Gafas de sol

Si tuviese que elegir un solo objeto, porque sin él no existirían los veranos, y la vida sería un poco más horrible, elegiría las gafas de sol. ¿Qué hay más bello, profundo y sofisticado? A través de ellas el mundo se vuelve insignificante, y tú —es un misterio, pero ocurre— infinitamente más poderoso. Te hacen creer que eres inexpugnable.Hepburn Aglutinan tantas evocaciones que podrías redactar tu autobiografía sólo recordando todas las que has tenido en cada etapa de tu vida. En tus gafas de sol están escritos tus veranos, con sus tramas y metáforas: las fiestas, el sexo, las resacas, el desamor, los coches, los bares, los entierros, las lecturas en la playa, las canciones favoritas…

En secreto, sabemos que no usamos las gafas porque el sol nos moleste, sino porque la oscuridad nos hace bien, como a Audrey Hepburn frente a Tiffany’s, cuando al amanecer saca un bollo y un café de una bolsa y mira con nostalgia los diamantes del escaparate, tras unas oscuras y enormes Oliver Goldsmith, de las que aún vivimos enamorados  (columna completa en El País).

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Haga una mudanza

En tiempos de tribulación es bueno hacer mudanza. Siempre es bueno hacer mudanza. Incluso resulta beneficioso estar atribulado, pues se evitan optimismos estériles. Nos sirve para encajar los reveses que propina la semana. Al final estaba en lo cierto Temístocles cuando, tras la segunda guerra del Peleponeso, dijo aquello de que la ruina nos defiende de una ruina mayor. Si crees que la adversidadAudrey se ceba contigo, porque los zapatos nuevos te hacen daño, o porque tu equipo encadena dos derrotas seguidas, la experiencia del cambio de piso relativiza casi automáticamente esa impresión.

Nada parece grave al lado de una mudanza, que resta categoría a cualquier congoja previa, e instaura su propia dictadura. Quizá continúes atormentado, pero será por unas razones distintas, rutilantes, de estrena. Tampoco diría yo que un cambio de domicilio representa el fin del mundo. Se dicen muchas tonterías en relación al fin del mundo, del que proliferan copias de pésima calidad. Ciertamente una mudanza es un horror, algo terrible. Tan terrible, que cada dos años, o menos, me gusta hacer una. Me ayuda a empezar de cero, incluso desde más atrás, como si al finalizar el trasvase de muebles y cajas, y los objetos perdidos para siempre, no supiese caminar, ni escribir, ni poner en hora el reloj del horno, cosa que, sinceramente, tampoco sabía hacer antes de la mudanza. En el fondo, es una cura de humildad. Hay temporadas que acabamos creyéndonos felices y dando por hecho que la esencia de la vida es la inmovilidad.

No me atrevo a afirmar que las mudanzas no acarrean enormes perjuicios. Los acarrean. Desde que la semana pasada me cambié de piso, he perdido el rastro de objetos sin cuyo concurso apenas es viable la vida en la tierra, como el cargador de móvil o los calcetines gordos. Aunque siempre hay consuelo a las pequeñas tragedias. Cuando Lola Flores, a principios de los años 50, recaló a Madrid, un periodista advirtió que la muchacha no sabía cantar, no sabía bailar, «pero no se la pierdan», recomendaba. Muchas cosas malas en ocasiones forman una buena (artículo completo en El Progreso).

Foto: Desayuno con diamantes (1961), de Blake Edwards.

Bares mugrientos de ayer

Cuando diviso uno de esos bares desangelados, congelados en 1983, en los que sirven cubatas a dos euros, entro y pido uno rápido y otro más despacio. No es que tenga problemas de alcohol, o de dinero, pero hace doce años me metí en un local así, en Santiago, y encontré a Paul Auster. Por entonces, yo había acabado la carrera, mis días adquirían lentamente la forma de un error imperdonable, y aún creía que la vida, como dice la canción, es «a veces un porro, a veces una paja». Más información