Instrucciones para ordenar la mesa

Algunos días la vida entera desemboca en tu mesa de trabajo, en la que se agolpa un caos apremiante, que hace chispas. Montañas de carpetas, anotaciones inservibles en post-it, columnas de libros que imitan a los ladrillos, cervezas casi vacías, portarretratos, el teléfono, lápices, libros abiertos boca abajo, unas pocas monedas, bolígrafos sin tapa, tazas de café, fundas de gafas, cucharas, unos auriculares, tapas de bolígrafo, velas, el ordenador portátil, libretas abiertas y cerradas, cables, un ejemplar de recuerdo del Frankfurter Allgemeiner Zeitug, una pala de juguete de tu hija o, en las peores horas, un martillo y un trapo con la piel de una manzana. Todo cae ahí, lenta y peligrosamente, casi a escondidas, hasta que la visión del desorden se vuelve hostil, y te paraliza. mesaPrimero no era nada y a continuación ya era una bomba haciendo tic tac que desmoraliza a cualquiera, igual que las mañanas que te levantas jovial, subes la persiana, y al ver la calle mojada apenas encuentras fuerzas para balbucear un «llovió», y aplazar todos tus planes. Solo sabes que todo sucedió delante de tus narices, y que no lo viste llegar.

El desorden busca en sigilo las horas del hastío. Te vigila, y cuando bajas la guardia, ataca. Equivale a una lluvia para el interior de las casas. Bastan unos ratos de apatía, o que pienses que tienes cosas más importantes que hacer que devolver las cosas en su sitio, para que tu mesa se llene de objetos. Se posan y dicen «me quedo, yo soy de aquí». En cierto sentido, es un motín. La revuelta la lidera a veces un libro que tomaste de la estantería a la búsqueda de un subrayado que le hiciste hace años a una página. Ese libro llama a otro, pariente lejano, y en el que persigues una pasaje que case con el anterior, y ese libro reclama un lápiz, y un lápiz lleva a un marcapáginas, y este a un café recién hecho, y el café a unas migas de galleta, y esta a una idea, y la idea exige un post-it, rápido, así sucesivamente hasta que se declara la guerra ante tus narices (artículo completo en El Progreso).

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Las cosas quieren ser personas

Quién no guarda unas zapatillas que nunca se pone, o libros que jamás volverá a leer, doblados por el lomo, de la artrosis, o camisetas pequeñas, viejas, agujereadas por un porro, que un día fueron sus favoritas, o un mechero sin gas, con su nombre grabado, aunque ya no fuma, o un souvenir ridículo de un viaje perfecto a Roma, o un teléfono en desuso, o bolígrafos que no escriben, o libretas con notas que no cuentan nada, o gafas pasadas de moda por las que ya no ve con claridad, o un New Yorkercarné de conducir caducado que no sirve para circular, o una carta de una expareja a la que a la que hace quince años que no ve, o un ordenador que ya no arranca, y que en su interior guarda la primera tentativa de escribir una novela, influenciada por Umbral…

Son objetos muertos, tiesos, anónimos, a los que le chupamos toda la sangre, que sin embargo son depositarios de una biografía, digamos, doméstica. En concreto, de nuestra biografía. Resisten al paso del tiempo, y a la llegada de lo nuevo, en cajas que a veces guardamos debajo de la cama, o en el trastero, pero también viven a cuerpo en estanterías o, por qué no, encima de la mesa del salón, para que se vean bien. Representan eso que bien podríamos llamar porquería, a la que otorgamos gran valor, y que somos incapaces de tirar. En el fondo, la amamos. Es algo impenetrable, hosco, como tantas otras cosas que nos resultan cercanas.

Todas las casas, por pequeñas que sean, refugian objetos inútiles. Nos negamos a deshacernos de ellos bajo la ilusión de que tal vez un día renazcan y cumplan otra vez un cometido trascendental. Bien puede ser –pensamos en ocasiones para consolarnos– que de repente algo que no poseía ya relevancia alguna, en un instante bellísimo, inesperado, la adquiera.

(artículo completo en El Progreso).

Siempre nos quedará Playboy

En cuarenta años de carrera, John Cheever (1912-1982) publicó ciento veintiún relatos en el New Yorker, alguno de los cuales se consideran obras maestras, como «La monstruosa radio», «La geometría del amor», «Tiempo de divorcio» o «El nadador». Harold Ross, fundador de la revista y hombre poco dado a romper la distancia que mantenía con los colaboradores, lo felicitó por escrito en varias ocasiones. Los logros literarios de Cheever fueron completos, pues no estuvieron, que se diga, exentos de frustraciones. No basta con triunfar para tener éxito, sino que además se requiere fracasar, y él supo hacerlo. Publicar ciento veintiún relatos obligó a los editores de ficción de la revista a rechazar muchos otros. Los rechazaron a lo largo de cuarenta años, Cheevercuando el autor aún estaba empezando, en la década de los treinta, y cuando ya era celebrado como uno de los mejores escritores de cuentos del siglo, en los setenta. El autor se sintió muchas veces maltratado por la revista, que imponía límites a los autores —sobre los temas, el lenguaje utilizado y la extensión de las obras— que en su opinión reducían su obra a «una pequeñez despreciable», observa en sus diarios. En 1968, cuando escribió «La habitación amarilla» y le fue devuelto, según el editor de ficción en ese momento, William Maxwell, porque «el narrador del relato es un tipo bastante anodino», Cheever optó por dar un giro cualitativo a su carrera, y envió el texto a Playboy, que lo publicó sin rechistar. Fue su debut en la revista de Hugh Hefner. «Pagan bien y son muy amables», le confesó a un amigo por carta. Y además, «las tetas no distraen más que los anuncios de fajas del New Yorker». Bajo la satisfacción latía, sin embargo, una enorme tristeza (artículo completo en Jot Down).

John Cheever (Foto: Getty).

«La novela está muerta»

CADA VEZ QUE un escritor dice «La novela está muerta» ocupa varios titulares y provoca uno de esos incendios divertidísimos que se apagan con la punta de un zapato, desde el bar, sin soltar la botella de cerveza. Entre escritores no está mal visto afirmar que la novela murió, y a continuación ponerse a escribir otra novela como si nada. Ni siquiera se trata de una incoherencia digna de mención. Tom Wolfe, Milan Kundera, Roland Barthes, Félix de Azúa, Michael Hirst o Eduardo Mendoza son solo algunos de Tom-Wolfe-006los autores que han alegado, en un sentido u otro, que la novela está muerta, haciendo un alto en la novela que, tal vez, estaban escribiendo en ese mismo momento.

Pero la vida sigue, como si la muerte no fuese el final de nada. En último caso, supongo, se pueden escribir novelas muertas sin que ello impida que a la vez sean obras maestras. «La novela está muerta» solo es una frase más. Incluso podría ser una buena frase para empezar una novela. Recuérdenme que comienza así mi próximo libro.

Tampoco representan una rareza esos otros individuos, a menudo también escritores, que afirman que leer novelas es una pérdida de tiempo de puta madre. Benjamin Disreali decía que cuando necesitaba leer un libro lo escribía, y así se ahorraba algunos sinsabores. Sánchez Ferlosio, por su parte, no tiene reparo en admitir que pocas cosas le aburren tanto como leer novelas, y desde luego escribirlas. Puede presumir de coherencia, pues hace décadas que como autor no frecuenta el género. Nadie fue más contundente, sin embargo, que Josep Pla. Es célebre ese momento de A fondo, el programa de entrevistas que conducía Joaquín Soler Serrano, en el que el escritor ampurdanés afirma: «El hombre que lee novelas a partir de los 35 años creo que es un cretino. ¿No lo cree usted?» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Tom Wolfe (por Jack Robinson).

Muertos porque sí

En la larga historia de las muertes porque sí, de vez en cuando me acuerdo del texto que Borges dedicó a Billy the Kid en Historia universal de la infamia. Constituye una muestra del poder absoluto de la literatura, capaz de tomar un hecho horrible, y Billycon ese horror, lleno de esquinas, debidamente destilado, crear un relato de una belleza redonda. Da que pensar.

Ahí dentro, pues el relato parece escrito desde el infierno, a una temperatura que lo tiñe todo de un color rojizo, se percibe exactamente qué es una mente criminal, y cómo actúa al margen de cualquier lógica o compasión. En manos de Borges, esos acontecimientos se vuelven atroces y fascinantes. Algunos detalles carecen del rigor de los hechos reales, que sólo el paso del tiempo han ido revelando, pero él los hace susurrar. Y si un texto de ficción susurra, es que dice la verdad, como en ese instante en el que, abatido Billy the Kid por un disparo de Garret –que sacó el revólver sin levantarse de un sillón de hamaca– su cuerpo se desploma del caballo. La agonía «fue larga y exclamatoria», y sólo cuando ya el sol estaba en lo alto en lo alto, los vecinos se acercaron con precaución al cadáver. Es el momento en que Borges escribe, o susurra, una verdad como un templo, pequeñísima pero indestructible: «Le notaron ese aire de cachivache que tienen los difuntos».

(artículo completo en El Progreso).

Qué bello es odiar

No se puede vivir sin aborrecimientos. Hay que odiar algo, cualquier cosa. De lo contrario, la existencia se vuelve demasiado larga y saludable. Truman Capote y Gore Vidal lo sabían, y por eso abrillantaban su enemistad cada poco. El odio que los unía representa uno de los más genuinos, inteligentes y bellos que ha dado la literatura. No dejaron que una sola vez se posase el polvo sobre su animadversión. Gore-Vidal-y-Truman-Capote.-Fotografías-Corbis.Fue un odio feliz. Incluso el día de la muerte de Capote, en 1984, la voz de Gore se alzó para felicitarlo: «Buena decisión profesional».

Antes de odiarse intentaron llevarse bien, pero los dos tenían el mismo sueño: ser el mejor escritor y la estrella más célebre. Capote, nacido en 1924, y Vidal, uno después, se conocieron en diciembre de 1945 en el apartamento de Anaïs Nin, en Nueva York, señala Gerald Clarke, biógrafo del autor de Desayuno en Tiffany’s. Se acercaba la Navidad y la escritora decidió dar una fiesta. «Cuando sonó el timbre, fui a abrir —escribe Nin en su Diario—. Vi a un joven pequeño y delgado, con los pelos caídos sobre los ojos, que me dio la mano más suave y huesuda que me hayan dado jamás. Era como la de un bebé escondida en la mía». Se trataba de Capote, que minutos después estrecharía la mano vigorosa de Vidal, un tipo que, al contrario que él, era alto, rubio y guapo. A pesar de sus diferencias físicas, mostraban importantes similitudes: sus madres eran alcohólicas y ellos se creían abandonados emocionalmente; se sentían atraídos por los hombres y, sobre todo, ambos ansiaban fama y prestigio (artículo completo en Jot Down).

Soy un gilipollas

En algún momento nos pareció que ir a casa de un amigo, hacernos un bocadillo de Nocilla con chorizo y dejar el suelo o la colcha llenos de migas mientras conversábamos, era un derroche de tiempo. Entonces empezamos a llamarlo por teléfono a todas horas, aunque no hubiese nada nuevo o interesante que decirse. Nuestra madre nos fulminaba con la mirada, pero qué importaba qué pensasen las madres. Qué sabían ellas de la vida. Tomábamos el teléfono, que estaba en el salón, y si el cable era largo, nos íbamos con él a nuestra habitación. Nos sentábamos en el suelo y hablábamos durante duras sobre asuntos de la máxima intrascendencia.

Las tarifas planas estaban por inventarse, y desde el otro lado de la puerta oías a tu madre susurrando «cuelga, que va a llamar alguien». No le hacías caso. Si obedecías a tu madre a la primera emitías una mala señal, como que irías por el buen camino. Media hora más tarde, esa señora, es decir, tu madre, tocaba en la puerta con los nudillos. «¿Pero sigues hablando? ¡Te he dicho que cuelgues!», insistía. Esta vez su tono era más elevado y rasposo. Al otro lado de la línea, tu amigo preguntaba si esos gritos eran de tu madre. «Está buena, pero es una pesada», añadía, y tú te quedabas callado, enfadado y satisfecho al mismo tiempo de lo que acababa de decir (artículo completo en El Progreso).

«Al habla Thomas Pynchon»

En un local madrileño de la calle Escalinata, que ya no existe, conocí hace algún tiempo a un técnico de sonido estadounidense que se llamaba Mackenzie, de apellido. Tenía sesenta y seis años, y durante una breve época vivió en Manhattan Beach, en el condado de Los Ángeles; después se trasladó a la costa este. Un día recaló en Jerusalén, para reencontrarse con su pasado, y nunca más regresó a Estados Unidos. A los pocos años acabó en España. Me contó que en una ocasión se encontraba tirado en el sofá de casa, durante el período que vivió en California, bebiendo cervezas sin un sentido claro, Pynchoncuando llamaron a la puerta. Se levantó y abrió. Se encontró a un joven de unos veintipico años, feo y simpático, por ese orden. Entonces, Mackenzie tenía veinte, era huérfano y compartía piso con un par de músicos. «Han dejado una carta por error en mi buzón. Pone esta dirección. Yo vivo ahí enfrente», dijo el joven, que se llamaba Thomas.

Mackenzie se encontró un par de veces más con él. En una de ellas, incluso le ayudó a subir una mesa de madera a su casa. Al acabar, lo invitó a una cerveza y, cuando le preguntó a qué se dedicaba, Thomas le contó que era escritor. En efecto, había una máquina de escribir en el salón, y a su lado un montón de folios, perfectamente apilados, ya escritos. «En el primero, a la vista, leí lo que me pareció que podía ser el título de un libro, pero cuando pretendí ir más allá, y leer las primeras frases, se acercó y me disuadió con un “No toques eso, por favor”» (artículo completo en Jot Down).

Una fiesta sin fin

La tarde avanzaba a pequeños pasos, para no tropezar con la luz. Esa melan-colía con la que sucedían las cosas en Francia fascinaba a Jay, que encendió un cigarrillo y reclamó otro whisky canadiense con vermut rojo y una gota de angostura. Lo hizo con un gesto americano, sin traducción al francés, pero que el camarero Gatsby-Bovarydel Ritz entendió a la primera. En espera del whisky ojeó Le Petit Journal y reparó en una de esas noticias pequeñas que escondían a propósito para que no pasasen desapercibidas. El ilustre tenor Edgar Lagardy, según la nota, cantaba al día siguiente en Ruán, al noreste de París. No habría más que una función, y después se iría con Lucía de Lammermoor a Inglaterra, donde estaba contratado “por unos grandes emolumentos”. El magnate estadounidense había leído historias increíbles sobre Lagardy, del que decían que viajaba con tres amantes y un cocinero, y que disfrutaba tirando el dinero y la salud por la ventanilla. No podía perder la ocasión de escucharlo y lo organizó todo para salir esa misma tarde (artículo completo en El País).

El bigote de Borges

En Argentina se está librando un intenso debate sobre si mantener a Borges en su formalismo, dentro de un recipiente de formol, o desacralizarlo. María Kodama, su viuda, es su guardiana feroz. Se enfada y pone a sus abogados a trabajar cuando alguien crea a partir de Borges, en lugar de rezarle dos padrenuestros, y dejarlo donde está. Su última víctima es Pablo Katchandjian (1977), que en 2009 escribió ‘El Aleph engordado’, basado en el cuento de Borges sobre la experiencia mística vivida Borgespor su protagonista en la casa de Beatriz Viterbo. Katchandjian, que había hecho algo parecido con el ‘Martín Fierro’, ordenando sus versos por orden alfabético, añadía en su experimento 5.600 palabras al texto original de Borges, que tiene unas 4.000.

El proyecto nació del modo más simple. “Un día, de la nada, escribí en mi libreta: ‘Engordar textos -p.ej. ‘El Aleph’’ Unos meses después empecé a hacerlo. Y fue bastante trabajoso, porque quería permanecer en una posición intermedia al engordar: no ser yo ni tratar de ser Borges, es decir, no perderlo a él ni perderme a mí. Sí deslizarme a veces más para uno y otro lado, pero sin llegar a ser paródico -porque no quería eso- ni tampoco, digamos, hostil y agresivo -ya que el texto me estaba recibiendo, había que ser amable”, cuenta el autor en una entrevista en ‘La Tercera’.

La reacción de Kodama, heredera única de los derechos de Borges, fue interponer una querella por plagio. Los jueces absolvieron a Katchadjian en primera instancia, los abogados de Kodama apelaron y la causa llegó a la Cámara de Apelaciones, que confirmó el sobreseimiento. Kodama apeló nuevamente y la Cámara de Casación decidió dar salida a la querella. El pasado 18 de junio, el escritor fue procesado (artículo completo en El Progreso).

Diga ‘No’

Umberto Eco suele decir, no sé si para provocar, que escribió El péndulo de Foucault con el propósito de que los lectores, al acabar de leer la novela, se arrojasen por la ventana. No me parece mal. Hasta lo considero legítimo. Un libro siempre debiera producir un efecto inesperado en la persona que lo lee. En unas instrucciones de Julio Cortázar para tener miedo se encuentra un párrafo en el que se detalla que existe una aldea en Escocia donde venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si el lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere sin solución, porque no hay otra alternativa. Me parece fascinante. Ojalá fuese cierto. Resulta agradable la posibilidad de que un libro, un simple libro, un libro de mierda, por así decir, pueda de algún modo Cortazarmodificar la tranquilidad en la que se sitúa por momentos la vida de los lectores. Podemos calcular que un libro no conseguirá vencer a un tanque, o a un bombardero, pero tal vez persuada al piloto de apuntar mal, ¿no? Un libro debería siempre envenenarte, y a poder ser, elevar ideas nuevas y extrañas a tu cabeza. Enloquecer, en fin.

Si eres el autor interesa también que la obra produzca efectos serios, desgarradores. Forma parte de tus obligaciones subir la apuesta en cada libro, exponiéndote a la bancarrota. Un escritor es alguien que se ríe de la bancarrota y de su puta madre. Su obligación es escribir mejor, y consumirse en el intento. A aquellos que soñaban con ser escritores William Faulkner les proponía una fórmula de enunciado sencillo, fácil de confundir con lo difícil: “Sueña siempre y apunta más alto de lo que sabes que puedes hacer. No te limites a ser mejor que tus contemporáneos o tus predecesores. Intenta ser mejor que tú mismo. El artista es una criatura movida por los demonios”.

Si la escritura te expone al riesgo, y no es complaciente, y no busca el aplauso, siempre te servirá, aunque fracases, para decir ‘no’. Un escritor debería ser un individuo, en líneas generales, que casi siempre dice no. No al poder. No al dinero. No a la fama. No a los premios y reconocimientos. No a los horarios. No a la compañía de otros escritores. No al agua natural. No incluso a escribir, aunque como la literatura es una enfermedad incurable, no tiene más remedio que hacerlo.

Una de mis historias preferidas de ‘noes’ remite al encuentro entre Marcel Proust y James Joyce el 19 de mayo de 1922 en el Hotel Majestic de París, durante un homenaje a Stravinsky. El diálogo fue más bien rudimentario, presidido por el silencio y los monosílabos. Cuando apareció Proust, el autor dublinés ya estaba completamente ebrio. No había parado de beber desde que había llegado a la fiesta. Y eso que cuando se presentó en el Majestic ya estaba borracho. Existen varias versiones de lo que hablaron entre sí. Todas coinciden en que esa noche nada fue inmortal. Y menos que nada, la conversación entre ellos. La palabra dominante fue «no». Proust le preguntó si le gustaban las trufas servidas esa noche, y Joyce respondió que no. Proust insistió, y se interesó por si conocía a uno o dos aristócratas de entonces. Joyce respondió que no. En vista del rumbo que tomaba la cita, la organizadora de la fiesta, Madame Schiff, intentó mediar y preguntó a Proust si conocía o había leído el Ulises de Joyce. Naturalmente, Proust respondió que no.

Foto: Julio Cortázar.

Una victoria de mierda

A todos nos ha pasado creer que no sucede nada porque la noche antes de participar en un evento importante nos tomemos una copita de algo. Sólo es una copa. Y después a casa a dormir plácidamente. Este domingo, un amigo y yo corríamos la Carrera de San Martiño, una prueba exigente de diez kilómetros que sólo pretendíamos acabar, sin más. No nos pareció que nuestro objetivo se pusiese en riesgo por que el sábado, después de cenar, nos detuviésemos a tomar un gintónic y hacer eso que, los que sí ambicionan la victoria, llaman «visualizar» la carrera. Aquel combinado nos supo especialmente bien, así que pedimos una segunda ronda. Más información

El autor es Manuel Jabois

Iba a ser un día normal, un sábado cualquiera, una mañana común y tranquila, con periódicos, tostada y café, paseo sobre las aceras mojadas y a última hora seguramente algo de etcétera, pero entonces abres aquel libro que esperaba desde hacía meses a que lo cogieran unas manos, y ocurre. Ocurre como ocurren las cornadas, o como ocurre el derrumbamiento de un edificio en ruinas. Todo el mundo lo veía venir, pero cuando viene, todo el mundo está sorprendido. Enseguida adviertes que estás secuestrado por la prosa, amordazado por la metáfora. No tienes miedo, claro. Tal vez es síndrome de Estocolmo. Quién hostia sabe… Experimentas asombro ante la complejidad de los engranajes que sostienen unidas unas palabras a otras, y que hace que todo parezca simple, auténtico, de día de semana. Pero es sábado, y autor es Manuel Jabois, coño.

Calzoncillos para el desahucio

Juan Rulfo escribió Pedro Páramo de tal forma que la novela sólo se entendiese después de leerla tres veces. De hecho, si se entendía a la primera o a la segunda es que no se había entendido nada. Hay un tipo de conocimiento imposible de digerir si antes no se vomita, se ingiere de nuevo, se vomita, se ingiere, se vomita, etcétera. Esta dificultad para advertir algunas de las cosas que ocurren delante de nuestros ojos es lo que nos ha impedido ver en un tiempo razonable que el desahucio es un crimen. No hay una idea única de desahucio, sino varias, aunque todas comparten sadismo. Digamos que los desahucios tienen varios planos atroces. Está el desahucio de tu vivienda que impulsa el banco, que como decía Dickens, te presta un paraguas nuevo cuando llega el verano, y te lo reclama cuando comienza a llover. Mientras llenas una maleta con una camisa y un par de calzoncillos, y piensas desesperado dónde vas a pasar esa noche y todas las noches siguientes, los responsables de las administraciones permanecen reclinados en el asiento, con los pies sobre la mesa, para favorecer la circulación.

Hasta ahora, los gobiernos creían que el desahucio era en el fondo un problema entre el ciudadano y el banco, en el que se vulneraban ciertas cláusulas de un contrato que, después de todo, está para cumplirse. En ninguna medida los gobiernos se sentían culpables. Ni siquiera concernidos. Su actitud huidiza recuerda mucho a P`tit Louis, un criminal de tercera división que George Simenon hace aparecer en Un hombre en la calle, y que durante el interrogatorio excusa el crimen con un razonamiento, digamos, gubernamental: «Le juro que no fue culpa mía si se me disparó el arma. Supongo que fue el frío lo que hizo que el dedo apretara el gatillo».

En realidad, los gobiernos están ocupados ejecutando también sus propios desahucios. Cuando naces en este país, pero acabas huyendo de él porque toda expectativa de supervivencia está fuera, lejos, experimentas una modalidad de desahucio. Hay que reconocer que esta variante de «patada de estado», en algunos casos, se vuelve una ventaja. Oscar Niemeyer lo explicaba muy bien cuando relataba cómo el exilio, en su caso, modificó su vida para bien: «Sin saberlo, los militares me dieron una de las mayores oportunidades de mi vida: ejercer en el extranjero». Si decidimos quedarnos, y sobrevivir en nuestro desierto, saltando de oasis en oasis, o pasando de un espejismo a otro, también los gobiernos nos desahucian. Nos desahucian de la sanidad, de la educación, de la cultura que un día conquistamos. Cuando ves a estos fulanos actuar en favor de la banca y contra los ciudadanos, te recuerdan mucho a José Solís Ruiz, el ministro de Franco que pasó a la posteridad por decir que «la juventud española lo que necesita es menos latín y más deporte». Afortunadamente, un catedrático de Latín le recordó que «gracias al latín, señor ministro, a los hijos de su aldea, a los hijos de Cabra, les llamamos egabrenses».

Foto: Juan Rulfo.

En la barra de un bar

La verdadera dimensión de un pueblo viene dada por su capacidad para divertirse. Tal vez estemos en las últimas, como indican todos los datos, incluso es posible que seamos fantasmas, pero aún así, no veo la tragedia por ninguna parte. Frente a los problemas, lo importante no es disponer de una salida sino evitar la preocupación. Desdramatizar. Nada es grave si conseguimos pensar en otra cosa. Hace tiempo que este país sabe que la velocidad a la que vamos llegaremos enseguida al siglo XIX. También somos conscientes, por fortuna, de que cualquier angustia se diluye sobre la posibilidad de una buena comida o una barra de bar. Lo sabemos desde nuestra prehistoria, probablemente. Somos así. Recuerdo una viñeta memorable de Chumy Chúmez en la que aparecían dos niños saliendo de la escuela, y uno le decía al otro que «si no fuera porque piden fechas, la historia de España sería sencillísima, porque es siempre lo mismo». Esta dialéctica de la repetición se agudiza. Nosotros somos así hace mucho tiempo. No están los días para poner en riesgo a felicidad.

¿Crisis económica? ¿Crisis financiera? ¿Crisis social? ¿Crisis total? Gilipolleces. El fracaso, cuando es un fracaso rotundo, severo, sin barnices, siempre tiene dignidad, y sobre sus ruinas –si los escombros y la basura son buenos– florecen los frutos. Las sociedades felices no son tanto aquellas que incrementan sin parar su PIB, como las que, con los índices macroeconómicos hundidos, con una población desahuciada, tienen los bares llenos. He ahí el secreto. Hay que convocar a la sordera. César Aira sostiene que, cada vez que el motor de su automóvil hace un ruido extraño, sube al máximo el volumen de la radio para conjurar la avería. A veces da resultado.

Foto: Chumy Chúmez.

Escupir de lado

Nunca conseguiré escribir la novela que tengo en la cabeza porque esa novela debería arrancar con la siguiente frase: «Aquí me tienen, cascándomela en la ducha. Para mí, el mejor momento del día. A partir de aquí, todo va a peor». Pero esta frase, lamentablemente, ya la pronuncia Lester Burnham (Kevin Speacy) en American Beauty, lo que me obligaría a buscar un comienzo de consolación. Tal vez un comienzo distinto me conduzca a un desarrollo diferente, y éste a un final indeseado, y después de todo, escribiré seguramente el tipo de novela que repudio. En última instancia, casi siempre acabas lejos del lugar al que pretendías llegar. Todos estamos sometidos a frustraciones así. A diario. O los fines de semana. O una vez al mes. Lo que no significa que al final no sea lo mejor que nos pueda suceder. El lugar equivocado representa a veces el lugar más favorable. Deseamos algo, no podemos alcanzarlo, y eso nos empuja a una búsqueda que nos conforta de la desolación.

Woody Allen, en Días de radio, lo contaba a su manera, cuando aseguraba que «De pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y sólo pudieron comprarme una hormiga». Es una variante americana del «canto en los dientes». Raramente las cosas suceden como nos gustaría, pero pese a todo conviene dar gracias. No suele haber excepciones. Recuerdo cuando hasta Nabokov –¡Nabokov, el puto Nabokov, señores y señoras!– en sus primeros días en Berlín, tan lleno de sueños, se vio obligado a mantenerse a base de dar lecciones de un inverosímil quinteto de materias, que incluía francés, inglés, tenis, prosodia y boxeo. Quizás por eso, cuando más tarde al fin estuvo en disposición de hacerlo, se pasó la vida acariciando los detalles. La felicidad, que nadie sabe a ciencia cierta qué es –más allá de ir golpeándose con ella a oscuras, como si fuese la arista de un mueble en una habitación sin luz– probablemente sea eso: el detalle acariciado.

La realidad es lo que hay después de descartar la mejor parte. No recuerdo quién decía que lo más importante en la vida es espantar las cucarachas. Esas tenemos. Después de todas las penalidades que saldrán a tu paso, después de toda la mierda que te harán comer, siempre tendrás que escribir un libro completamente distinto al que habías soñado cuando aún no sabías que en la vida hay que apartar –cuando no comer– cucarachas. Afortunadamente, aprendes a renunciar a tus mejores sueños por tu bien, y a disfrutar de las cosas sobre las que un día ni siquiera habrías escupido de lado, porque no merecían ni un espumarajo.

Foto: American Beauty, de Sam Mendes.