Nada debajo del vestido

Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.

No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen (artículo completo en Jot Down).

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«Voy a echar la partida»

En este país, durante años, sólo hubo una partida. La partida de cartas. La Partida. Y era sagrada en millones de casas, como el brasero o como la copita del desayuno. La echaba tu padre, la echaba tu abuelo, y si sabías lo que es bueno, un día la echabas tú. Podías licenciarte en Derecho jugando una partida tras otra en la cafetería de la facultad. Sólo tenías que levantarte de vez en cuando para fotocopiar apuntes. En realidad, aquello no era tanto una partida de cartas como una misa. O una orgía. O el acogedor infierno. No faltabas a la cita por una enfermedad, ni por una celebración familiar, ni porque naciese tu hijo. En Vilardevós (Ourense), hablamos recurrentemente de aquella partida en la que a Indalecio Yáñez le llegaron, en mitad de subastado, con la nueva de que había nacido su cuarto hijo. «Arrastro», dijo sin levantar los ojos del tapete, metiendo un triunfo en la mesa, para allanar el horizonte.Jugando a las cartas en El Entrego, San Martín del Rey Aurelio. Año 1920 (asturias.es) El bar aguantó la respiración y el tiempo palpitó en la atmósfera. Cuando Indalecio recogió la baza y contó los puntos de cabeza, se volvió y preguntó, apartando un segundo el palillo de la boca: «¿Niño o niña?». Y, naturalmente, continuó la partida. A eso me refiero cuando digo «sagrada».

El jugador de cartas primitivo, que un día, hace mucho tiempo, entró en el bar y pensó «este es mi hogar», estableció entonces sus valores: partida, trabajo, familia. Por este orden. Tampoco es que se precisen más ideales. Con tres valores así, firmes, recios, se puede escribir la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, de Imanuel Kant. Ni un tipo como Kant, ahora que lo citamos, supo sustraerse al embrujo del billar, como detalla James Boswell en Visita al profesor Kant. Hay que desconfiar de la gente sin vicios, que nunca encuentra una razón para llegar tarde a casa, incluso para no llegar. Allá ellos, claro. Pero conviene saber que acostarse temprano y levantarse temprano, como advirtió James Thurber, hacen de un hombre alguien saludable, próspero y muerto (artículo completo, aquí).

[Publicado en Jot Down]