Nada debajo del vestido

Estamos solos, pero a veces una frase proporciona compañía, o una certeza a la que agarrarse, o una esperanza, como la que albergan los villanos cuando se reencuentran con 007 y dicen continuamente «Volvemos a vernos, señor Bond», con el vano propósito de acabar al fin con él. La frase fetiche no siempre contiene épica, o una promesa de felicidad. A menudo llama poco la atención. Cesare Pavese, arrastrado por su desencanto, siempre recurría a una expresión incapaz de hazañas, en forma de manotazo: «¡Me importa un bledo!». También Azorín deslizaba en muchos de sus libros un «siempre es tarde» que pasaba desapercibido, aunque al final podía quedarte la sensación de que nunca llegará ese tren.

No es fácil dar con una frase así, en forma de guante, hecha a medida, que sirva para que el autor se ría por dentro. Por regla general no existe, o está debidamente escondida. Los autores incluso intentan no repetir nunca la misma, para no encariñarse. Les gusta permanecer a solas con sus millones de oraciones, sin recordar ninguna en concreto. Construir una frase fetiche que se emplee siguiendo una pauta para iluminar un momento oscuro, o proveer un sueño, parece algo tan sencillo que bien pudiera ser muy difícil. Hay en ella una especie de pistoletazo al aire. Cuando la escuchas, sabes que va a suceder algo, aunque ignores el qué. Frank Columbo, el teniente de homicidios de Los Ángeles que interpretaba Peter Falk, tejía desordenadamente sus investigaciones, mientras fumaba puros apestosos, vestía una vieja gabardina y se movía en un Peugeot 403 Grande Luxe Cabriolet destartalado. En general avanzaba sin grandes certezas, hasta que, a punto de dejar marchar al sospechoso, le decía: «Por cierto, una última pregunta…». Segundos después, esclarecía el crimen (artículo completo en Jot Down).

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Poetas o novelistas, ¿quién manda?

La prosa avanza sin consideración, casi a ciegas, y a veces alcanza a la poesía con su peso, aplastándola. Muchos novelistas, sin embargo, ambicionaron antes ser poetas, y quizá reinar en el mundo de ese modo que solo un poeta puede. Pero apenas se aventuraron en sus primeras novelas o cuentos abandonaron ese sueño. Su prosa lo desarboló. Algunos admitieron el fracaso. «Aún escribo versos, pero siguen siendo igual de malos que los de mi primer libro, y los destruyo todos», afirmaba William Faulkner en 1955 durante una entrevista en Le Nouvelles Littéraires, cuando ya era un escritor famoso y premio Nobel. En cambio, era un joven de 22 años que se consideraba poeta cuando en agosto de 1919 The New Republic mostró su primer poema, con resonancias simbolistas. Y habría aún más versos antes de escribir su primer cuento y poco después sus grandes novelas. Corría 1924 cuando se dirigió por carta a la editorial Four Seas Company ofreciéndole un manuscrito con su poesía. Al editor le gustó, pero sólo podría publicarla si Faulkner «pagaba el coste de producción». Un año después, un amigo le prestó 400 dólares y y vio la luz El fauno de mármol. En 1933, cuando ya había adquirido enorme prestigio tras escribir FaulknerLa pagada de los soldados, Mientras agonizo o Luz en agosto, publicó La rama verde, su segundo poemario. Un año antes, sin embargo, ya afirmaba que era un «poeta fracasado», y en una carta a Harrison Smith, editor de Random House, confesaba que algunos de sus poemas eran «de segunda fila».

No menos severo que Faulkner con su poesía, lo fue Scott Fitzgerald con la suya. Tenía 20 años el día que afirmó que la poesía era «lo único que valía la pena». En plena adolescencia, internado en Newman School, había escrito su primero poema, titulado «Football», y en la primavera y el verano de 1916, ya en las aulas de Princeton, se pasó el tiempo componiendo sonetos, baladas y rondeles. «Tenía que publicar un poemario rompedor antes de que el mundo me tragara», se proponía por aquellas fechas. No lo logró. Ese libro solo fructificaría tras su muerte. El poeta fue engullido demasiado pronto por el narrador (artículo completo en El Progreso).

La novela inacabada de Faulkner

Algunas ideas nacen con tanta fuerza que son insostenibles en el tiempo. Justo eso sucedió con Elmer, la novela sobre un norteamericano en París que William Faulkner nunca acabó de escribir. Iba a ser una novela «grandiosa», en palabras del propio autor. En agosto de 1925, éste se había instalado en París, después de viajar desde Nueva Orleans a Génova a bordo del carguero West Ivis. A la espera de que la editorial Liveright confirmase la publicación de su primera novela, La paga de los soldados, Faulkner estaba ya inmerso en la escritura de Mosquitos. Pero el 23 de agosto dirigió una carta a sus padres con faulkner_recordingun emocionante arranque: «Queridos padres. Estoy a la mitad de otra novela, grandiosa esta. Es totalmente nueva. Hasta anteayer no se me ocurrió. He dejado a un lado Mosquitos: no creo ser lo bastante viejo para escribirla como debiera escribirse». Tres días después, en otra misiva, insistía en que estaba trabajando duro en la nueva obra. «Pienso con razón que es terriblemente buena; tan clara está en mi mente que apenas puedo escribir lo bastante aprisa». Pronto se vería que la velocidad no es la vía más rápida para contar una historia.

Encerrado en una habitación de la rue Servandoni, junto a los jardines de Luxemburgo, por la que pagaba un dólar al día, el novelista escribía tanto que casi se sentía «excluido de todo». Esos días incluso se dejó barba. La llevaba lo bastante larga como para «aguantar el agua». Vivía en permanente ebullición. De hecho, a la vez que avanzaba en Elmer preparaba un libro de poemas para niños y una serie de artículos de viajes, que nunca publicaría. El 6 de septiembre, cuando volvió a comunicarse con sus padres la novela tenía ya más de 20.000 palabras. Además, añadía, «acabo de escribir algo tan bonito que estoy a punto de estallar: dos mil palabras sobre la muerte y los jardines de Luxemburgo. Tiene un sutil reto argumental, sobre una mujer joven, y se trata de poesía aunque esté escrito en prosa». El 10 de septiembre, Elmer ascendía a 27.000 palabras. No sólo eso: había escrito un poema «tan moderno que ni yo mismo sé lo que significa», así como «el mejor cuento del mundo. Es tan hermoso que cuando lo terminé fui a mirarme al espejo» (artículo completo en El Progreso).

La solapa de un libro

EN UNA ÉPOCA lamentable y divertida de mi vida creía que cuando una editora te llamaba por teléfono, y te reclamaba un texto biográfico para incluir en la solapa de tu próxima novela, a punto de publicarse, tenías que esmerarte. Era un texto valioso, tal vez insignificante, pero a la vez importantísimo, del que dependía tu carrera, aunque fuese a pasar completamente desapercibido. Ese textito de mierda, por así decir, era lo primero que iban a saber de ti algunos lectores, y no querrías defraudarlos y que creyesen que eres una persona como las demás, con un lugar Nobel Prize winning author Samuel Beckett, Paris, 1986y un año de nacimiento, y que entre un momento y otro se limitó a hacer cosas, como escribir ese libro, o no escribir algunos otros.

Recuerdo que la primera vez que me enfrenté a mi biografía en una solapa, me llevó varios días escribirla, borrarla, escribirla otra vez, retocarla, escribirla, arrojarla a la papelera, y después escribirla varias veces más. Cuando al fin estaba escrita, perfecta, aún tuve que borrarla, pues ocupaba varias páginas, y no había solapa que resistiese aquel tostón.

Con el paso del tiempo, y la llegada de una nueva época lamentable y divertida, me conciencié de que las biografías de los autores debían de tender a la ligereza, para que sus lectores —si es que tenía lectores— no llegasen a la primera página del libro agotados, con la sospechosa idea de que el escritor era un individuo predestinado, y en el fondo un poco cretino. En ese momento, sin embargo, todavía creías que, dentro de la ligereza, la solapa podía ser un espacio para hacer literatura. Terrible error. Yo lo cometí. No hay que intentar ser ingenioso cuando escribes tu biografía en la cubierta de tu libro. Nunca. No. Y no. Ni ingenioso, ni brillante, ni otras maravillas por el estilo (artículo completo en El Progreso).

Foto: Samuel Beckett (por Bob Adelman).

Escribir en Nueva York

Soy un defensor a ultranza de los gestos absurdos. Son ese tipo de lujos para ricos que nos damos la gente pobre. Proporcionan carácter y, en el fondo, traslucen una inteligencia agreste, como una viñeta de El Roto, que con apenas una frase estrambótica te baja los pantalones. Cuando me cruzo con un gesto de esa naturaleza salgo a contarlo enseguida, sin dilación, casi con violencia. A veces coincide que estoy en calzoncillos y bajo tal cual a la calle. Tengo ya esa edad en la que sé que hacer el ridículo es otra cosa, y en todo caso, no es grave. Se trata de una desesperación que podrías evitar, pero para qué exponerte al riesgo de olvidarlo. Philip LarkinNo sé ni cuantas veces se me han ocurrido, mientras me ducho, frases perfectas, y por no arriesgarme a una caída al salir a la carrera de la bañera para apuntarla, sin secarme, se me olvidan.

Las cosas importantes, aunque sean muy absurdas, no son absurdas en absoluto. Ni siquiera son importantes. De ahí su trascendencia. Conviene anotarlas sin perdida de tiempo, igual que la fecha de tu boda. En una ocasión Juan Carlos Onetti se despertó de la siesta y le preguntó a su amigo Horacio Varela, que estaba con él, si lo había oído hablar en sueños. Era habitual que el escritor balbucease sus historia en alto, mientras dormía. «No, don Juan, no le he oído decir nada», respondió Horacio. «Qué lástima. Era un cuento perfecto. Se me ha escapado para siempre», dijo Onetti apenado, y siguió en la cama varios años más.

Hace una semana, de visita en Madrid, fui a ver un partido de España a casa de unos amigos que no conocía. Cuando entré en su vivienda y los vi, después de una vida sin saber nada de ellos, me parecieron excombatientes de la primera Guerra del Golfo de vacaciones en una isla del Pacífico, con todas las comodidades a su disposición. Todos llevaban la locura y la felicidad en los ojos, e inmediatamente pregunté dónde había que alistarse. Fue una noche gloriosa. Cuando me di cuenta, España ya perdía 1-5, pero no tenía demasiada importancia. Bastante preocupaciones tenía yo con escribir la biografía de León, uno de los exmarines, en el teléfono móvil. Me dio tiempo a registrar cuatro frases, suficientes para recordar que hace un par de años León escribió su primera novela, titulada Perfectopía. 

En lugar de sentarse y empezar en caliente, prefirió demorarse en gestos absurdos y fríos, como si las prisas fuesen malas. Primero alquiló un despacho a las afueras, pues vivía en el centro de Bonn, y eso perjudicaba la objetividad del relato, y quizá también la música de la novela. Después, para acudir cada día al despacho y escribir, se vio obligado a comprar un coche último modelo. Eligió un Mini.

No había escrito la primera frase y ya se había gastado veinte mil euros crudos. ¿No es un gestazo? A veces la literatura exige cierta comodidad. Hay novelas que se escriben en despachos profesionales, bien iluminadas, con aire acondicionado, y un cuidado mueble-bar, en el que poner a refrescar el champagne, y novelas, como ocurre con Mientras agonizo, de William Faulkner, que se escriben –suponiendo que sea verdad– dándole la vuelta a una carretilla para apoyar los folios, y quitándose la camiseta.

Es muy fácil decir, como afirmaba Faulkner, que todo lo que se precisaba en su oficio eran papel, tabaco, comida y un poco de whisky barato. Discrepo. Yo estoy con León. Cada vez más, para escribir a gusto, empiezo a necesitar un buen apartamento, a poder ser en Nueva York, con vistas a Central Park, y bebidas más o menos sofisticadas servidas por mi propio camarero, trasladado desde Europa. No me vale aquello de Stephen King, que en sus primeros años, en un día normal de trabajo, no redactaba un verbo sin acudir antes a la cerveza. Un periodista, para quedar bien, le quitó hierro a eso de beber un botellín, y King, para devolver las cosas a su sitio, precisó: «Es que me tomaba una caja diaria, 24 o 25 latas…».

En esencia, la literatura son gestos. Dos días después del partido de España volví a quedar con los combatientes del Golfo para repetir la felicidad. De pronto, en mitad de la comida, alguien citó a Fernando Pessoa, y Miguelito, como surgido del frío –no en vano estábamos a 30 grados–, prorrumpió en un gesto absurdo contra los poetas que escribían en verso libres. «¡Pero qué pollas ha hecho Pessoa en la vida! ¿Cambio de renglón sin rimar y soy poeta?», preguntó con un cinismo afilado contra una piedra lentamente. Fue inevitable no ver en Miguelito una sombra de Philip Larkin aquel día que dijo que «la idea de expresar sentimientos en líneas cortas con sonidos similares al final me parece tan ridícula como la de que haya mangos en la luna».

Artículo publicado en El Progreso.

Foto: Philip Larkin.

Kennedy contra Faulkner

Nunca hay que acudir a un sitio a la primera llamada. Ni siquiera cuando te llama tu madre. Denota exceso de buenos modales. Exacerbados, los buenos modales son una ordinariez. Te empujan a incurrir en aciertos imperdonables. Yo siempre desconfío de la gente con una feroz disposición para acudir enseguida a las llamadas y acometer empresas. Todo tipo de empresas. Aunque solo sea desenroscar la cafetera italiana o invadir una nación extranjera. Los asuntos impostergables sólo deberían acometerse tras una larga y superficial reflexión, que provoque un retraso moderado, para evidenciar que, como tú te temías, no eran tan impostergables. Me gusta remitirme a Albert Cossery. Amaba la literatura, no existía nada más sagrado en su vida, pero apenas escribía, para demostrar que había cosas más sagradas. Cada mañana, en su habitación del hotel La Louisiane (París), se levantaba a la misma hora, se tomaba dos horas para prepararse, y se sentaba a la mesa en traje, corbata y pañuelo, como quien vela un cadáver. kennedyCuando al fin todo parecía en su sitio, incluyendo el silencio y los pasos del pasillo, escribía brevemente. Nunca redactaba más de dos frases a la semana. Creía que en literatura había que saber escapar a la llamada de las oraciones que brotan solas.

A veces es importante no escuchar bien. Te ahorras disgustos, como cuando tu madre te grita «Juan, ven un segundo». Intrigado, porque pueda tratarse de un asunto vital, vas. Enseguida descubres, sin embargo, que se trata solo de que bajes la basura, y compres pan, y, de paso, le lleves este vestido descosido a la abuela. Todo por acudir a una llamada. Durante la presidencia de John Kennedy, éste invitó a William Faulkner a una cena privada en la Casa Blanca. En esos años, los presidentes de los Estados Unidos ya se creían figuras más relevantes que los escritores, incluso que los gansters. Faulkner rechazó la llamada del presidente, como haría si se lo hubiese pedido su madre. Nunca viajaba hasta tan lejos para cenar con un extraño. A vuelta de correo, contestó cortésmente al presidente que «yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, con mucho gusto le invito a mi casa de Rowan Oak, en Oxford, Misisipi». En el fondo, fue como haber acudido a Washington y levantarse en mitad de la cena, alegando que la sopa estaba asquerosa, y regresar a casa dando un paseo (artículo completo en El Progreso).

Yo quería ser taxidermista

En agosto, esta ciudad se convierte en esa clase de lugares, familiares e inhóspitos, que no existen. O, en todo caso, existen vagamente, por referencias, una cita en una novela, una catástrofe en el periódico, y tal. Creo que es una de las razones por las que me gusta. Y porque soy vecino de Yosi, de Los Suaves. Aquí todos nos conocemos, pero sin saber muy bien quiénes somos. Eso te permite llevar una existencia apacible, casi aburrida, y portar de vez en cuando un libro de Faulkner bajo el brazo sin que nadie te pregunte si «ese Faulkner es de aquí». Más información

Papel, tabaco, comida y algo de whisky

William Faulkner sostenía que la experiencia le había enseñado que todo lo que se precisaba en su oficio era papel, tabaco, comida y un poco de whisky. El verdadero escritor tenía bastante con eso. En realidad, eso era todo lo que necesitaba para vivir. No importaba de qué estuviese rodeado. «El mejor empleo que jamás me ofrecieron –dijo en una ocasión– fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en el que un artista puede trabajar. Disfruta de perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre la cabeza y no tiene nada que hacer excepto llevar unas pocas cuentas y pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. Por las noches hay suficiente ambiente como para que el artista no se aburra». No me parece Faulkner la clase de persona que necesita exagerar. En todo caso, es público que fue un bebedor excelente, un fumador extraordinario, y autor de Luz en agosto o Mientras agonizo, que, según una leyenda más o menos falsa, escribió apoyando los folios en una carretilla volcada.

Si partimos de este ejemplo, tal vez sea cierto que hoy vivimos por encima de nuestras posibilidades. Nadie sobrevive a base de tabaco, comida y algo de bebida. No, quiero decir, más allá de algunos años, tiempo en el que no parece realista pensar en escribir una novela decente. Faulkner nunca completó estudios, lo que no fue obstáculo para recibir en 1949 el premio Nobel de Literatura, un dato que nos permite confirmar que en la sociedad actual nos educamos por encima de nuestras posibilidades. No sé Faulkner, pero nosotros es seguro que también enfermamos por encima de etcétera.

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