¿El camerino de Sinatra?

Existió un tiempo verde y radiante en que los escritores solo sabían escribir, y a veces ni eso, y el mundo entero los admiraba. Ellos no necesitaban nada más que escribir para triunfar. Ni siquiera debían esforzarse en ser honestos o simpáticos, o ayudar a viejecitas desvalidas a cruzar la calle. «No sabe actuar, no sabe hablar, ¡pero es impresionante!», decía Louis B. Mayer, magnate de la Metro Goldwyn Mayer, de la gran Ava Gardner. Escribir lo era todo en aquellos días. En cierto sentido, los otros órdenes de la vida, menguantes, no existían. Tú solo debías preocuparte por escribir, Avay en las demás facetas, como encender el calentador, arreglar una persiana o cenar cordero asado, cultivar la ignorancia. Onetti lo dice con una frase simple, casi indigente, pero perfecta, refiriéndose a Junta Larssen en ‘El astillero’: «Sabía pocas cosas, y rechazaba muequeando a las que lo rondaban queriendo ser sabidas».

En casos excepcionales, el escritor también sabía beber hasta caer en la cama, no necesariamente en la suya, sin conocimiento. Y no digamos fumar. El tabaco era esa clase de hipnótico vicio que proporcionaba tersura y carácter a las frases. El cigarro equivalía a un sustantivo adjetivado, con exactitud, libre de pretensiones. «Ten, toma un puro. ¡Enciéndelo y sé alguien!», recomienda a un amigo uno de los personajes de ‘El blues de Pete Kelly’. Estas eran toda la clase de distracciones que se permitía antes un autor. No había que pedirle nada más. Ni siquiera que supiese hablar o respetase la ley. Es más, de ser necesario, lo arrojaba todo por la borda, moral incluida (artículo completo en El Progreso).

Foto: Frank Sinatra y Ava Gardner.

Anuncios

El gintónic es dios

El señor que estaba a mi lado se levantó de la silla y le llamó «payaso» y «mamarracho» a Balotelli, de una tacada. Tenía una copa de gintónic en la mano, llena, y aunque se levantó como un cohete y lanzó un manotazo al aire, en dirección a Ucrania, no derramó una gota. Ni siquiera tembló la ginebra dentro del vaso. Me admiró ese temple. Insultó al delantero sin despeinarse, con perfección técnica, por así decir. En ese momento pensé que, si pretendiese imitarlo, me vaciaría el cubata encima, o peor, sobre mi vecino de mesa, que medía dos metros, y otros tantos de alto. Yo era de los que creían a Frank Sinatra cuando decía que necesitamos dos manos para ponernos el sombrero correctamente. «La parte de atrás elevada –aseguraba– y un par de centímetros inclinado hacia la ceja derecha». No tenía nada de extraño que me asombrase ante un caballero que insulta con la mano derecha mientras con la izquierda preserva el fuego sagrado. Aquel señor sabía insultar de puta madre.

La última vez que aplaudí un insulto, el destinatario fui yo. Entonces, trabajaba para un periódico local, en el que no había que estar fuerte en nada pero sí preparado para escribir en cualquier momento sobre sucesos, deportes, medio ambiente, sanidad, libros, fiestas populares, política o procesiones. Te recomendaban, además, saber limpiar un váter o arreglar una rotativa. Hacía tres días que me habían asignado la sección de tribunales, cuando después de publicar una información confusa, sonó el teléfono de mi mesa. «Quiero hablar con el comemierda que ha escrito en la página siete que me van a mandar a la cárcel». Enseguida advertí que querían hablar conmigo. Con la misma rapidez, intuí que seguramente me había equivocado y nadie iba a ir a la cárcel en la página siete. En ese instante, me pareció cobarde, pero prudente, decir que el tal Tallón tenía el día libre y que yo sólo era un becario. Pero que si quería, tomaba nota del recado. «Dígale, por favor, que no vale ni para plantar cebollinos. Alguien así no debería escribir ni albaranes». Tomé nota y cuando colgué y me aseguré de que nadie me vigilaba, rompí el papel y enterré el asunto.

El exabrupto, entendido no sólo como palabra injuriosa contra dios, la virgen, las personas o los objetos, sino como tratamiento de las circunstancias adversas, es decir, como técnica, me parece digno de estudio. Cada uno tiene su manera de resolver problemas. Recuerdo que la protagonista de Laura decía que no tenía miedo a los policías. «De pequeña me enseñaron a escupir cuando viese uno», explicaba. Ese escupitajo, en su caso, arreglaba muchas cosas. Los insultos también. Son herramientas para afrontar una realidad adversa. La grosería llega después de un hecho hostil contra el que hay poco que hacer. Despierta sensación de impotencia. Y nada más frustrante, cuando somos humanos, que admitir debilidades insolubles. Se agolpa, entonces, una carga interna que hay que bascular como sea. Es cuando llega la afrenta. No corrige el discurrir de los hechos, pero sí nos proporciona fuerza para asumirlos sin tener que hacer algo peor.

Lanzar una diatriba como la del señor contra Balotelli, y no verter el gintónic –porque el gintónic es dios– exige un entrenamiento que a veces dura años. Pasa como en Niágara, cuando Marilyn Monroe se pasea por la calle con un vestido capaz de conducir a cualquiera a la locura, y alguien dice al verla que «para utilizar un vestido como ese hay que tener costumbre desde los 13 años».

Foto: Niágara, de Henry Hathaway.