Yo quiero ser psiquiatra

En el patio del colegio de mi hija, a media tarde, escuché a uno de sus compañeros, de casi cuatro años, decir que de mayor quería ser “psiquiatra”. Me caí de culo, claro. “Caray”, mascullé, fingiendo total admiración. “Así que psiquiatra, eh”, dije con vocecita sarcástica, muy bajito, por si rondaban por allí sus padres. “Sí, psiquiatra, como mi tío”, insistió el niño, con un orgullo que parecía justificado. Me contuve para no preguntar qué hacía un psiquiatra, y cómo le iba a su tío. “Y tú, Helena, ¿qué quieres ser?”, le planteé a mi hija, esperándome cualquier cosa. “Yo nada”, respondió con un gélido interés por el porvenir, mientras arrebañaba con una cuchara el fondo de petit-suisse. Me di por satisfecho. En un mundo lleno de gente ambiciosa, artificial e insaciable, la aspiración de no ser nada denotaba cierto carácter, pensé.

Cuando ella y sus compañeros se alejaron, me puse a calcular cuantas semanas o meses tardaría en querer ser finalmente algo, y qué algo sería. Después de todo, resulta difícil resistirse a la idea de hacer planes perfectos para el futuro. Qué importa si luego, con el tiempo, no se plasman en la realidad. La irrealidad también existe, y qué necesaria es en ocasiones, ¿no? Hay etapas en nuestra vida en las que no importa que no se cumplan los sueños, porque ni siquiera son sueños; son solo frases prestadas. Pero te aferras a ellas, porque a algo hay que aferrarse. En caso contrario el tiempo te alcanza y te queda la sensación de que no viviste (artículo completo en El Progreso).

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No escribas novelas

Durante un tiempo muchos nos creímos tan listos que llegamos a lamentar que Jorge Luis Borges (1899-1986) y Raymond Carver (1939-1988) no hubiesen escrito una novela. Pensábamos que con un libro así su obra habría completado el círculo, adquiriendo una forma perfecta. Menudos imbéciles. No nos dábamos cuenta de que eran tan buenos que fueron unos privilegiados que no escribieron novelas porque no hizo falta, y eso no aminoró –al contrario– su influencia entre una legión de lectores, escritores y críticos. Me temo que hay que ser mal lector para echar de menos en su corpus bibliográfico una novela. Novela ¿para qué? ¿Qué necesidad? Sus cuentos y su poesía son cimas absolutas. «No creo que escribir historias cortas deba ser necesariamente un trampolín para escribir una novela», sostenía Carver. Borges nunca escribió un texto que tuviera más de diez páginas. Le parecía demasiado vulgar. Concentraba la prosa, empujando Carverla precisión hasta lugares desconocidos. «Con su estilo no se puede escribir un texto que tenga más de diez páginas», sostenía Ricardo Piglia, al que le gustaba citar la obra en cuatro tomos de un autor mexicano sobre el nazismo, para fulminarla diciendo que «en realidad eso es Deutsches Requiem», un cuento en cinco páginas de Borges. Nada resume su proyecto tan bien como el Aleph, un punto de dos o tres centímetros situado en el escalón de un sótano, en el que es posible ver la totalidad de actos y cosas que contiene el mundo de forma simultánea, y en un solo instante.

En 1981, Raymond Carver publicó «Escribiendo», un largo artículo en The New York Times Book Review en el que confesaba que a mitad de los 60, cuando aún no había cumplido los treinta años, empezó a notar «los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante las obras narrativas voluminosas». Las dificultades lo afectaban como escritor y como lector. Su atención se despistaba y «decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela». «Verlo y soltarlo, sin pena alguna. Avanzar», resumían la inercia literaria en la que se encontraba a gusto, así que se circunscribió a la poesía y la narración corta (artículo completo en Jot Down).

Los espejos en la literatura

La literatura está plagada de miles y miles de objetos, necesarios para recrear los mundos que proponen los escritores. Ninguna lista de los más habituales o relevantes, sin tal cosa existiese, podría omitir el espejo. En el fondo, representa más que un simple objeto: es otro mundo. Su presencia, a lo largo de miles de obras, ejerce un gran poder de atracción, y emana un extraordinario misterio. Reflejan, ocultan, mienten, deforman, confiesan… «Espejos: jamás, a sabiendas, todavía se ha dicho / lo que en vuestra esencia sois», escribe Rilke en Los sonetos a Orfeo, como recuerda el crítico y escritor Andrés Ibáñez, que desde su juventud persigue espejos a lo largo de cuentos, poemas, novelas u obras históricas de toda época.

El resultado de esa obsesión tan particular es la publicación de A través del espejo (Atalanta), una antología de textos que tratan el tema del espejo, de por sí inagotable. Marcel Schwob, H.P. Lovecraft, Virginia Woolf, Isaac B. Singer, G.K. Chesterton, Goran narcisoPetrovic, Borges, Allan Poe, Walter de la Mare, Angela Carter, Bioy Casares o Giovanni Papini son algunos de los autores en cuyos textos el espejo ejerce una poderosa influencia.

En un extenso prólogo por el que también desfilan los reflejos de San Juan de la Cruz, La Fontaine, Bulgákov, Lewis Carroll, Alfred Tennyson, Charles Perrault o Roberto Bolaño, el  autor  se remonta a las mitologías de la Antigüedad, y cómo el significado del espejo, y cuanto muestra, fue cambiando a medida que avanzaban los siglos. El material reunido es riquísimo, inabarcable. De hecho, Ibáñez se vio obligado a dejar la poesía fuera de su selección para que «el laberinto de espejos no creciera en exceso». Apenas se salva el libro tercero de Las metamorfosis de Ovidio, donde el poeta romano recrea el mito de Narciso, que se asoma a un estanque, y enfrentado a un espejo de agua, se enamora de su propia imagen. Por otra parte con fatales consecuencias, pues cae y se ahoga, como siglos más tarde le ocurre a la protagonista de «El espejo de Lida Sal», un relato de Miguel Angel Asturias en el que una muchacha, en busca de un espejo para contemplarse con su traje de boda, se asoma a un risco sobre el mar, cae a las olas y se ahoga en su propio reflejo» (artículo completo en El País).

Muertos porque sí

En la larga historia de las muertes porque sí, de vez en cuando me acuerdo del texto que Borges dedicó a Billy the Kid en Historia universal de la infamia. Constituye una muestra del poder absoluto de la literatura, capaz de tomar un hecho horrible, y Billycon ese horror, lleno de esquinas, debidamente destilado, crear un relato de una belleza redonda. Da que pensar.

Ahí dentro, pues el relato parece escrito desde el infierno, a una temperatura que lo tiñe todo de un color rojizo, se percibe exactamente qué es una mente criminal, y cómo actúa al margen de cualquier lógica o compasión. En manos de Borges, esos acontecimientos se vuelven atroces y fascinantes. Algunos detalles carecen del rigor de los hechos reales, que sólo el paso del tiempo han ido revelando, pero él los hace susurrar. Y si un texto de ficción susurra, es que dice la verdad, como en ese instante en el que, abatido Billy the Kid por un disparo de Garret –que sacó el revólver sin levantarse de un sillón de hamaca– su cuerpo se desploma del caballo. La agonía «fue larga y exclamatoria», y sólo cuando ya el sol estaba en lo alto en lo alto, los vecinos se acercaron con precaución al cadáver. Es el momento en que Borges escribe, o susurra, una verdad como un templo, pequeñísima pero indestructible: «Le notaron ese aire de cachivache que tienen los difuntos».

(artículo completo en El Progreso).

Bares inmundos

La literatura transcurre a menudo en bares inmundos, nada literarios. No tienen wifi, hay cáscaras de cacahuetes en el suelo, nadie escribe versos en sus mesas, el café es normalito, no hay papel higiénico… pero son bares perfectos. Cualquier novela querría tener uno. Incluso Borges, tan literario para todo, no Bar inmundoencontró mejor final para El sur que un tugurio oscuro en el que las navajas volaban y los clientes se arrojaban migas de pan.

Todo lo que pase en los bares comunes sólo puede ser verdad, aunque sea inventado. El camarero, el olor a sudor, el ruido de la cafetera, incluso los ceniceros sucios, rezuman literatura. Las historias de Raymond Carver, por ejemplo, están llenas de garitos, a menudo vacíos, sin nombre, a los que llegan los personajes después de una discusión familiar. En Vitaminas, el narrador nos habla de un bar de negros con un dueño que viste camisas hawaianas. Algunos clientes llevan la botella debajo del abrigo, piden una cola y la mezclan. De vez en cuando uno le da un botellazo en la cabeza a otro. Se cuenta que una noche siguieron a un tipo hasta los servicios “y le cortaron el pescuezo mientras tenía las manos ocupadas meando”. Estos son los bares a los que me refiero, oscuros, mugrientos, y algunos días peligrosos. La literatura no sobreviviría sin ellos. Y los escritores tampoco (columna completa en El País).

Libro, instrucciones de uso

Es bonito ver cómo tu casa se llena de libros que te van empujando a un rincón, con los violines de Bernard Herrmann ardiendo de fondo, hasta que te aplastan como si fueses una cucaracha. Es bonito estar acorralado por miles de novelas gritando como si estuviesen en el fútbol, o en la ópera, en el bar, o en la ducha. Es bonito que ese caos desde el que gobiernas con mano de hierro la biblioteca no te deje encontrar el volumen que buscas. Es bonito todo así, tal como está, como tú has dejado que se ordene solo durante los últimos años. No te gusta, Mujer leyendopor otra parte, encontrar libros fácilmente, sino descubrirlos, como si nunca los hubieses tenido. Es bonito la disposición casi virgen, a veces vagamente oxidada. Son tus libros, joder. Te gusta verlos dormir.

No te molesta que los miren. Entendámonos. No te molesta demasiado. Un poco, sí. Sólo en ciertas condiciones permites que alguien extraiga un ejemplar para leer la primera frase. La primera frase de una novela es una cuestión de educación. Y tú eres un tipo con buenos modales. De Moby Dick, por ejemplo, toleras que lean «Llamadme Ismael». Hasta ahí. Tienes modales, pero no eres papá Pitufo. Si leen la página entera es como si te la estuviesen robando.

Te ponen nerviosas esas visitas que, después de la sobremesa, proponen echar un vistazo a tu biblioteca. No les quitas ojo un minuto. Cuando esas visitas son amigos íntimos, de toda la vida, padrinos de tus hijos, doblas la vigilancia. No te fías. Entran en la biblioteca como si fuese un desván, en lugar de un santuario al que se accede después de hacer la «por la señal de la santa cruz». Cuando adviertes que un título –precisamente ese título por el que matarías a un hombre– les llama la atención, tú vas negando con la cabeza, hasta que te miran. En ese instante chasqueas la lengua. No puedes ser más claro. Ese libro no se moverá de su sitio. Ni ese, ni ningún otro. Pero ese, menos. Tus libros no se prestan. Tendrías que estar muerto.

Tus libros son dinamita, a veces vieja dinamita, lo que los vuelve aún más sensibles y peligrosos. Solo tú puedes manipularlos. Nunca estallarían en tus manos. Eres fatalista y crees que si otros se llevan tus libros prestados y los leen, todo irá mal. Los quieres demasiado como para separarte de ellos aunque sea una semana. Hay semanas muy largas, que duran un año. A veces una semana es «nunca más». Prestar o no libros es la clase de dilema que solo se cruza en tu camino cuando eres joven, idiota y aún crees que los libros solo son algo que se lee. Naturalmente este discurso, tan vehemente, pierde la validez cuando eres tú quien entra en la biblioteca de otro, y adviertes la presencia de un título hechizante. A la que puedas, amigo mío, toma libros prestados, asegurando que los devolverás en breve. Y nunca los devuelvas. Recuerdo que Gabriel Celaya decía que «debes contradecirte para ser más de veras».

La apropiación

Si tu amigo es tonto, es su problema. ¿Es que no te conoce? Tú no tienes la culpa de quedarte con algo que no te pertenece. No, al menos, cuando ese algo es un libro. Cosa distinta es que hablemos de dinero, de un litro de leche semidesnatada, o de una chaqueta que le pediste prestada un día que te sorprendió un anochecer fresco al salir de su casa. Tienes unos valores. No muchos, pero firmes. Cualquiera sabe que una chaqueta prestada se devuelve, sí o sí, antes de que pasen uno o dos años. Pero un libro. Ay, un libro. Y más si hablamos de un libro maravilloso, que te hará feliz, y que no querrás que haga feliz a nadie más que a ti. No, ese libro nunca regresará a casa de tu amigo. Ahora su hogar es tu casa. Es como ese chicle que encontrabas en el suelo cuando tenías cuatro años. Lo recogías y lo comías y te proporcionaba una dicha absoluta. No hacías disquisiciones. De pronto, era tuyo. Y te lo comías. Fin. A partir de cierto punto no hay retorno; ese es el punto que hay que alcanzar, según Kafka.

¿Problemas? Ningún problema. Cuando tu amigo reclama el dichoso libro, tú niegas haberlo tomado en préstamo. Nunca. Jamás de los jamases. Cómo se le puede ocurrir una idea así. Te decepciona. Y si así no fuese, si por cualquier razón sí tomaste el libro prestado, es evidente que ya lo devolviste. ¿Cuándo? Un día que él había salido a hacer un recado y llegaste tú. Le dejaste el libro a su pareja. Qué hizo ella con el libro después no es culpa tuya. Por cierto, el libro era malo de solemnidad, añades. Ni pagándote te lo quedabas.

Cabe la posibilidad también de tomar un libro prestado de la biblioteca pública. Y que ese libro en cuestión sea tan extraordinario, y tan difícil de conseguir en una librería, que no tengas más remedio que apropiártelo. Es lícito, aunque duro. Estás entre la espada y la pared. No recomiendo hacerlo, por supuesto. No. Nada ni nunca. Jamás de los jamases. Aunque yo lo he hecho. Y volvería a hacerlo. Un día entré en una biblioteca municipal, metí Juicio Universal, de Giovanni Papini, debajo del jersey, y me fui discretamente embarazado. Aquella joya estaba descatalogado. Y en aquella biblioteca se moría de tristeza lentamente, qué agonía. Nadie le prestaba atención. Le hice un favor. En cambio, ahora, en mi casa, descansa en una peana, a su vez formada por otros libros.

La custodia

Llega un día que los libros adquieren forma de otros objetos. La acumulación explota y construye extrañas siluetas. Te preguntas si tiene sentido amontonar novelas que nunca volverás a leer. No lo tiene, seguramente. Es decir, lo tiene. En el fondo del corazón de los individuos palpita oscuramente una pregunta inconclusa, que aflora en esos instantes atribulados en los que dudas si continuar defendiendo a ultranza la presencia en casa de ciertos libros. La pregunta es: «¿Y si…?». Todos somos temerosos de un futuro en el que nadie está a salvo de necesitar un libro al que hacía tiempo que daba la espalda. «¿Y si se pone de moda Emilia Pardo Bazán?» «¿Y si un día necesito rescatar una cita de Don Álvaro y la fuerza del sino?» «¿Y si un día me viene bien la biografía de Leandro Fernández de Moratín?». Y si…

Nadie está libre de una desgracia y, desde luego, nadie puede vivir sin el miedo a los peores presagios. Entretanto, no tiras nada a la basura. No prestas nada. Todo es susceptible de ser necesario en la eternidad. Aún me tiembla en un bolsillo de una vieja cazadora una cita de Borges, sacada de El inmortal, cuando dice que «en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas». Así que prefieres estar preparado, por lo que pueda pasar. No durarás más de ochenta años, siendo generoso. No hay más que ver la vida que has llevado en los primeros cuarenta. Pero por si el destino te deparase la eternidad, o un infinito más o menos razonable y corto, no pierdes de vista tu ejemplar de Blasco Ibáñez, cuyo tapa ya se han comido las ratas.

La pérdida

Cuando un libro es malo y te resulta del todo insoportable, no estás libre de perderlo en algún lugar sin retorno. Hay abismos así. Y una desgracia puede padecerla cualquiera. Aunque salimos adelante. Esto nos conduce a un debate muy interesante: ¿qué se hace cuando cae un tus manos el libro equivocado, que nunca debió escribirse, pero que tú –que tampoco eres perfecto– cometiste el error de comprar? Primero hay que dirimir si continúas con la lectura hasta el final, pese a que desde las páginas iniciales escuchas ruidos raros, o si la abandonas sin más y te vas al bar, para reponerte. Todas las opciones son legítimas. Entiendo al que cierra el libro. Entiendo también al que afronta el esfuerzo titánico y llega a la última página. A veces hay que cultivar el sufrimiento, ya que puede llegar a ser una fuente de placer.

Cuando cierras el libro no se acaba, digamos, la rabia. Debes seguir afrontando decisiones difíciles. ¿Guardas el libro? ¿Lo pierdes? ¿Lo tiras a la basura? ¿Se lo regalas a tu cuñado? ¿Dejas que tu perra haga el trabajo sucio, como Joe Pesci en Uno de los nuestros? El debate hierve. Recuerdo que Umbral, apenas detectaba que el libro que tenía entre manos se derretía como un helado, de malo que era, se deshacía de él en la piscina. El fondo estaba infestada de cadáveres. Era un hermoso espectáculo. Tengo un amigo poeta, pobre como una rata, que ante la falta de piscina, incluso de bañera, proporciona a los libros malos destinos menos épicos. Una novela de un afamado autor murciano sostiene la persiana rota del salón. Puesto que mi amigo es pobre de solemnidad, el sofá se sostiene gracias a que una de sus patas es la Metafísica de Aristóteles, cuyas dimensiones de la edición carísima de Gredos –naturalmente robada– lo hacen perfecto para que el sofá esté recto. Ahora bien, si hay que referirse a un bello modo de matar libros, aunque sean buenos, yo me quedo con el clase que siempre demostró Carvalho en las novelas de Montalbán, al usar las grandes obras para encender la chimenea. Ahí es nada, un sueño de juventud nihilista, como cuando te imaginabas en el futuro prendiendo los Lucky Strike con billetes de veinte dólares.

No hay que hacer sino lo fácil, lo que a veces implica no hacer nada.

Fascinación por el váter

No prestamos al cuarto de baño toda la atención que merece. Es una estancia fascinante, llena de metáforas, en la que a veces ocurren cosas maravillosas, como leer a Sófocles. Yo leí el Borges de Bioy Casares a lo largo de seiscientas visitas. En los extensos diarios del escritor argentino se encuentra, precisamente, más de una referencia al lavabo. Algunas están tratadas con tanta sutileza que ni siquiera se menciona. Hay que ser muy buen escritor para referirte a algo a lo que en realidad no te refieres. Las referencias de Bioy al baño se encuentran ahí, latentes, como el día que se refiere el encuentro del poeta norteamericano Robert Lowell, dos veces premio Pulitzer, con Borges en la casa que éste tenía en el barrio de la Recoleta. LowellEl agregado cultural de la embajada americana en Buenos Aires, durante la visita de Lowell a Argentina, organizó una cita con Borges como parte de un plan para estrechar lazos con escritores no comunistas. Ese día la casa de escritor era escenario de una fiesta vagamente íntima. Entre otros, estaba Rafael Alberti, de paso.

Cuando apareció Lowell, se consagró a los martinis y a los cócteles de vodka. No tardó en emborracharse. Incluso sufrió un desmayo, que Borges alivió leyéndole fragmentos de Chesterton. Apenas repuesto, el poeta regresó a la bebida, como si la copa fuese una forma de infancia en la que te sientes a salvo. Entonces, se cruzó con la pareja de Rafael Alberti, María Teresa León, y la empujó al interior del cuarto de baño, donde se encerró con ella. Al otro lado de puerta había demasiados literatos como para encontrar a alguien que la derribase de una patada. Tuvieron que llamar a personal de la embajada, que se llevó a Lowell dentro de una camisa de fuerza. Nunca se supo que sucedió de verdad en ese cuarto de baño, aunque cuando años después le preguntaron a Borges qué le perecía la poesía de Lowell, respondió que «quizá podrían gustarme sus poemas si fuera capaz de mantenerse con los pantalones puestos» (artículo completo en El Progreso).

Foto: Robert Lowell.

Una buena novela

EN SECRETO, la realidad posee estructura de ficción. Tal vez por desesperación, a veces alcanza un punto en el que abandona su realismo con un portazo e imita a una buena novela. ‘Buena novela’ en un sentido amplio, incluido el de mala novela, lógicamente. Se trata de un movimiento escapista, brusco, instintivo, como el de un perro que se sacude al salir del agua y lo deja todo perdido. La Canettirealidad a secas resulta casi inhabitable. Nos acostumbramos a ella porque nos acostumbramos a todo. Pero en su peor versión, no posee mucho más tono que un chicle que se mastica durante horas.

Tengo un amigo que en sus peores días, cuando las horas adquieren textura medieval y deshabitada, solo encuentra consuelo en la novela policiaca. Lee una o dos por día, casi como un tic. Me hace pensar en Elias Canetti, cuando se preguntaba, muy atormentado, qué pasaría si un día leyese todos los libros. Supongo que la atmósfera del género, su ética, los cadáveres, esa gente que se desplaza de un lado a otro con pistola, es lo que le provoca alivio. Gracias a él supe de La huella del crimen, de Raúl Waleis, la primera novela policial en lengua española, publicada en Buenos Aires en 1877. Hay una clase de hastío que solo se supera agarrándose a algo tan firme y fiable como una novela negra. Es el último clavo ardiendo al que te aferras antes de ser absorbido por la cruda realidad.

Pero a veces, como digo, no se necesita acudir a un libro. La propia realidad asume su aspecto y copia sus mecanismos internos. Un ejemplo perfecto es la muerte del fiscal Nisman dentro de la bañera de su casa, en Buenos Aires. Causa emoción la manera en que todo se embrolla, como cuando un gato impone su ley sobre un ovillo de lana, y lo destroza. Por momentos, los hechos parecen llegados directamente de la habitación de los guionistas, que a su vez parecen llegados directamente desde la barra del bar (artículo completo en El Progreso).

Basura bonita

No hay que renunciar a la basura así como así. Ni pensar que simplemente es basura. ¿O acaso el fútbol es solo fútbol? En ciertas condiciones, la basura no tiene nada que ver con ella. Sólo se conoce de vista. De hecho, no es raro tomar por basura cosas que no lo son. Héctor Abad Faciolince obtuvo el I Premio Casa de América de Narrativa Americana Innovadora con una novela titulada justamente Basura. Bernardo Davanzati, el protagonista, es un novelista que escribe por escribir, sin destinatario, y cuando le parece que sus textos ya son lo suficientemente malos, como si para serlo tuviesen que alcanzar cierta calidad, los tira al contenedor. No imagina que el vecino de abajo recoge una a una las hojas, hasta reconstruir la vida del escritor. Quiero decir, con esto, que a veces tomamos por basura lo que no es. Y viceversa.

Tal vez carecemos de un criterio incontestable para separarla. Hemingway afirmaba que en su profesión nada era tan útil como un detector de basura. «El don más esencial para un buen escritor –sostenía– es tener un detector de mierda incorporado, a prueba de golpes. Ese es el radar de un escritor. Y todos los grandes escritores lo han tenido». En algunas circunstancias la basura es tan sofisticada, que engaña al radar. Ahí están las discusiones infinitas que alimenta desde hace siglos el célebre verso de las Soledades, de Góngora:Luis Cernuda «En campos de zafiro pace estrellas». ¿Se trata de un gran verso o es basura? A Cernuda le parecía una de las metáforas más pasmosas de la lengua castellana, y a Borges una «mera grosería».

En silencio, todos rendimos honores a la basura. Qué casa no está llena de camisas que nadie pone, por vergüenza, de zapatos viejos, de souvenirs ridículos, de trajes de boda, de mecheros que no encienden, de cuadros pintados con los ojos cerrados, de cucharas que no dan vueltas al azúcar, de fotos que nadie mira guardadas en un álbum que nadie sabe dónde está. Los rincones desde los que se defiende la basura de nuestra vida diaria son inaccesibles, como las cumbres de algunas montañas cubiertas de hielo y cadáveres que quisieron acercarse a ellas. Pero, cómo deshacerse de todo este acervo cultural e identitario. Al fin y al cabo, esos desperdicios ridículos y sin sentido forman eso que llamamos «nosotros mismos».

Antes o después, todos hurgamos en la basura. Onetti escribía sobre montículos de basura y sin embargo las frases resplandecían. Sus personajes eran tipos inmundos, claramente, pero pasan los años y no puedes sacártelos de la cabeza. No tienes más remedio que volver a la basura de sus novelas y recuperar la vieja belleza, nunca olvidada. Pero dejémonos de metáforas, qué demonios. Hace algunos años recibí un cheque por una colaboración en una revista. Hablamos de 300 euros. El cheque llegó por correo y lo dejé sobre la mesa, después de mirarlo durante horas. Me imaginé comprando un traje barato, y poniéndolo cada noche, mientras me encerraba a escribir una novela. Enseguida lo descarté. Esa tarde me fui a trabajar con la sensación de ser un hombre rico. En el trabajo, aburrido, reconsideré lo del traje y volví a descartarlo. Cuando regresé por la noche a casa, y descubrí escalofriado que el cheque no estaba, noté en la boca el sabor de la desesperación que embarga al hombre rico que lo pierde todo en un crack bursátil. Busqué por todas partes. Cuando pierdes trescientos euros buscas en los rincones más estúpidos, como en el neceser o en las cajas de zapatos o entre las obras completas de Moliere, pues justo recuerdas que en su época de diplomático, era el libro en el que Jorge Edwards guardaba el dinero en la embajada chilena.

Al borde de la locura, escuché a mi madre entrar en casa. «¿Y el cheque?», pregunté, casi zarandeándola. «¿Qué cheque?». «Cuál va a ser. El que estaba aquí». «Ahí no había ningún cheque». Esa era la clase de frase que usa una madre para enjuagar su culpabilidad. Salí disparado hacia el cubo de la basura, convencido de que ahí encontraría el cheque. «Acabo de tirar la bolsa al contenedor», enfatizó la señora, que de pronto ya no me parecía mi madre. No esperé al ascensor y me lancé por las escaleras. Cuando llegué a la calle advertí que estaba en zapatillas y en pijama. A la mierda, me dije. Era de noche y no había un alma en la calle, así que abrí el contenedor sin remilgos. Me metí dentro y no paré hasta encontrar nuestra bolsa. Empezaba a llover, pero no me importó. Si aparecía el cheque me compraría un traje. Y apareció. Pero cuando cerré el contenedor y me recompuse, pasó a mi lado el subdelegado del Gobierno, del que me mofaba en el periódico a menudo. Me miró con felicidad, mordiendo la sonrisa. Se notaba que mañana toda la ciudad sabría que yo no tenía ni para comer.

Artículo publicado en El Progreso.

Foto Luis Cernuda.

La felicidad de los relojes

No tengo la costumbre de usar reloj, salvo en ocasiones muy especiales, desprovistas, curiosamente, de cualquier encanto que pueda hacerlas especiales. Ni siquiera hablo de un viaje a París, o de una comida con un director de periódico. Me temo que podría regresar a casa sin reloj. En realidad, me refiero más a una boda, incluso a un entierro. Me gusta seguir la ceremonia fúnebre, consultar el reloj, y decir para mis adentros: «Hora de la sepultura…». Es curioso, porque cuando me pongo el reloj, elijo un modelo que no funciona desde hace algunos años. Las agujas están paradas en las ocho y media. Es una vieja hora a la que tengo cariño. No recuerdo por qué. Tal vez porque cuando es primavera, y las tardes parecen mecerse como si fuesen a durar toda la vida, me gusta la luz reclinada del horizonte. Quizá sólo sea que no me agradaría, cuando esté a Relojpunto de morir, ver la hora real y advertir que por unos minutos me voy a perder los titulares del Telediario. Manejo la teoría de que cuando agonizas sólo consigues pensar en gilipolleces de este estilo. Me conozco y soy capaz de lamentar no vivir hora y media más para abrir Orbyt y leer la columna del Jabois. Sólo espero que si ese día llega, Jabo me envíe un borrador unas horas antes.

Ni siquiera tienes que ser el muerto para decir majaderías. Es posible que, cuando ya estés frío, los que te velan, quizá calculando en qué bolsillo guardas la cartera, también las reproduzcan. Ahí está el caso de la madre de Borges. En 1975, a los 99 años, moría doña Leonor Acevedo. Durante el velatorio, una vecina se acercó al hijo de la difunta, y le susurró: «Pobre Leonor, morir así, tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poco más…» Borges, que sabía que la muerte te anima a decir bobadas, y a mirar el reloj, respondió: «Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal».

La gente que usa reloj acaba haciendo planes, construyendo esperanzas de varias alturas. Se hacen a la idea de que los relojes están llenos de futuro y oportunidades. Sólo necesitan saber que el tiempo no se detiene nunca y que cada minuto es siempre un lugar por descubrir. Y que eso les hará felices. Pobres. No sé hasta qué punto es bueno ese entusiasmo entorno a la hora exacta. A mí siempre me hace desconfiar la gente que siempre sabe a qué hora van a ocurrir las cosas. Recuerdo que Cioran, que no necesitaba saber la hora, porque de todas formas creía que todo iría mal, coincidió una vez en la calle con un amigo al que hacía mucho que no veía. Éste le dio la noticia de que se casaba al día siguiente, a mediodía. Ya todo era cosa, digamos, de unas horas. El filósofo se asomó al reloj de su amigo, escrutó el tiempo que restaba hasta la ceremonia, y trató de disuadirlo. «Pero de todos modos –insistió el amigo– me gustaría dejar mi nombre a alguien, tener descendientes, tener un hijo». «¿Un hijo? ¿Y quién te dice que no sería un asesino?», alegó Cioran.

Foto: El hombre mosca (1923), de Harold Lloyd.

Los pantalones de Borges

Osvaldo Ferrari estaba sentado frente a Borges, como otras veces, en un café tranquilo de Buenos Aires. Conversaban. De pronto, el periodista hace referencia a Nueva Inglaterra y los buenos poetas que ha dado esa región. Cita a Robert Lowell, dos veces premio Pulitzer, que en Life Studies había proclamado «Yo mismo soy el infierno», y no se equivocaba. «Sí, por supuesto, yo lo conocí», afirma Borges, sin demasiadas ganas de afirmar. «¿A Robert Lowell?», pregunta Osvaldo, intrigado. «Sí, cuando estuvo aquí, en Buenos Aires. Caramba, no sé si… quizá sea indiscreto decir que estaba pontificando en una reunión, y vinieron a buscarlo de parte de la embajada de los Estados Unidos, y lo llevaron al manicomio. Más información

¡Necesitamos más dinamita!

La dinamita es, ante todo, una metáfora, y como metáfora no le veo sino ventajas. Cualquier posibilidad de cambio –factor que hace soportable la condición humana– descansa precisamente en que la metáfora funcione y la detonación modifique la dirección de los acontecimientos. Ninguna cosa cambia realmente más que aplicando cargas en sus cimientos. Cuando la atmósfera tiemble, y veamos los cascotes, estaremos delante de una señal positiva. En una acepción figurativa, claramente estoy a favor del uso de explosivos. Más información

Haga una lista

Cuando el cabo de la Guardia Civil palpó los bolsillos de Andrés V.T., por si acaso, halló en la camisa un mechero del Partido Popular en las últimas y un papel doblado en dos, arrugado y grasiento, con un lejano olor a empanada de congrio. No tuvo valor suficiente para abrirlo y se lo entregó a la juez de guardia, que estaba a su lado. Esta, después de darle lectura, agilizó el levantamiento del cadáver. Aquel trozo de papel contenía una lista redactada a bolígrafo, en una columna, con proliferación de infinitivos en muy mala letra. Solo aplicando cierto esfuerzo deductivo podía leerse: «Injertar castaño. Dar de comer a gallinas. Recoger huevos. Pagar fontanero. Ir a putas. Cerrar bombona. Perro. Matarme». Más información

La muerte es humor, y viceversa

Hace años que estudio cómo funciona el humor, por si existiese alguna fórmula, un patrón, algo. Ningún resultado. Nada más enigmático que el mecanismo que lo desencadena. Tal vez porque no hay mecanismo. Propiamente, el humor carece de funcionamiento, actúa sin pautas, gracias, en parte, a que no dispone de botones. El humor sucede. Es algo que no está contemplado, y pasa. Se presenta de imprevisto. Hay algo en ese modo de actuar, o de no actuar, que lo vincula con las calamidades, que llegan en mitad de un momento dulce e insospechado. Tampoco existe humor si su comparecencia no es accidental, inopinada. Nadie espera por el humor. Por eso aparece. Humor es desconcierto. Cuanto más inopinado, más repercusiones libera. Esa explosión que provoca desparrama a las víctimas aleatoriamente. Humor es putada. Porque el humor precisa lesionados. Es una desgracia, en efecto, pero es que si fuese así, si no dejase heridas, no sería humor.

Entre los múltiples factores que lo influyen, se encuentra el drama. No está bien decirlo, pero en las desgracias veo –indistintamente las propias y las ajenas– un campo fértil para el humor. El escenario ejemplar. Me pasa como a Milan Kundera. En una entrevista de 1982, le confesó a Philip Roth que aprendió la importancia del humor durante la época del terror estalinista. La suya no es una opinión aislada. Décadas atrás, Mark Twain sostenía que el humor proviene de la amargura. «En el Paraíso no hay humorismo». Poco a poco nos aproximamos a donde yo quería: la muerte. Este estado, aparentemente desolador y vano, acaso improductivo, es, en cambio, un abono idóneo para el humor. Pensemos que si la muerte se instituye como la desgracia perfecta, en la misma medida se reivindica como humorística. Repare en los entierros. ¿Hay algo más triste pero a la vez más cómico? No. Ayer estuve en uno y tuve que salir de la iglesia a consecuencia de un atroz ataque de risa. He ahí el cadáver, por ejemplo. Todo gran momento está vinculado, antes o después, a un entierro. En cambio, ¿qué podemos esperar de una fiesta? Con toda probabilidad, que culmine en un desastre. En 1975, a los 99 años de edad, moría Leonor Acevedo de Borges, madre del escritor argentino. Durante el velatorio, una mujer se acercó al hijo de la difunta, y le comentó: «Pobre Leonor, morir así, tan poquito antes de cumplir los 100 años. Si hubiera esperado un poco más…» Borges, que sabía perfectamente que humor es muerte, respondió: «Veo, señora, que es usted devota del sistema decimal». Quiero decir con esto que, pese a tanta puta mierda como nos rodea, no hay razones para ser pesimistas.

Foto: Jorge Luis Borges y Leonor Acevedo de Borges.

La literatura sólo es literatura

En algún momento del pasado había palabras e ideas frente a las que reaccionábamos como resortes. Pero también el lenguaje se domestica. Tal vez uno de los grandes descubrimientos de la gestión política no haya sido tanto la transformación de la realidad como la del lenguaje con el que nos referimos a la realidad. Si conseguimos dormir la comunicación es natural que a continuación, lentamente, se precipiten al sueño los individuos, que en un estado somnoliento siempre serán más vulnerables a la persuasión. Alcanzamos ya esa fase en la que cada vez nos afectan menos, en términos de repulsa, las decisiones que nos perjudican.

Envidio cuando Lugones y Borges, conocidos por el mal oído que tenían para la música, se ponían de pie cada vez que en un acto social sonaba un acorde por miedo a que pudiese tratarse del himno nacional. Aquí seguimos una dialéctica inversa, y cada vez que escuchamos determinados mensajes desfavorables para los intereses comunes, perseveramos en el asiento. En último término, hace falta estar cómodo para digerir los dramas. Ya nos han convencido de que la realidad no cambia en nada si modificamos la postura de estar sentado por la de estar de pie. Quizás por esta razón no ocurra nada si finalmente desaparece el Festival de Cine Independiente de Ourense. Sólo es una rama más del árbol. Hay más ramas. De hecho, hay más árboles. Este pueblo ha asumido con ejemplar resignación su otoño perpetuo.

En la teoría de instituciones como la Diputación de Ourense, el Festival de Cine sólo es cine, en la misma medida que la literatura sólo es literatura, y la música sólo es música. Nada que admita comparación con la trascendencia de la comida o el saneamiento, que son la clase de necesidades con la que en esta provincia comparamos la cultura. No es tanto una buena estrategia como un argumento bárbaro para retraer partidas presupuestarias de un lado y enviarlas a otro. Ni siquiera es una mala estrategia política. Sólo es una tragedia para una parte de la sociedad. En el peor caso, para la civilización entera. Nunca se sabe en que medida transforma a las personas una canción, un poema, una ópera… Keith Richards sostiene que el pelo es una de esas insignificancias en las que nadie piensa, pero que cambian culturas enteras. Nunca hay que despreciar el poder de una manifestación cultural. Eso que la Diputación considera una mamarrachada en comparación con un menú para quinientos comensales, es una semilla que explota en el futuro.

Foto: Keith Richards.

(Publicado en La Voz de Galicia de Ourense)