Amor ajeno

Unos pocos días en tu vida, muy especiales, sientes que estás rodeado de objetos que solo representan viejos recuerdos o compañías, que ya no sirven para nada; ni siquiera para recordar. Te parece absurdo seguir atesorándolos. Resisten por inercia. No reparas nunca en ellos, salvo para moverlos cuando limpias o reordenas. Al tomarlos no despiertan resonancia alguna de los viejos tiempos. Solo ocupan espacio, y el espacio es hoy quizá el verdadero tesoro. De repente, aunque sean objetos pequeños, te estorban como gigantes de pies enormes y blandos. Animado por esa frialdad que te ataca sin explicación ni aviso, y solo muy de vez en cuando, los retiras de donde están, los introduces en una caja y los tiras al contenedor de basura. “¿Me arrepentiré?”, puede que te cuestiones. “Lo superaré”, te dices entonces, y sigues adelante.

Pero casi nunca te levantas y te encuentras ungido de semejante voluntad. Ya quisieras. Casi hay que tener el corazón helado. Yo admiro a la gente que conserva, pero aún más a la gente que abandona sus cosas. En nuestra vida cotidiana, cargada de pequeños simbolismos, nos gusta guardar fidelidad a infinidad de cosas que ya no significan nada, pero lo significaron, y con ese pasado nos basta para rendirles un extraño amor eterno. Pueden estar viejas, desgastadas, rotas, pueden carecer de uso, belleza, sentido. Ningún defecto nos parece grave. De hecho, esos defectos consiguen, paradójicamente, que se intensifique el apego. A veces, cuando vemos cómo alguien se deshace al fin —en uno de esos días especiales— de algo lo bastante simbólico, pero del todo inútil, corremos a recuperarlo para nosotros (columna completa en El Progreso).

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