La misión imposible de Lucio Ballesteros

Montoedo una pequeña aldea de Ourense, en la Ribeira Sacra. Tiene cuatro viviendas, una iglesia, un cementerio y un habitante, que se llama Lucio Ballesteros. Lucio tiene 87 años y está construyendo una nave espacial junto a su casa. Google Maps ofrece una vista privilegiada de su proyecto. Es como descubrir uno de esos complejos secretos donde un villano desarrolla un plan para acabar con el mundo.

En las aldeas de los alrededores, la historia de Lucio Ballesteros es casi conocida. Él y sus vecinos se dispensan una indiferencia mutua. Fuera de ahí, la historia se vuelve secreta, menos para los satélites y los cineastas Simone Saibene y Xoel Méndez, que preparan un documental que deambula entre la realidad y la ciencia-ficción, titulado 10/7, sobre este hombre excéntrico y seductor, músico y youtuber, escritor y filmmaker, al que consideran “un diamante cinematográfico” (reportaje completo en El País Semanal).

 

 

 

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Vida de quiosquero

En el quiosco de Francisco Macía solo caben él, un cliente y un tema de conversación, a menudo de política; y apretados. Mide 3,885 metros cuadrados, aunque si descontamos las estanterías, el mostrador, la silla, un taburete y todos los periódicos y revistas, queda el sitio necesario para meter la mano en el bolsillo, sacar el dinero y pagar, sin aspavientos. El sitio demanda los gestos precisos, ni uno más. Cuando entras, todo está tan cerca que tienes miedo de descolocar algo si resoplas. Está situado en la calle Progreso, en Ourense, frente a un paso de peatones transitadísimo, en una calzada de tres carriles de dirección única. Casi siempre hay un cliente dentro, lo que equivale a decir que está lleno a reventar. Y para que entre un cliente nuevo debe salir el que está dentro. Representa la clase de sitio al que uno dejaría de ir porque muchos días tiene que esperar turno en la acera y, mientras lo hace, soporta el ruido y la contaminación de la calle con más tráfico de la ciudad. Pero, por alguna razón, ese defecto equivale a un encanto, y los clientes acuden fielmente. «Son amigos», precisa, para distinguirlos de simples compradores. Y sí, este lugar «es incómodo, pero Quiosquero 3perfecto; está en el centro de la ciudad, todo el mundo lo conoce», zanja el dueño con la mirada perdida en un punto lejano, como si las paredes no le molestasen las vistas.

Tiene un buen nombre: O Carrabouxo. Macía lo bautizó mientras leía La Región, el diario local, donde el humorista gráfico Xosé Lois González publica una viñeta protagonizada por un personaje alto, flaquísimo y casi sabio. «Un día hablé con Xosé Lois, le conté que quería abrir un quiosco, y que me gustaría llamarle O Carrabouxo, y le pareció bien». Todo el mundo en Ourense sabe quién es O Carrabouxo. Tiene su propia estatua, los turistas se fotografían con ella, los vándalos la respetan de vez en cuando. La viñeta sale desde 1982 de forma ininterrumpida, salvo censuras puntuales. En una pared del quiosco Macía ha pegado precisamente la fotocopia de una ilustración vetada por el periódico en 2009, en la que O Carrabouxo ironiza sobre José Luis Baltar —por entonces presidente de la Diputación y del PP de Ourense— y sus propósitos para situar a su hijo como heredero de sus cargos, que finalmente alcanzó.

Macía nunca pretendió ser quiosquero. Él era ingeniero agrícola. Tenía vocación. Ni siquiera compraba periódicos. «De vez en cuando, los leía en las cafeterías». Como mucho, adquiría el semanario A Nosa Terra, de corte nacionalista, escrito íntegramente en gallego y ya desaparecido. Pero un día paseaba por la calle Progreso, vio un cartel de «Se alquila» en un local vacío, vagamente inhóspito, y «sobre la marcha» se le ocurrió que sería el sitio perfecto para un quiosco de prensa. Él trabajaba en la Xunta de Galicia, presidida por Manuel Fraga, haciendo trabajos de topografía y concentración parcelaria, aunque estaba harto. «Veía pasar demasiada corrupción a mi lado, y no podía hacer nada, excepto apartarme para que no me tocase». Pensó que le sentaría bien cambiar de aires. Improvisó una vida nueva en unos minutos (artículo completo en Jot Down).

Montones de cocaína

David Carr se desplomó en mitad de la redacción de The New York Times hace dos años, a las nueve de la noche. Murió cuando la ambulancia llegó al hospital Roosevelt. Tenía 58 años. Había superado el alcoholismo y su adicción a las drogas, y dejado atrás un cáncer de pulmón. En ese momento, cuando se derrumbó cerca de su mesa, era una celebridad del periodismo. The New York Times lo había contratado en 2002 pese a un pasado oscuro, lleno de caídas y despidos. Escribía reportajes y columnas sobre medios de comunicación. En el obituario que le dedicó su propio diario, el presidente del periódico, Arthur Sulzberger Jr., David Carrseñalaba que Carr había sido «uno de los periodistas más talentosos» que hubiesen trabajado en aquella redacción, de la que era un líder.

En 2008 publicó La noche de la pistola, editado ahora en España por Libros del KO. Son menos unas memorias que un reportaje sobre su descenso a los infiernos. Carr investiga y narra sin callar detalles. No se conformó con sus recuerdos, y ahondó en los peores años de su vida a través de cientos de entrevistas, expedientes médicos, documentos legales, diarios e informaciones publicadas. Cuando llegó al final del libro, donde emerge como un hombre rehecho, admitió que «hoy tengo una vida que no me merezco, pero todos pisamos esta tierra con la sensación de que somos un fraude».

En el comienzo, el redactor jefe de la revista de negocios de Mineápolis en la que estaba a prueba, lo convocó a su despacho y le explicó que podía levantarse, acudir a tratamiento y conservar su trabajo, o negarse y ser despedido. Necesitaba una respuesta. Era 1987, y la tarde anterior, durante el día de San Patricio, Carr honró a sus antepasados irlandeses dejando «mi jornada laboral a medias para celebrar mi legado genético con cerveza verde y whisky Jameson. Y cocaína. Montones y montones de cocaína». Prefirió que lo despidiesen (columna completa en El Progreso).

Palabrotas

En la redacción de mi experiódico conocí a la persona que seguramente más veces ha dicho ‘carallo’. Se llamaba Santiso, pasaba de los cincuenta años y era una institución. Se encargaba de las páginas de televisión y de los pasatiempos. Le gustaba improvisar horóscopos en voz alta, que después redactaba con audacia, convencido de que también esa sección debía reflejar la verdad. Cuando algún día no llegaban cartas al director, las escribía él mismo. A menudo picaba las artículos de opinión que los colaboradores remitían a través del fax o por correo postal, y se le oía farfullar cosas como ‘pff’, ‘chst’, ‘gggh’, ‘boh’.Pesci Con el tiempo, estos sonidos inquietantes se volvieron casi poéticos; decían mucho de aquellas columnas.

Santiso acudía al periódico en un Opel Frontera de color granate con dos enormes dogos alemanes en el maletero. Su mujer lo había abandonado años atrás y los perros constituían su familia. Aparcaba el todoterreno en la parte de atrás del edificio para verlos desde su asiento. Los gatos que había en el periódico, y que de vez en cuando se subían a las mesas con un ratón en la boca, a medio morir, los había traído él. Todos los días se encargaba de darles de beber y comer. Le gustaba abrir las ventanas en invierno y cerrarlas en verano. Era el antagonista perfecto. Raramente permanecía más de cinco minutos en silencio, quizá por miedo a que se le suicidasen las palabras por dentro. Su cabello y su bigote eran blancos, y su piel poseía eso tono decadente y tierno que adquieren los chicles de fresa cuando los masticas durante demasiado tiempo.

«Tallón, carallo, buenas tardes, carallo, ¿que tal el fin de semana, carallo?», me saludaba cada lunes. La palabra ‘carallo’ se incrustaba de un modo natural en todas sus frases, al principio, a la mitad, al final. Él ya no la oía, y al cabo del tiempo, tú tampoco. Te aclimatabas a ella y se volvía un sonido fantasma, sin repercusión. Impresionado, al principio me entretenía mirar el reloj y calcular en secreto cuántas veces la pronunciaba al cabo de cinco minutos. En una ocasión conté setenta y tres (artículo completo en El Progreso).

Si yo fuese editor

Si yo fuese editor, o editora, leería la poesía de Carmen Pereiras en gallego y me preguntaría cómo es que nunca había oído hablar de ella. Tal vez rompería algo que hubiese sobre la mesa, de valor moderado, o arrojaría un portalápices contra la pared, para calmarme. Estaría muy cabreado, pensaría que no tengo olfato, y recogería los bolígrafos y rotuladores del suelo, o barrería los trozos de cristal.imprenta Después pasaría a la acción y me apresuraría a publicar a la poeta gallega en español antes de que lo haga otro.

Carmen Pereiras gastó miles de noches en un periódico. Primero como redactora y después en el archivo. Yo la vi hace quince años, cuando ya había dejado el periodismo y era la responsable de custodiar el patrimonio del diario. Me impresionó el modo en el que sentaba a su mesa, ante su ordenador, con la hemeroteca a la espalda. Su cuerpo se sometía a la dictadura de la línea recta. No oscilaba. Era una vela encendida, inagotable. Me figuraba que respiraba muy despacio para no generar curvas. Cuando llegué a aquel diario casi nadie recordaba que ella había escrito en él. Carmen simplemente era la responsable del archivo. Llegaba por las tardes, a eso de las cinco, invisiblemente, y se encerraba con la puerta abierta en una sala gélida, arrasada por la luz artificial. No había calefacción, así que se fue adueñando de ella un frío antiguo. Si necesitabas algo, aunque no existiese, ella lo encontraba (artículo completo en El Progreso).

Vivir en una columna

A veces estás en mitad de una reunión, o hablando en un bar con un conocido, o simplemente en la calle, solo, y ves algo, y de pronto te dices hostia, esto ya lo escribió Carlos Casares en una columna. Tienes la sensación de vivir dentro de ella. Me ocurrió esta semana. Cerca de mi casa están levantando una calle por la que paso a diario. Las obras, con sus correspondientes molestias, van a durar seis meses, y me evocaron una columna de Casares en la que contaba cómo en su día el Concello de Ourense optó por convertir en calle peatonal la antigua Calle del Paseo. La decisión fue celebrada y a la vez acogida con gran indignación por los ciudadanos. El columnista se recreaba en la reacción de uno de los comerciantes afectados, de la rama del calzado, que además era concejal, y que convocó a la prensa para hacerla testigo de Casaresun simbólico gesto: la destrucción de la primera piedra. Solo unos días antes se había celebrado su colocación. Cuando al estuvieron todos, el comerciante cogió un pico y dio un par de golpes sobre las losas recién colocadas, para mostrar su disgusto, pues entendía que aquellas obras de peatonalización, además de molestas, acarrearían su ruina.

El columnismo de Casares tenía mucho de peatonal. Nacía de observar las cosas que sucedían a su alrededor, a menudo cuando salía por la puerta de casa. Donde los demás no vemos nada, porque la realidad está demasiado cerca, o vamos pensando en otra cosa, él descubría una columna. Estaba mirando siempre, fabricando el artículo que luego dictaría al periódico. Su columna funcionaba como una autobiografía que se escribe sin querer. En lo cotidiano hacía brotar lo fantástico, como en aquella pieza en la que hablando de sus primeros días como profesor visitante en una Universidad de Nueva York, empezó a describir el apartamento en el que lo habían instalado. En un momento dado fue a la cocina, abrió el frigorífico y encontró una lata de conservas de color azul con una leyenda estampada en encarnado que decía: «Fabricación especial para Don José Manuel Barros González, alcalde do Porriño, Pontevedra, Galicia» (artículo completo en El Progreso).

La columna vacía

Cuando a uno no se le ocurre nada que escribir, lo mejor es ponerse a escribir rápido, empezando por ahí. Hay columnas, o novelas, u obras de teatro, que brotan porque el autor no tiene nada que decir pero –se dice a sí mismo– de algo hay que escribir. Son esos días que el estilo se vuelve impalpable y voladizo, sin nada debajo, y una columna hueca puede adquirir aspecto de columna llena. El modo de hacerlo es empezar a toda costa, desesperadamente, o al menos empezar a empezar, aunque sea con las manos vacías. Fogwill 1Es agradable que cuando el redactor jefe te llama –a las once de la noche, cuando estás cenando en pijama y zapatillas viejas a cuadros– para preguntarte de qué va la columna, que está leyendo sin entender nada, tú respondas airado: «¡Y a mí qué me cuentas, yo sólo me limito a escribirla!».

En cierta ocasión, Rodolfo Fogwill paseaba por Buenos Aires y se encontró en la calle con Sergio Bizzio. Éste le confesó, casi avergonzado, que estaba escribiendo su tercera novela, titulada Más allá del bien y lentamente. Fogwill, fascinado por el título, le preguntó de qué trataba, y Bizzio agachó la mirada, como si acabase de descubrir que tenía los zapatos desatados. Después de un par de segundos, que no transcurrieron hasta que masticó del todo el tiempo, y lo tragó, respondió que en realidad no sabía de qué trataba, pues aún no había salido del primero párrafo. Pero de momento, añadió, el título era definitivo (columna completa en El Progreso).

La moviola

Entre los espectáculos más hermosos que cabe contemplar se encuentra la repetición, a cámara lenta, de un espectáculo hermoso. La moviola desprende encanto y oscuridad. Algunos días es la única persona que te cuenta la verdad, después de que tus propios ojos, en directo, te mintiesen como bellacos. Nos enfrentamos a decenas de moviolas cada día, aunque ya nadie dice, en la repetición instantánea de un lance por televisión, «coño, la moviola». Sin embargo nos recreamos una y otra vez ante ella. Hace dos semanas falleció su inventor, y casi nadie dijo «coño, Tony Verna». Es una cuestión de ignorancia, que dentro de lo malo, en ocasiones resulta fructífera. No deja de existir cierto brillo en desconocer cosas y a la vuelta de la esquina tomar conocimiento de moviolaellas por colisión, como cuando chocas contra un viandante al doblar la calle. En casos como los de Verna adquiere sentido aquella definición de periodismo de Gilbert Keith Chesterton, para quien en buena medida el oficio consistía en decir «‘Ha muerto el señor Jones’ a gente que no sabía que existiera un tal señor Jones».

Verna era un productor más de la CBS, hasta que cultivó una idea genial, que llevaría a la práctica en 1963, durante el tradicional partido de fútbol americano entre la Armada y el Ejército de los Estados Unidos. Eligió un ensayo del quarterback Carl Stichweh para poner a prueba el alcance del invento. Naturalmente, cuando repitieron la jugada nada más producirse, el locutor debió advertir a los espectadores entre gritos: «¡El Ejército no ha vuelto a marcar!»

La repetición de la jugada acabó por convertirse en una metáfora fecunda. Bajo ella se esconde un enorme nostalgia. En algún sentido, todos buscamos aquel instante que tanta felicidad nos proporcionó, con la esperanza de vivirlo de nuevo. ¿Qué hay más absurdo y radiante que perseguir un sueño inalcanzable? Supongo que la moviola del placer representaría la mayor conquista de la humanidad (Texto completo en El Progreso).

La muerte y diez más

En general, manejo una opinión desfavorable de la muerte, aunque se trate de la mía. Me opongo, digamos. Hay algo en ella que no me deja tranquilo, sin llegar a saber el qué exactamente. Pero hechas estas durísimas afirmaciones, me rindo a la opinión contraria: me declaro partidario febril de la muerte, sin matices. De qué sino íbamos a escribir todo el tiempo, ¿de la vida? Por favor. No quiero ni imaginar una novela sin cadáveres, tristezas, lutos, y al poco alegrías; y vuelta a empezar. Tampoco concibo un periódico sin necrológicas y esquelas. Creo que un diario podría salir a la calle cada mañana con un puñado de obituarios Gay Talesebien escritos, y poco más. Godard decía que lo único que él necesitaba para hacer una película eran una chica y una pistola. Me adhiero a esos aires sencillos. ‘La muerte y diez más’ sería un lema sugerente.

Es agradable sentarse en el porche de casa al atardecer y contemplar nuestra decadencia mientras bebemos con suavidad nuestra zarzaparrilla y la hamaca crepita. Casi puedes ver cómo crece el centeno al fondo, o cómo la ropa que vistes va pasando de moda entre la mañana y la noche. La narrativa de los obituarios, si ignoramos que desemboca en un instante relativamente triste, se presenta a veces tan ingrávida, que diluye la muerte en una especie de esplendor. No miento demasiado si digo que siento debilidad por ella, en el sentido que también estoy de parte del detective corrupto que tiene problemas con el alcohol y una exmujer que lo odia.

Uno de los perfiles más recordados de Gay Talese es el de Alden Whitman, periodista de The New York Times, encargado de redactar artículos necrológicos. ‘Don Malas Noticias’, tituló Talese su reportaje. Cada mañana, al llegar al periódico, Alden iba directamente a la ‘morgue’, la sala donde se archivaban los obituarios anticipados, para revisar las condiciones en las que se encontraban algunos, por si era preciso realizar algún ajuste. Algunos se habían escrito hacía mucho tiempo y requerían una ‘puesta al día’ del personaje. Talese hace notar que cuando Whitman escribía una muy buena nota anticipada, «su orgullo de autor es tanto que no ve la hora de que esa persona caiga muerta para poder contemplar su obra maestra en letras de molde». No me parece del todo mal. Su modo ingenuo de desearle la muerte a alguien era solo un asunto literario (artículo completo en El Progreso).

Foto: Gay Talese.

Top less

El editor de The Sun manejaba la creencia de que una mujer relativamente desnuda, fotografiada en la página tres del diario, te proporcionaba aplomo. La mirabas y, de algún extraño modo, ya te sentías capaz de cualquier empresa. Supongo que a ese editor le agradaba pensar que el instante de abrir el periódico americanbeautyrepresentaba el mejor momento del día para muchos lectores. Es una teoría, en fin. Hay otras. Lester Burnham, el protagonista de American Beauty, prefería masturbarse temprano, por ejemplo. “Aquí me tienen –confiesa al comienzo de la película– cascándomela en la ducha. Para mí, el mejor momento del día. A partir de ahora, todo va a peor”. Y era cierto.

Sin embargo, existen personas que ni siquiera necesitan que el mejor momento de la jornada les proporcione felicidad. Creo que estoy entre ellas. Es como si el bienestar nos dejase para el arrastre.

El desnudo de una mujer en un periódico, o de un hombre, debiera ser fruto de un penoso y largo trabajo de investigación. Recuerdo la primera vez que desabroché un sujetador. Sudaba. Entre unas cosas y otras, empleé hora y cuarto. Cuando acabé me sentí tan radiante, y destrozado, que me levanté de su sofá y me fui encantado a mi casa. En cambio, la foto de The Sun era fácil. Y así durante cuarenta años hasta esta semana, que se acabaron las gilipolleces.

Cosa distinta es cuando un desnudo es imposible, y se produce, casi como milagro, o malentendido. Hace algunos años, de visita en Florencia, una amiga me preguntó si me gustaría posar para su grupo de Bellas Artes. Acepté sin hacer preguntas. Nunca me pareció tan sencillo ganar quince euros. No tenía nada que perder. Cuando ya era tarde, supe que debía posar desnudo. Valoré la situación en décimas de segundo. No tenía escapatoria. En algunas circunstancias ni siquiera puedes ser un cobarde, así que me despojé de la ropa con decisión, como cuando vas a meterte en la ducha, casi acalorado. Cuando al fin estuve en pelotas, vi que mi amiga se acercaba corriendo, y con una discreción bastante ridícula, me susurró al oído: «¿Pero qué haces, imbécil? Sólo tenías que quedarte en calzoncillos». Y me lo decía ahora, la muy zorra.

Pensar que con su publicación el editor creía que estaba haciendo feliz a la gente te hacía recordar a Homer Simpson, cuando gritaba: «¡Oh sí! ¡Mírame! ¡Estoy haciendo feliz a la gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico que vive en el país feliz, en la casa de gominola de la calle de la piruleta!» Existe una clase de felicidad, como la The Sun, que te sume en la desolación. No hay nada más triste que un cuerpo desnudo expuesto como un trofeo. En el fondo, cuando abres el periódico agradeces encontrarte el mundo desolado, tal como estaba ayer, o peor. Te escupes en las manos, las frotas, y te pones a trabajar para mejorarlo. Sabes que eres un idiota, pero te gusta serlo. Es lo que quieres.

¿Y qué es el amor?

En una entrevista atípica, con muy poquito alcohol sobre la mesa para mi gusto, Carlos Barragán me preguntó la semana pasada, de parte de un amigo, qué concepto general del amor manejaba alguien como yo. Lo miré fijamente, incrédulo, y a continuación estudié mi copa de ginebra, medio vacía. Esto es la hostia, pensé. Y me acordé del letrero quesophia-loren6-950x514 Frank Sinatra tenía en su casa, sobre la barra de bar que había mandado levantar para no sentirse un extraño en su propio hogar: «Don’t think, drink».

En ese instante, solo deseaba saber quién había sido el hijo de puta amigo mío que había sugerido esa pregunta. Tenía varios candidatos en la cabeza. Cualquiera de ellos es bien capaz de boicotearme una entrevista. Los quiero por eso. «Ese amigo mío, tendrá nombre, ¿verdad?», le dejé caer al periodista de Highway Magazine. Pero el muy cabrón se aferró a sus secretos como si fuesen esas monedas justas que has reunido buscando en los bolsillos y los cajones para comprar un paquete de tabaco con el que salvar el día.

«¿Mi concepto general del amor, dices?», repetí para ganar algo de tiempo. Calculé de memoria que necesitaría un año, tal vez año y medio, antes de encontrar una buena frase con la que sacudirme al entrevistador. Farfullé varias veces, como si fuese idiota, mientras buscaba a oscuras. Estaba tan sobrio, que me sentí un niño que se levanta a media noche con ganas de hacer pis y tantea las paredes en busca de la llave de luz, sin hallarla. «Claro, el amor, ya entiendo», dije para mí, sin entender una mierda. Por fin encontré la vía para salir del avispero diciendo que el amor, contra lo que pueda parecer, solo tiene sentido si en algún momento se acaba (texto completo en El Progreso).

Foto: Ieri, oggi, domani de Vittorio De Sica (1963).

«Jabois, supongo»

Hace dos semanas me presenté en casa de Manuel Jabois con una botella de vodka, que en ruso significa agüita, por la afición eslava a los diminutivos. Y al humor. Me he acostumbrado a llevar una botellita de algo cuando le hago una visita, para satisfacer nuestra adicción moderada. Manuel es de esa clase de escritores que hallan sus mejores frases en mitad de la resaca, con vistas al desierto. Completamente a oscuras, escribe con las manos, tanteando la sintaxis, y de ahí su grandeza. Cuando me abrieron la puerta, apareció un señor con pelo largo, diadema y barba, que me sonaba de una novela de Edward Bunker. Iba en pijama y era evidente que no llevaba nada debajo. «Jabois, supongo», aventuré con suavidad, mientras el tipo me atraía hacia él y me abrazaba, Edward-Bunkerquizá para asegurarse de que no llevaba un micrófono encima. «El día menos pensado te pones de parte de la ley», le faltó decirme. Sin acabar de fiarme, pregunté si estaba Ana en casa, y me alejé por el pasillo mirando atrás de vez en cuando.

Me despisté medio segundo y ya tenía a Manolito en brazos, para encargarme de su educación. En esta casa es costumbre que las visitas se hagan cargo de una parte de la instrucción del chaval, y viceversa. Por desgracia, me ocurre lo que a Humphrey Bogart, que en un trance parecido, preguntó: «¿Qué se puede hacer con un niño, si no bebe?» Solo por afán de experimentar, senté a Manolito en el sofá y dejé la botella de Bagoa Doce a su alcance. «Vod-ka,vod-ka», pronuncié muy despacio, con la esperanza de que aprendiese a decir «agüita» en ruso antes que «Jabois» en gallego. Nos acercábamos al objetivo con un estilo rudimentario, cuando el padre salió de una habitación y me preguntó si me quedaba a dormir en casa. A punto estuve de decir «sí» con alegría, sin embargo, en ese instante estival y eterno que a menudo precede a los monosílabos, recordé lo que había sucedido meses atrás en aquel piso con la canguro. Me tomé algunos segundos para enfriar la respuesta y admitir que, en realidad, ya había quedado para dormir en otro sitio (artículo completo en El Progreso).

Foto: Edward Bunker.

Yo me encargo

No existen los trabajos fáciles, aunque los pueda hacer un niño de ocho años. Si te dicen «tengo un trabajo fácil para ti», recházalo. Será tu ruina. Alega que estás enfermo, o que ha muerto tu padre, o que vas a matarlo. Huye. Dirígete a la estación de autobuses. Pide un billete en taquilla. Si se ponen tiquismiquis y te preguntan a dónde, responde que lejos. Cualquier lugar es bueno para empezar desde cero, con un trabajo que no sepas hacer, difícil y sacrificado. Nada hay más comprometido que un asunto sencillo. Enseguida te traerá complicaciones. Hace un año me llamaron de una revista y me encargaron uno de esos trabajos fáciles, que, según el editor, redactas sin bajarte del autobús. «Escríbenos tu necrológica», me propusieron. Acepté encantado. Parecía un encargo sencillo. Solo tenía que resumir mi vida en cuatro pinceladas, y al final añadir la fecha de mi muerte. Ha pasado el tiempo, y ni siquiera he escrito el día de mi nacimiento. No lo encuentro por ninguna parte. El editor ya ha llamado tres veces para descartar que me he muerto de verdad. Lee Harvey OswaldSimplemente, la facilidad se ha vuelto compleja. En cambio, en el plazo que me está llevando redactar mi obituario he escrito dos ensayos supuestamente complejos.

Ya no estoy tan encantado con mi muerte como me pareció al principio. Me faltan los nervios templados de Stephen Spender. El poeta británico pasaba unos días en casa de W.H. Auden cuando éste recibió un encargo del Times para escribir la necrológica de Spender. Ni que decir tiene que, producto del desconcierto, esa noche Auden no durmió demasiado bien. De hecho, cuando por la mañana, durante el desayuno, se sentó a la mesa y tuvo a su amigo delante, no pudo sino confesar el encargo que le habían hecho en el Times. Tal vez porque lo único que tenía era hambre, y no desasosiego, le preguntó a Spender con cierto desenfado: «¿Hay alguna cosa en la que te gustaría que pusiese énfasis?». Después de todo deseaba que la nota necrológica quedase bien. Stephen Spender se encogió de hombros. No sabía bien qué decir. Su vida no era gran cosa. Se abrigó en el silencio, invernal y espeso, y agachó la cabeza. No sabía si confesarle a su amigo Auden que él ya había escrito su necrológica por encargo del mismo periódico.

No todo el mundo vale para escribir una necrológica. Aunque sea la suya. Ni siquiera todo el mundo vale para colgar un cuadro en la pared. Hace unos meses me ofrecí voluntario a mi hermana para colgarle un cuadro que acababan de regalarle. «Yo me encargo», dije con enorme pasión. A la tarde siguiente aparecí con un taladro prestado, una broca del cinco, tacos del cinco, tornillos del cinco, alcayatas del cinco. Todo del cinco, lo que le dio pie a mi cuñado para hacer varias veces la misma broma. Esa noche había Champions, por la mañana había estado leyendo a Sibylle Lewitscharoff y, por lo demás, también había dormido una buena siesta. Era el día perfecto. ¿Quién me iba a decir a mí que me arrepentiría? Naturalmente, no tuve presente aquel consejo que daba Antonio Machado en su Juan de Mairena: «¡Es tan fácil no escribir un drama trágico en cinco actos!». Es esa clase de observación audaz que vale para la literatura, pero que, si aciertas a traducir a taladros y brocas, también resulta útil en el bricolaje.

La tarde adquirió aspecto de error imperdonable cuando me dejaron a solas. No me gustan lo observadores. En el momento menos oportuno, con las manos cruzados, elaboran frases del tipo «¿has medido bien?», «¿eso no estará torcido?». Antes de ponerme manos a la obra tuve la prudencia de abrir la nevera y beber dos cervezas para enfriar el pulso. A continuación monté el taladro con la liturgia de un francotirador. Incluso tuve un breve pensamiento para Lee Harvey Oswald, al que imaginé ensamblando su rifle Mannlicher Carcano antes de armar aquel fregado en Dallas, tan serio. Solo eché de menos disponer de un cigarro, pero lamentablemente no fumo. En ese instante, tener algo que fumar me pareció lo único importante en la vida. Mucho más que colgar un cuadro en la pared. De pronto, experimenté un desprecio insoportable por los agujeros y por las medidas, así que agujereé deprisa, y a ojo. El resultado fueron unos agujeros holgados, por los que entraba un dedo. Y parecía fácil, joder.

No sabía cómo llamar a aquel trabajo. Pero llevaba mi sello. Sospecho que no tenía nombre. Me hizo pensar en aquel joven que un día se acercó a Balzac para pedirle consejo sobre cómo titular una novela que acababa de escribir. Balzac lo miró en secó y observó: «Muy fácil, ¿sale algún tambor?». «No». «¿Y alguna trompeta?». «Tampoco». «Pues entonces está clarísimo… Sin tambores ni trompetas».

Foto: Lee Harvey Oswald

Artículo publicado en El Progreso

El ostracismo hipnótico

Toda esa gente que se pasa el día haciendo cosas interesantes, agobiada porque la vida le parece corta, es para matarla. En realidad, la vida nunca resulta tan larga como las tardes en las que no haces nada, y te aburres melancólica y lentamente. A veces hay que aprender a decir «no» a una empresa tentadora y arrojarse a los brazos del tedio. Juan March, pensando que Julio Camba no sabría rechazar una oferta así, arrebatadora y locuaz, en su día le propuso al periodista influir para que considerasen su ingreso en la Academia de la Lengua. «¿Académico de la Lengua?», preguntó Camba asustado, casi con asco. «Prefiero que me compre usted un piso», le confesó. La RAE, con sus miembros egregios envueltos en disquisiciones apasionantes sobre un participio, no era la clase de sitio para alguien como Camba. En el fondo, March lo sabía, y aunque rechazó comprarle un apartamento, le pagó de por vida una habitación en la última planta del Palace. En uno de sus artículos londinenses, el columnista lo admitía abiertamente: «Yo no soy capaz de un esfuerzo continuo; sí lo soy de un esfuerzo intenso. En vez de trabajar en frío y sin interrupción Extraños en un trendiez horas seguidas, como una máquina o como un inglés, yo concentro todas mis energías en una hora fecunda, y la resultante es igual. Allá, en España –le decía a un colega británico– hay años que no está uno para nada».

Me gusta vivir sin saber qué voy a hacer esta tarde, a eso de las seis. Eso si hago algo. Me ponen nervioso las personas que perseveran en hacer cosas, como si fuesen alfareros, así sea sábado a las seis de la tarde. No es que yo sea un psicópata, o algo por el estilo, al que le gustaría rascarse los huevos aburridamente. Aunque algo de eso hay. Pienso en el comienzo de Extraños en un tren, cuando Bruno Anthony aborda al famoso tenista Guy Heines, con quien comparte vagón, y le declara su admiración: «Lo he visto ganar contra Faraday la temporada pasada. Entró en las semifinales, ¿no? Realmente admiro a la gente que hace cosas», dice. El apuesto Guy se resta méritos. No fue para tanto. Pero Bruno insiste: «Debe ser excitante ser tan importante». A lo que su interlocutor responde que un jugador de tenis no es nada del otro mundo. Bruno, que al contrario que yo sí es un psicópata, zanja el asunto con una confesión atroz: «La gente que hace cosas es importante. Yo nunca hago nada» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Extraños en un tren, de Alfred Hitchcock (1951).

Directamente desde el bar

A la columna de un periódico nunca está de más llegar desde el bar. Creo que es bueno para la columna. No importa si eres el tipo que la escribe o sólo el que la lee. En ambos casos el bar aquilata la pieza. En los años cincuenta, cuando Dean Martin actuaba en hoteles de Las Vegas, una voz en off lo presentaba anunciando: «Señoras y señores: el hotel Sands se enorgullece de presentarles a la estrella de nuestro espectáculo directamente desde el bar». Todos debiéramos llegar a nuestro destino pasando por un bar previamente. La barra te da aplomo. Nunca hay que entrar frío en la columna. Corres el peligro de empezar hablando del gobierno, que es un error imperdonable, además de una vulgaridad. Primero entras en el bar, digamos, y después entras en materia. Si tienes suerte, y eres el que escribe la columna, el propio bar te proporciona el tema, si no tienes. Cuando finalizó la primera guerra mundial, y Julio Camba pudo reanudar sus viajes por Europa, decidió tomar el pulso a la Inglaterra post-bélica dirigiéndose a un bar.Dean Martin Ni a Buckingham ni a Westminster. Eso le ayudó a encontrar una de las primeras frases más bellas de nuestro columnismo: «Inglaterra seguía bebiendo».

Los días tienen sus trámites. Madrugar a eso de las once, desayunar copiosamente, en bata, llamar al trabajo para avisar del retraso y que te dé tiempo a pasar por el bar, como Dean Martin. Y ahí, acodado, te aclimatas lentamente y lees tu columna preferida. O la escribes. Hace un par de semanas, precisamente en un bar, le comenté a un amigo que igual me iba a El Progreso. Me miró como si hubiese dicho que me iba a pique. «¿Y qué vas a pintar tú en Lugo?», escupió. Admito que me encogí de hombros, inseguro. Eso le dio tiempo para sacarme un trapo sucio: «¿No fue ahí donde te dio unas hostias aquella tía?». Me tomé un par de segundos para precisar, abandonando temporalmente el silencio, que no fueron unas hostias, en realidad. «Simplemente me arrancó cuatro botones de la camisa, por error. Pero sí, fue ahí». Se trataba de mi segunda visita a Lugo, y el caso es que estaba yo otra vez en un bar. Era sábado, como hoy. Yo sólo voy a Lugo los sábados, por lo visto. Me gusta pensar que tiene algo que ver con Novoneyra y esa historia que cuenta Francisco Umbral en La noche que llegué al café Gijón. Uxío era «un gallego grande y lento, un sancristobalón de los bosques celtas, un hombre de mirada llorosa, bigote empastado y conversación melancólica», y durante su estancia en Madrid, cada vez «mejor poeta y más acendrado y solitario», se enamoró de una tal Terele Pávez, y en una ocasión le hizo un poema donde le decía: «Eres tan sábado…» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Dean Martin.

«Come pan»

Yo he hecho dos veces el ridículo con sincero énfasis, incluso con cierta clase. Naturalmente, sin énfasis, y sin clase, han sido muchas más. No sé contar. Muchasísimas, una temeridad. Pero en esas dos ocasiones, hubo algo especial. En realidad, todo ocurrió bajo la convicción de estar acertando. Hace unos meses, entré en directo en una radio para hablar de El váter de Onetti. La periodista hizo una hermosa entradilla que casi me hace creer que sabía escribir. Ofreció unas pinceladas sobre algunos episodios míos en discotecas, y detalló, para engordar mi importancia, más bien flacucha, los libros que había escrito. En el segundo que me cedió la palabra para el saludo, me pareció oportuno corregir un pequeñísimo dato, insignificante, pues me había atribuido un título del que yo no era autor. No se trataba sino de un error leve, pero callar cuando te atribuyen un libro ajeno es, de algún sentido, como robar. En ese instante, pensé en el día que una cajera de Carrefour me devolvió diez euros de más. Con la diferencia de que en una ocasión así te callas. Sólo piensas en salir rápido del supermercado y despilfarrar los diez euros. Como si tuvieses más. Hecha la precisión, ella se disculpó y yo, a solas por fin con mis libros, me sentí ligeramente aliviado. Creo que fue como la vez que gay-talese-01Josep Pla, al tercer día de su llegada a Andratx para pasar unas vacaciones con los Porcel, en 1965, escribió con fina sobriedad en su diario: «Hoy me he aclimatado (porque he ido al váter)».

Finalizada la entrevista, regresamos al tuteo y la periodista dijo que no sabía por qué, pero estaba casi segura de haber leído en algún sitio de fiar lo de «ese libro». Dibujó, con una sonrisa rota, un mapa de su desconcierto. Me empezaron a entrar las dudas y rápidamente se me contagió su turbación. Tan pronto abandoné la emisora, llamé a casa por si a alguien le sonaba que yo hubiese escrito aquel libro, después de todo. Me confirmaron que sí. «Por qué lo preguntas», quiso averiguar mi madre. «Por nada», le expliqué, y colgué.

Estas cosas pasan, me dije para animarme. Y de pronto, recordé que venían de familia. Mi abuelo se llamaba Silverio Tallón Reigada, y un día apareció un mensajero con un paquete para Silverio Tallón Núñez. «Hay algún error», dijo mi abuelo, gruñando. «Aquí no existe ningún Silverio Tallón Núñez. Yo soy Silverio Tallón Reigada, para servirle». Trabajaba en el registro y presumió de conocer a más de cinco mil personas por sus nombres y apellidos. Afortunadamente, en ese momento pasaba por allí una vecina, que le alertó de que a ver si Silverio Tallón Núñez, más conocido como Pepe, iba ser su hijo. Sí, era.

Ya me había repuesto del ridículo, cuando hace un par de semanas me llamaron de un periódico. «Y dime, qué es eso tan importante que hace un escritor todos los días», preguntó. No sé que clase de respuesta esperaba, pero yo no tuve ni que pensarla. «Salir a comprar el pan». En la infancia, mi madre se pasaba las comidas diciendo «come pan». Mi hermana y yo nos hicimos a la idea de que no comer pan era de mala educación. Aprendimos que la vida no tenía sentido sin pan. Te despistabas metiendo dos bocados seguidos al bistec, y ya oías aquella voz: «Come pan». Desde entonces, nada es lo bastante importante en mi vida que no pueda salir antes a comprar una barra. Ni siquiera escribir. Es un ceremonia lo suficientemente ridícula como para ser sustancial. Las cosas importantes, a la postre, no son sino una suma de cosas intrascendentes. Como cuando Gay Talese dice que no puede escribir sin un traje de tres piezas, reluciente. Yo, así, no sabría ni escribir mi nombre. Como mucho, me vestiría así para mi entierro, y aprovechar una camisa color salmón que tengo.

Foto: Gay Talese.