Jugarse la vida

La vida no tiene un precio fijo, y a veces nos la jugamos porque es necesario, y compensa, y a veces porque no lo es en absoluto, pero nos apetece, ya que somos idiotas. Personalmente, nunca vi a nadie jugarse la vida, en persona, si no fue por una estupidez. Es una de las contradicciones de la existencia apacible que llevamos en ciertos países, donde, necesitados de estímulos para sentirnos activos, buscamos peligros ridículos. En una ocasión, vi lanzarse a una piscina a un señor que no sabía nadar, solo por pura vanidad. Fue en mi pueblo, durante la inauguración de la piscina pública. “Alcalde, ¿puedo estrenarla?”, preguntó uno de los vecinos. “Por supuesto”, dijo el regidor. Ángel, que iba vestido de calle, se descalzó y se quitó la camisa y los pantalones, quedándose en calzoncillos. La gente aplaudía con envidia. Apenas se lanzó, sin embargo, vimos que hacía unos gestos preocupantes, de desesperación, mientras se hundía.

Pasó casi un minuto hasta que un concejal se acercó al bordillo y anunció: “¡No sabe nadar!”. Todos nos volvimos buscando al socorrista. “¡Sácalo!”, le pidió el alcalde a otro vecino, afín al partido, que iba a encargarse del cobro de entradas y de hacer funcionar la depuradora, tareas que lo convertían, por pura lógica, en el socorrista oficial. Acató la orden del alcalde entre unos resoplidos que sugerían disconformidad. Tampoco sabía nadar. Solo lo admitió en el momento que estaba en el agua, también a punto de ahogarse. Cuando los sacaron del agua, la escena pareció casi preparada, incluidos los ahogamientos (artículo completo en El Progreso).

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La revolución de los «greasers»

En un peligroso Chicago, dominado por las bandas callejeras, desavenidas entre sí y a la vez enfrentadas la policía, se produjo hace cincuenta años un acontecimiento casi secreto de la contracultura estadounidense: la revolución greaser. Blancos, salvajes y grasientos, con su origen en el sur de Estados Unidos, los greasers se peinaban con brillantina, escuchaban a Chuck Berry, Vince Taylor y Johnny Cash. Su estética, más o menos vulgarizada, conquistó el imaginario colectivo con películas como Grease, The Warriors (Los amos de la noche) o West Side Story. En los sesenta promovieron la banda de los Young Patriots, integrada también por hillbillies y rednecks, sureños tradicionalmente conservadores, pero que en el contexto de un Chicago despiadado, y una vida urbana oprimida, se sumaron a la revolución, que iba a consistir en alcanzar la unidad de las bandas contra las fuerzas del orden, logro que fructificó en 1969 a través de la Rainbow Coalition.

Los greasers amaban las armas y las motos y vestían impecablemente. Adonde iban, los acompañaba la bandera confederada, a veces en forma de parche en una boina, un sombrero de cowboy o una chaqueta vaquera. Desprovista de toda implicación racista, servía de recordatorio de los orígenes proletarios del grupo. Los greasers vivían en el Uptown de Chicago, un barrio obrero “con casas cochambrosas, drogas, decenas de pandillas, desempleo y montones de basura en cualquier lugar”, explica Servando Rocha, autor del prólogo de Sucios, grasientos, rebeldes. Una revolución greaser, libro que acaba de publicar La Felguera, en el que se recopilan algunos de los artículos de Rising up Angry, periódico que durante siete años fue la voz de los greasers y muchas de las bandas de Chicago. (Artículo completo en El País)

Personajes desesperados

En 1991, Jonathan Franzen se hospedaba en Yaddo, la colonia para artistas situada en Saratoga Springs (Nueva York), preparando un ensayo sobre el postmodernismo, corriente en el que encajaba su literatura en ese momento. Un día, en la biblioteca de la colonia, se fijó en un libro titulado ‘Personajes desesperados’, de Paula Fox (1923-2017), escritora estadounidense autora de seis novelas para adultos y de una veintena para niños. ‘Personajes desesperados’, publicada en 1970, estaba por entonces descatalogada. Franzen no había oído hablar de ella, y le impactó su realismo. Tanto que en 1996, en un artículo para la revista Harper’s en el que reivindicaba la narrativa tradicional, mencionó el libro, refiriéndose al “poder devastador” de su realismo. “Nunca antes había leído un libro sobre lo indistinguible que es una crisis interior de una crisis exterior”, señaló Franzen. No pasó en balde, porque el escritor Tom Bissell, que en ese momento trabajaba como asistente para la editorial Norton, se fijó en el texto y logró hacerse con un ejemplar de la obra de Fox. “Cuando el comité de ediciones de bolsillo de la editorial les pidió a sus empleados más jóvenes que aportaran ideas sobre lo que la Norton podría publicar, Bissell sugirió ‘Personajes desesperados”, contaba Joan Acocella en The New Yorker en 2011. Lo autorizaron a ofrecer 1.500 dólares por los derechos de reimpresión, y Fox aceptó. En los siguientes años, Norton recuperó sus seis novelas para adultos.(artículo completo en El Progreso).

Un tal Bolaño

Xosé Luis Fortes cuenta que a finales de 1979 coincidió con un tal Bolaño en Ourense. Tuvieron trato durante un mes, aproximadamente. Según él, casi seguro que era Roberto Bolaño Ávalos (1953-2003), el escritor chileno. Acentúa la palabra «casi», para dejar claro que pudo ser Roberto Bolaño pero también no serlo. Es cauto a propósito de sus recuerdos. A veces «también la memoria recrea ficciones», admite. Fortes (1961) trabaja como celador de carreteras en la Xunta de Galicia, pero en su otra vida, la de las tardes, se entrega a la literatura. Yo nunca había leído ni oído que Bolaño hubiese estado alguna vez en Galicia, pero me empecé a interesar vagamente por esa historia cuando Fortes me la contó por tercera vez en diciembre de 2017.

A mediados de ese mes quedamos en el café Bohemio de Ourense, en una mesa al lado de la puerta, por la que entraba un frío atroz. Nos levantamos media docena de veces a cerrarla. Encendí la grabadora y le pedí todos los detalles que consiguiese recordar del tal Bolaño. El relato comenzaba en 2008, y después iba hacia atrás. «Ese año yo sufrí un infarto, y en mitad de mi recuperación mi amigo Pepe Bouzas apareció en el hospital con un ejemplar de Los detectives salvajes (1998). Me empezaron a sonar demasiadas cosas, y aparecieron algunos datos ante los que me dije que allí había algo nuestro, generacional, común». Días después su amigo le envió un enlace a una entrevista en una radio de Girona. «Aquella voz me sonaba. Era Roberto Bolaño, y en ese momento es cuando pienso por primera vez que es perfectamente posible que Bolaño fuese el mismo Bolaño que yo había visto y tratado treinta años antes en Ourense» (reportaje completo en Jot Down).

Cartas a Stalin

En un mundo en que ser poeta o novelista importaba de verdad, porque la gente consideraba que sus verdaderos líderes eran los escritores, Mijail Bulgákov y Evgeni Zamiatin escribieron en los años treinta sus famosas y desesperadas cartas a Stalin, traducidas hace unos años por Víctor Gallego para la ya desaparecida editorial Veintisiete letras. No reclamaban laurales, sino que simplemente se les permitiese seguir siendo escritores. Las obras de teatro de ambos habían sido prohibidas. «Para mí, el no poder escribir es lo mismo que ser enterrado vivo», le manifestó Bulgákov al Secretario General del Partido Comunista. En su primera carta, fechada en 1929, explica que sus obras de teatro no pueden representarse, y sus relatos, la reedición de sus ensayos satíricos y su novela La guardia blanca han sido prohibidos. Eso lo considera más grave que el hecho de que la crítica en la Unión Soviética no le haya dirigido más que «juicios reprobatorios» e «injurias desenfrenadas». Después de diez años no tiene ánimos suficientes «para vivir más tiempo acorralado, sabiendo que no puedo publicar ni representar mis obras». Empujado a la depresión nerviosa, «mi dirijo a usted y le pido que interceda ante el gobierno para que me expulse de la URSS junto con mi esposa» (artículo completo en El Progreso).

Una noche con Iñaki Uriarte

Quedé a cenar con Iñaki Uriarte a las nueve de la noche, en el restaurante Monterrey, de Bilbao. Al fin íbamos a conocernos. Hacía calor y fresco a la vez. Para días así siempre salgo con chaqueta, pero en la mano, solo para agarrar. Me preguntaba si me encontraría al Uriarte de las solapas de sus diarios, cuya biografía se reduce a un «Iñaki Uriarte nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao», o a otro. Yo prefería a otro, como el que aparece en esa entrada de los diarios donde cuenta que «una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche, fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó».

Uriarte me estaba esperando en la terraza del restaurante con su amigo Miguel González San Martín, escritor y columnista de El Correo, con el que cena una vez a la semana. Los coches que circulaban por Gran Vía los despeinaban y peinaban con su velocidad. Iñaki sostenía entre los dedos un cigarro completamente blanco, como los ataúdes de niños. Qué pelazo, pensé, y qué suavidad de gestos. A veces la vida era estética, y lo demás no importaba. Hechas las presentaciones, pregunté si habíamos quedado en el Monterrey porque era un buen sitio para tomar el pulso a Bilbao. Me miraron con extrañeza, y les expliqué que un amigo escultor sostiene que para conocer de verdad una ciudad como Ourense, por ejemplo, hay que visitar Motosierras Ojeda y la Ferretería Americana. Nada de acudir a las Burgas, la calle del Paseo o la catedral. Si te adentras en esos establecimientos, y observas cómo interactúan clientes y empleados, descubres los vulgares secretos de la ciudad (artículo completo en El Progreso).

Mujeres en la cama

Gina Berriault murió en 1999 de una «breve enfermedad», según su familia. Tenía 73 años. Se hallaba inmersa en un libro titulado The Great Petrowski cuando se le diagnosticó una dolencia terminal. Tuvo tiempo de acabarlo, pero ya no de verlo publicado. «Le llevé las galeradas al hospital, principalmente para animarla», cuenta su editor, Guy Biederman. Su vida había transcurrido enteramente en California. Nacida como Arline Shandling, en Long Beach, sus padres, de origen judío, precedían de Letonia y Lituania. Su madre se había quedado ciega cuando ella era una adolescente. En un texto publicado en The Confidence Woman la recordaba sentada junto a su pequeña radio, escuchando seriales y agitando la mano ante sus ojos, mientras trataba de dar forma a las sombras. «Tenía catorce años cuando su oscuridad empezó a cerrarse y yo comencé a escribir». Su padre editaba revistas especializadas y «tenía una de esas máquinas de escribir altas y antiguas. Comencé a trabajar en ella cuando estaba en la escuela primaria», contó a The Literary Review.

Berriault escribió cuatro novelas y un gran número de cuentos. En 1996 reunió treinta y cinco de ellos en un volumen que tituló Mujeres en la cama, ahora traducido al español por Olivia de Miguel Crespo, en la editorial Jus. Escribió durante cuarenta años sin apenas atención crítica. A cambio, se la incluyó en el selecto club de autores a los que se etiqueta como «escritores de escritores». Las etiquetas son losas difíciles de sortear. De su prosa se ha dicho que es «musical y cavilosa y agrega un brillo sofisticado a las verdades que investiga. El crítico Lynell George sostenía que su escritura estaba imbuida «de una resonancia inquietante. Es como un secreto accidentalmente derramado» (artículo completo en El Progreso).

Un título para Karius

Dos errores centelleantes, con una diferencia de treinta y dos minutos, fue cuanto necesitó Loris Karius para perderlo todo: fortuna, talento, juventud, incluso belleza. Solo se salvó el amor, cuando al finalizar el partido la afición del Liverpool se sobrepuso y comenzó a aplaudir al portero. “No importa lo que nos has hecho, te queremos igual”, parecían decirle entre lágrimas. Quizás el amor, también en fútbol, sea lo único que merece ser salvado cuando ya no te queda nada. Porque ¿qué le restaba a Karius? Estaba a la merced de los crueles, arrojado a un mundo que disfruta con las desgracias ajenas y que nunca rechaza una oportunidad parar reírse del otro.

A aquella hora el portero ni siquiera disponía de un nombre que dar a lo que le había ocurrido durante la final. ¿Fiasco, ruina, bancarrota, desmoronamiento, naufragio, quiebra? No había sido nada de eso exactamente, porque el deporte está lleno de segundos actos durante los que uno consigue redimirse de sus errores. Y sin embargo, había sido todo eso. Pasa que algunas veces tienes la historia, pero te falta el título, el modo de referirte a ella con una o dos palabras afortunadas (columna completa en El País).

El estilo Tom Wolfe

La noticia de la muerte de Tom Wolfe en el día de ayer me pilló en la página 332 de Bloody Miami, de Tom Wolfe. No podía creérmelo. Qué clase de casualidad era esa. «Aquí murió el autor», anoté en un margen de la novela, que cerré durante varias horas. Y después me puse a pensar en el estilo que empapaba Bloody Miami, que era el que había empapado Todo un hombre (1998) y antes La hoguera de las vanidades (1987), y aun antes sus más célebres reportajes. Fui tan atrás que me encontré a Tom Wolfe con seis años, en su casa de Richmond, donde había nacido en 1931. Era aquel muchacho que un día vio a su padre trabajando ante un escritorio, pues tenía una revista agrícola llamada The Southern Planter. Thomas Kennerly Wolfe era agrónomo, y su hijo asumió que él también en el futuro viviría de escribir. «Hay una gran ventaja en tener (erróneamente o no) la impresión de que tienes una vocación muy temprano porque desde ese momento en adelante comienzas a enfocar todas tus energías hacia este objetivo», le confesó Wolfe a George Plimpton en una entrevista para The Paris Review, en 1991. Eso, según su memoria, ocurrió precisamente a los seis años. A los ocho, cuando distinguió en las estanterías de casa las novelas Del tiempo y del río y El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe, dio por hecho que este era alguien de la familia, y que por tanto escribir era algo que llevaban los Wolfe en la sangre. «A mis padres les costó convencerme de que no teníamos ningún parentesco». Su reacción fue lógica para tratarse de un niño: «Bueno, ¿entonces qué está haciendo en el estante?» (artículo completo en Jot Down).

Sueño sin fin

Quedé con Bruno Montané a la una del mediodía, hace un par de domingos. Era vísperas de Sant Jordi en Barcelona y el poeta de Valparaíso me propuso que nos encontrásemos en la Plaça Vicent Martorell. «Si entras en la librería La Central por la puerta principal, sal por la de atrás –me indicó–, y descubrirás una fuente: ahí nos vemos». Me parecieron unas breves indicaciones más pensadas para escapar de él, o de un laberinto, que para encontrarlo. Después pensé que en algunas citas al aire libre había algo de encuentro secreto, como cuando en la ficción un espía intercambia información con su fuente en un lugar lleno de gente para pasar completamente desapercibidos, pues la soledad también se verificaba en mitad de la multitud. Me fue imposible no sentir expectación, incluso nervios, a medida que me acercaba a la librería, la atravesaba como si se tratase de un pasadizo y después me alejaba, en busca de la fuente.

Días antes, cuando le hablé a un amigo de mi cita, me recordó que Bruno Montané era, para algunos lectores de Roberto Bolaño, algo parecido a un mito, y en todo caso, el amigo más auténtico del escritor chileno, a cuyo lado se había mantenido primero en México y después en España, hasta su muerte en 2003. Casi estuve completamente de acuerdo. Cualquiera a quien Bolaño hubiese convertido en un personaje de Los detectives salvajes formaba ya parte de la leyenda. En los últimos meses había estado conversando y escribiéndome con Montané a menudo, para un reportaje, y ahora sin embargo me parecía menos un personaje literario que un gran poeta del que tenía el número de teléfono (artículo completo en El Progreso).

Bomba de relojería

Tengo tres ediciones de La vida instrucciones de uso, de George Perec, así que hace unos días, cuando distinguí el libro en la sección de novedades de una librería, volví a comprarlo, solo faltaría. Anagrama acaba de reeditarlo para conmemorar la aparición de la novela en septiembre de 1978. Entonces Italo Calvino la recibió como «el último verdadero acontecimiento de la historia de la novela», recreando la vida interior de un edificio situado en una calle imaginaria de París. Cuando años antes de publicarla ya ofrecía pistas: «Me imagino un inmueble parisiense cuya fachada ha desaparecido […], de modo que, desde el entresuelo a las buhardillas, todas las habitaciones que se encuentran delante sean visibles instantánea y simultáneamente». A partir de ahí, se trataría solo de «describir las habitaciones puestas al descubierto y las actividades que en ellas se desarrollasen».

Perec (1936-1982) sitúa el origen del proyecto en un dibujo de Saul Steinberg, aparecido en The Art of Living, que representa un edificio del que una parte de la fachada ha sido eliminada, dejando ver el interior de las viviendas. «El solo inventario de los elementos del mobiliario y de las acciones representadas tiene algo de auténticamente vertiginoso», decía en referencia al dibujo. La vida instrucciones de uso, destaca Pablo Martín Sánchez en el prólogo a la reedición del libro, es la historia de un inmueble que arranca poco antes de las ocho de la tarde del 23 de junio de 1975, y a partir de ahí «la narración va retrocediendo en el tiempo para contarnos la vida de los habitantes del edificio», hasta abarcar más de un siglo (artículo completo en El Progreso)

Vivir con alfileres

Viktor Alekseyevich Zolotaryou no existe, es un personaje de ficción, protagonista de Muerte con pingüino, novela del escritor ucraniano Andrei Kurkov ambientada en los años postsoviéticos, que compré por comprar, a ciegas, leí después por leer, en unas pocas horas, y de la que ahora escribo por escribir, admirado. Nunca había oído hablar de Kurkov, nacido en Leningrado en 1961, aunque ucraniano, con una inaudita facilidad para los idiomas, hasta el punto de manejarse en once, lo que en su momento le permitió trabajar para el KGB y la policía como traductor, cuyo ambiente espurio acabó penetrando en sus novelas.

Viktor lleva una vida sostenida por alfileres, frágil e incierta. Reside en una casa en la que a menudo se va la luz, y sobrelleva su soledad acompañado por un pingüino de nombre Misha. Al parecer, los animales son una constante en las novelas de Kurkov. «Los pingüinos se me impusieron porque me recuerdan fuertemente a los soviéticos. Son animales muy gregarios, con dificultades para sobrevivir aisladamente. Necesitan al grupo, tienen conciencia colectiva. Cada nueva generación marcha por los senderos de la precedente», observó en alguna entrevista, destacando que con la caída de la URSS «el programa por el cual el pueblo soviético vivía colectivamente también desapareció, y cada individuo se vio solo y desorientado». En esa situación se encuentra precisamente Viktor Alekseyevich (artículo completo en El Progreso).

Consultorio literario

Cuando alguien te escribe y te pregunta si te molestaría que te enviase un manuscrito, siempre estás tentado de decir que no se moleste. La vida ofrece ya bastantes sinsabores por sí sola. Pero al final yo nunca soy capaz. No estoy preparado para caer en una tentación así como así. Me resulta fácil admirar, por tanto, a la gente que saber decir «no» sin añadir nada más. No porque no. A algunas personas ese «no» se nos hace una palabra larguísima, que reemplazamos por otra que ni siquiera es sinónima. Hace dos semanas me escribió un desconocido. Deseaba enviarme su libro. Yo prefería que no lo hiciese, pero al final, entre unas cosas y otras, le di mi dirección. Si la tenía Jast Eat por qué no un escritor.

El día que la cartera me entregó el libro me juré no leerlo. Lo dedicaría a decoración. Pero al poco me escribió otra vez el autor. «¿Lo has leído? ¿Te ha gustado?» Me pareció que acababa antes leyéndolo que admitiendo que no lo había leído, ni me apetecía. Estaba mal escrito, los personajes eran planos y el argumento una repetición de otros argumentos. Cuando le escribí a su autor para expresarle que me parecía un horror, rebajé el tono tanto que incluso destaqué un par de aciertos. En el siguiente mensaje me pidió si podía decir en público cuánto me había deleitado su obra. Así que aquí estoy, por decir otra vez que «sí», cuando en realidad era todo que «no». Tal vez al fin aprenda la lección, sin embargo. Y no porque me haya equivocado demasiadas veces. Ja. A mí las experiencias negativas solo me sirven para incurrir en ellas más veces. Me acabo de comprar Correo literario (Nórdica libros), de Wislawa Szymborska, simplemente (artículo completo en El Progreso).

Pulsar un botón

Pulsar un botón es facilísimo. A veces se vuelve tan sencillo que no sabes que lo pulsaste. Cuando te das cuenta, la noticia te coge totalmente de sorpresa, bostezando, quizá haciendo crujir los dedos; enseguida comienzas a notar el deseo violento, anaranjado, de arrasarlo todo a tu alrededor. Es para matarte, te dices en el segundo que al fin dejas de estar demasiado ocupado tratando de averiguar cómo narices lo hiciste. Nunca lo sabrás. Sucedió muy rápido, entre distracciones. La vida no admite moviolas; tampoco cámaras lentas. Así es como borré yo la columna que había escrito para publicar aquí, pulsando una tecla. No tengo ni la menor idea de cómo lo hice. Sólo sé que fue facilísimo hacerlo, y de pronto ya no tenía columna y debí escribir esta, sin ganas. Los grandes autores estaban en ese momento escribiendo novelas sobre sus padres muertos, o duelos peores, y yo me ponía triste porque había pulsado una tecla por error. Así es mi vida.

Poco a poco, cuando se alivia la conmoción, estos traspiés producen una nostalgia enorme y artificiosa. En la ficción que se construye en tu cabeza, el texto perdido se vuelve de maravilloso –mira tú–, y los que escribes para sustituirlo, una birria. Pasa igual con aquellas ideas que un día se te ocurrieron mientras hacías otra cosa, y que no apuntaste en el instante de vislumbrarlas. En cuanto te distrajiste se te olvidaron para siempre. Fue inevitable. Pero tú tienes claro que eran geniales, las mejores ideas de tu vida. Y quizá eso te dé una idea de cómo está tu vida (artículo completo en El Progreso).

Otro detective salvaje

Perder un libro valioso es una aventura apasionante, catastrófica, y a veces conmovedora. En 2014 me di cuenta de que había extraviado Los detectives salvajes. Se esfumó sin dejar pistas. Se trataba de una primera edición, comprada a los pocos días de que Anagrama la publicase tras concederle el premio Herralde. Eso creo que ocurrió en diciembre de 1998, y me costó 2.950 pesetas. Por esa época ni siquiera era pobre, pues me mantenían mis padres. No eché de menos la novela de repente. A veces, desde el sofá, me fijaba en la esquina donde se apilaban las obras de Roberto Bolaño y sospechaba lejanamente que faltaba alguna, pero en ese momento –seré sincero– me dejaría cortar un dedo antes que levantarme a averiguar cuál. Una tarde que la vida me sorprendió de pie, me acerqué a aquellos libros y constaté que no estaba Los detectives salvajes. Experimenté contrariedad, que en mi caso equivale a creer que se va a acabar el mundo. Aunque no por eso vas a mover un dedo o suspender tus planes para ese día.

Cuando me recuperé del desconcierto, opté por confiar en que la novela estuviese en un rincón distinto de la biblioteca, en compañía de otro autor. Los escritores también se cansan de sí mismos. Meses después, al volver a echarla en falta, organicé una búsqueda no demasiado exhaustiva, más por diversión que por nerviosismo. Jugué, por así decirlo, a dar con ella. Por supuesto, no la encontré. Cuando al fin toqué arrebato, y removí cada estantería, caja o escondite, el resultado fue el mismo. La novela había desaparecido. No recordaba haberla sacado o prestado, así que alguien se la había llevado. Ya no me sentía contrariado, sino abatido. Hice una lista con los posibles ladrones. Había dos o tres casi seguros. Todos negaron el robo cuando les pregunté (artículo completo en El Progreso).

Einaudi encendió la luz

Italia estaba a oscuras en mitad del fascismo, y Giulio Einaudi y Leone Ginzburg encendieron la luz. Existe un tipo de iluminación que no se inventa de una vez y para siempre, sino que cada cierto tiempo hay que redescubrir. Era 1933, Giulio tenía veintiún años, y una mañana Leone, dos años mayor, fue a verlo a su casa de Turín. Ginzburg, de origen ruso, había llegado a Italia con dos años y estudiado en el liceo D‘Azeglio, al igual que Einaudi, Massimo Mila, Norberto Bobbio o Cesare Pavese. Después se convirtió en profesor de literatura rusa, aunque al no prestar juramento de fidelidad al régimen fascista debió abandonar la docencia. En un momento de la visita, le propuso a su amigo: «¿Por qué no coordinas una editorial?». «¿Y el dinero?», replicó Einaudi. «El dinero se encuentra», respondió Leone, como si las dificultades de la vida se desanudasen solas.

Santorre Debenedetti, filólogo y buen amigo de Leone, fue el primero en escuchar la propuesta. Tenía dinero, ganas de leer cosas que nunca había leído, y les hizo el primer préstamo. Cien mil liras de entonces. «Digamos que serían unos cien millones de hoy», reconocía Einaudi en sus conversaciones con Severino Cesari a finales de los ochenta. El padre de Giulio, el senador Luigi Einaudi, que en 1948 alcanzaría la presidencia de la República, intercederá para que el también senador Luigi Albertini sume su apoyo al proyecto. Si Giulio tuviera que contar cómo se devolvió ese dinero, no podría, pues no se devolvió. Solo así consiguió Einaudi por fin convertirse en editor. La creación de la editorial corrió pareja a la compra de la revista La Cultura, toda una institución del país, y de la que toma un logotipo predestinado: un avestruz con un cincel en el pico, con un lema que dice Spiritus durrissima coquit, algo así como que «el espíritu digiere las cosas más difíciles». La imagen había sido creada en el siglo xvi por Paolo Giovio, y adoptada por Mario Praz para Edizioni de La Cultura (artículo completo en Jot Down).