¡Fuera de mi tienda!

En el verano de 2007, siguiendo el consejo de la guía Lonely Planet, me dirigí al Greewich Village, en Nueva York, y entré en Bleecker Bob’s Records, una tienda que sobrevivía al crepúsculo de los vinilos, los casettes y los cd’s. Ya había oscurecido, pero aquel sitio abría hasta más allá de la medianoche. En los 60 había acogido al Night Owl Café, un club en el que habían actuado artistas como James Taylor o Lovin ‘Spoonful. Era un local polvoriento, lleno de carteles en las paredes, y con el suelo a cuadros blancos y negros a la entrada y de madera al fondo. Todo parecía mantenerse en las mismas condiciones que en 981, cuando los dueños trasladaron la tienda al 118 de West Third Street.

Era un templo encajonado entre una pizzería y una clínica psiquiátrica. En 2013, cuando Bleecker Bob’s Records cerró por culpa de la caída de las ventas y la subida de los alquileres, el local se convirtió en una franquicia de yogures helados y más tarde en un restaurante de sushi. Antes del cierre aguantaron gracias a los ingresos obtenidos por subarrendar un cuarto trasero a un salón de tatuajes y más tarde a un vendedor de comics.

Hace unas semanas, mientras hurgaba en la sección de obituarios de The New York Times, choqué con la necrológica del fundador y propietario de la tienda: Robert Plotnik (75 años). Aquella muerte era el final del final. Tuve la sensación de que en el mundo se desmoronaba sin parar y, aunque se levantase, había algo que desaparecía para siempre (artículo completo en El Progreso).

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La música tenía un nombre

Ennio Morricone cuenta que estaba en su casa, a finales de 1963, cuando una mañana sonó el teléfono. «Buenos días, me llamo Sergio Leone…», se presentó un señor que se definió como director de cine. Quería saber si podría pasarse esa tarde por su casa para hablarle de un proyecto al que deseaba que pusiese banda sonora, en el que pretendía reescribir el western, mezclando el modelo norteamericano con la commedia dell’arte italiana. A Morricone el apellido Leone le sonaba, aunque sin acertar de qué. Cuando el desconocido se presentó en casa advirtió que se parecía a un muchacho que había conocido en tercero de primaria. «Pero, Morricone Leone¿tú eres Leone, el de mi colegio?», preguntó. «¿Y tú Morricone, el que iba conmigo al viale Trastevere?», replicó el otro. Ennio recuperó una fotografía del colegio, y allí estaban ambos. Fue así como se conocieron por segunda vez, y empezó una de las relaciones más célebres y fructíferas del cine.

Esa noche salieron a cenar y al acabar fueron a ver Yojimbo, de Akira Kurosawa. A Morricone le pareció un horror, pero a Leone le encantó. No sólo le gustó sino que halló la clave para rodar su nueva película, que acabaría titulándose Por un puñado de dólares, y con la que cosechó tanto éxito de taquilla –costó 200.000 dólares y recaudó 14 millones– que Kurosawa se animó a demandar a la productora. Al principio nadie confiaba que la película pudiese siquiera salir de los cines de Italia. Para que tuviese gancho, y pasase por una cinta norteamericana, trabajaron con seudónimos. Gian Maria Volanté aparecía como John Wells, Morricone firmaba la música como Dan Savio, y Leone se convirtió en Bob Robertson. El único que utilizó su propio nombre fue, precisamente, el protagonista, el hombre sin nombre, un casi desconocido Clint Eastwood, rememora Morrione desde En busca de aquel sonido, un libro de entrevistas publicado por Malpaso (columna completa en El Progreso).

El perseguidor de Lou Reed

Manuel Vilas empezó a conocer España gracias a Lou Reed. Vivía en Barbastro (Huesca) y tenía 12 años cuando en 1975 descubrió, con asombro, que aquí mandaba Francisco Franco. Fue un descubrimiento casual. Nunca había oído hablar de ese señor. En cambio, ya estaba fascinado por la música de Lou Reed. A finales de enero, intercambió con su amigo Ángel Sariñena Harvest de Neil Young, por Rock’n’Roll Animal de Reed. Ese trueque cambió su vida, al inaugurar una obsesión que ya nunca cesaría. Creció tanto, que Vilas acaba de hacer con ella un libro singularísimo, difícil de clasificar: Lou Reed es español (Malpaso Ediciones). Puede que sea un ensayo de ficción, ya que después de todo, además de hacer hablar a Vilas, el autor consigue que nos hable Lou Reed en persona. Pero también es una novela, y un libro de historia, y una extenso crónica musical… louSobre todo es un libro que sólo podía haber escrito Manuel Vilas. Manuel Vilas hace cosas que sólo sabe y consigue hacer Manuel Vilas. Se habla mucho de Manuel Vilas, pero habría que hablar más, porque se habla poco.

En 1975, cuando supo que Lou Reed al fin visitaría Madrid y Barcelona, acudió a una gran enciclopedia para consultar un mapa de España. Descubrió que Barbastro estaba más cerca de Barcelona. También descubrió que Barcelona tenía vistas al mar. Después se presentó en la estación de autobuses para preguntar cuánto costaba un billete hasta allí. Pero no había billetes directos a Barcelona. Había que ir a Lérida y desde allí subirse a otro autobús a Barcelona. La oportunidad decayó. Era demasiado joven, al fin y al cabo. Vilas se conformó con ver las fotos de los conciertos. En las revistas musicales de la época hizo otro hallazgo inesperado: la censura franquista. En las reseñas del concierto «se habla de que unos guardias civiles habían ido a ver a Lou Reed y le habían ordenado que no cantara una canción. Y esa canción era ‘Heroin’». Fue entonces cuando Vilas tuvo que indagar quién era Francisco Franco, «y de pasó por qué su policía prohíbe a Lou Reed cantar ‘Heroin’, y dónde demonios se puede escuchar esa canción», que no aparecía en los dos discos que él tenía del artista.

Su primer gran viaje se produjo en 1977, con 14 años. Fue un viaje de 66 kilómetros. A Lérida. Sin familia. En autobús. Junto a un señor que comía bocadillos de sardinas y fumaba farias y una señora que llevaba consigo una gallina. En Lérida lo esperaba una prima de un amigo, que lo acompañó hasta Discos Martínez, donde compró Transformer y Sally Can’t Dance. Cada elepé costaba 325 pesetas (artículo completo en El Progreso).

Una buena chupa de cuero

Cuando leo o escucho una historia de tiroteos, en la que la secuencia de balas se salda de milagro sin víctimas, casi siempre me acuerdo de Miles Davis. El músico de Illinois se vio envuelto en octubre de 1969 en un complot para matarlo, del que salió sin un rasguño después de recibir cinco tiros. Contada por él, se vuelve una historia dramática, encantadora y casi humorística. Ese día se encontraba en Brooklyn con una de sus nuevas novias, Marguerite Eskridge. La había conocido durante un concierto en un club nocturno de Nueva York, a principios de ese año. Comenzaron a salir, y puesto Miles Davisque ella quería una relación exclusiva, sin otras mujeres por el medio, Davis se vio obligado no tanto a asumir sus pretensiones, como a mantener ocultas sus otras aventuras. Marguerite, después de todo, también había sido una conquista en mitad del matrimonio de Miles con Betty Davis.

Ese matrimonio apenas duró un año. Él consideraba que su mujer «era demasiado joven y demasiado inculta». Davis se relacionaba con «personas que tenían muchísima clase», entre las que, según él, Betty se sentía incómoda. «Sólo le gustaban los rockeros, y esto es razonable, pero yo siempre he tenido un buen puñado de amigos que no son músicos, y Betty era incapaz de tratar con aquellas personas, motivo adicional de que nos fuéramos distanciando uno del otro», admite en su autobiografía. El punto de no retorno del matrimonio fue la noche que Davis se cruzó con una muchacha hispana que quería acostarse con él. Fueron a su casa y ella le reveló que Betty salía con su novio. Miles le preguntó quién era su novio y ella le dijo que Jimi Hendrix. En este contexto de vida personal ajetreada, preparó los papeles del divorcio y su mujer los firmó (artículo completo en El Progreso).

Los calcetines de ayer

A veces me pregunto qué es un día normal, y si lo que le proporciona normalidad es el desayuno, el paraguas roto con el que sales a la lluvia, o tal vez que hoy te pongas los mismos calcetines de ayer, vagamente sucios. Me inclino a pensar que no existen los días normales. Es posible que tampoco exista la normalidad, y ésta represente sólo una estrategia de las cosas especiales y raras para pasar inadvertidas, como si no les agradase que se hable de ellas. No hace mucho,Chet Baker con el propósito de cometer un disparate, y hacer algo rarísimo, me puse a planchar calcetines. Inexplicablemente, esta tonta maniobra, casi audaz, me pareció de una normalidad escalofriante, equivalente a cenar un huevo frito todas las noches.

En mi triste vida ya había planchado sábanas, calzoncillos, corbatas, cuellos de camisa, cigarros, incluso dinero, y los calcetines no me aportaron nada extraordinario, sino una normalidad tirando a fría. Planchar siempre es planchar. Aunque las cosas cambian de un día para otro. Recuerdo cuando era habitual, entre parientes, prestarse el pañuelo, sonarse los mocos y devolvérselo a su dueño. No te quedaba la impresión de haber incurrido en una cochinada. Ser familia era eso. No sé si desde entonces también la familia ha cambiado, pero si mi tío, o mi prima, hoy me ofrecen su pañuelo porque acabo de estornudar, los mando a la mierda, con el debido respeto. Ahora que lo pienso, si estás en condiciones de mandar a la mierda a un pariente, tal vez sea que la familia no ha cambiado gran cosa, por suerte (texto completo en El Progreso).

Foto: Chet Baker.

Encima del armario

¿Saben cuando se necesita algo mucho, y no aparece por ninguna parte? Hablamos de un problema desesperante, merecedor de una gran atención. Yo lo resuelvo apagando la luz de la mesilla de noche y echándome a dormir. Ya aparecerá, me digo. En ese minuto sólo me importa programar el despertador para las doce de la mañana, al alba. Odio llegar tarde al trabajo. Los problemas que no se resuelven solos, por la noche, durante un descanso reconfortante y blanco, por lo que a ti respecta no merecen ser llamados problemas. Bob DylanAlgunas veces, en efecto, el problema se solventa automáticamente, por su cuenta, si bien deben transcurrir algunos años. A mí me pasó con el certificado del título universitario. Pasé a recogerlo un martes, y ya que estaba fuera de casa, me puse a beber, para celebrarlo.

Me olvidé del certificado enseguida. A medianoche no sabía donde estaba, y a las seis de la madrugada, cuando entraba a gatas en casa, no sabía que el día anterior había ido a buscar el título. Si no me hubiese ido a la cama, seguramente nunca habría sabido que cursé la carrera de filosofía durante cinco años. Pasaron seis meses e, inesperadamente, una mañana recibí una llamada de la policía local de Santiago. Un agente muy amable me pidió que, si lo tenía a bien, pasase a recoger mi título por dependencias policiales. No entendía nada, pero me explicaron, muy despacio y sencillamente, que el dueño del Ruta 66, haciendo limpieza exhaustiva en la discoteca, había encontrado detrás de un frigorífico un cilindro de cartón con mi título dentro (artículo completo en El Progreso).

Planchar calcetines

Algunos días, como el 26 de diciembre, plancho. Plancho todo. Calzoncillos, sábanas, trapos de cocina, calcetines, corbatas, dinero. También plancho camisas, aunque no me gusta. Pero como Scott Fitzgerald dice que hay que plancharlas, yo las plancho. «Se puede llevar una camisa que esté un poco sucia –decía en Suave es la noche Dick Diver–, pero una camisa arrugada, jamás». Nunca parecen suceder cosas importantes el día 26. La exuberancia de Nochebuena, incluso el desierto que nos alcanza la vista al día siguiente, al que llamamos Navidad, dejan el día 26 reducido a un guiñapo, como esa bola que haces con los calcetines sucios, para que no se pierdan. Por eso plancho. Sin embargo, creo que la vida real sucede intensamente el día 26, cuando la felicidad total vuelve su sitio, en el sótano, y la familia se ahuyenta en hermosa estampida. En fin, como canta Serrat, «con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas». Eso no pasa ni en Nochebuena ni en Navidad, Las fronteras del crimensino el 26. Cuando las luces se apagan, y el comedor se queda en silencio, significa que es 26 de diciembre y las promesas vuelven a incumplirse, como a ti te gusta. Al fin todo está bien, después de dos días de gloria atroz.

Hay una torpeza en los días normales, en los que comes otra vez sobre platos rayados, y vuelves a beber agua del grifo, que le hacen a uno amar la vida más que en cualquier fecha señalada y redonda. Nunca te fíes de un número perfecto, aunque sea un millón de dólares. Ford Madox Ford sostenía que para saber si merecía la pena gastar tu tiempo con un libro, sólo tenías que abrirlo por la página 99. «La calidad de toda la obra te será revelada». El 99 es feo, anodino, como esas ventanas a las que te asomas y las vistas son una caldera humeante y una paloma muerta. Supongo que ese número está demasiado cerca del 100, hacia el que todos miran como si fuese un letrero de neón, anunciando que hay camas libres.

En el mismo sentido, el 26 de diciembre es la jornada a la que caes, casi expulsado, después de vivir, durante cuarenta y ocho horas, como si no existiese el mañana. Chet Baker contaba que, después de un día de Navidad, se había emborrachado sin nostalgia, como si sólo fuese una costumbre horaria, y se había llevado una chica a casa, constatando un milagro. Fue el día más feliz y triste de su vida. En la oscuridad del dormitorio, Chet se deslizó apenas un minuto al lavabo, y cuando regresó, su chica jadeaba y exclamaba «Oh, Chet, sí», mientras el compañero de piso de Chet le hacía el amor. Esto es la vida. Y ocurre en días como hoy. Feliz 26 de diciembre.

Foto: Las fronteras del crimen (1951), de John Farrow.

(Publicado en La Voz de Galicia)

Permanezcan borrachos

Tu casa es ese sitio en el que vas acumulando tu chatarra inservible. No importa que sea una casa pequeña, que no tenga bidé, que oigas a tus vecinos cuando follan. Todos archivamos parte de nuestra mierda personal. Es un tic. Nunca la vas a necesitar, pero por si acaso el día que nunca llegará, finalmente llega, necesitas que tu basura esté ahí. En su sitio, contigo, bien perdida, para no tropezarte con ella. Alcancé esta conclusión el martes, buscando unos apuntes de la universidad que estaba seguro que jamás había tomado, y que encontré. Hay pocos momentos en tu vida tan felices como cuando descubres lo inexistente. La placidez del descubrimiento inaudito quedó bien definida en aquel grito exultante de Jaume Canivell, cuando descubrió la colección de vello púbico del marques de Leguineche en La escopeta nacional, de Berlanga: «¡Ostras, collons, pero si son pelos de coño!». Más información

Los típicos idiotas

Cuando vives en un sitio como Ourense y eres un desgraciado, como me ocurre a mí, la vida te parece maravillosa porque algunas mañanas te levantas, bajas a la calle, a cero grados centígrados, y ves a Yosi, el vocalista de Los Suaves, cruzando desde su portal al bar de enfrente en zapatillas de casa. No tienes trabajo, ni futuro, ni sueños, ni amante, pero tienes a Yosi, qué carajo. Es más de lo que mereces. Te entran ganas de entonar a capela, desde tu portal, «Las vueltas que da la vida, / el destino se burla de ti. / Dónde vas bala perdida, / dónde vas triste de ti». Pero en ese momento, con ese frío, no recuerdas nada, y menos la letra de «Dolores se llamaba Lola».

Te conformas con observarlo lleno de admiración, hundiendo las manos en los bolsillos, para rascar algo de calor en el fondo, mientras te preguntas por qué no eres como él, en lugar de como tú. Naturalmente, es una pregunta retórica, incluso estúpida. Eres Tallón, y no Yosi, porque quisiste empeñarte en ser periodista, en vez de un músico de provecho. Por eso, sólo por eso. Por nada más. Y porque no valías para otra cosa. Ni siquiera para ser periodista.

Se nota que Yosi acaba de levantarse de la cama. No lleva ni calcetines. Por cosas así, o como salir en bata, o con un moño, en el vecindario queremos tanto a Yosi. Nos gusta comprobar que hay gente más desastrosa que nosotros. Envuelto en su melena gris, como si fuese una manta, presencias cómo atraviesa la Calle Progreso lentamente y extiende una mano hacia los coches, para que frenen y no lo maten. Eso sería horrible. Probablemente echase a perder la gira con la banda. Notas, desde tu acera, que su resaca es perpetua y hermosa, como la cicatriz que te queda en la frente cuando te caes de la bici el día de la comunión. Es inevitable que te venga a la cabeza esa otra letra, que tampoco recuerdas, en la que él mismo canta «Whisky y cerveza son su comida / el hielo el motor de su vida / tan pesada como un fardo, / así pasa por la vida». Nadie toca el claxon. Se le venera demasiado. Es Yosi. No se puede ser más. Cuando se detienen y lo reconocen, los conductores bajan la ventanilla y a veces le gritan, como el sábado, «Yosi, no te mueras nunca, por favor. ¿Qué te cuesta?». Él saluda con la mano, sin volverse, como si la eternidad fuese, justamente, esa clase de cosas que se la sudan. Me agrada pensar que entre dientes los manda a tomar por el culo, y después entra en el bar Niza.

Hace ocho meses, recién instalado yo en el barrio, coincidí con él en el Día, haciendo cola en la caja. Estaba justo delante de mí, con las típicas zapatillas a cuadros, como las que usan nuestros padres, que ya no se fabrican. Creo que adivinó que yo estaba pensando en decirle algo superingenioso, porque se volvió y me preguntó: «Oye, ¿me pagas el pan?» Me fijé que también llevaba el típico chándal que es, en realidad, el típico pijama. No tenía bolsillos, así que me pareció normal –típico– que tampoco tuviese dinero. Ese día no tenía resaca –yo no tenía resaca– y reaccioné enseguida: «¿Baguette o artesana?» Entretanto, metí la mano en el bolsillo para contar lo que llevaba encima. Raro es el día que tengo conmigo más de tres euros. «Baguette», aclaró. «Entonces tienes suerte», dije. Llevaba justo. Una cosa condujo a otra, y pocos meses después, acudí a uno de sus conciertos, en un descampado, a las afueras de Ourense. Me admiró cómo fumaba un cigarro cada dos o tres canciones, y lanzaba la colilla encendida al público. Al parecer, sólo unas semanas antes, en un concierto en Pamplona, se había lanzado él personalmente. Había bebido algo, para justificar la resaca a perpetuidad del día siguiente, supongo. Y quién no bebe, tal y como andan las cosas. No están los tiempos para poner la felicidad en peligro. Un hombre inteligente, sostenía Hemingway, a veces tiene que emborracharse para poder pasar el tiempo con idiotas, en clara referencia a gente como yo y mis amigos, los típicos idiotas.

Huyamos de aquí

Todos huimos. Hasta las ratas huyen. La vida va de eso. Incluso la muerte. Hay infinitas formas de hacerlo. Ni siquiera tiene que existir una razón. La huida posee una cara absurda que la libera de ese requisito. A la mierda. Cualquier momento es bueno para largarse. Ni siquiera hay que ir lejos. Eso te exime de hacer una maleta y meter una muda. Huir, a veces, solo es dar media vuelta en mitad de la calle, con el mismo calzoncillo. O abandonar un libro en la página 17. O entrar en Zara con 20 euros. Más información

El mundo se derrumba y nosotros nos morreamos

Todos atesoramos períodos de oscuridad. A veces duran años, o semanas, en ocasiones sólo son unos confusos y verdinegros segundos. Porque son tenebrosos, permanecen siempre en un cajón cerrado e inhóspito, como patrimonio de nuestra «cuenta B». Todos poseemos una, en la que cada quien guarda sus cadáveres personales, que muchas veces sólo son ovillos a los que nunca encuentras las puntas. Esa contabilidad negra que ocultamos con llave, y no ningún bello texto invadido de adjetivos, conforma nuestra autobiografía. Nadie escribe la verdadera historia de su vida. La verdadera historia de tu vida, aseguraba Vijay Seshadri, es la historia de tus humillaciones. Más información

Un periodista necesita un buen peinado

Cada año por estas fechas, en el periódico en el que trabajaba hacían gala de un detalle con los redactores. Mis exjefes no tenían mucho donde caerse muertos –más allá de comprarse un Porsche de vez en cuando para mantener el prestigio de la cabecera–, así que se trataba de un detalle menor, simbólico, casi mugriento. Pero esa mierda hacía las delicias de unos periodistas no menos desesperados. A la vuelta del Día de Reyes, el secretario del director recorría la redacción haciendo entrega de un vale descuento para una peluquería. Ventajas de ser periodista, pensé la primera vez. Yo acababa de aterrizar en la profesión y cualquier cosa, por roñosa que fuese, me hacía una ilusión inmensa. Más información

Haga una lista

Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: «Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme». Más información