Se vende biblioteca

Estábamos en el sofá, viendo una serie. Eran casi medianoche cuando entró un mensaje en el móvil. Hice como que no lo escuché, o como si no hubiese llegado, y tragué saliva. Siempre trago saliva cuando suena un mensaje a esas horas. Marta hizo como si yo no hubiese hecho, y cuando se levantó a preparar un cola-cao, o a hacer que lo preparaba, espié el teléfono. La perra, tumbada a mi lado, abrió un ojo. Leí. “Hace tiempo que quería decirte que en el Todo a Cien de la Avenida de la Habana hay muchos libros de segunda mano a uno y dos euros. Siempre que voy, pienso en decírtelo por si te apetece echar un vistazo. El dueño es un hombre atento y muy afable”.

Llegaba la Navidad, no tenía nada que hacer, así que al día siguiente me dirigí a aquel Todo a Cien. En el escaparate había tres maniquíes horriblemente vestidos, de fiesta, casi disfrazados. El dueño del negocio se llamaba Sar y era africano. El interior semejaba una selva tupida, con estrechos pasillos por los que avanzar. Había que hacerlo despacio, como si no quisieses pisar una mina, para no romper nada. Pregunté por los libros. “Al fondo”, dijo Sar, señalando con el índice. Sonrió, como si supiese yo que había recibido un mensaje a medianoche. Aquel sitio, en el que parecía tan extraño que se vendiesen libros, me recordó al estanco de Auggie Wren en Smoke, que entre toda clase de artículos para fumadores también vendía libros (artículo completo en El Progreso).

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Un disparo en la cabeza

En 2009 visité la casa que Ernest Hemingway tenía a las afueras de La Habana, en San Francisco de Paula, enclavada en mitad de un pequeño bosque. En el interior, salvo los huecos que llenaban las cabezas de algunos animales africanos, las paredes estaban forradas con su biblioteca personal. En un momento de descuido conseguí adentrarme en una de las estancias, pues la visita se realiza desde el exterior, asomándose a las ventanas y las puertas, para que no tener la tentación de remover el orden de las centenas de pequeños objetos que un día formaron su universo doméstico. Sólo tenía interés en echar un vistazo a algunos de los títulos que se acumulaban en las estanterías, que un día habían dejadoSalinger de formar una biblioteca de verdad para volverse una especie de lápidas inviolables. Entre las obras descubrí El guardián entre el centeno, de Salinger. Semejante presencia era lo más normal del mundo. Aquella novela está en millones de hogares. Pero a mí me desasosegó; se me quedó colgando, como el hilo suelto de un jersey, con el que nunca sabes bien qué hacer.

En sus memorias, Valerie Hemingway, que durante años ejerció como su secretaría, y más tarde se casó con uno de sus hijos, revela que «los autores contemporáneas que más admiraba eran J.D. Salinger, Carson McCullers y Truman Capote». Después de que el autor de Adiós a las armas y Valerie se conociesen en España en 1959, él le regaló El guardián entre el centeno, y más de una vez he leído que el ejemplar que hay en Finca Vigía está autografiado por el propio Salinger. No tuve la feliz idea de extraerlo aquel día de la estantería y averiguar cómo lo había leído Hemingway, si con las manos quietas, o subrayando, y si de verdad estaba firmado por el autor (artículo completo en El Progreso).

«Yo no hago nada»

Nos pasamos la vida haciendo cosas que, algún tiempo después, descubrimos con relativa sorpresa que no hicimos. Es desolador. Si no hay nada en contra de incurrir en contradicciones, diré que también es confortante. Algunas de las cosas que suceden, en cierto sentido, no pasan nunca. Ya sé que no se entiende. José Ángel Valente lo exponía incluso más crípticamente, y con mayor belleza, cuando escribió «El solo encuentro en el que nunca / nada podría al fin haber pasado.JOSÉ ÁNGEL VALENTE / La posibilidad de todo. / Y esa oscura carencia / de hechos y de días / borraba, más real, / la ficticia hilazón / de tu biografía».

En literatura resulta común, esplendoroso y triste escribir durante semanas, encerrado en tu mierda de casa, sin probar una gota de agua, mientras sueñas que al fin tienes entre manos algo que pondrá el mundo patas arriba, y abrirá una época, con un nuevo abismo. Experimentas una agradable emoción cuando finalizas el trabajo y te quedas con los brazos cruzados mirando tu obra, con un gesto sabio, casi abstracto. Sospechas que nunca más escribirás nada parecido, que lleva fuego dentro, y que si lees con intensidad puede arder igual que una zarza, sin consumirse. Hay una voz, dentro del texto, que bien podría provenir de los cimientos, o aun de más abajo, de un abajo que produce escalofríos. Qué hijo de puta, te dices a ti mismo, con admiración.

Lamentablemente, cuando dejas pasar algunos días –que tal vez puedas aprovechar para retomar el agua de nuevo–, y después relees un par de veces lo que has escrito, lo rompes en mil trozos y lo arrojas a la basura con hastío, casi asco. Se trata de una operación fulgurante y feliz. La destrucción, al fin y al cabo, constituye una fase más del proceso creativo, no exenta de vértigo.

Existen pocas cosas tan seguras como que ese texto carece de valor. De pronto, todo cobra un penoso sentido, y le das la razón a Ernest Hemingway cuando afirmaba que «la primera versión de algo siempre es una mierda». Te deshaces de las pruebas, aunque sin despreciar el esplendor que desprende el cubo de la basura. Rafael Morales le consagró un aceptable soneto, con un par de estrofas consoladoras: «Cada cosa que encierras, cada cosa / tuvo esplendor, acaso hasta hermosura. / Aquí de una naranja se aventura / su delicada cinta leve y rosa. / Aquí de una manzana verde y fría / un resto llora zumo delicado / entre un polvo que nubla su agonía».

A menudo haces cosas sin parar y, cuando te das cuenta, no has hecho nada. Sigue sin entenderse, supongo. Tal vez nos ayude a avanzar si menciono el deplorable día que me decidí preparar las oposiciones a profesor de filosofía. No tenía nada que perder. Ni siquiera el dinero con el que compré los temarios, que extraje de los ahorros de mis padres. Inesperadamente, tuve clarísimo que deseaba ser profesor de instituto. Por desgracia, los tomos tardaron quince días en llegar. En ese ínterin, vi con una nitidez milagrosa que, en realidad, deseaba tomarme un año sabático para escribir una novela. La posibilidad de aprobar una oposición, y que la vida se volviese una balsa de aceite, me espeluznaba. En resumen, había hecho cosas –tomar el pelo a mis padres, comprar unos temarios que ni siquiera saqué de la caja …– pero en el fondo no había hecho nada. La vida avanza así, rehaciendo tus decisiones, incluso negando tus hechos.

Durante un tiempo yo admiré, pongamos que parcialmente, a un compañero del instituto con el que coincidí en tercero de BUP. Era calvo a los dieciséis años, liaba unos porros perfectos, de gran calado, y cada vez que le preguntabas qué hacía, el tipo siempre respondía «yo no hago nada». La frase, de enorme vigor interno, sonaba igual que «Yo escribí los sonetos de Shakespeare». La forma de no hacer cosas era ya en sí una ocupación soberbia. Yo no admiraba su calvicie, ni siquiera sus canutos estilosos, pero sí aquella respuesta, que equivalía a una nana para dormir. Te quedabas maravillado ante el modo en que aquel compañero –no recuerdo su nombre– restaba cualquier mérito a las personas de acción, que se pasaban el día acometiendo empresas, y que tras su frase te parecían poco menos que unos imbéciles de marca.

Había en aquella manera de negar el verbo ‘hacer’ una profesionalidad intachable. A mis ojos adolescentes delataba una clase que provenía de la cuna; o se nacía con ella, o nada. Un escalón por debajo, incluso varios escalones, se encuentran esos otros individuos que hacen «poca cosa». No hay que despreciarlos. Formamos los bajos fondos sin los que no existirían los altos. Nos parece que se vive bastante bien escribiendo una columna aquí y un librito allá. Es decir, poca cosa. Más de eso creemos que es adentrarse en la temeridad.

Artículo publicado en El Progreso.

Foto: José Ángel Valente.

Los típicos idiotas

Cuando vives en un sitio como Ourense y eres un desgraciado, como me ocurre a mí, la vida te parece maravillosa porque algunas mañanas te levantas, bajas a la calle, a cero grados centígrados, y ves a Yosi, el vocalista de Los Suaves, cruzando desde su portal al bar de enfrente en zapatillas de casa. No tienes trabajo, ni futuro, ni sueños, ni amante, pero tienes a Yosi, qué carajo. Es más de lo que mereces. Te entran ganas de entonar a capela, desde tu portal, «Las vueltas que da la vida, / el destino se burla de ti. / Dónde vas bala perdida, / dónde vas triste de ti». Pero en ese momento, con ese frío, no recuerdas nada, y menos la letra de «Dolores se llamaba Lola».

Te conformas con observarlo lleno de admiración, hundiendo las manos en los bolsillos, para rascar algo de calor en el fondo, mientras te preguntas por qué no eres como él, en lugar de como tú. Naturalmente, es una pregunta retórica, incluso estúpida. Eres Tallón, y no Yosi, porque quisiste empeñarte en ser periodista, en vez de un músico de provecho. Por eso, sólo por eso. Por nada más. Y porque no valías para otra cosa. Ni siquiera para ser periodista.

Se nota que Yosi acaba de levantarse de la cama. No lleva ni calcetines. Por cosas así, o como salir en bata, o con un moño, en el vecindario queremos tanto a Yosi. Nos gusta comprobar que hay gente más desastrosa que nosotros. Envuelto en su melena gris, como si fuese una manta, presencias cómo atraviesa la Calle Progreso lentamente y extiende una mano hacia los coches, para que frenen y no lo maten. Eso sería horrible. Probablemente echase a perder la gira con la banda. Notas, desde tu acera, que su resaca es perpetua y hermosa, como la cicatriz que te queda en la frente cuando te caes de la bici el día de la comunión. Es inevitable que te venga a la cabeza esa otra letra, que tampoco recuerdas, en la que él mismo canta «Whisky y cerveza son su comida / el hielo el motor de su vida / tan pesada como un fardo, / así pasa por la vida». Nadie toca el claxon. Se le venera demasiado. Es Yosi. No se puede ser más. Cuando se detienen y lo reconocen, los conductores bajan la ventanilla y a veces le gritan, como el sábado, «Yosi, no te mueras nunca, por favor. ¿Qué te cuesta?». Él saluda con la mano, sin volverse, como si la eternidad fuese, justamente, esa clase de cosas que se la sudan. Me agrada pensar que entre dientes los manda a tomar por el culo, y después entra en el bar Niza.

Hace ocho meses, recién instalado yo en el barrio, coincidí con él en el Día, haciendo cola en la caja. Estaba justo delante de mí, con las típicas zapatillas a cuadros, como las que usan nuestros padres, que ya no se fabrican. Creo que adivinó que yo estaba pensando en decirle algo superingenioso, porque se volvió y me preguntó: «Oye, ¿me pagas el pan?» Me fijé que también llevaba el típico chándal que es, en realidad, el típico pijama. No tenía bolsillos, así que me pareció normal –típico– que tampoco tuviese dinero. Ese día no tenía resaca –yo no tenía resaca– y reaccioné enseguida: «¿Baguette o artesana?» Entretanto, metí la mano en el bolsillo para contar lo que llevaba encima. Raro es el día que tengo conmigo más de tres euros. «Baguette», aclaró. «Entonces tienes suerte», dije. Llevaba justo. Una cosa condujo a otra, y pocos meses después, acudí a uno de sus conciertos, en un descampado, a las afueras de Ourense. Me admiró cómo fumaba un cigarro cada dos o tres canciones, y lanzaba la colilla encendida al público. Al parecer, sólo unas semanas antes, en un concierto en Pamplona, se había lanzado él personalmente. Había bebido algo, para justificar la resaca a perpetuidad del día siguiente, supongo. Y quién no bebe, tal y como andan las cosas. No están los tiempos para poner la felicidad en peligro. Un hombre inteligente, sostenía Hemingway, a veces tiene que emborracharse para poder pasar el tiempo con idiotas, en clara referencia a gente como yo y mis amigos, los típicos idiotas.