El editor que no quería serlo

Tom Maschler (Berlín, 1933) tenía veintisiete años y acababa de incorporarse a la editorial inglesa Jonathan Cape el día que Ernest Hemingway se suicidó en el porche de su rancho. Un mes después, su viuda, Mary Hemingway, visitó la sede de la editorial en Londres, y se fijó en el nuevo empleado, al que invitó a su rancho de Ketchum, en Idaho, donde estaba la residencia principal del autor de El viejo y el mar. Mary «necesitaba ayuda para reunir el manuscrito en el que “Papá” estaba trabajando cuando se pegó un tiro», cuenta Maschler en Editor (Trama Editorial). Durante varios días se sumergieron en el baúl donde guardaba sus páginas manuscritas. «No hallamos el menor indicio de la forma que hubiera previsto dar al libro, lo que hizo más difícil y al mismo tiempo más gratificante la tarea». La estancia dio para que Mary le propusiera utilizar el rifle que Hemingway empleaba en los safaris. El arma puso nervioso a Maschler, que pese a todo disparó uno o dos tiros. Cuando volvieron al baúl y los manuscritos, encontraron una mención a que «París era una fiesta», y les pareció que sería un título excelente para el libro. En la última noche al fin consiguieron poner orden en el manuscrito, y cuando Mary lo envolvió y se lo dio a Maschler, le pidió que por favor lo entregara en persona… en la editorial Scribner. Ese fue el primer gran trabajo Maschler, que editó una editorial que no era la suya.

Pero su vida pudo seguir un rumbo distinto. Después de sobrevivir al nazismo, y huir primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, al acabar la adolescencia «tenía claro en materia de profesiones que nunca sería editor», y por eso se marchó a Roma con el propósito de dedicarse al cine. Fracasó. Cuando lo asumió, decidió que a lo mejor la profesión de editor no estaba tan mal. Empezó en la editorial André Deutsch, donde asumió responsabilidades como «llevar el registro de las existencias de papel», lo que a veces lo obligaba a acudir algunos sábados a trabajar. El día que le permitieron editar un libro, se vendieron veinte mil ejemplares. Fue con Declaration, una serie de manifiestos encargados a algunos de los principales autores del mundo de las artes, como Doris Lessing, Kenneth Tyanon o John Osborne. Eso le dio la oportunidad de fichar por Penguin, donde trabajó dos años antes de aceptar ser director literario en Johathan Cape (artículo completo en Jot Down).

Anuncios

La muerte exagerada

Me pregunté siempre si la muerte habla. No digo mantener una conversación larga, soporífera, pero sí dirigirte unas palabras cuando estás expirando, que tú entiendas sin género de duda, pese a tu estado, como «vámonos», «es la hora» o algo más cortante, como «¿nos vamos o qué?». Hable o no, casi siempre va en serio. Iñaki Uriarte cuenta que en cierta ocasión una conocida suya empezó a llamar a los amigos más próximos para decirles que «el jueves me muero». Faltaban varios días, lo que generó escepticismo entre los a allegados. ¿Cómo podía saber con precisión que fallecería el jueves? Una explicación era que la muerte le hablase y le hubiese dicho, por ejemplo, que «el jueves me paso sin falta». Cierto o no, el jueves se murió.

Pero la muerte también bromea. No hace mucho conocimos el caso de Gabriel Montoya, quien fue encontrado inconsciente en la celda de una prisión. Dos facultativos certificaron su fallecimiento y cinco horas después se autorizó el levantamiento del cuerpo, que se trasladó al depósito de Medicina Legal de Oviedo, para realizarle la autopsia. Aunque no fue necesaria, porque Gabriel volvió en sí. Solo fue un caso más de una persona completamente viva que parece muerta. A veces se dan casos de alguien completamente muerto que parece vivo. Quim Monzó tiene un relato, titulado «Mi hermano», en el que describe cómo en plena comida muere el hermano del narrador, pero la normalidad sigue. Hermano y padres fingen que Toni no ha muerto y contribuyen a que actúe como todos los días. Eso será mejor que enterrarlo y asumir que ya nunca más estará entre ellos. Así que con ayuda de la familia, Toni come, se viste, se ducha, acude al instituto, viaja en autobús, se afeita, estudia, e incluso tiene citas con mujeres. Pero está muerto (artículo completo en El Progreso).

Carver & Ford

Cada cierto tiempo conocemos a alguien nuevo, y de un modo imprevisto a veces nos hacemos su amigo. La vida sobreviene. Fue así como Raymond Carver y Richard Ford pasaron de ser desconocidos a cultivar una relación estrecha. En noviembre de 1977 ambos viajaron a Dallas para participar en el festival literario de la Southern Methodist University, donde al final de cada jornada los autores leían fragmentos de sus obras. Acudieron también Joan Didion, E.L. Doctorow o Philip Levine, además de poetas como Tess Gallagher, con la que acabaría casándose, Michael Harper o Michael Waters. Maryann Burk, la primera mujer de Carver, cuenta en Así fueron las cosas que su marido acudió entusiasmado, aunque con recelo, pues no había hecho una lectura desde que había dejado de beber unos meses atrás. «¿Sería capaz de hacerlo sin tomar siquiera una copa?»

Carver había leído la primera novela de Richard Ford, Un trozo de mi corazón, y le había gustado mucho. En un artículo publicado en The New Yorker muchos años después, Ford admitía que en aquel momento «no sabía quién era Carver», aunque sí conocía sus primeros relatos, reunidos un año antes en ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, y lo habían impresionado, «todos perfectamente acabados, pulidos» y en los que «flotaba una densa sensación de lo nefasto». En 1977 aún no estaba claro si en el futuro el mundo conocería sus nombres. De momento solo eran «los típicos norteamericanos decididos a tratar de ser escritores y productos de un ambiente que incluía la universidad, los talleres de escritura, enviar relatos a publicaciones trimestrales, asistir a cursos de posgrado y tener profesores que eran escritores», sostenía Ford (artículo completo en El Progreso).

Amor por la ropa

Es difícil desprenderse de una prenda de ropa muy querida, con la que te has encariñado. Nunca nos parece que esté tan vieja ni gastada que no podamos vestirla una vez más, y otra, y una más. ¿Cómo decirle un día «creo que ya no te quiero» a tu camiseta preferida? Simplemente, no puedes, y por eso dejas que se pierda sola, en la cuarta dimensión que ocultan todos los cajones cerrados, o que alguien cercano se deshaga de ella y te mienta. ¿Quién no tiene una historia de amor con unos zapatos, un vestido o una chaqueta? Si quitas a las personas que quieres, esas prendas son tu primera línea de defensa contra la adversidad y las asperezas de la calle. A mí me gusta el invierno solo porque puedo ponerme un viejo abrigo de espigas grises, de cuello y forro rojos. No me quita el frío en los días gélidos, pero cuando lo llevo puesto me hace sentir irreductible, casi heroico, como si habitase una viñeta de cómic. Me pasa lo mismo con unos botines grises de cordones granates, pero en primavera: me dan ganas de caminar por la ciudad, aunque la ciudad no me lleve a ningún sitio.

Hay prendas que, cuando son muy especiales, trascienden las historias de amor y se vuelven historias familiares. En 2010 Lorenza Foschini escribió un libro primoroso sobre Jacques Guérin, el magnate parisino de los perfumes, obsesionado por la figura de Proust. En 1929 conoció a su hermano Robert, a través de quien supo que la familia, avergonzada de la homosexualidad del novelista, se había deshecho de muchas de sus pertenencias. Algunas fueron a parar a manos de un ropavejero llamado Werner. Él y Guérin se hicieron amigos y un día Wender le confesó que le gustaba la pesca y casi todos los domingos iba al Marne, donde tenía un bote. «Madame Proust, que es tan buena, un día me dijo: ‘Está usted loco. Va a enfermar con tanto frío. Con lo húmedo que es el río. Llévese el abrigo viejo de Marcel y envuélvaselo alrededor de las piernas’. Y le confieso que desde entonces me lo pongo alrededor de los pies». Guérin insistió en verlo y después en comprárselo, pero avergonzado por emplearlo para cubrirse los pies, Wender no aceptó ni un franco por aquel abrigo viejo de piel de nutria con el que Proust se vestía a todas horas, y que también usaba como manta por las noches, mientras escribía tumbado en la cama (artículo completo en El Progreso).

El editor que no tenía ni idea

(Nota: Este artículo es el primero de una serie sobre memorias de editores)

Eso que queda después de pasarse la vida editando libros a veces son unos recuerdos escritos en forma de memorias. En algunos casos son breves y poderosas, como las de Jason Epstein (1928, Cambridge, Estados Unidos), quien fue durante muchos años director editorial de Random House. Entró en la industria del libro en 1950, a través de la editorial Doubleday, sin tener la menor idea, y vivió en primera fila los grandes cambios del siglo. En 1958, cuando se incorporó a Random House, esta tenía «una guía de teléfonos interna que incluía al centenar aproximado de empleados, y que no ocupaba más que una hoja del tamaño de una tarjeta postal». En 1999, cuando se retiró, la guía telefónica del grupo medía «veintiún centímetros por veintiocho, tenía ciento dieciséis páginas y contenía los nombres de más de cuatro mil quinientos empleados, casi todos ellos, presumo, desconocidos entre sí». En ese tiempo vio de todo. De hecho, en los ochenta, «cuando mis hijos y sus amigos entraron en la mayoría de edad, les aconsejé que se apartaran de la industria editorial, que a la sazón yo consideraba en un estado de decrepitud terminal». Veinte años después «daría el consejo opuesto a jóvenes que aprecian mucho los libros», relata en La industria del libro (Anagrama).

Epstein empezó en una Doubleday dirigida por personas «nada obsesionadas por los libros», profesionales de la venta directa por correo que «habrían sido igualmente felices vendiendo capullos de rosas o naranjas», a cambio de hacerlo por correo. De hecho, sus editores tenían despachos modernos de formas libres y colores vivos, y una «escasez sorprendente de libros en las estanterías». Para él fue, sin embargo, una buena escuela, y las técnicas y campañas de venta por correo le resultaron muy útiles cuando él y algunos amigos lanzaron en 1963 The New York Review of Books, o en los ochenta creó la Library of América, colección dedicada a los mejores clásicos norteamericanos (artículo completo en Jot Down).

Libros cerrados

EN ESPAÑA no hacemos listas con las mejores portadas de libros del año. Nos parecerá irrelevante. En cambio, abundan las listas de las obras más destacadas, que a estas alturas ya parecen menos una costumbre que una adicción. Para algunas cosas sí nos gusta contar. ¿Por qué será? Tal vez porque ante un libro, del género que sea, celebramos siempre la grandeza del escritor y casi nunca la de su editor. Como si no existiese el arte de publicar libros, solo el de escribirlos. Produce envidia que en otras culturas la forma que adopta una obra sea un asunto importante, y se reconozca. Esa cultura literaria incluye el aspecto de los libros, que aun cerrados hablan ya de su mundo.

En Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, es habitual que los medios de referencia destaquen también las mejores cubiertas del año. Esos reportajes gráficos conmueven la sensibilidad, incluso la inteligencia. Los libros cerrados también alumbran. Se trata de portadas magníficas, que dificultan abrir el volumen rápidamente. Primero mirar, después leer. Pero hablamos de países en los que existe el espíritu necesario para aceptar que un libro representa un logro literario del que también es parte el diseño, la portada, los textos de solapas y contra, la tipografía, etcétera (artículo completo en El Progreso)

Promesas que no valen nada

En noviembre de 2015 salió a la luz Los caprichos de la suerte, una novela inédita de Pío Baroja que había permanecido guardada durante décadas en una vieja carpeta. Escrita a máquina, con letra azul, incluía un sinfín de adicciones manuscritas del propio Baroja. En la introducción, José-Carlos Mainer advertía que se trataba de una novela «falta de una última mano», pero en la que se reconocía al mejor Baroja. El rescate de la obra «debería ser una noticia mayor en la historia de las letras contemporáneas de nuestro país». Tal vez por eso, unos días antes de que llegase a las librerías, Espasa me envió un ejemplar a casa. En ese momento yo hice lo que siempre hago cuando alguien me regala un libro: prometerme empezarlo al día siguiente, sin dilación. CheersCasi al mismo tiempo que la promesa, acaté otra rutina, consistente en romper la promesa e ir dejando la lectura para más adelante. No basta a veces con que tú tomes decisiones sobre tu vida, como leer enseguida un libro que acaban de regalarte. A menudo hay una estancia superior, que eres tú mismo, que las rectifica. Supongo que cada uno de nosotros somos varios, que nos vamos corrigiendo sucesivamente.

Qué prisa hay, me dije al levantarme a la mañana siguiente y reparar en la cubierta rojiza de la novela. Todavía tenía tiempo antes de caer en aquel abuso de la lentitud que había visto años atrás durante un capítulo de Cheers. En él aparecía Ernie Pantusso, uno de los camareros del local, poniéndose la chaqueta, a punto de salir. «Sam, me voy a casa. Vuelvo con mi libro», le decía al dueño del bar. «¿Sigues con la novela?», preguntaba Sam Malone. «Sí, ya van seis años. Tengo el presentimiento de que la voy a acabar esta noche». Una clienta habitual, apoyada en la barra, se inmiscuyó en la conversación para preguntar si el camarero estaba escribiendo una novela. «No, la estoy leyendo», aclaró Pantusso (artículo completo en El Progreso).

Rápido pero despacio

No está claro si publicar un libro al año es mucho o poco. ¿Quién lo dice? Tal vez dependa de la clase de libro o autor, de las necesidades que tenga de escribir, de lo que haga el resto de tiempo que no escribe, etcétera. No hay tantos autores que publiquen a ese ritmo. Quienes lo logran transmiten la sensación de que lo hacen casi sin esfuerzo, como si se limitasen a apartarse y mirar cómo sus manos cargan con el trabajo sucio. Ni siquiera parecen despeinados cuando concluyen. En un festival en Girona, hace dos años, LesterAmélie Nothomb aseguró que ella no solo publicaba un nuevo libro cada año, sino que guardaba veinte inéditos en un cajón, o en varios cajones, esperando su turno. Toma ya.

En el lado opuesto se encuentran los escritores lentos, que se toman cinco, incluso diez años para acabar su obra. Los hay. Tampoco está del todo claro si eso es lentitud. Quizá la literatura no sea el único asunto importante que se traen entre manos, y por eso tardan, ocupados en vivir. En la tercera temporada de The Wire, el detective Lester Freamon le explicaba a Jimmy McNulty, de homicidios, que el trabajo no lo iba a salvar. Todos los casos se acababan cuando le ponían las esposas al culpable. «Necesitas algo más fuera de la oficina. Necesitas una vida. Es lo que hay mientras esperas momentos que nunca llegan», le hacía ver. A veces diez años es el tiempo mínimo para escribir ciertas obras. En 1770, cuando Kant fue nombrado profesor de Lógica y Metafísica en la Universidad de Königsberg, escribió su disertación inaugural, y a ese texto lo sucedió una década de ausencia, en la que estuvo buscando soluciones, bajo un enorme silencio. Se aisló del mundo, buceó en el tiempo y en 1781 retornó con la Crítica de la razón pura, nada menos. Toma ya (artículo completo en Jot Down).

 

Semejante putadón

Lloramos demasiado las oportunidades perdidas. No hay nadie que no tenga en su biografía momentos en los que se esfuma la ocasión perfecta de formar parte de algo irrepetible. Meses atrás, una amiga rompió su relación sentimental, que duraba año y medio, para marcharse a vivir sola a Berlín, sin cargas, y dar uno de esos giros que obligan a construir tu vida casi de nuevo: trabajo nuevo, casa nueva, amigos, rutinas, ropa, clima nuevos. Incluso ella era nueva, pues no se reconocía como la mujer que acababa de tomar tal decisión. Cuando me pidió opinión, le dije que acertaba, aunque se desligase de unos sentimientos que habían hecho su existencia un poco más feliz. Ya encontraría otros, la animé. Hay un número infinito de ellos. Durante semanas se preguntó si la pareja a la Sex Pistolsque acababa de abandonar no sería la mayor oportunidad perdida de su vida. «¿Y si me arrepiento?», se decía todo el tiempo, hasta que concluyó que difícilmente se puede vivir sin algún remordimiento tratando cada día de levantar vuelo en tu cabeza.

Las pérdidas poseen de bueno el agujero que dejan. Nada te impide volver a llenarlo como quieras. Los daños también producen frutos. Curiosamente, años atrás, otra amiga tomó una decisión en sentido contrario. Aceptó una estancia en una universidad norteamericana. Su carrera se relanzó y un día le ofrecieron un contrato que la abría nuevas puertas. En ese tiempo, ella no dejó de estar enamorada de su pareja, que seguía en España. Cuando su futuro académico más brillante se presentaba, ella resolvió regresar a Vigo porque él no se atrevía a dejar un empleo anodino para acompañarla a Boston. Perdió la oportunidad de su vida, pero ¿y si no se equivocó? Hay aciertos que sólo se adivinan si estás enamorado de alguien. Cuando te equivocas, con el tiempo a veces la pérdida se convierte en un peldaño (artículo completo en El Progreso).

Deja tu mensaje

Solo una vez acudí a hacer una entrevista que después nunca se publicó. Fue a un importante gestor cultural y todo salió mal desde el principio. Esperé una hora a que me recibiera, y ese fue el mejor momento, porque llevaba conmigo El cuarto de atrás y me lo pasé bomba. Cuando entré en el despacho la conversación aún tardó en empezar, pues el entrevistado recibió una llamada apenas me senté y conecté la grabadora. Pulsé stop y aguardé diez minutos. Me pareció que hablaba con una hermana, porque de vez en cuando se refería a un misterioso tío para decir «menudo es el tío», «caramba con el tío» o «el tío está gagá». Mientras, yo me fijaba en lo que había sobre la mesa, donde me llamó la atención una agenda. Las tapas eran duras y estaban rematadas en un metal dorado. En el centro se leía el nombre del dueño, Berlangagrabado en una incrustación que imitaba al oro. «Es de oro», me dijo tapando el auricular con una mano, para que su hermana no lo oyese. Concluí que me había leído la mente, y que era la clase de cretino que no podía dejar pasar por alto un error ajeno, aunque solo fuese de pensamiento.

«Qué bonita», mentí, a sabiendas de que seguramente me leería de nuevo la mente y advertiría que en realidad me parecía un horror. No añadió nada y se dispuso a atravesar un sobre con un abrecartas de plata. De repente levantó la cabeza y comentó, cubriendo el teléfono con la mano nuevamente, que «por dentro es más bonita todavía». Asentí como si me importase un bledo, aunque me moría de ganas por abrirla y espiarla. Cuando al fin se despidió de su hermana y pude accionar la grabadora, a la segunda pregunta lo llamó de urgencia «el ministro». No precisó qué ministro. Apagué la grabadora. Por suerte, el diálogo fue brevísimo, pues al ministro a su vez lo llamó «el presidente», y retomamos nuestra entrevista pendiente. Encendí la grabadora. La paz se interrumpió a los tres minutos porque llegó un camarero con unos cafés y unas pastas, lo que me obligó a apagar la grabadora. La encendí y enseguida la desconecté para que el entrevistado pudiese ir al baño. A esas alturas la estrella de la entrevista era ya grabadora (columna completa en El Progreso).

El lector que creyó en Proust

Marcel Proust (1871-1922) escribió miles de cartas, muchas de ellas para no tener que hablar. Eran un sustituto de la conversación, y casi una manía, como demuestra que para comunicarse con su madre algunos días prefiriese dejarle largas notas al lado de un jarrón. Philip Kolb, encargado de la edición canónica de su correspondencia, reunió más de cinco mil cartas, y consideraba que eso significaba una décima parte del total. Doscientas de las que se cruzaron Proust y el editor y crítico Jacques Rivière ven ahora la luz en español en la editorial La uÑa RoTa. ProustSu traductor, Juan de Sola, pondera la relevancia de estas misivas por cuanto Rivière fue «la persona que se tomó en serio a Proust de verdad» y «su primer detector».

Perdida la primera carta que Rivière le dirigió a Proust, se conserva la respuesta de este el 7 de febrero de 1914, que empieza con un «¡Al fin encuentro un lector que intuye que mi libro es una obra dogmática y una construcción! Y qué felicidad me depara que ese lector sea usted». Ese día se fundó su «amistad espiritual». Juan de Sola recuerda que en aquel momento Proust era un escritor «mundano y ligero», que había publicado sin éxito Los placeres y los días (1896), mientras que Rivière pasaba por ser un «personaje conocido» en el mundo literario.

Rivière había empezado a colaborar en La Nouvelle Revue Française (NRF), revista de rápida influencia que se desdobló también en editorial, cuando Proust consiguió publicar la primera entrega de En busca del tiempo perdido en noviembre de 1913, después de varios rechazos, incluido el de la propia NRF. Cuando el autor se ofreció a pagar la publicación de su propio libro, el editor Bernard Grasset aceptó sin acabar siquiera de leer el manuscrito, y en enero de 1914 Por el camino de Swan cayó en manos de Rivière, que fascinado recomendó a André Gide y a Gaston Gallimard que tratasen de publicar los siguientes volúmenes en NRF. «Haga cuanto pueda para hacerse con él: créame, más adelante será un honor haber publicado a Proust», le recomendó a Gallimard (artículo completo en El País).

La traductora inagotable

Esta semana me pasó algo ya habitual. Acabé de leer Mesías, de Gore Vidal, y al volver a las primeras páginas advertí que la novela estaba traducida por Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920-París, 2014). Este descubrimiento es un instante que se repite cada cierto tiempo a lo largo de mi vida como lector. Hace dos semanas, en la casa de un amigo, reparé en un viejo libro de relatos de autores estadounidenses, y al hojearlo y ver que incluía «Una rosa para Emily», de William Faulkner, advertí que también estaba traducido por Bernárdez. Es lo mismo que me sucedió el año pasado al leer Levantad, carpinteros, la vida del tejado, de Salinger, y aún antes el día que leí Bouvard y Pecuchet, de Flaubert. AuroraHubo más hallazgos así, como Pálido fuego, de Nabokov, o Por qué leer los clásicos, de Italo Calvino. Es casi seguro que, en el futuro, volveré a encontrarme por sorpresa con esta traductora inagotable.

«Traduje tantos libros», explicó Bernárdez al cineasta Philippe Fénelon en una entrevista de tres días, en 2005, «que ya ni me acuerdo. Muchas veces me dicen: ‘¡Pero esa es una traducción tuya!’, y tengo que hacer un esfuerzo para recordarlo». Tenía 25 años cuando empezó a trabajar para la editorial Losada, donde conoció a Francisco Porrúa. «Los directores literarios me hicieron traducir un párrafo de prosa y un diálogo, para ver si estaba en condiciones», contaba. Su primera traducción, del francés, fueron algunas partes de la inmensa Los Thibault, de Roger Martin du Gard. Toavía no conocía a Julio Cortázar. El día de 1948 que se vieron por primera vez, en la confitería Richmond de la calle Florida, en Buenos Aires, el autor de Rayuela «me propuso ser su socia en la agencia Havas de traducciones técnicas y documentos». Pero lo rechazó. «La idea de traducir contratos y patentes me era realmente ajena» (artículo completo en El Progreso).

Persiguiendo a Auster

Antón Reixa (Vigo, 1957), rockero, director de cine y escritor, mantiene una relación muy particular con Paul Auster (Newark, 1947). Cuando lo leyó por primera vez, hace casi treinta años, experimentó una atracción instantánea, mientras él agitaba Galicia con la legendaria banda de Os Resentidos. Después, a raíz del mágico encontronazo con El cuaderno rojo, un libro de relatos en los que el autor americano explora las asombrosas coincidencias que a veces conectan a las personas, su interés se volvió pasional, casi obsesivo. Reixa se hizo un señor austeriano. Pero la literatura se reserva finales imprevistos, y un día, a semejanza de una Austerhistoria del mismo Auster, el novelista estadounidense y él acabaron bebiendo whisky Macallan y fumando cigarrillos Camel a las puertas de los restaurantes, como dos compinches.

Con este pasado a cuestas, el 20 de octubre Reixa visitó el Festival de Cine de Ourense. Quedamos a cenar. Vi cómo llegaba en taxi, se bajaba y caminaba al fin por su propio pie. Meses atrás, en un anterior encuentro en A Coruña, él iba en silla de ruedas y yo empujaba. Ahora avanzaba despacio, con bastón, recordando al caballo de ajedrez. El 27 de octubre del 2016 también había viajado a Ourense para participar en el festival, pero en esa ocasión nunca llegó. De camino sufrió un grave accidente de tráfico en Villalpando (Zamora). Viajaba solo, en un Audi A4, y se quedó dormido. Se fracturó la tibia, el peroné, el calcáreo, la vértebra L2, y se rompió trece costillas. Cuando se dio cuenta de lo que había pasado, y de que estaba vivo, distinguió la voz de Albert Rivera, líder de Ciudadanos, hablando de la unidad de España. Fue como una continuación del accidente, pero sacó fuerzas de donde no había y consiguió apagar la radio del coche y acallarlo. Mientras esperaba a la ambulancia solo pensaba si le amputarían la pierna. Ya en el hospital, ante el riesgo de colapso respiratorio, le indujeron un coma que duró dieciocho días, durante los que creyó estar en Michigan, en un escenario postindustrial. «Había Chévrolets, Starbucks, un monumento al fontanero desconocido, incluso puestos de ‘pulpeiras’ y un centro comercial en el que Donald Trump repartía propaganda electoral (artículo completo en Jot Down).

Abrir el buzón

Me gusta abrir el buzón. Es una puerta de entrada a los submundos diarios. Los días son muy distintos cuando llegas de la calle al mediodía y ves el buzón a reventar, preguntando por ti. Quizá los días no cambien en nada, como no lo hace leer una novela o estrenar unos pantalones, pero a tu alrededor todo adquiere de pronto liviandad y una ficticia sensación de triunfo que no puedes distinguir de la verdad. Esos envíos se vuelven la recompensa por haber dejado atrás una mañana al final de la cual solo tienes las manos vacías. Puedo imaginar la extraña alegría que me provocaría encontrar por sorpresa, entre las revistas, los paquetes con libros y la correspondencia comercial, una carta escrita a mano, en un sobre aplastado por un viejo matasellos y un nombre familiar en el remite. No nos hemos vuelto tan viejos ni decrépitos que no recordemos lo maravilloso Buzonesque era recibir cartas personales. Quizá por esa razón hace tres semanas lamí un sello, que sabía a rayos, y lo pegué en la esquina de un sobre, en el que metí un par de hojas escritas con un bolígrafo azul. Sabía que iba hacer feliz a alguien.

Era una carta innecesaria, de placer, a una amiga que reside en Nueva York, a la que hace seis años que no veo, con la que incluso dejé de intercambiar whatsapp en 2016. Supongo que nos abocamos a la distracción y después la inercia nos empujó a la desgana, y ahí nos quedamos, colgados. Creo que le dará un vuelco el corazón cuando regrese a su casa a media tarde, después de trabajar, y abra el buzón, quizá sabiendo que estará vacío, y vea mi carta. En dos hojas, con las líneas algo inclinadas, le contaba qué había hecho ese día y qué tenía pensado hacer en los próximos meses con mi vida, que como será poca cosa, resumí en que publicaré una novela antes de la primavera, con suerte. Después de cerrar el sobre pasándole también la lengua, caminé medio kilómetro hasta un buzón de correos amarillo. En ese trayecto, qué curioso, recibí tres mails en mi teléfono (artículo completo en El Progreso).

¿Dónde está la gente?

Un día conocemos a personas con las que mantenemos cierto trato durante algún tiempo, en ocasiones años, pero al cabo la vida pasa página, como si solo fuésemos anuncios, y nos manda en direcciones contrarias, que no vuelven a cruzarnos. Sucede continuamente, en todas las ciudades y capas. Llega la hora en la que no nos queda de aquellas personas ni un viejo número al que llamar, porque en un cambio de teléfono quizá decidimos borrarlo de la agenda. Y a veces pasa lo contrario: solo cuentas con un viejo número, defendido por telas de araña, pero después del piii piii, piii, piii nunca hay nada más, y la llamada no conduce a ninguna parte, solo a más distancia. En el instituto salí varios meses con una chica que no volvería a ver después de irme a la universidad, pero curiosamente aún sé de memoria el teléfono fullsizeoutput_6c6de casa de sus padres. Hablábamos durante horas, aunque hoy ya no queda en pie ninguna de aquellas frases.

De vez en cuando es imposible no preguntarse qué fue de esta o de aquel, a qué se dedicará, tendrá una casa, vivirá de alquiler, será padre o madre, estará divorciado, habrá padecido una enfermedad grave, viajará mucho, cobrará más de setenta mil euros al año. En un golpe de azar, hace tres semanas me crucé en el metro de Madrid con Estela, una compañera con la que había coincidido en el primer año de la carrera. Al siguiente, ella abandonó Filosofía y se matriculó en Física. Nunca más volvimos a vernos. Esperando la llegada del próximo tren en la parada de Príncipe de Vergara, ella se me quedó mirando, hasta que pronunció mi nombre, y lentamente nos fuimos reconociendo del todo. Intercambiamos algunas respuestas que no necesitaban preguntas, y después de un tren al que no nos subimos, me contó que estaba en Madrid de paso. Acababa de llegar desde Londres, a donde a su vez había llegado después de una estancia de dos años en la Haley Research Station, una base científica permanente que el Reino Unido mantiene en la Antártida, frente a la costa de Caird del mar de Weddell. Me resumió qué clase de trabajo hace allí, y hasta qué punto los días en un lugar tan inhóspito se someten a rutinas inviolables, aburridísimas, pero de las que ella disfrutaba con un entusiasmo juvenil, pensando que ninguna hostilidad hacía mella (artículo completo en El Progreso).

¿Qué me pongo?

Vestirse cada mañana de una manera distinta a la anterior es un reto estimulante, complejo y a veces angustioso, capaz de desesperarnos. ¿Quién no ha lamentado, delante de un armario a rebosar, con decenas, casi centenares de prendas, que no tiene ropa? Nos preocupa la reincidencia. En la ficción de que cada día somos un poco diferentes, aunque sea porque estrenamos una camiseta o recuperamos con los primeros rayos las gafas de sol, la jornada se hace más ligera, menos inefable, más amistosa. En las peores épocas, vencido por la desazón, cualquier momento es preferible al minuto en el que abres el armario y, con escrupulosa rutina, te preguntas a media voz: «¿Qué me pongo?» La dictadura de las pequeñas decisiones, por miles, a las que uno se rinde es lo que a veces nos lleva a presumir que la felicidad total consistiría en no hacer nada y ser perfectamente invisibles. WolfeQué no daría yo, y cualquiera, porque estas columnas se escribiesen solas, por ejemplo. Pero lo peor no es sentarse y preguntarse, en voz baja y desesperada, «¿Qué escribo hoy?», sino algunos días vestirse previamente. Ya en la jornada que Catalina la Grande iba a acaparar el poder con un golpe palaciego contra su marido el zar Pedro III, se volvió hacia su doncella y le preguntó: «Hoy me apodero de Rusia. ¿Qué vestido me pongo?»

Zarandeados por las posibilidades que ofrecen los armarios, no resulta extraño sentirse solos, rotos, abandonados a la suerte, frente la necesidad de combinar, pongamos, unos pantalones, una camisa y unos zapatos diez minutos antes de salir. Todo sería más fácil, y de una tristeza casi aceptable, si solo tuviésemos un pantalón limpio y uno sucio, un jersey con bolas y uno que odiásemos, una camisa feísima y otra sin planchar, y unos zapatos rotos (y aun así maravillosos) y un par casi nuevo. La vida, sin embargo, nos ha castigado con la abundancia y el caos, de modo que la complejidad de los armarios por dentro compite con la confusión que reina por fuera. La esclavitud a la que nos somete nuestra imagen nos obliga a reinventarnos como alguien nuevo cada mañana (artículo completo en El Progreso).