una isla deshabitada del Pacífico, y una tarde de verano aparece un tipo en chanclas y bermudas.

También hace tiempo que observo una tienda de filatelia, minerales y numismática, no lejos de la ferretería. El funcionamiento es parecido: hay un local, artículos para la venta, un encargado detrás del mostrador, pero nadie entra a comprar. La suciedad del escaparate impide que los minerales y las monedas brillen como debieran. Tal vez es una estrategia para quitarle a los clientes las ganas de entrar. En general, resulta deprimente la simple idea de detenerse y mirar. Es cierto que la necesidad de disponer de una calcopirita o de un ducado austríaco del 1805 es menos común que la de poseer un destornillador de estrella. Pero aun así, siempre hay un loco de la calcopirita o de las monedas austríacas del siglo XIX…

Existen negocios que están más allá de la economía de mercado. No precisan establecer intercambios comerciales. El silencio y el vacío bastan. Anida en ellos algo absolutamente fértil. En cierta medida, son como ese ejemplar de la Fenomenología del espíritu de Hegel, en la que reparo cada vez que entro y salgo de la biblioteca. Siempre está en la misma posición, tiesa, fría, invulnerable a la indiferencia de los usuarios. Eso no evita que sea inmortal. No necesita que la lea nadie. Fue suficiente con que Hegel la escribiera. Y como mucho, que después Marx reflexionara sobre ella.