Yo quiero ser psiquiatra

En el patio del colegio de mi hija, a media tarde, escuché a uno de sus compañeros, de casi cuatro años, decir que de mayor quería ser “psiquiatra”. Me caí de culo, claro. “Caray”, mascullé, fingiendo total admiración. “Así que psiquiatra, eh”, dije con vocecita sarcástica, muy bajito, por si rondaban por allí sus padres. “Sí, psiquiatra, como mi tío”, insistió el niño, con un orgullo que parecía justificado. Me contuve para no preguntar qué hacía un psiquiatra, y cómo le iba a su tío. “Y tú, Helena, ¿qué quieres ser?”, le planteé a mi hija, esperándome cualquier cosa. “Yo nada”, respondió con un gélido interés por el porvenir, mientras arrebañaba con una cuchara el fondo de petit-suisse. Me di por satisfecho. En un mundo lleno de gente ambiciosa, artificial e insaciable, la aspiración de no ser nada denotaba cierto carácter, pensé.

Cuando ella y sus compañeros se alejaron, me puse a calcular cuantas semanas o meses tardaría en querer ser finalmente algo, y qué algo sería. Después de todo, resulta difícil resistirse a la idea de hacer planes perfectos para el futuro. Qué importa si luego, con el tiempo, no se plasman en la realidad. La irrealidad también existe, y qué necesaria es en ocasiones, ¿no? Hay etapas en nuestra vida en las que no importa que no se cumplan los sueños, porque ni siquiera son sueños; son solo frases prestadas. Pero te aferras a ellas, porque a algo hay que aferrarse. En caso contrario el tiempo te alcanza y te queda la sensación de que no viviste (artículo completo en El Progreso).

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¡Fuera de mi tienda!

En el verano de 2007, siguiendo el consejo de la guía Lonely Planet, me dirigí al Greewich Village, en Nueva York, y entré en Bleecker Bob’s Records, una tienda que sobrevivía al crepúsculo de los vinilos, los casettes y los cd’s. Ya había oscurecido, pero aquel sitio abría hasta más allá de la medianoche. En los 60 había acogido al Night Owl Café, un club en el que habían actuado artistas como James Taylor o Lovin ‘Spoonful. Era un local polvoriento, lleno de carteles en las paredes, y con el suelo a cuadros blancos y negros a la entrada y de madera al fondo. Todo parecía mantenerse en las mismas condiciones que en 981, cuando los dueños trasladaron la tienda al 118 de West Third Street.

Era un templo encajonado entre una pizzería y una clínica psiquiátrica. En 2013, cuando Bleecker Bob’s Records cerró por culpa de la caída de las ventas y la subida de los alquileres, el local se convirtió en una franquicia de yogures helados y más tarde en un restaurante de sushi. Antes del cierre aguantaron gracias a los ingresos obtenidos por subarrendar un cuarto trasero a un salón de tatuajes y más tarde a un vendedor de comics.

Hace unas semanas, mientras hurgaba en la sección de obituarios de The New York Times, choqué con la necrológica del fundador y propietario de la tienda: Robert Plotnik (75 años). Aquella muerte era el final del final. Tuve la sensación de que en el mundo se desmoronaba sin parar y, aunque se levantase, había algo que desaparecía para siempre (artículo completo en El Progreso).

Equivócate bien

Hacer o no hacer una cosa es una duda que se presenta de manera incesante. En su afán por cumplir con cierto destino, las decisiones importantes, o incómodas, andan a tu acecho. Se comportan como un contratiempo. Y no puedes evitarlas. Te guste o no, no se apartan, a menos que hagas algo al respecto. No hacer nada, en todo caso, constituye otra forma de acción, demasiado equivocada. No tener que tomar decisiones atribuladas, que no sabes a dónde te llevarán, haría del mundo un lugar perfecto. Pero ese es un sueño para tontos. No va a pasar. El mundo es como es, y no hay más salida que hacernos responsables de las incomodidades que nos correspondan al vivir en él.

Las decisiones difíciles aparecen sin más, y has de arreglártelas como sepas. El proceso es casi siempre el mismo: no sabes qué hacer, y después lo haces, sea lo que sea, con desazón. Los días que está clara la decisión no detectas la incertidumbre, y no sufres. Son tal vez las mañanas que optas por vestir una camisa y no otra, o por preparar esta comida en vez de aquella, o por ignorar en lugar de avisar a alguien de que viajas a su ciudad. Los miles de pequeñas decisiones racionales que caben en un día normal, aunque conforman una especie de dictadura, apenas molestan por dentro. Es raro que te quiten el sueño o las ganas de disfrutar del resto de la jornada. Carecen de carga emocional. Casi pertenecen al aburrimiento. Pero esto no siempre ocurre. En tu vida habrá un montón de momentos en que no tengas claras tus decisiones, y padecerás por ello (artículo completo en El Progreso).

Ganar la guerra

Cuando empiezas una guerra te predispones a creer que será corta. Miras a la guerra y de vez en cuando también al reloj, como si fueses un obrero pendiente del tiempo que falta para irse a su casa. Algunos días no tienes claro qué deseas más, si ganarla o que simplemente acabe. No eres un desnortado ambicioso, y los tiempos de las cosas que duraban toda la vida se fueron para siempre. Te agrada pensar que estás muy ocupado, y las guerras reclaman demasiada atención y esfuerzo. Eres menos sentimental de lo que fuiste. Hay un punto a partir del cual solo pretendes pasar a otro asunto. Es una ventaja ser una persona a la que se la suda todo, porque puedes olvidar que vives en guerra, mientras esta tiene lugar, como en el caso de mi vecino. Estuvo un año en guerra con una máquina expendedora. Primero cruenta, después dormida, hasta que un día la olvidó. La guerra continuaba, pero él ya había pasado a otros asuntos. Ni siquiera estudiaba el reloj.

Hace unos días, mientras visitaba su cuenta bancaria para comprobar cómo iban sus negocios, descubrió por casualidad que la guerra había finalizado. Había ganado él. “Me invadió una extraña alegría, que no se extendió por todo el cuerpo, como cuando tiras algo a la papelera, desde lejos, y aciertas. Cerré el puño, satisfecho, y ahí se agotó el regocijo”, me contó. Quizá se le habían pasado las ganas de ganar. El principio de la guerra quedaba demasiado lejos. Todo comenzó en el aeropuerto de Madrid, un día que volaba con su pareja a Bolonia. Esperaban a la hora de embarque cuando reparó en una máquina expendedora. Se detuvo ante ella, por puro aburrimiento, y mientras estudiaba el género, el color rojo de la Coca Cola hizo su trabajo. Hacía meses que no bebía una (artículo completo en El Progreso).

Una historia de amor

En la lista de las pequeñas historias de amor que todos vivimos, en ocasiones sin reparar en que son historias, y menos de amor, caben relatos inadvertidos y breves. De repente, un día te das cuenta de que has entablado un idilio velado con alguien. No sabes muchas veces que esas historias de amor existen hasta que notas, casi al tacto, que se acaban, como al avanzar en la oscuridad por el pasillo de casa, tocando la pared, y descubres que deja paso al hueco de una puerta. Entonces te sumes en la extrañeza. Ves el vacío.

A veces la historia de amor consiste en decir “buenos días” durante años al señor mayor, de barbas, que no sabes cómo se llama, con quien te cruzas cada mañana paseando a vuestros perros. Tal vez solo consiste en distinguir, en la mesa de siempre, en la cafetería de al lado, a la señora de abrigo verde haciendo el crucigrama del periódico, y que cuando acababa te cede para que leas. O en coincidir con el recepcionista del hotel que, cuando que pasas por delante, se fuma un cigarro en la puerta, y os saludáis solo moviendo la cabeza, porque os conocéis del gimnasio. O en advertir, en los días que vas a trabajar a la biblioteca, que unas mesas más allá, después de tres años sigue acudiendo a estudiar la mujer que se lleva el pelo detrás de las orejas continuamente (artículo completo en El Progreso).

Botón de play

En  2008, durante un curso que impartía César Aira en Santander, compartí habitación durante tres noches, en el Palacio de la Magdalena, con un señor de Mojácar. En clase tomaba notas en un cuaderno de dibujar enorme, de anillas, y escribía con un rotring que le prometía a las frases mil años de vida. Me pareció, a simple vista, un tipo pintoresco. Tendría cuarenta años, le faltaba la punta del dedo meñique, y al principio no hablaba mucho. Se soltó en la segunda noche. Estaba dándole vueltas, me confesó, a la idea de escribir una novela. Todos estamos dándole vueltas a eso, le dije, sin intención de emborronar sus sueños. Cambió de tema enseguida.

Me contó que en ese momento vivía en Badalona, donde trabajaba en una ferretería. «He vivido en cincuenta mil sitios, y en cada uno he tenido un trabajo diferente. Sé hacer de todo, menos escribir una novela», comentó con una mezcla de buen humor y, a lo lejos, amargura. Había leído un par de libros de César Aira y, como en realidad desde hacía un mes ya no trababa en la ferretería, se había apuntado al curso con la esperanza de «encontrar el botón del play». El autor argentino era el segundo escritor al que conocía en persona, acotó con misterio, sin referencias al primero (artículo completo en El Progreso).

Se vende biblioteca

Estábamos en el sofá, viendo una serie. Eran casi medianoche cuando entró un mensaje en el móvil. Hice como que no lo escuché, o como si no hubiese llegado, y tragué saliva. Siempre trago saliva cuando suena un mensaje a esas horas. Marta hizo como si yo no hubiese hecho, y cuando se levantó a preparar un cola-cao, o a hacer que lo preparaba, espié el teléfono. La perra, tumbada a mi lado, abrió un ojo. Leí. “Hace tiempo que quería decirte que en el Todo a Cien de la Avenida de la Habana hay muchos libros de segunda mano a uno y dos euros. Siempre que voy, pienso en decírtelo por si te apetece echar un vistazo. El dueño es un hombre atento y muy afable”.

Llegaba la Navidad, no tenía nada que hacer, así que al día siguiente me dirigí a aquel Todo a Cien. En el escaparate había tres maniquíes horriblemente vestidos, de fiesta, casi disfrazados. El dueño del negocio se llamaba Sar y era africano. El interior semejaba una selva tupida, con estrechos pasillos por los que avanzar. Había que hacerlo despacio, como si no quisieses pisar una mina, para no romper nada. Pregunté por los libros. “Al fondo”, dijo Sar, señalando con el índice. Sonrió, como si supiese yo que había recibido un mensaje a medianoche. Aquel sitio, en el que parecía tan extraño que se vendiesen libros, me recordó al estanco de Auggie Wren en Smoke, que entre toda clase de artículos para fumadores también vendía libros (artículo completo en El Progreso).

Me gusta

Hacer solo aquello que te gusta, y desechar lo demás, es un pequeño capricho que se va desgastando con los años, como las cosas que pasan mucho tiempo al sol. Quizá las cosas que te gustan empiezan a gustarte menos, y a las que te desagradan no te importa ya perdonarles ese defecto. Los lujos también sufren el asalto de la decadencia, así que llega un día, casi sin darte cuenta, en que te pones a hacer cosas que no te gustan. Es una inercia, como lavar la taza del desayuno en lugar de meterla en el lavavajillas. Cuando al fin lo adviertes, te animas pensando que los buenos tiempos pasaron, y que ahora hay que apañárselas de cualquier manera. Hace unos días, a la abuela de una amiga le preguntaron qué quería de regalo para Navidad, y respondió: «No morirme». Eso es arreglárselas. En el salón se formó un gran silencio, me contaron, y los familiares no supiesen discernir si el deseo que expresaba la abuela era fruto de la ambición perdida, o lo contrario. Al final, uno de los nietos, para distender el ambiente, la animó a pedir algo más, «por si acaso».

No sé cuándo dejé de hacer exclusivamente cosas que me gustaban. Supongo que bastantes años atrás, a eso de las ocho y treinta y cinco de la mañana. Descubres de repente, y tarde, que cada vez haces más cosas que te fastidian. ¿Por que las haces? Porque tienes que hacerlas, porque nadie las hace por ti, porque si no las haces más tarde tendrás que hacer otras todavía peores. Madurar te obliga a renunciar paulatinamente a la felicidad fácil, por llamarla así, que vas atrapando en el aire, de puntillas, y metiéndotela en los bolsillos, insaciable. Basta que te guste algo para tomarlo, sin pensar que en la vida también hay que perder y ponerse triste por ello. No es un modelo de existencia realista ni sostenible. Sirve para que, antes o después, seas aplastado por la frustración. En cambio, aceptar poco a poco cosas que te desagradan, te entrena para la edad adulta, en la que se supone que las cosas rara vez salen como te esperas. Para entonces la idea que tienes de la felicidad exige una compleja elaboración, que llega a veces después de un esfuerzo titánico, y no pocas veces melancólico. No es ya algo que venga dado, que se recoge del aire, sino que más bien hay que inventar, y que disfrutas durante un lapso brevísimo (artículo completo en El Progreso).

Trocitos

Estamos acostumbrados a pegar los trozos de nuestras vidas sobre la marcha. Cada cierto tiempo algo se rompe, y sin detenernos a sopesar dónde va cada fragmento, nos rehacemos. Es un proceso automatizado, resuelto casi a ciegas. A veces se vuelve un estilo. Hay personas que se rompen tanto que salir adelante sin ser superadas por la adversidad y los daños se convierte en su manera de vivir. Circunstancias adversas las empujan a ser secretos héroes de sí mismas. A menudo solo ellas saben que se rompen. La rotura es un proceso solitario, y sobreponerse a ella muchos días también. Pese a todo, esas personas piensan que las cosas van a ir bien. Y aunque adivinen que no es así, siguen pensando que esa esperanza en el futuro es el mejor modo de encarar lo desconocido.

Nos rompemos de muchas maneras y por infinitos motivos. Porque pierdes el avión, porque se te acabó el dinero, porque enfermas, porque se muere tu padre, porque te maltratan, porque se averió el coche, porque te decepcionó un amigo, porque te despidieron del trabajo, porque tu pareja ya no te quiere, porque te quiere y tú te has enamorado de otra persona, porque te robaron el móvil, porque deseas cosas que no puedes conseguir, porque tu empleo es horrible, porque no sabes que te pasa pero algo te pasa, porque no aguantas más, porque tu amiga tiene cáncer, porque no duermes, porque el abuelo no recuerda quién eres…  (artículo completo en El Progreso).

Qué pasó

Hay decisiones que no tomas. Te quedas quieto, y de algún modo se van tomando solas. Quizá saben que no miras y se forman a escondidas. Cuando adviertes su presencia, más tarde, ya están encima. Ni siquiera tienes tiempo a preguntar «cómo» o «qué». No hubo un tímido aviso, como esas goteras o grietas que alertan de que la casa en la que vives se va a venir abajo y te conviene salir pronto. Nada de eso. De pronto, arrecia. Son las pequeñas conspiraciones de la vida contra cada uno de nosotros. No haces nada mal, y de ahí sin embargo sale un error. ¿Quién no es víctima alguna vez de su inocencia?

Años atrás, una amiga de Barcelona se inscribió en un curso de tres días en Frankfort, sobre marketing. Era la nueva religión, y el mundo ya un sitio lleno de gente desesperada por rezar menos a dioses que a modas. Su propio jefe la animó a acudir. Incluso le pagó el viaje. Recientemente le habían subido el sueldo, así que tuvo la impresión de atravesar una buena racha. No es una persona pesimista, de manera que no temió que, con tantas cosas saliendo bien, fuese entre algún resquicio a suceder algo malo por una extraña ley de contrapesos. Hay que valer para ver el mundo con esa lógica, supongo (artículo completo en El Progreso).

Qué vamos a hacer ahora

No saber qué hacer con tu vida representa una vieja inquietud. Quizá parezca apremiante, pero en el fondo solo es divertida. Naturalmente, te turba, pero te llega en un momento —tal vez en la adolescencia, y desde entonces nunca deja de llegar— en el que ya sabes apañártelas para no pensar en las cosas que de verdad te preocupan. Se te olvida con los días, incluso con los minutos. Nuestro cerebro selecciona, como los niños que señalan a las cosas con el dedo, y aparta, como un limpiaparabrisas. En ocasiones posee el poder de volver invisibles las aflicciones, al menos durante un tiempo. Por otra parte, la vida no es un objeto, algo material, sino más bien un escenario, así que sin darte cuenta dejas de preguntarte por ella, por el sentido que hay que darle, y te limitas a vivirla. Es un juego serio. Pero un juego. Pero serio. Al final es posible que tú no hagas nada con ella; te hace ella a ti.

El día que alguien te preguntaba por tercera o cuarta vez qué querías ser en la vida, lo observabas con una ingenua superioridad y respondías con toda tu vocación: “Yo no quiero ser nada”. Para qué había que ser algo. Desconocer por dónde guiar tu vida parecía una misión de la edad. Significaba que ibas por el buen camino. Quizá la próxima vez que te lo planteases ya hubieses hecho algo interesante con ella, seguramente sin preverlo. La falta de planes mantenía tu fe en el futuro, y en que para entonces pasarían cosas buenas. Quién sabe si una planificación llevada al extremo no fue la razón del desastre en el que ahora estamos inmersos. Recuerdo cuando incluso salías de casa sin un propósito, a ver qué pasaba, en uno de esos actos en los que la vida se demostraba causal, inopinada y fulminante. Ahora siempre vas a un sitio expresamente. Nos acostumbramos a la idea de que no podemos perder el tiempo. No sé si es más ingenuo eso, o salir de casa para nada en concreto, por jugar precisamente con las horas, pero sin descartar nada y al final acabar por hacer algo maravilloso. Creíamos en la aventura, sin calcular siquiera que algo era una aventura (artículo completo en El Progreso).

Libros de mueblería

Entré en Merkamueble a media mañana. Era lunes, o bastante lunes. Había poca clientela. Fuera llovía y fui dejando pisadas de zapato mojado por el pasillo. No iba en busca de un sofá, una cama, un armario, una silla, un puf. Nada de eso. Pero allí estaba, en la mueblería más grande de la ciudad, ensuciando el suelo y evitando encontrarme con un empleado. Una mujer que pasó a mi lado, ocupada con un catálogo, me dijo que en dos minutos estaría conmigo. “Tranquila”, dije, quitando importancia a mi presencia. “Solo vengo a ver libros”, farfullé. Esa mañana no me había despertado con otra idea en la cabeza. Había oído contar algunas historias pintorescas sobre los libros con que Merkamueble ambientaba sus salones y dormitorios a la venta. Años después, de pronto, quise corroborarlas.

“¿Pero esos libros son de verdad?”, me preguntó mi pareja al salir de casa. “A veces”, señalé, encogiéndome de hombros. Le cité el caso de Ikea. Apenas entré en Merkamueble descubrí con un impreciso regodeo que sus libros también eran reales, no de atrezzo. El horror llegó al reparar en los títulos. Sobre una cómoda vi cuatro ejemplares de Corazón Agatha, de José María Plaza, una biografía sobre los años deslumbrantes de Ruiz de la Prada en la movida madrileña, de la que fue musa. Al lado, en una estantería fea, para salón, se agolpaban seis novelas de Ian Fleming, en tapa dura. Doctor No, Goldfinger y cuatro ejemplares de Desde Rusia con amor. Podían parecer demasiados ejemplares, pero estaba a punto de descubrir que todos los libros de Merkamueble —unos doscientos, calculé— se correspondían en realidad con unos pocos títulos (artículo completo en El Progreso).

Coche fúnebre

El miércoles coincidí en la ITV con un coche fúnebre. Era un Peugeot negro, con poco encanto, y bastante sucio. Mientras esperábamos turno, en el aparcamiento, pregunté al conductor si no se aburría de ir siempre tan despacio, camino del cementerio. “A la vuelta procuro darle más caña”, me confesó. Comenté que en el Rallye de Regularidad Lambrea, en abril, participó un piloto con un coche fúnebre del 78. “Ya lo sé”, me dijo, secamente. No tuvimos tiempo para intercambiar más impresiones, ya que le ordenaron pasar al taller.

En el instituto, fui un par de veces a clase en coche fúnebre. Era un Mercedes plateado, brillantísimo, como unos zapatos recién cepillados, y largo, con un acabado delicado, solemne, que recordaba a un Winchester. Cada detalle de aquel vehículo expresaba con cierta elocuencia su destino. La primera vez que me subí a él era un día de mayo. Hacía sol. A las tres y media salí a la calle para dirigirme a clase de Lengua Gallega. De pronto, oí un claxon y al volverme vi cómo se detenía a mi lado el coche fúnebre. Me llamaron por el apellido desde el asiento del pasajero. Era un compañero de clase. “Qué cochazo”, observé, mientras estudiaba con discreción el interior, donde distinguí a su abuela conduciendo (artículo completo en El Progreso).

Yo te mato

El verbo matar posee una variante inofensiva, casi infantil, que remite a un acto lúdico, que en general nos hace la vida más llevadera. Matar, en cierto sentido, es jugar, y morir se vuelve extrañamente divertido. El lenguaje, y el afán de las personas por contar lo que sea, produce estas contradicciones curiosas. El jueves, en una de sus carreras desenfrenadas por el pasillo, descalza, mi hija se fue al suelo de narices. Solté el libro que estaba leyendo en mi estudio, que se volvió jabón mojado entre las manos. El estruendo me disparó los nervios. Sonó a una mezcla de grave y catastrófico, como si al mismo tiempo que la niña se hubiese fracturado un brazo, o el cráneo, también se hubiese roto algún objeto, o el propio suelo.

Salí disparado para averiguar qué había ocurrido, y si había sangre. Entonces encontré a Helena boca abajo, nadando en la madera. “Me maté”, explicó con una sonrisa, como si a los tres años entendiese perfectamente la naturaleza ambivalente de palabras como matar, asesinato o criminal. “Ah, bueno”, dije, respirando tranquilo, y regresé al estudio. Eso fue un par de días después de sorprenderla coloreando la mampara de la ducha con un pintalabios. “Yo te mato”, le amenacé con ternura (artículo completo en El Progreso).

El beso interminable

No tener nada en la nevera es un drama que se va dibujando lentamente. Es difícil alegar que te cogió de sorpresa. Quizá el día anterior ya solo tenías un huevo. Pero cuando la nevera te acorrala, puedes fingir que aún resta esperanza aceptando la invitación de un amigo para ver un partido en su casa. Es lo que hice el sábado pasado. Me preparé para ver el Inglaterra-España fuera, y quizás de paso cenar. Llegué tarde, a eso de las nueve y cuarto. Cuando torcí la calle y enfilé el edificio de mi amigo, a 20 metros distinguí a una pareja besándose en el portal, contra la puerta. Tendrían 16 años. Estaba casi convencido de que conocía a la chica. Pero estaba oscuro y todo beso era en sí una forma de desaparición. Me detuve unos segundos y luego avancé despacio, esperando que tal vez escuchasen mis pasos y dejasen de besarse.

Finalmente, por no interrumpirlos, ya que a veces se resquebraja la magia, o se pierde el tranquillo, me di la vuelta y me alejé varios metros, en silencio. Era uno de esos besos que se elevan sobre la realidad, en los que se demuestra la liviandad de la vida, de la que solo las cosas pequeñas nos salvan. Ya era de noche. Me habría fumado un cigarro inocente, porque un cigarro equivale al tiempo que duran muchas de las cosas que nos son ajenas del mundo. Lo enciendes, te cobras su vida despacio, y cuando acabas, mataste unos minutos melifluos, incómodos, que sin humo no habrían pasado nunca. Pero yo no fumo, ni siquiera cuando es bueno. Escribí un par de mensajes inútiles a amigos seguramente aburridos. Mientras esperaba que se pusiese azul el doble check, espié las ventanas de los edificios. Cuando el check se puso azul, no hubo respuesta. Hijos de puta, pensé (artículo completo en El Progreso).

Diario ruso-español (fin)

15 de julio

Madrugo y barro a medias la terraza, sin ganas. Barrer con ganas se me antoja inalcanzable. Tendría que ser un genio. Hacerlo de una manera que no sea a medias exigiría además otra actitud que yo no tengo. La vida está llena de historias que empiezan y no acaban, y no pasa nada. Cuando dejo la escoba, cojo el móvil. Creo que el paso de un objeto a otro es una metáfora. Veo un mail de C, un amigo venezolano. «Me robaron el teléfono a punta de pistola, cerca de la esquina Colimodio, a las 3.50 p.m. Todo bien, sin un rasguño», escribe. Uf, pienso. No sé si lo parece, pero en Caracas este es un final feliz, que al llegar a casa te permite anunciar que hoy tampoco te mataron. Cuando lo visité hace un par de años, C me dijo que si te asaltaban era importante tener algo que entregar a los ladrones, o te pegaban un tiro (entrada completa en Vanity Fair).