Botón de play

En  2008, durante un curso que impartía César Aira en Santander, compartí habitación durante tres noches, en el Palacio de la Magdalena, con un señor de Mojácar. En clase tomaba notas en un cuaderno de dibujar enorme, de anillas, y escribía con un rotring que le prometía a las frases mil años de vida. Me pareció, a simple vista, un tipo pintoresco. Tendría cuarenta años, le faltaba la punta del dedo meñique, y al principio no hablaba mucho. Se soltó en la segunda noche. Estaba dándole vueltas, me confesó, a la idea de escribir una novela. Todos estamos dándole vueltas a eso, le dije, sin intención de emborronar sus sueños. Cambió de tema enseguida.

Me contó que en ese momento vivía en Badalona, donde trabajaba en una ferretería. «He vivido en cincuenta mil sitios, y en cada uno he tenido un trabajo diferente. Sé hacer de todo, menos escribir una novela», comentó con una mezcla de buen humor y, a lo lejos, amargura. Había leído un par de libros de César Aira y, como en realidad desde hacía un mes ya no trababa en la ferretería, se había apuntado al curso con la esperanza de «encontrar el botón del play». El autor argentino era el segundo escritor al que conocía en persona, acotó con misterio, sin referencias al primero (artículo completo en El Progreso).

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Rápido pero despacio

No está claro si publicar un libro al año es mucho o poco. ¿Quién lo dice? Tal vez dependa de la clase de libro o autor, de las necesidades que tenga de escribir, de lo que haga el resto de tiempo que no escribe, etcétera. No hay tantos autores que publiquen a ese ritmo. Quienes lo logran transmiten la sensación de que lo hacen casi sin esfuerzo, como si se limitasen a apartarse y mirar cómo sus manos cargan con el trabajo sucio. Ni siquiera parecen despeinados cuando concluyen. En un festival en Girona, hace dos años, LesterAmélie Nothomb aseguró que ella no solo publicaba un nuevo libro cada año, sino que guardaba veinte inéditos en un cajón, o en varios cajones, esperando su turno. Toma ya.

En el lado opuesto se encuentran los escritores lentos, que se toman cinco, incluso diez años para acabar su obra. Los hay. Tampoco está del todo claro si eso es lentitud. Quizá la literatura no sea el único asunto importante que se traen entre manos, y por eso tardan, ocupados en vivir. En la tercera temporada de The Wire, el detective Lester Freamon le explicaba a Jimmy McNulty, de homicidios, que el trabajo no lo iba a salvar. Todos los casos se acababan cuando le ponían las esposas al culpable. «Necesitas algo más fuera de la oficina. Necesitas una vida. Es lo que hay mientras esperas momentos que nunca llegan», le hacía ver. A veces diez años es el tiempo mínimo para escribir ciertas obras. En 1770, cuando Kant fue nombrado profesor de Lógica y Metafísica en la Universidad de Königsberg, escribió su disertación inaugural, y a ese texto lo sucedió una década de ausencia, en la que estuvo buscando soluciones, bajo un enorme silencio. Se aisló del mundo, buceó en el tiempo y en 1781 retornó con la Crítica de la razón pura, nada menos. Toma ya (artículo completo en Jot Down).

 

«¡El libro ya está!»

No me extraña nada que venga de un editor y menos aún de un escritor. Me curé de espantos leyendo La vida nueva, de César Aira, protagonizada por un autor novel y un editor llamado Horacio Achával, que no hacía milagros. Cierto día llegó a sus manos el manuscrito del joven escritor, y se entusiasmó. Era buenísimo. El catálogo de Achával no temía a las extravagancias. Le gustaba hacer apuestas. «Jugar sobre seguro era la peor política que podía adoptar un editor», sostenía. Contradiciéndose de inmediato, se apresuró a confesarle al escritor que con él «jugaba sobre seguro», pues su novela auguraba un futuro brillante. Había llegado a sus manos en el momento justo. Y ese momento «era ¡ya!». El autor, que conoció al editor yPerkins firmó el contrato el mismo día, regresó a casa feliz. El editor le pidió que lo llamase en tres meses. Para ese fecha el libro estaría impreso a buen seguro.

Por no parecer impaciente, y también por fobia al teléfono, y quizá por «un hábito inveterado de postergación», el autor dejó pasar seis meses y entonces llamó. Achával le dijo que el libro no estaba listo todavía. Es decir, «estaba casi listo». De hecho el distribuidor lo esperaba, los libreros estaban sobre aviso, incluso las notas de prensa estaban ya escritas. La demora se debía a los correctores de pruebas, un matrimonio de psicoanalistas lacanianos demasiado perfeccionistas. Perfeccionismo con el que no comulgaba el editor, que creía que una buena novela podía sobrevivir a dos o tres errores, incluso a veinte, aunque quizá no a cien. Achával calculó que en cuestión de un mes el libro estaría en sus manos.

Cuando el escritor le confirmó que lo llamaría a la vuelta de un mes, ya sospechaba que no lo haría tan pronto. En efecto, «no lo llamé al mes, sino al año». Fue una llamada proverbial, pues a su vez Achával estaba a punto de llamarlo a él para informarle de que todos los problemas se habían resuelto, y si bien el libro no había sido impreso todavía, lo que faltaba hacer era solo imprimirlo, o sea que todo estaba hecho. En todo caso, lo que faltaba por hacer, se hacía solo, lo que requeriría unos quince días. Acordaron que el escritor contactaría con tan pronto transcurriesen. Pero este dejó pasar dos años (artículo completo en El Progreso).

Foto: Maxwell Perkins

¿Qué pasó entre Bolaño y César Aira?

En julio de 2008, César Aira (Argentina, 1949) impartió un curso en Santander, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Costaba cien euros, e incluía una beca para alojarse cuatro noches en el Palacio de la Magdalena. Dio la casualidad de que en ese preciso momento yo tenía cien euros y me matriculé. El primer día, una hora antes de empezar, bajé a desayunar y me encontré a Aira solo, bebiendo un zumo de naranja vagamente natural, y con un huevo frito en el plato, que era mi desayuno preferido, pero para cenar. Me senté a su lado y al rato me estaba contando que su abuelo se llamaba Robustiano y que era de Sobradelo, en Ourense. Aira no sabía, y yo tampoco, que en Ourense hay tres pueblos con ese nombre. BolañoPoco después se sumó al desayuno Michel Lafon, catedrático de Literatura Argentina en la Universidad Stendhal de Grenoble, novelista y traductor de Aira, Borges y Bioy Casares al francés. Hurgamos, y resultó que la suegra de Lafon también era de Ourense.

El curso se titulaba Por qué escribir. Cómo escribir. Qué escribir, y al final no consistió en nada de eso. O tal vez sí. Nos pasamos los cinco días que duró hablando de Borges, y de otros escritores que a su vez remitían a Borges. Naturalmente, también hablamos de Aira. Nos contó que, después de cuarenta años publicando, había tomado conciencia de su posición como escritor a través de las preguntas que le hacían los periodistas. «Cuanto más importante es un novelista, más fáciles son esas preguntas». Al principio de su carrera era habitual que hiciera frente a cuestiones para las que no tenía respuestas. Señal de que «me tomaban por un novelista menor». Con el tiempo comenzaron a valorarlo. En parte, lo supo porque le preguntaban cosas como «¿Escribe con ordenador o a bolígrafo?», «¿Fuma cuando está delante de la página?», y hablando de página, «¿Tiene miedo a la página en blanco?» La cosa iba bien. Últimamente advertía que estaba entre los grandes de la literatura, después de que en una emisora de radio una periodista le preguntara: «¿Está casado o soltero?»

El momento culminante del curso, después de tantos autores citados, llegó cuando alguien quiso saber si le gustaba Roberto Bolaño (1953-2003). «No he leído una sola línea de Bolaño en mi vida», aseguró. Sonó raro, casi a mentira. César es un lector obstinado. Parecía imposible que no hubiese leído al autor chileno. Todo el mundo leía, o al menos decía que leía a Bolaño. «Yo soy un escritor que escribe para que lo dejen seguir leyendo», había confesado esos días. Bolaño se había convertido en un escritor especialmente leído por escritores. ¿Menos por Aira? Podía ser, sin embargo. En general, Aira se había mostrado reacio a leer a sus contemporáneos. Por no decir que aborrecía los grandes consensos. Bastaba que todo el mundo coincidiese en que había que leer a Bolaño para que, automáticamente, eso fuese lo que menos le apetecía en esta vida (artículo completo en Jot Down).

Pase, pase, por favor

Me gusta recibir visitas, aunque me cobren. La semana pasada, por ejemplo, vino a casa el experto en carpintería de aluminio. Llevaba una semana y media esperándolo. Había ensayado un par de sarcasmos sobre la seriedad en el trabajo y la gente puntual, pero a última hora me faltó valor y me limité a preguntar si le apetecía un café o una cerveza, que era justo lo que no tenía. El muy hijo de puta los rechazó con un «no» demoledor, casi esdrújulo. Rene LavandNo escuchaba una negativa con tanto músculo desde el instituto, cuando le propuse a Alicia ir al cine y me respondió que «antes me corto las venas».

La siguiente hora la dediqué a observar al técnico con las manos en los bolsillos, para dejar claro quién era el escritor. No me daba miedo que pensase que llevaba meses buscando una idea para una novela, pero no se me ocurría nada. En realidad, eso también lo pensaba yo. En cambio, a él producía placer verlo en acción. Manejaba las herramientas con una habilidad medieval, demoníaca, ante la que llegué a imaginarlo escribiendo una novela con un destornillador de estrella y una llave inglesa, para los capítulos más espinosos. Me hizo pensar en René Lavand, cuando dibujaba a la velocidad de la luz, y lentamente, uno de esos ejercicios de magia con los naipes en los que el truco, claramente, lo ejecutaba con el brazo que le faltaba desde niño. Me parecía inconcebible que la gente no advirtiese que su extremidad amputada seguía maniobrando en la sombra.

Hay ocasiones en que la magia carece de trucos, y se impone. Años antes me había encontrado con una experiencia semejante en un libro de César Aira titulado ‘El mago’. Su protagonista, Hans Chans, acudía a una convención de ilusionistas, donde pretendía alcanzar el título de mejor mago del mundo. Para ello contaba con una ventaja irreductible: era un mago de verdad, que no empleaba trucos. Podía anular a voluntad las leyes del mundo físico y hacer que objetos, animales o personas, él mismo incluido, apareciesen o desapareciesen, se desplazasen, se transformasen, flotasen en el aire, en una palabra, hiciesen lo que él quisiese (artículo completo en El Progreso).

Foto: René Lavand

¿Y qué es el amor?

En una entrevista atípica, con muy poquito alcohol sobre la mesa para mi gusto, Carlos Barragán me preguntó la semana pasada, de parte de un amigo, qué concepto general del amor manejaba alguien como yo. Lo miré fijamente, incrédulo, y a continuación estudié mi copa de ginebra, medio vacía. Esto es la hostia, pensé. Y me acordé del letrero quesophia-loren6-950x514 Frank Sinatra tenía en su casa, sobre la barra de bar que había mandado levantar para no sentirse un extraño en su propio hogar: «Don’t think, drink».

En ese instante, solo deseaba saber quién había sido el hijo de puta amigo mío que había sugerido esa pregunta. Tenía varios candidatos en la cabeza. Cualquiera de ellos es bien capaz de boicotearme una entrevista. Los quiero por eso. «Ese amigo mío, tendrá nombre, ¿verdad?», le dejé caer al periodista de Highway Magazine. Pero el muy cabrón se aferró a sus secretos como si fuesen esas monedas justas que has reunido buscando en los bolsillos y los cajones para comprar un paquete de tabaco con el que salvar el día.

«¿Mi concepto general del amor, dices?», repetí para ganar algo de tiempo. Calculé de memoria que necesitaría un año, tal vez año y medio, antes de encontrar una buena frase con la que sacudirme al entrevistador. Farfullé varias veces, como si fuese idiota, mientras buscaba a oscuras. Estaba tan sobrio, que me sentí un niño que se levanta a media noche con ganas de hacer pis y tantea las paredes en busca de la llave de luz, sin hallarla. «Claro, el amor, ya entiendo», dije para mí, sin entender una mierda. Por fin encontré la vía para salir del avispero diciendo que el amor, contra lo que pueda parecer, solo tiene sentido si en algún momento se acaba (texto completo en El Progreso).

Foto: Ieri, oggi, domani de Vittorio De Sica (1963).

Fue bonito…

«Deprisa y mal» es uno de mis lemas preferidos, ya desde la EGB. Cuando una tarea se vuelve farragosa e insípida esa locución funciona como una pócima, y deja escapar un ‘clac’ muy parecido al de las cajas fuertes al abrirse. La velocidad lo redime casi todo, aunque sin renunciar a crear sus propias enfermedades. Por lo pronto te aleja del aburrimiento antes de que no tenga remedio. Hay pocas cosas peores que la sensación brumosa que producen las labores anodinas, a las que te resulta difícil sustraerte, como hacer la cama, con embozo incluido, o cocinar para uno. Parece que no vas a acabar nunca de hacerlas. No me refiero sólo a tareas domésticas. Cualquier cosa trascendental puede en un momento dado volverse insulsa, como acudir al médico porque te duele La dolce vitaalgo, o escribir la columna del día pegado a la actualidad, en lugar de enfilar uno de esos temas extemporáneos que tanto te apasionan, porque no vienen a cuento.

Cuando me enfrento a instantes así, rodados a cámara lenta, y que parece que te van a llevar una vida entera, apenas hallo fuerzas para decirme: hay que acabar pronto, Tallón. Sólo te importa acabar, acabar desesperadamente, apretar el acelerador a fondo y buscar el fin de la tarea, aunque después del final sólo exista un barranco de vertiginosas y bucólicas vistas, como en Thelma y Louise. Existe un minuto en cada uno de tus días en el que necesitas parpadear y, al abrir los ojos, estar lejos, en otro país. Ni que decir tiene que te conformas con estar en otra habitación. Te invade la angustia y sientes que lo único importante es finalizar lo que estás haciendo, sin importa demasiado cómo, y hacer otra cosa. Deprisa y mal está bien. Te vale.

Algunas noches, cuando me meto en la cama a las nueve, me acuerdo del comienzo de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, la novela que Roberto Bolaño escribió a cuatro manos con A.G. Porta: «La muy puta conducía a toda velocidad». Es uno mis comienzos preferidos. La sola frase levanta una ventolera refrescante y veraniega. Te hace creer que vas en moto y desciendes por esa carretera endiablada que conduce al Casino de Mónaco, a donde acudes un par de veces al año a apostar a la ruleta y perderlo todo. La velocidad vuelve menos traumática la bancarrota. Tenías unos ahorros, los arriesgabas apasionadamente, de pronto no tenías nada, fin. ¿Dónde está el trauma? A veces las cosas mal hechas bien parecen. «Fue bonito», dices cuando piensas en cómo acabó todo, deprisa y mal, pero efervescentemente (artículo completo en El Progreso).

Mientras haya bares…

Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café. Claudio Magris es uno de esos escritores que no puede trabajar en casa, donde te acechan la familia y los objetos cotidianos. El bar es el sitio, sostiene, «donde la soledad se verifica en medio de los demás». Más información

En la barra de un bar

La verdadera dimensión de un pueblo viene dada por su capacidad para divertirse. Tal vez estemos en las últimas, como indican todos los datos, incluso es posible que seamos fantasmas, pero aún así, no veo la tragedia por ninguna parte. Frente a los problemas, lo importante no es disponer de una salida sino evitar la preocupación. Desdramatizar. Nada es grave si conseguimos pensar en otra cosa. Hace tiempo que este país sabe que la velocidad a la que vamos llegaremos enseguida al siglo XIX. También somos conscientes, por fortuna, de que cualquier angustia se diluye sobre la posibilidad de una buena comida o una barra de bar. Lo sabemos desde nuestra prehistoria, probablemente. Somos así. Recuerdo una viñeta memorable de Chumy Chúmez en la que aparecían dos niños saliendo de la escuela, y uno le decía al otro que «si no fuera porque piden fechas, la historia de España sería sencillísima, porque es siempre lo mismo». Esta dialéctica de la repetición se agudiza. Nosotros somos así hace mucho tiempo. No están los días para poner en riesgo a felicidad.

¿Crisis económica? ¿Crisis financiera? ¿Crisis social? ¿Crisis total? Gilipolleces. El fracaso, cuando es un fracaso rotundo, severo, sin barnices, siempre tiene dignidad, y sobre sus ruinas –si los escombros y la basura son buenos– florecen los frutos. Las sociedades felices no son tanto aquellas que incrementan sin parar su PIB, como las que, con los índices macroeconómicos hundidos, con una población desahuciada, tienen los bares llenos. He ahí el secreto. Hay que convocar a la sordera. César Aira sostiene que, cada vez que el motor de su automóvil hace un ruido extraño, sube al máximo el volumen de la radio para conjurar la avería. A veces da resultado.

Foto: Chumy Chúmez.

Ningún libro se puede resumir

Sólo hay un momento crítico, insuperable para un escritor, y llega cuando alguien le pregunta: «De qué va la novela», o «cuánto tardaste en escribirla», o «a qué dedicarás los 6.000 euros del premio». Mamarrachadas, sí, pero mamarrachadas capaces de destruir tu reputación. Da igual qué respondas. A la luz de las preguntas ya eres el imbécil del año. Por suerte, son pocos los autores que no sufren en algún momento de su carrera una entrevista así. Eso, aunque parezca que no, proporciona cierta felicidad. En realidad, todo este descrédito al que uno se ve sometido por hacer frente a preguntas pánfilas, podría evitarse si el escritor se limitase a no decir nada de su libro. Un autor expresivo también puede ser un individuo que calla. No deja de haber elocuencia en las maniobras silentes que suceden a la escritura. Mantengo la teoría de que los autores no tienen gran cosa que decir en relación a sus textos. Sigo al pie de la letra la norma de Jean Echenoz, que sostiene que «un libro no se escribe para después hablar de él, sino para no tener que hablar». En caso contrario, puede aparecer un periodista, que sin tiempo ni ganas de leer la novela, te propone: «Y dime, ¿qué ropa vistes para escribir?».

César Aira maneja la convicción de que la relevancia de un escritor viene dada por las preguntas a las que lo someten durante la promoción de sus libros. Cuanto más destacado es un novelista más simples resultan las preguntas. Al principio de su carrera era común hacer frente a cuestiones como: «¿Qué opina usted del estructuralismo?», o «¿Qué rastro han dejado en su narrativa las vanguardias francesas de principio de siglo XX?». La dificultad que convocaba el periodista en sus interrogantes era síntoma de que lo tomaban por un escritor del montoncito, del que nadie se acordaría a la vuelta de unas semanas. A medida que su carrera se consolidó, Aira comenzó a tomar conciencia de que lo respetaban porque las preguntas cambiaron de tono: «¿Escribe con ordenador o a mano?», o «¿Tiene miedo al folio en blanco?». En los últimos años advierte que su prestigio ha dado un salto de gigante, a raíz de preguntas como «¿Está casado o soltero?».

En última instancia, uno puede responderlo todo, aunque pagando cierto precio. En el camino de la entrevista, de hecho, hay que afrontar imposibles, como resumir en un puñado de palabras eso que te ha llevado un año, tres, seis escribir. Ninguna novela, ningún poema, por breves y simples que parezcan, se pueden resumir. Es imposible. ¿Quien emplearía diez años escribiendo un libro que se puede simplificar en cinco minutos de charlatanería? Enrique Vila-Matas cuenta la historia de un amigo escritor que cuando le preguntan de qué trata su novela, responde muy brevemente, resumiendo a la perfección: «De todo lo que va escrito en ella». Es una tarea absurda intentar el resumen de tu novela. Nunca acertarás del todo. En ocasiones, trata de algo muy distinto a lo que tú habías presumido, cuando no lo opuesto. Después de todo, tú sólo la has escrito.

Foto: Enrique Vila-Matas.

El escritor debe seguir caminos de perdición

La idea que estoy teniendo últimamente es que la ignorancia produce grandes obras. Tal vez parezca una idea ridícula, equivocada, pero en el fondo es irreprochable y redonda. En una entrevista de hace dos años, Fabio Morábito sostenía que un escritor es, en rigor, alguien que no sabe escribir. Al principio no entendía qué quería decir, pero me pareció evidente que alguien que se pronunciaba en esos términos misteriosos estaba accionando una bomba invisible. La verdad, en ocasiones, es verdad porque no se entiende. Hice lo que conviene hacer en casos así: huir, pensar en otras cosas. No pensar. Como era previsible, el enunciado acabó regresando por su propio pie, pero esta vez claramente descrito. Morábito hablaba de la necesidad de trabajar con las herramientas que otorga la ignorancia. Un novelista tiene que desconocer dónde pone los pies. Una idea clara nunca puede ser superior a una duda, incluso a un error. César Aira sostiene a menudo que cuando se comete un error, cuando algo sale mal, no hay que cambiarlo, no hay que corregir, sino seguir hacia delante. A veces, siguiendo adelante –añade– los errores se capitalizan y dejan de ser errores.

Un escritor debe acometer novelas que no sea capaz de abordar, que lo aboquen al fracaso. Hay que fracasar de nuevo cada vez. Ese es el programa del verdadero escritor. Acabar con todo aquello que lo haga sentirse seguro como novelista. Sólo así, tal vez, no fracase. Trato de explicarlo en mi próxima novela, que deambula a la busca de editor. Probablemente estas condiciones sean las únicas en las que lo imposible puede hacerse realidad. En algunos oficios hay que encontrar la determinación y la fuerza necesarias para tomar siempre caminos de perdición. La dirección correcta es siempre la dirección equivocada. Entre dos caminos, elegir el que no es. Los aciertos que se siguen del conocimiento no deparan a menudo más que aburridas emociones.

Es imprescindible que un autor, en cada momento, sienta que no tiene nada que ver con lo que está escribiendo. La filosofía sería que, en ese instante milagroso previo a redactar las primeras palabras, el novelista declare la intención de escribir la novela que no tiene ni puta idea escribir. En literatura, como en otras facetas de la vida, no conviene disponer de plan. Y si existe un plan, es imprescindible salirse de él. Juan José Becerra mantiene que escribir “es una secuencia donde uno escribe con la mano y borra con el codo”. El hecho de borrar, en el sentido de escribir contra lo que uno sabe, le parece una operación obligada para cualquier escritor. Es en el naufragio, en la ignorancia frente a las decisiones que se deben tomar,  donde el hombre está más seguro y próximo a acertar.

Foto: Fabio Morábito.