Pulsar un botón

Pulsar un botón es facilísimo. A veces se vuelve tan sencillo que no sabes que lo pulsaste. Cuando te das cuenta, la noticia te coge totalmente de sorpresa, bostezando, quizá haciendo crujir los dedos; enseguida comienzas a notar el deseo violento, anaranjado, de arrasarlo todo a tu alrededor. Es para matarte, te dices en el segundo que al fin dejas de estar demasiado ocupado tratando de averiguar cómo narices lo hiciste. Nunca lo sabrás. Sucedió muy rápido, entre distracciones. La vida no admite moviolas; tampoco cámaras lentas. Así es como borré yo la columna que había escrito para publicar aquí, pulsando una tecla. No tengo ni la menor idea de cómo lo hice. Sólo sé que fue facilísimo hacerlo, y de pronto ya no tenía columna y debí escribir esta, sin ganas. Los grandes autores estaban en ese momento escribiendo novelas sobre sus padres muertos, o duelos peores, y yo me ponía triste porque había pulsado una tecla por error. Así es mi vida.

Poco a poco, cuando se alivia la conmoción, estos traspiés producen una nostalgia enorme y artificiosa. En la ficción que se construye en tu cabeza, el texto perdido se vuelve de maravilloso –mira tú–, y los que escribes para sustituirlo, una birria. Pasa igual con aquellas ideas que un día se te ocurrieron mientras hacías otra cosa, y que no apuntaste en el instante de vislumbrarlas. En cuanto te distrajiste se te olvidaron para siempre. Fue inevitable. Pero tú tienes claro que eran geniales, las mejores ideas de tu vida. Y quizá eso te dé una idea de cómo está tu vida (artículo completo en El Progreso).

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Los calzoncillos de ayer

Nunca trabajes en casa, no dispongas una oficina recóndita y cálida en tu hogar, no tengas tu despacho en el mismo sitio que duermes. No tengas casa. En poco tiempo se desplomará sobre ti, como lluvia de invierno, y si tienes mala suerte, como yo, saldrás sin un rasguño. Tu ruina empieza ese día que sueñas con no mojarte al salir de casa, y con no madrugar para coger el autobús, o con darte el pequeño lujo de echar un trago en mitad del trabajo, para estirar las piernas. Malditos sueños. Hace dos semanas, infeliz de mí, se me ocurrió cumplir uno. No me daba ese gusto desde que hace unos años me compré unos pantalones de cuero, para una ocasión. Sólo tuve que expulsar a Gilda, mi perra, de su habitación, y meter en su lugar una mesa y una silla. Richard BurtonEl primer día de trabajo no me quité el pijama hasta las doce del mediodía. Y porque se presentaba la del Círculo de Lectores, con la que mantengo relaciones sexuales en mis sueños, precisamente.

El segundo día trabajando en casa noté que me atascaba con un artículo para Jot Down. Esto lo arreglo yo, me dije, con una cerveza. Me envalentoné, sin venir a cuento, a las cinco de la tarde. Lamentablemente, tres horas después seguía atascado, y borracho. A cambio, esa jornada aciaga me estaba dando el capricho de no ducharme, no afeitarme y seguir con el calzoncillo de ayer. Confieso que en estas dos semanas, por inercia, he ido aprendiendo a perderle el respeto a la higiene, paulatinamente. Quién sabe si esas son el tipo de cosas que hacen evolucionar tu estilo. Me animaba pensando en Josep Pla y sus dedos amarillos.

Una cosa condujo a otra, incluso dejó de conducir, y ahora me da pereza salir a hacer la compra. Ya no tengo yogures. Ni queso. Ni pechuga de pavo. Ni novelas de Gonçalo M. Tavares. Pronto se acabará la leche. En cambio, he empezado a ver hormigas en la cocina. «No le prestemos atención», le propuse a Gilda. «Matémoslas con nuestra indiferencia». Tal vez nada sea lo bastante grave mientras haya cigarros. Puede. Supongo que en ese caso es una pena que no fume.

El sentimiento de que el mundo se precipita hacia la ruina, tan antiguo, pero tan arraigado, empezó a volverse insoportable el viernes. Eran las ocho de la tarde y yo estaba en pijama, escribiendo un manual del fútbol, cuando me llamó un amigo para tomar unas cervezas. «¿Ahora?», pregunté con fastidio. «No, ayer», dijo, molesto. No supe cómo excusarme para no salir a beber. Se me vino el mundo encima. La sola idea de encontrar unos calcetines me hacía llorar. Todo era raro. No sentía tanta pereza desde hacía semanas, supongo que cuando supe que Pérez Reverte pretendía romper otra vez la pana con uno de sus libros, pretenciosos y huecos. Finalmente, alegué que tenía que poner una lavadora. La decepción fue automática. Nunca me hubiese esperado algo así de mí mismo. ¡Negarme una cerveza! No hace falta decir que esta semana desmonto la mesa. Gilda regresa a su habitación. Y yo al bar.

Foto: Richard Burton.